Los ríos y los lagos son los ecosistemas más degradados del mundo. ¿Podemos salvarlos?

Nuestra bebida, comida y saneamiento dependen del agua dulce, un recurso en peligro. Pero los conservacionistas dan cada vez más prioridad a los problemas del agua dulce.

Publicado 2 mar 2021 13:21 CET
Fotografía de un piragüista en el río Colorado, Utah

Un piragüista en el río Colorado, Utah.

Fotografía de Ben Horton, Nat Geo Image Collection

Cuando se fundó el parque nacional del Gran Cañón hace un siglo, trataron el río Colorado que lo atravesaba como algo secundario. En las décadas posteriores, los estados se apresuraron a exprimir cada gota de agua del Colorado para la agricultura y como agua potable y se construyó una cascada de presas gigantescas en su curso.

Peces autóctonos como algunos catostómidos y bagres que no existen en ninguna otra parte del mundo fueron remplazados por siluros y percas invasores, más atractivos para los pescadores. Con el tiempo, el poderoso río que en su día atravesó uno de los paisajes más icónicos de Estados Unidos había quedado reducido a un reguero, incapaz de cumplir su destino de llegar al mar.

Lo que le ocurrió al Colorado es un ejemplo del deterioro de un río, pero no es la excepción. En todo el mundo, ríos, lagos y humedales se encuentran cada vez más amenazados debido a las presas mal planificadas, la contaminación, la pérdida de hábitat, la extracción de arena, el cambio climático y la introducción de especies invasoras.

El resultado, expuesto esta semana en un informe elaborado por 16 organizaciones de conservación, es que los ecosistemas de agua dulce se han convertido en los más degradados del mundo y las poblaciones de peces están al límite. Existen más tipos de peces de agua dulce —18 075 y subiendo— que especies de peces viviendo en los océanos y mares del mundo. Las poblaciones de vertebrados de agua dulce han disminuido un 86 por ciento desde 1970 —el doble que los ecosistemas marinos o terrestres— y casi un tercio de las especies de peces de agua dulce se encuentran en peligro de extinción.

Con todo, es una crisis que ha recibido mucha menos atención que otras emergencias medioambientales —como la deforestación o la contaminación por plástico— a pesar de que los humanos dependemos de los sistemas de agua dulce para obtener agua potable, comida y saneamiento. En lo que respecta a la protección de los ríos, se ha considerado parte de la protección terrestre; el razonamiento es que si se protege la tierra, se protegerá el río que la atraviesa, aunque pruebas aplastantes sugieren que, en general, dicho enfoque no funciona.

Pero ahora hay señales de cambio y los problemas de los sistemas de agua dulce ocupan un puesto más importante en los programas de conservación. Aunque la diversos estudios siguen sacando a la luz la lamentable situación, los beneficios ecológicos y económicos de mantener los ríos sanos están cada vez más claros, así como las soluciones para lograrlo, señalan los científicos. Sin embargo, advierten que debemos avanzar rápidamente si queremos salvar ecosistemas cruciales para la supervivencia de animales y humanos.

«La humanidad está íntimamente ligada a la salud de los ecosistemas de agua dulce», afirma Kathy Hughes, especialista en agua dulce del World Wildlife Fund en el Reino Unido y autora principal del nuevo informe. «La biodiversidad de agua dulce es nuestro canario en la mina y si los ecosistemas de agua dulce ya no pueden sustentar una biodiversidad próspera, entonces es una señal inequívoca de que tampoco son buenos para la humanidad».

El año del río

Históricamente, las áreas protegidas se han diseñado para los ecosistemas terrestres y sus especies y se ha prestado poca o ninguna atención a los hábitats de agua dulce que albergan. En parte, esto se debe a la complejidad de los ríos, cuyo curso puede entrar y salir de áreas protegidas o gestionadas, por diferentes paisajes e incluso por países distintos.

«Es mucho más fácil dibujar una línea en un tramo de tierra o en el océano que en un río», afirma John Zablocki, experto en biodiversidad de Nature Conservancy que dirige una red internacional de expertos en ecosistemas de agua dulce que diseñan nuevos planteamientos sobre la protección de los ríos.

