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Ballenas, mitos y lagos árticos: explora la nueva ruta por carretera de Islandia

Un recorrido épico por el norte menos turístico de esta nación nórdica revela una naturaleza sobrecogedora y batallas históricas en tierra y en el mar.

Por Amelia Duggan
Publicado 22 ene 2021 14:06 CET
Fotografía de un paisaje de Islandia

Los asombrosos paisajes cautivan a los visitantes de la Arctic Coast Way, una ruta para coches fundada en 2019 en el norte de Islandia.

Fotografía de Filippo Bianchi, Getty Images

Islandia está plagada de naturaleza agreste y relatos fascinantes: historia, leyendas y folclore cubren esta tierra tan densamente como las nevadas en invierno. Hasta hace poco, la mayoría de los viajeros buscaban los encantos culturales y naturales del estado insular a lo largo de la Ring Road, la famosa autopista de 1332 kilómetros que rodea el país. En épocas normales, la carretera más célebre de Islandia ofrece emociones fuertes —volcanes que resoplan y géiseres que explotan—, pero también un enjambre de turistas.

Pero no es así en la nueva ruta por carretera, la Arctic Coast Way, creada en el 2019. Esta vía vincula las rutas automovilísticas existentes del escarpado norte de Islandia en un viaje por carretera épico. Por ahora, aún es una joya poco frecuentada con acantilados de basalto, playas de guijarros llenas de focas y soledad absoluta.

De mayo a septiembre, puedes alquilar un coche y pasar varios días atravesando la ruta de 900 kilómetros de caminos de tierra y asfaltados. También es posible viajar en invierno, pero podrían afectarte las nevadas y otros contratiempos meteorológicos.

La Arctic Coast Way empieza en la aldea de Hvammstangi, sigue el litoral filigranado de siete penínsulas —cada una con sus maravillas geológicas, historias y fauna— y termina en el pueblecito de Bakkafjörður. Las señales indican el camino: un símbolo blanco de infinidad sobre el contorno del territorio islandés. Estos son algunos de los lugares y actividades más destacados de la ruta, desde la observación de ballenas hasta una versión nórdica de Stonehenge. La mayoría de los lugares están abiertos, pero es recomendable llamar en caso de cierres por la COVID-19.

Belleza y batallas históricas

El turismo todavía no ha arraigado en estas partes y la conducción en cuatro ruedas es obligatoria para hacer frente a los caminos de gravilla. Aunque Hvammstangi esté a medio día en coche de Reikiavik, da la sensación de que estas orillas solitarias se encuentran a un millón de kilómetros de la capital y de los populares focos geológicos del sur.

«El norte no cambiará; nunca será Reikiavik», afirma Dagný Marín Sigmarsdóttir, propietaria del Museo de las Profecías de la aldea de Skagaströnd, a unos 80 kilómetros al nordeste de Hvammstangi. El museo explora la historia de una legendaria adivina del siglo X, y la propia Sigmarsdóttir puede leerte la mano. «Nos encanta que los viajeros vengan por aquí a compartir la belleza», afirma.

Se escucha un mensaje similar en Sauðárkrókur. Conduce por las dos primeras penínsulas —Vatnsnes y Skagi— para llegar a esta pintoresca localidad portuaria en el fiordo de Skaga. Comparada con muchos asentamientos de la Arctic Coast Way, es bastante cosmopolita: hay un bar abierto hasta tarde y un restaurante que sirve manjares norteños, como potro curado y oveja ahumada.

El Hótel Tindastóll es el más antiguo de Islandia, con escaleras estrechas, vigas retorcidas en el techo y butacas con mantas de pelo junto al fuego. Las fotografías enmarcadas de Marlene Dietrich, que fue huésped del hotel, añaden glamur a algunas de las habitaciones.

Siglufjörður, o Sigló, es un pueblo pesquero popular entre los turistas de la Arctic Coast Way. Alberga balnearios con fuentes de aguas termales, un museo dedicado a la cultura marítima local y varios restaurantes.

Fotografía de Christophe Vander Eecken, Laif/​Redux

Áskell Heiðar Ásgeirson quiere que más visitantes se detengan en su pueblo natal. «Los viajeros pasan de largo por Sauðárkrókur en la Ring Road o paran para una comida rápida. Nos encantaría que se quedaran aquí, que al menos pasaran una noche».

Por eso Ásgeirson creó 1238: The Battle of Iceland, una exposición interactiva que utiliza tecnología de realidad virtual y aumentada para transportarte a la Era Sturlung del país, llena de acción. «Hay tantos asesinatos y traiciones dentro de los clanes familiares que parece un Juego de tronos en la vida real», afirma.

La batalla epónima del siglo XIII, quizá la más famosa de la historia islandesa, tuvo lugar no muy lejos de la exposición y la masacre hizo que la isla cediera su independencia a la corona noruega. Islandia no se convertiría en nación soberana hasta 1944.

