¿Quieres visitar Costa Rica? Así puedes ayudar a proteger a sus ranas

Emprende un «safari de ranas» por la selva mientras creas conciencia sobre estos anfibios vulnerables.miércoles, 18 de diciembre de 2019

Costa Rica —que recibió el premio Campeones de la Tierra 2019, el máximo galardón medioambiental que otorga Naciones Unidas por proteger la naturaleza y combatir el cambio climático— organiza muchas excursiones ecológicas que ofrecen tirolinas, ciclismo de montaña, paseos en kayak y observación de aves.

Sin embargo, ahora el país está descubriendo el valor de un bien natural mucho más pequeño y amenazado. Los hoteles están construyendo estanques para ranas y los parques organizan visitas de avistamiento de ranas. Incluso el ajetreado aeropuerto urbano de San José tiene una nueva moqueta con un patrón de ranas.

Ante la perspectiva de un mundo más cálido y seco, el futuro de las ranas peligra. Los anfibios han sobrevivido a las últimas cuatro grandes extinciones, de las glaciaciones a la colisión de un meteoro. Pero hoy ocurre algo que provoca la desaparición de los anfibios a un ritmo alarmante.

Se estima que ya se han extinguido 200 especies de ranas y cientos podrían estar en proceso de desaparecer. Están amenazadas por varios frentes, ya que sucumben a un cóctel letal de factores que incluyen la contaminación, el cambio climático y la pérdida y la degradación del hábitat. Estos factores pueden debilitar el sistema inmunitario de los anfibios y un hongo está propinándoles el golpe de gracia.

Costa Rica ya ha perdido a su legendario sapo dorado y los expertos temen que otras especies sigan el mismo destino. Si desaparecen las ranas que comen insectos, un ecosistema pierde su delicado equilibrio.

Según Kerry Kriger, fundador de la organización sin ánimo de lucro Save the Frogs, no basta con lamentar su pérdida. Cree que el turismo centrado en las ranas puede fortalecer el vínculo entre anfibios y humanos y fomentar el apoyo a la conservación de unas de las criaturas más hermosas y carismáticas del mundo.

¿Dónde puedes encontrar ranas?

En un mundo que pierde anfibios a gran velocidad, nos dispusimos a encontrarlos. Nuestra excursión, en la que participaban un psiquiatra, un pediatra y un piloto instructor de un Lockheed Martin F-35, fue organizada por Save the Frogs, una iniciativa que apoya los parques y hoteles ecológicos que protegen los hábitats fundamentales de estas criaturas vulnerables. «Nuestros objetivos son los siguientes: encontrar ranas. Visitar lugares con muchas ranas. Dar dinero a estos lugares para que puedan salvar el hábitat y a las ranas que viven en ellos», explicó el naturalista Michael Starkey.

Nos encontrábamos en las profundidades de una selva costarricense. La lluvia me empapaba la cara y las botas se me hundían en el fango. Encendí la linterna y un haz de luz atravesó la oscuridad. Allí buscaríamos las ranas.

Nos habían atraído con una orquesta nocturna: notas bajas y altas, croares e hipos, silbidos y aullidos. Habíamos recorrido miles de kilómetros para echarles un simple vistazo y ahora nos rodeaban. Con todo, era imposible verlas. Entonces, entre los árboles cubiertos de enredaderas, escuché voces emocionadas y vi un revoltijo de haces de luz que apuntaban en la misma dirección.

«Aquí. Debajo de esta hoja», susurró Starkey. Nos acuclillamos alrededor de un matorral y escrutamos las hojas. Una ranita de cristal nos devolvió la mirada.

Esta rana, traslúcida y preciosa, enseguida se sumó a otras especies que observamos en los días posteriores: ranas flechas rojas y azules, ranas terrestres gigantes, ranas bueyeras, ranitas reloj de arena, ranas verdes de ojos rojos y ranas de lluvia, entre otras.

Buscar ojitos que brillan como joyas en la oscuridad es un juego adictivo. Teníamos listas, como los observadores de aves. Teníamos una jerga propia. Teníamos horarios extraños, matábamos mosquitos y llevábamos zapatos cerrados para prevenir las mordeduras de serpiente.

Para la observación de ranas, como la de aves, hacen falta paciencia y perseverancia. Es una perspectiva íntima de la naturaleza, tan plagada de decepción como de descubrimientos.

Tienes más probabilidades cuando hay peores condiciones. Escogimos julio, en plena estación lluviosa, cuando las nubes engullen montañas enteras. Tras varios días, las maletas adquirieron un olor al que llamamos «batiburrillo selvático».