Señala que los ríos que atraviesan áreas terrestres protegidas no suelen estar protegidos de las repercusiones río arriba, algo ilustrado crudamente en un estudio publicado el año pasado en Conservation Letters. Demostró que hay 1249 grandes presas ubicadas dentro de áreas protegidas y más de 500 presas planificadas o en construcción dentro de áreas protegidas de todo el mundo.

«Tenemos que dejar de pensar en la tierra primero y en los ríos segundo», afirma Zablocki, cuya organización trabaja con varios municipios del país balcánico de Montenegro, donde el gobierno recientemente declaró parque natural el curso inferior del río Zeta, donde abunda la biodiversidad. 

Otro movimiento se centra en proporcionar protección legal a los ríos. En el 2017, Nueva Zelanda se convirtió en el primer país que concedió a un río específico los mismos derechos que a los humanos, lo que significa que ante un tribunal se los trata como entidades vivas. Desde entonces, Bangladés ha hecho lo mismo con todos sus ríos, mientras que la ciudad de Toledo, en Ohio, aprobó la Declaración de Derechos del Lago Erie para proteger sus orillas, convirtiéndose en una de las varias ciudades de Estados Unidos que ha aprobado legislación que reconoce los derechos de la naturaleza.

«Necesitaremos un enfoque multinivel para mantener los ríos sanos y sin restricciones», afirma Michele Thieme, la científica jefa de agua dulce del World Wildlife Fund en Estados Unidos. «No va a haber un remedio milagroso».

Los expertos en sistemas de agua dulce esperan que el 2021 sea el año del río y algunos conservacionistas influyentes que previamente no se habían centrado en los problemas del agua dulce podrían interesarse más, como la Campaign for Nature, una iniciativa de mil millones de dólares financiada por la Wyss Foundation de Suiza y respaldada por la National Geographic Society, cuyo fin es conservar el 30 por ciento del planeta en un estado natural para el 2030.

La campaña está dirigida específicamente a tierras y océanos, sin mencionar los ríos. Pero eso pronto podría cambiar, según su director, Brian O’Donnell. «Todos los informes que describen la crisis de la biodiversidad de agua dulce han sido una llamada de atención para nosotros y han dejado claro que, en adelante, la representación explícita de las áreas de agua dulce debe formar parte de la ecuación», afirma O’Donnell.

Una pérdida devastadora

Aunque el agua dulce representa menos de un uno por ciento del agua corriente de la Tierra, alberga un 10 por ciento de todas las especies conocidas, entre ellas un tercio de todos los vertebrados.

Entre las variedades de agua dulce más inusuales figuran los peces elefantes africanos, que se comunican mediante señales eléctricas, y la piratanta amazónica, que pone sus huevos en tierra. Los sistemas de agua dulce también albergan unas 270 especies de tortugas, más de 1300 especies de cangrejos y en torno a 5700 especies de libélulas.

Una raya de dientes grandes en el Shark Reef Aquarium. Estas rayas viven en los fondos lodosos de los ríos brasileños.

Fotografía de Joel Sartore, National Geographic Photo Ark

Un Pangasius sanitwongsei, una especie de siluro en peligro crítico de extinción.

Fotografía de Joel Sartore, National Geographic Photo Ark

Los conservacionistas afirman que se han extinguido al menos 80 especies de peces de agua dulce desde que se realizaron los primeros recuentos y 16 solo en el último año. Sin embargo, es probable que la cifra real de extinciones sea mucho más alta, ya que las amenazas de los peces están aumentando y hay un seguimiento escaso de muchas especies.

Quizá lo más impactante sea la pérdida de los «peces gigantes» —llamados así por su gran tamaño—, cuyas poblaciones han disminuido un 94 por ciento desde 1970, entre ellas muchas especies de esturión que ahora se encuentran en peligro crítico de extinción.

En el informe también se han citado estudios recientes que demuestran que solo un tercio de los grandes ríos del mundo fluyen libremente —lo que significa que no tienen presas ni han sido alterados por los humanos— y que los humedales han disminuido casi un 70 por ciento desde el año 1900 a nivel global, el triple que los bosques.

«Esta pérdida casi inconcebible ha ocurrido en gran medida a lo largo de nuestras vidas», afirma Hughes.

Un estudio publicado la semana pasada en Science demostró que los ríos en los que las poblaciones de peces se han librado de los daños graves de las actividades humanas representan solo el 14 por ciento de las cuencas fluviales del mundo, y que Europa y Norteamérica sufren la peor situación.