Ásgeirson ofrece a los visitantes gafas de realidad virtual, guantes y chalecos antes de conectarlos con el pasado, donde «combatirán» junto al legendario líder Sturla Sighvatsson utilizando rocas y lanzas virtuales. «Quizá no tengamos las cascadas más grandes ni los glaciares más asombrosos, pero tenemos nuestras historias», afirma. «Ese es nuestro gran tesoro».

Una carretera serpentea frente a un fiordo cerca de la aldea de Siglufjörður, en la Arctic Coast Way. Este viaje por carretera de varios días atraviesa el norte de Islandia e incluye desvíos asfaltados y caminos de tierra.

Fotografía de Feifei Cui-Paoluzzo, Getty Images

El renacer de una ciudad fantasma costera

La belleza elemental de la próxima península, Tröllaskagi, es todo un peligro. Las curvas de la carretera revelan vistas tan vastas y sobrecogedoras que pueden distraerte. La Arctic Coast Way atraviesa valles bucólicos que son un mosaico de pastos y lagos azotados por el viento, adentrándose en las tempestuosas tierras altas con vistas panorámicas de océano. Aquí, las rocas musgosas parecen tan cuadradas y apiladas que podrían ser las ruinas de una ciudadela.

En el extremo mismo de la tierra, al que se accede por una serie de estrechos túneles de montaña, se encuentra el puerto pesquero de Siglufjörður. Esta aldea, conocida como Sigló, es un prometedor destino de fin de semana. Las casas de verano con tejados inclinados tradicionales se distribuyen ladera arriba y ofrecen vistas del fiordo, y el muelle de trabajo está flanqueado por dos restaurantes y un hotel boutique.

Una antigua piscifactoría se ha convertido en una cervecería, Segull 67, y los murales decoran las callejuelas. Ahora tiene una belleza digna de una postal, pero hace unas décadas, antes de las inversiones recientes, Sigló era una ciudad fantasma que quedó abandonada cuando se agotó la próspera pesca de arenques en los años sesenta.

En 1935, unas mujeres llenan barriles con arenques, sal y hojas de laurel en la localidad pesquera de Siglufjörður, en la costa norte de Islandia. La sobrepesca destruyó la industria para los años setenta, pero hoy la aldea es un popular destino de fin de semana con una cervecería-pub y un museo dedicado a la historia local.

Fotografía de Herbert Felton, Hulton Archive/Getty Images

«Después de 1969, no volvió nadie. La localidad simplemente se pudrió», afirma la guía turística Edda Björk Jónsdóttir. Esta guía conduce a los visitantes por el Herring Era Museum, que profundiza en la historia marítima de Islandia. «Renovamos las casas del muelle y recopilamos estos artefactos para capturar las historias humanas de un periodo increíble de nuestra historia», afirma.

La pesca de arenques de Sigló comenzó a principios del siglo XX. Por aquel entonces, el fiordo albergaba unas cuantas casas rústicas, pero surgieron un puerto y un pueblo para servir a la nueva y lucrativa industria. En su apogeo, Sigló albergó 12 000 trabajadores en verano. «Había una calle principal con un cine y una fábrica de caramelos, y bailes modernos. Venían hombres y mujeres de toda Islandia para hacer fortuna», afirma Jónsdóttir. «Entonces, todo acabó con la misma rapidez con que empezó. Sobrepescaron los arenques».

Para finales de los años setenta, no quedaba nada que capturar. Esto provocó las Guerras del Bacalao de los años setenta, en las que los pescadores islandeses se enfrentaron a los arrastreros británicos que buscaban lugares más lejanos para llenar sus redes.

Ballenas y olas cerca del círculo polar ártico

Salir a navegar ofrece otra perspectiva de los ecosistemas marinos de Islandia. A bordo de una goleta tradicional de madera desde el acogedor pueblo de Húsavík, puedes desplazarte al norte a lo largo de Skjálfandi, que significa «bahía temblorosa».

Una ballena jorobada sale a la superficie cerca de un barco de observación de fauna en la costa norte de Islandia.

Fotografía de Francesco Riccardo Iacomino, Getty Images

La pacífica localidad portuaria de Húsavík, un centro de observación de ballenas en Islandia.

Fotografía de Andrew Deer, Alamy Stock Photo

La mayoría de las personas piensan que el nombre se debe al oleaje, pero en realidad es porque la zona es propensa a los terremotos. La coqueta iglesia del pueblo, las piscinas termales sobre los acantilados y los establos se convierten en una mancha en la distancia a medida que la goleta se aleja de la orilla. La bahía está flanqueada por montañas. A solo 48 kilómetros al norte, más allá de las fauces de Skjálfandi, se encuentra el círculo polar ártico.

Húsavík se anuncia como «la capital europea de la observación de ballenas», así que los pasajeros están atentos a las señales reveladoras de su presencia: un chapoteo, la aparición de una cola o una bandada de gaviotas dando vueltas sobre las olas. Once especies visitan esta zona para alimentarse, entre ellas el animal más grande del planeta: la ballena azul. Quizá también avistes marsopas comunes y aves marinas como frailecillos o alcas comunes.