No es fundamental contratar un guía, pero sí recomendable, sobre todo si tus habilidades de detección de ranas están oxidadas. Starkey, procedente de Sacramento y con una salamandra gigante tatuada en el brazo, era experto en examinar las hojas, los tallos y los bordes de los estanques.

 

Nuestro viaje había comenzado a las afueras de San José, en el Hotel Bougainvillea. En sus jardines de cuatro hectáreas han construido varios estanques como hábitat de reproducción específicamente para especies en peligro de extinción como la rana leopardo de Forrer y la rana brillante de bosque.

Más adelante, merodeamos por los detritus de hojarasca de los bosques de La Quinta Sarapiquí Lodge, a dos horas al norte de San José, en busca de ranas terrestres gigantes. Este hotel familiar, construido en una antigua granja de ganado, está creando jardines silvestres como hábitat para atraer ranas, mariposas, pequeños mamíferos y aves.

En el tranquilo y turbio río Sarapiquí, navegamos junto a cocodrilos que parecían irritados al vernos, solo con los ojos y los orificios nasales sobre la superficie. Las iguanas nos contemplaban desde las ramas de los árboles.

La semana se convirtió en un bingo de fauna. En el Arenal Oasis Eco Lodge, en la localidad montañosa de La Fortuna, encontramos 13 especies de ranas diferentes en nuestra excursión nocturna. Los guías, como los de los grandes safaris del Serengueti, se comunican por teléfono; cuando hallan una criatura interesante, todos corren para verla.

Descubriendo la fauna

Rainmaker, una reserva más cerca de la costa pacífica, es apreciada por el papel que desempeñó en el redescubrimiento de una especie de rana arlequín considerada extinta. Los terrenos, que antes eran propiedad de un agricultor de arroz local, corrían el peligro de ser talados. Ahora es un refugio privado al final de un largo camino de tierra lleno de baches donde se organizan excursiones para grupos pequeños en busca de aves madrugadoras y ranas nocturnas. Pero lo que más nos gustó fue su discordante microcervecería, Perro Vida, que fabricaba cerveza artesanal a partir del agua de un manantial de montaña.

En la oscuridad, cruzamos los puentes colgantes y subimos los empinados senderos de la reserva, construidos con ruedas antiguas, deteniéndonos para mirar en el interior de unos agujeritos donde vimos extrañas lagartijas nocturnas de puntos amarillos.

Cada mañana, nos despertamos con las aves y observamos tangaras de vivos colores devorando melones en los comederos. Tres especies de martín pescador recorrían las aguas locales. Bandadas de golondrinas atravesaban el cielo en busca de presas. Había trogones y tucanes, hocos y pájaros carpinteros. Los colibríes revoloteaban sobre las flores, como avioncitos de color esmeralda y bermellón.

Durante las largas y húmedas tardes, recorrimos bosques prístinos y nos maravillamos ante las procesiones de hormigas cortadoras de hojas. Las mariposas, enormes criaturas propias de Disney con alas iridiscentes, revoloteaban a nuestro alrededor. Vimos lagartos aligátor y una culebra corredora.

Cada noche, mientras otros turistas se tomaban unas copas después de la cena, nos poníamos ponchos y botas y metíamos las linternas y las cámaras en bolsas de plástico.

En una ocasión nos topamos con un aterrador crótalo venenoso —de un vivo color amarillo, como si fuera un plátano tóxico— sobre las ramas que cubrían el sendero por el que caminábamos. Al regresar a un lugar seguro, celebramos el avistamiento con un brindis.

Entonces, nos contaron una noticia inesperada: el guía Carlos Chavarria se había enterado de la presencia de un quetzal —el ave más icónica de la selva— en una cordillera cercana. Enseguida nos unimos a una peregrinación al amanecer. Aguardamos en una cornisa empinada que parecía interminable; solo la brisa que acariciaba las ramas rompía el silencio. De repente, el ave apareció sobre un aguacate, recibida por los clics de las cámaras.

Una tarde, mientras escudriñábamos un estanque al atardecer y el coro de ranas alcanzaba su crescendo, vimos un destello bajo la luz de nuestras linternas. Un par de ojos. Hay 149 especies de ranas en Costa Rica; hasta aquel momento, habíamos visto 22. ¿Era esta una más?

Sí. Era una rana común de Vaillant, fuerte y robusta. Starkey la recogió y lo rodeamos para admirarla boquiabiertos. Después, la soltó y saltó en libertad. Sin decir nada, le deseé buena suerte y recé por que la siguieran muchas generaciones.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.
Una versión de esta historia aparece en el número de enero de 2020 de la revista National Geographic.
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