El autor principal de ese estudio, Guohuan Su, de la Universidad de Toulouse en Francia, señala que casi todos vivimos en cuencas fluviales, ya que toda la masa continental de la Tierra —excluyendo algunos desiertos donde nunca llueve y los polos— forma parte de cuencas fluviales. «Se podría decir que vivimos en los brazos de los ríos y que los estamos cortando», afirma.

Muchos conservacionistas mantienen que los motivos políticos y económicos suelen superar las inquietudes por la biodiversidad en la toma de decisiones sobre los ríos. «Rara vez se tiene en cuenta el valor total de los ecosistemas en la planificación de las presas, por ejemplo», afirma Ian Harrison, especialista en agua dulce de Conservation International y colaborador del informe publicado esta semana.

Cada vez más investigaciones demuestran que tener en cuenta las pesquerías y la salud ecológica de los ríos es un buen negocio, señala Danielle Perry, geógrafa de recursos hídricos de la Universidad del Norte de Arizona. «Proteger los ríos es una inversión de bajo coste y alta rentabilidad, sobre todo teniendo en cuenta los servicios ecosistémicos que proporcionan de forma gratuita».

Peces monstruosos 

Un motivo por el que las pesquerías de agua dulce reciben menos atención que sus homólogas marinas podría ser que están concentradas en países de ingresos bajos que podrían no considerarse importantes porque apenas exportan pescado. Solo 16 países, la mayoría en Asia y África, representan el 80 por ciento de la captura mundial en agua dulce, 12 millones de toneladas al año, aunque es probable que el total se haya subestimado, ya que no se documentan las capturas de los pescadores de subsistencia en países como el Congo o Camboya.

Según el nuevo informe, en todo el mundo los peces de agua dulce son la fuente principal de proteínas animales para al menos 200 millones de personas.

Estos peces también podrían tener un problema de imagen. Mientras los animales marinos y terrestres, grandes y carismáticos, han atraído los recursos de la conservación, pocos peces de agua dulce han recibido la misma atención.

«Podemos ver y apreciar cómo un gorila cuida de sus crías o cómo las tortugas marinas salen a la playa para poner sus huevos, pero no tenemos ese vínculo con los peces de agua dulce, que a menudo viven escondidos en ríos turbios», afirma Zeb Hogan, ictiólogo de la Universidad de Nevada, Reno, y explorador de National Geographic.

Hogan, que dirige un proyecto de investigación financiado por USAID llamado Wonders of the Mekong, lleva más de 20 años trabajando en la región del Mekong el Sudeste Asiático. Ha presenciado cómo casi desaparecían algunos de los peces de agua dulce más grandes del mundo, como el siluro gigante y la carpa siamesa, así como el deterioro constante del río, que nace en la meseta del Tíbet y atraviesa seis países hasta desembocar en el mar de la China Meridional.

En los últimos dos años, el declive parece haberse acelerado; los niveles del agua del Mekong han alcanzado mínimos históricos, amenazando a los peces y al sustento de gran parte de los 60 millones de personas que viven a lo largo del río. Los observadores afirman que la situación ha sido causada, en parte, por las presas chinas construidas en la cuenca hidrográfica superior —que a veces retienen el agua fundamental para que los peces completen sus ciclos vitales río abajo—, así como por la sequía exacerbada por el cambio climático.

Estas circunstancias han obligado a algunos responsables políticos a replantearse sus planes de desarrollo. Camboya, por ejemplo, anunció a finales del año pasado una moratoria de 10 años en la construcción de nuevas presas en el tramo principal del Mekong.

Los científicos expertos en sistemas de agua dulce afirman que la conferencia del Convenio sobre la Diversidad Biológica de Naciones Unidas, programada para este otoño en Kunmíng, China, debe producir un nuevo acuerdo de biodiversidad global que preste tanta atención a proteger y restaurar los ríos, lagos y humedales del mundo como a sus bosques y sus océanos.

«Ahora es el momento de tomar decisiones», afirma Harrison, de Conservation International. «Si no invertimos adecuadamente en nuestros ecosistemas de agua dulce, será demasiado tarde. El barco habrá zarpado y no podremos dar la vuelta».

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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