Los humanos han «estresado» la Tierra durante mucho más tiempo y más drásticamente de lo que se creía

Un estudio del polen antiguo revela que milenios de actividades humanas transformaron los ecosistemas de la Tierra tan rápido como el fin de la última glaciación.

Por Glenn Hodges
Publicado 21 may. 2021 12:30 CEST
Agricultor

Los humanos empezaron a alterar los paisajes de la Tierra mucho antes de lo pensado —milenios antes— a través de actividades como la agricultura y la deforestación.

Fotografía de David Gray, Bloomberg/Getty Images

Oficialmente, estamos en el denominado Holoceno, la época geológica que comenzó al final de la última glaciación. Pero la influencia de la actividad humana en los ecosistemas terrestres se ha vuelto tan extrema que ahora parece ser el principal factor impulsor de los cambios ambientales, de ahí que algunos científicos sostengan que deberíamos considerar que vivimos en una nueva época llamada el Antropoceno. Con todo, el uso de este término todavía se debate y una de las disputas centrales es cuándo se establece el comienzo de esta nueva época. ¿Mediados del siglo XX? ¿La Revolución Industrial? ¿O quizá fue antes, como cuando la agricultura empezó a ser la característica dominante de la vida humana?

Un nuevo estudio sugiere que la mejor respuesta podría ser la última. Según un equipo de investigación dirigido por Ondrej Mottl y Suzette G.A. Flantua de la Universidad de Bergen en Noruega, la vegetación del planeta empezó a cambiar drásticamente hace entre 4600 y 2900 años y es probable que la causa primaria fuera la actividad humana: la agricultura, la deforestación y el uso del fuego para despejar paisajes.

«El nuestro es el primer estudio cuantitativo que demuestra que es probable que los humanos repercutieran en el planeta no solo en las últimas décadas o siglos, sino hace milenios», explica Mottl sobre su investigación, publicada en la revista Science. Los cambios en el paisaje del último siglo o dos, por drásticos que fueran, parecen ser las continuaciones de unas tendencias que se formaron a lo largo de miles de años.

Pero el segundo gran hallazgo de la investigación no es menos importante. El cambio en la vegetación a lo largo de los últimos milenios rivaliza con los cambios de vegetación que ocurrieron cuando la última glaciación dio lugar a un planeta en calentamiento hace entre 16 000 y 10 000 años. Fue entonces cuando los mantos de hielo y los glaciares que cubrían gran parte del hemisferio norte retrocedieron, cuando los paisajes helados dieron paso a bosques, tundra y pastizales, y cuando un incremento de la temperatura global de 6 grados Celsius provocó cambios en los regímenes de plantas en todo el planeta.

«No esperábamos que el cambio en los últimos milenios fuera incluso más grande que lo que ocurrió cuando terminó la última glaciación», afirma Flantua.

Historia escrita en el polen

Los resultados del estudio se derivaron de las secuencias de 1181 fósiles de polen de yacimientos de todo el mundo. El polen arrastrado por el viento o la lluvia hasta un lago o pantano puede quedarse enterrado en los sedimentos del fondo, preservando una instantánea de la vegetación que existía alrededor de la masa de agua en un momento específico, que puede determinarse a través de la datación por carbono radiactivo.

Con una base de datos de testigos de sedimentos bien datados de todo el mundo, los investigadores lograron identificar hasta qué punto había cambiado la composición del polen con el paso del tiempo. Como pretendían extraer un patrón global a partir de más de mil conjuntos de datos, no intentaron analizar qué especies de vegetación habían sido remplazados por cuáles en un lugar en particular. Se centraron en la tasa de cambio global de los últimos 18 000 años.

Así documentaron un segundo periodo de cambio rápido de la vegetación, tras el del final de la última glaciación. El inicio de ese segundo periodo variaba según la región, hace entre 4600 y 2900 años. Pero esa aceleración de los cambios en la vegetación se observó en todos los continentes, salvo la Antártida.

