Viaje y Aventuras

Imágenes surrealistas de la vida en Dubái

La diversidad descontrolada de Dubái la convierte de lejos en una de las ciudades más cosmopolitas de la Tierra.Wednesday, November 21, 2018

Por Jim Krane
Fotografías de Nick Hannes
La Global Village de Dubái es un parque multicultural donde hay diversas opciones de compras y entretenimiento.

¿Qué ocurrirá en Oriente Medio cuando se agote la demanda de petróleo? Quizá empiece a parecerse a Dubái.

Sabemos que Dubái es la capital financiera hiperglobalizada de los Emiratos Árabes Unidos, una ciudad-estado extravagante plagada de rascacielos e islas artificiales. Pero Dubái solía ser una localidad petrolífera.

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En 1975, el petróleo representaba dos tercios del PIB de Dubái. A partir de entonces, la aportación económica del petróleo ha descendido. En la actualidad, es casi inexistente.

Pero el emirato no ha sufrido. Dubái se ha reinventado como centro de comercio, turismo, banca y propiedades inmobiliarias. En el proceso, se ha convertido en la primera economía postpetróleo con éxito de Oriente Medio.

Los jóvenes árabes consideran Dubái un modelo de la región: una sociedad islámica tolerante, diplomáticamente neutral, capitalista hasta la médula y enérgicamente autocrática.

La administración poco ortodoxa de Dubái no es para los débiles de corazón. Los experimentos de desarrollo en la ciudad han atraído riqueza y convertido el emirato en un centro global de comercio y ocio. Pero, al mismo tiempo, este proceso ha convertido Dubái en una ciudad de tránsito y un mosaico de culturas.

Esto se debe a que la mayor parte de sus tres millones de residentes son inmigrantes económicos a corto plazo.

Chicos emiratíes juegan al billar en Hub Zero, un parque recreativo interactivo ubicado en el centro comercial City Walk.
Los turistas saudíes beben chocolate caliente en el Chillout Ice Lounge, el primero de Oriente Medio.

Las cifras del gobierno muestran que solo el ocho por ciento de los dubaitíes son ciudadanos de los EAU. El aplastante 92 por ciento restante está compuesto por extranjeros procedentes de la mayoría de los países del mundo. Los expatriados de Dubái han construido literalmente la ciudad y gestionan su funcionamiento diario. Pero la estricta legislación de residencia significa que, para ellos, Dubái es un lugar donde vivir, pero no es su hogar.

Una diversidad tan descontrolada convierte a Dubái en una de las ciudades más cosmopolitas de la Tierra. La población se renueva constantemente. Se entiende mejor en términos de flujo en lugar de cantidades. Olas salientes de indios y libaneses se ven remplazadas por oleadas entrantes de birmanos, nepalís y norcoreanos. Es un nuevo paradigma.

Un jardinero riega las palmeras marchitas de un aparcamiento.

«La ciudad ha dejado de ser un lugar. Se ha convertido en un estado mental», escribe el arquitecto George Katodrytis, de la Universidad Americana de Sharjah.

El desequilibrio demográfico de Dubái se aplica al género. La ciudad es una de las metrópolis más masculinas del mundo con casi un 70 por ciento de hombres, según cifras oficiales. En barrios pobres, como el distrito de los trabajadores de Sonapur, apenas hay mujeres.

La combinación de dominio masculino y tolerancia social ha creado un mercado enorme de prostitución, que es ilegal, pero cuenta con la aceptación tácita de las autoridades. Los burdeles de Dubái están estratificados, como el resto de su mano de obra, y las prostitutas árabes y europeas dominan el rango de precios más alto.

Naturalmente, muchos inmigrantes abren negocios legítimos. La llegada de norcoreanos ha traído consigo uno de los más inusuales, el Okryugwan de Pionyang, donde las camareras traen estofados hirviendo en cuencos de piedra y obsequian a los clientes —entre ellos residentes surcoreanos— con teatro al estilo norcoreano, danza folclórica y karaoke.

Todo esto es posible porque Dubái es una ciudad abierta que se enorgullece de mantener vínculos de amistad con los países vecinos y de recibir a prácticamente cualquiera. Comerciantes y turistas llegan sin visados, y algunos aceleran su entrada escaneando el iris en puertas automáticas en el aeropuerto.

Los pasajeros a bordo del crucero MSC Música toman el sol en cubierta. El crucero lleva a los tripulantes por el golfo Pérsico y el golfo de Omán.
Los trabajadores descansan a la sombra en el Dubai Water Canal.

Pero Dubái también es un estado policial, donde la vigilancia electrónica no tiene restricciones y donde las cárceles confinan a delincuentes y deudores junto a activistas políticos que discrepan públicamente con el gobierno monárquico. La política está estrictamente prohibida.

Con todo, las libertades sociales y religiosas abundan. Dubái difiere tanto de la conservadora Riad como Ámsterdam de Oklahoma.

La ciudad es legendaria por albergar excesos occidentales en un escenario islámico. Los brunch bacanales con champán ilimitado coinciden con el sermón del viernes. Los borrachos salen de las discotecas y se tambalean hasta los taxis mientras suena la llamada al rezo previa al amanecer. El turismo de sol y playa, algo que solo tolerarían algunos de sus vecinos, aporta una quinta parte de la economía de Dubái.

En cuestiones de fe, Dubái también es abierta. La Gran Mezquita de Bur Dubái, de orientación suní, está en la misma calle que la verde mezquita chií de Ali Ibn Abi Talib. Justo detrás se encuentra un templo dedicado a los dioses hindúes Shiva y Krishna. Y a unas pocas manzanas, los católicos van a misa en la iglesia de Santa María.

Pero las voces críticas se preguntan si el modelo de Dubái es sostenible.

Una carretera sin salida en el desierto de Al Qudra redirige a los conductores.

Aunque este centro comercial ya no tenga su propio petróleo, consume cantidades prodigiosas de combustibles fósiles. Como la energía es barata en el Golfo, las marquesinas de las aceras tienen aire acondicionado. Las piscinas están climatizadas. En el Emirates Mall, puedes esquiar durante dos horas con apenas 45 euros con una temperatura exterior de 43 grados.

Dubái también ha ido demasiado lejos. La ciudad y sus vecinas se encuentran en la primera línea de los daños climáticos. El aumento de las temperaturas estivales amenaza con convertir el Golfo en un lugar inhabitable, algo que podría ocurrir en el siglo actual.

Pero lejos de dar la voz de alarma, Dubái sube la calefacción. Está construyendo la enorme central eléctrica de Hassyan, la primera del Golfo que quemará carbón. Este futuro aumento de emisiones de carbono garantiza que los residentes de Dubái seguirán siendo unos de los principales emisores del mundo.

Al fin y al cabo, a Dubái le gusta ser siempre la primera.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.
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