Con todo, Islandia es uno de solo tres países del mundo que permiten la caza de ballenas en sus aguas, una lacra sorprendente en una agenda política que es progresista en gran medida. «Al menos en Húsavík no cabe duda: las ballenas no están en el menú», afirma el biólogo marino Christian Schmidt, que trabaja para North Sailing, el turoperador de observación de ballenas más antiguo de Húsavík. «Ni frailecillos. Me da la sensación de que solo se los ofrecen a los turistas; en Islandia nadie quiere que siga ocurriendo esto. Quizá si los turistas se negaran a probarlos, podríamos cambiarlo».

Lagos y baños de vapor en el interior

También vale la pena desviarse tierra adentro para visitar una de las atracciones más impresionantes de la región: Mývatn. La serenidad de este lago y del humedal lleno de aves que lo rodea contrastan con las hirvientes fuerzas subterráneas de la zona. El lago de 36 kilómetros cuadrados descansa sobre la dorsal mesoatlántica, el punto en el que se encuentran las placas tectónicas norteamericana y euroasiática.

Al rodear el lago, pasarás por zonas de nidificación de aves e islas dispersas de camino a su orilla este. Allí encontrarás una abundancia de curiosidades geológicas y, quizá, a otros viajeros. Hverfjall, un enorme cráter, domina un paisaje de volcanes de lodo, fumarolas sulfurosas, pseudocráteres hundidos y campos de lava esculturales. Al recorrer esta tierra maravillosa podrás ver las fuerzas violentas del núcleo del planeta.

La cascada de Dettifoss, una de las más potentes de Europa, se encuentra tierra adentro respecto a la Arctic Coast Way. El agua cae a un ritmo de 193 metros cúbicos por segundo.

Fotografía de Max Galli, Laif/Redux

La zona también alberga los Mývatn Nature Baths, la respuesta del norte a la abarrotada Blue Lagoon de Reikiavik. Bañarse en uno de estos balnearios geotérmicos es un pasatiempo nacional. Se recomiendan accesorios como una pinta de lager recién tirada en el bar y un gorro de lana.

El agua lechosa está gloriosamente caliente. Lo ideal es encontrar una cornisa —suave por los depósitos de minerales acumulados— y contemplar cómo el viento azota el vapor, haciendo que el vasto paisaje aparezca y desaparezca.

Elfos y vistas asombrosas en el extremo norte

Conducir desde la región de Mývatn para volver a la Arctic Coast Way, con sus carreteras sin asfaltar, sus faros curtidos por el viento y su océano iridiscente, es espectacular.

De camino hacia las penínsulas poco pobladas del nordeste hay dos paradas: la cascada más potente de Europa, Dettifoss, donde se forman arcoíris entre el rocío, y el cañón de Ásbyrgi, con senderos forestados y un lago de color esmeralda.

Según mitos antiguos, el enorme corcel de ocho patas del dios nórdico Odín creó con su pezuña esta garganta en forma de herradura. Más adelante, Ásbyrgi empezó a considerarse la capital del Huldufólk, que significa personas ocultas o elfos. Según la leyenda, se parecen mucho a los humanos, solo que son más altos y hermosos y llevan prendas elegantes.

Arctic Henge es un reloj de sol enorme en construcción, inspirado en el Stonehenge inglés. Se encuentra en la cima de una colina cerca de la aldea de Raufarhöfn.

Fotografía de PETER SPELLERBERG, Alamy Stock Photo

De vuelta a la carretera de la costa, alrededor de la punta de la península de Melrakkaslétta, estarás a menos de kilómetro y medio al sur del círculo polar ártico. Allí, el océano cambia serenamente entre tonos azules oscuros y grises que rozan el horizonte. Tierra adentro, los arroyos y los páramos adoptan un color blanco como la leche debido a los matorrales y el algodoncillo. Parece el mismísimo fin del mundo.

Melrakkaslétta tiene algunos habitantes, la mayoría concentrados en la aldea de Raufarhöfn y sus alrededores. Es un lugar donde llegan pocos viajeros, pero esto no ha impedido que los lugareños creen una ambiciosa atracción: un reloj de sol monumental inspirado en Stonehenge.

Ahora mismo sigue en construcción, pero ya hay cinco portales labrados toscamente que enmarcan el paisaje y evocan las raíces paganas del país. Cuando se finalice, se prevé que el Arctic Henge será un lugar de peregrinación para los buscadores de auroras y se celebrarán festivales durante los solsticios.

Su arquitectura final también responderá a la mitología nórdica sobre el nacimiento y la muerte del cosmos, tal y como describe el poema medieval Völuspá.

Parece que el norte sigue encontrando formas nuevas y espectaculares de contar sus historias antiguas.

Amelia Duggan es una escritora y editora afincada en Londres que trabaja con National Geographic Traveller UK. Síguela enTwitter e Instagram.
Artículo adaptado de un reportaje que originalmente se publicó en National Geographic Traveller UK
Este artículo se publicó en inglés en nationalgeographic.com.
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