El estudio ha sido el primero en documentar esa aceleración con datos cuantitativos, pero un estudio de 2019 que encuestó a 250 arqueólogos acerca de la actividad agrícola humana pasada en todo el mundo llegó a conclusiones similares: hace 3000 años, gran parte de la superficie terrestre del planeta había sido transformada por la actividad humana. El autor principal de ese estudio, Lucas Stephens, arqueólogo y experto en política ambiental de la Universidad de Duke, dice que, en conjunto, los dos estudios pintan un panorama convincente.

«Su base de datos de registros globales de polen es impresionante», afirma Stephens. «Creo que el hallazgo más novedoso e importante es que la velocidad a la que cambia la vegetación ahora se aproxima o incluso supera los ritmos de la transición Pleistoceno/Holoceno», es decir, el periodo del final de la última glaciación. «La velocidad de ese cambio tiene secuelas aterradoras en el futuro».

Stephen T. Jackson, ecólogo del Servicio Geológico de Estados Unidos, está de acuerdo en que la investigación es importante. «Es un análisis importante y provocador», afirma. Pero advierte que podrían existir otros factores involucrados además de las actividades humanas, como el cambio climático natural.

«En algunas partes del mundo, está claro que el cambio de la vegetación se debe a las actividades humanas», afirma Jackson. «Pero en otras regiones tenemos buena documentación del cambio climático que es suficiente para impulsar cambios vegetacionales. Y en muchas de esas mismas zonas, hay muy pocas pruebas de actividades humanas generalizadas».

El toque humano

Mottl y Flantua son cautos e indican que su investigación no demuestra que las actividades humanas causaran los cambios en la vegetación que han documentado. Señalan que este es un tema para investigaciones futuras. Pero la correlación es innegable, dice Jonathan T. Voerpeck, climatólogo de la Universidad de Míchigan que escribió un comentario en Science acerca de la investigación de Mottl y Flantua.

«No establecen un vínculo causal, pero yo estoy de acuerdo en que la explicación más lógica es el uso de tierras humano», afirma. «Porque sabemos que los humanos están despejando la tierra para la agricultura, utilizando el fuego para gestionar la superficie terrestre. Depende de los arqueólogos determinar exactamente cuáles fueron los procesos, pero no cabe duda de que parece que vemos la huella dactilar de los seres humanos como agentes causales primarios de estos cambios que comenzaron hace varios milenios».

Y esto tiene repercusiones importantes para la gestión de los ecosistemas mientras intentamos apaciguar los efectos del cambio climático global reciente y futuro, señalan los investigadores. Si lo que consideramos un paisaje «natural» es en realidad uno que se ha desarrollado paralelamente con las actividades humanas, ¿tiene sentido intentar preservar las cosas tal y como están ahora, como si eso fuera un reflejo de un ideal natural».

«Quizá lo que se considera prístino en realidad no fuera tan prístino», dice Flantua.

«En lugar de intentar mantener las composiciones de especies que existían en el pasado, tenemos que empezar a gestionar el cambio y el futuro», dice Overpeck. «Muchos de los bosques actuales están muriéndose porque esos árboles se establecieron en condiciones más frías y húmedas. A medida que el clima se vuelve más cálido y extremo, tenemos que plantar especies que puedan soportarlo».

Lo que estamos viendo ahora es lo que Overpeck describe como un «doble golpe». Tenemos un cambio climático grave que se intensifica rápidamente tras miles de años de cambios extremos en la vegetación. ¿Cómo va a afrontar esto el planeta? Nadie lo sabe.

«Pero ese doble golpe va a estresar mucho a nuestros bosques», dice. «Y los bosques tienen que estar sanos para absorber carbono».

En otras palabras: parece que llevamos mucho tiempo tratando con mano dura los ecosistemas del planeta, y tal vez haya llegado el momento de ser más deliberados y creativos. Podríamos llamarlo Antropoceno 2.0.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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