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Golf, whiskey... y ¿cohetes? La escena turística escocesa aspira a llegar a las estrellas

Un puerto espacial orbital podría impulsar la economía del norte de Escocia. Pero el lugar propuesto, en una turbera frágil, plantea problemas medioambientales.

Por Malcolm Jack
Publicado 4 jun 2021 11:48 CEST
Imagen del castillo de Varrich en Escocia

El castillo de Varrich se eleva sobre Kyle of Tongue, una laguna marina estrecha en el norte de la península escocesa de A’ Mhòine.

Fotografía de LatitudeStock, Alamy Stock Photo

En el extremo norte de las Tierras Altas de Escocia, el condado histórico de Sutherland alberga una costa accidentada, castillos en ruinas y la península de A’ Mhòine —en gaélico escocés significa «la turbera»—, un terreno tan estéril que podría ser la superficie de la Luna. Salvo por los gansos y los correlimos, lo único que se eleva de este paisaje antiguo e intacto son las distantes cimas de las montañas. Y quizá, pronto, naves espaciales alzando el vuelo.

En otoño de 2022, puede que las multitudes ya se congreguen aquí para observar cómo despegan cohetes desde una plataforma de lanzamiento situada entre los helechos. Transportando satélites de comunicaciones a la órbita, la plataforma cumplirá la ambición de la Agencia Espacial del Reino Unido (UKSA, por sus siglas en inglés) y sus socios de volar naves espaciales desde suelo británico. El puerto introducirá al país en la industria de los lanzamientos espaciales comerciales que actualmente está dominada por la empresa SpaceX, de Elon Musk. Además, propulsará esta región a una economía espacial global que, según se prevé, alcanzará un valor de 1,4 billones de dólares para finales de esta década.

Space Hub Sutherland podría convertirse en uno de los primeros puertos orbitales continentales de Europa, reviviendo un área en declive económico con nuevos puestos de trabajo y añadiendo la «observación de cohetes» al perfil turístico de Escocia, junto a las ofertas tradicionales de whiskey, golf y páramos. La tecnología que involucra podría incluso ayudar a que el sector espacial se vuelva más responsable con el medioambiente.

Y aunque la industria espacial naciente de Escocia parece lista para el despegue, es algo que aún entraña retos. Las partes interesadas deben mantener el equilibrio entre el futuro económico de Sutherland y las alteraciones para el ecosistema frágil y biodiverso de la zona, que es vital para la lucha contra el cambio climático.

La península de A’ Mhòine es un lugar ideal para construir un puerto espacial. Pero los detractores temen que el puerto degrade las delicadas turberas de la zona.

Fotografía de Geopix, Alamy Stock Photo

Los crofters espaciales de Melness

En lugares como Prestwick, Kintyre, Stornoway y North Uist, la idea de crear puertos espaciales de lanzamiento horizontal y vertical en Escocia se ha explorado durante años. Escocia, una de las masas continentales más septentrionales de Europa, goza de una ubicación privilegiada para acceder a las órbitas polar y heliosíncrona, mientras que la densidad de población relativamente baja del país (67,5 habitantes por km²) y la abundancia de aguas costeras para amerizajes de emergencia suponen un seguro si un lanzamiento saliera mal.

En Sutherland —una zona de 5252 kilómetros cuadrados que alberga unos 13 500 habitantes— la densidad de población desciende a menos de siete personas por milla cuadrada y podría volverse aún más escasa. Con el desmantelamiento de la Central Nuclear de Dounreay y el declive de la industria petrolífera del mar de Norte, los puestos de trabajo empiezan a escasear. La población de Sutherland podría desplomarse un 11,9 por ciento en los próximos 20 años, según una proyección del gobierno escocés.

«Tendrán suerte si tienen 20 alumnos ahora mismo», cuenta la profesora jubilada Dorothy Pritchard de la escuela donde enseñó en la aldea de Tongue, en Sutherland. «Cada vez que se marcha una familia, es como una daga en el corazón». Pritchard es una crofter de sexta generación, o agricultora de croft (un tipo de propiedad de agricultura minifundista), y presidenta del Melness Crofters’ Estate (MCE), una comunidad de 57 crofters en A’ Mhòine.

En 2017, para sorpresa de los agricultores, les contactó una agencia de desarrollo regional llamada Highlands and Islands Enterprise para plantear la posibilidad de construir un puerto espacial en sus tierras, cofinanciado por la UKSA. Se produjo un intenso debate entre los agricultores antes de votar para permitir la entrada de los cohetes. «Pero no a cualquier precio», insiste Pritchard.

Consiguieron garantías estrictas de que no se lanzarían misiles y que las instalaciones tendrían el mínimo impacto posible en una zona muy protegida por sus muchas especies raras de animales y plantas amenazados, por no mencionar la forma en que la turbera captura y almacena carbono. El núcleo del puerto espacial tendrá 307 hectáreas e incluirá un centro de control diseñado para confundirse con su entorno y carreteras de acceso «flotantes» para las que no habrá que excavar la turba.

Se prevé que se crearán 40 puestos de trabajo permanentes y locales; la mitad de todo el dinero obtenido por MCE del puerto espacial se destinará a un fondo caritativo para la comunidad local. «Creo que sería muy emocionante para esta zona», afirma Pritchard, una «Trekkie» (fan de la franquicia televisiva y cinematográfica de ciencia ficción Stark Trek) y la más entusiasta de los «crofters espaciales», como se autodenominan en broma. «Es un futuro sostenible», dice.

La hospitalidad de las Tierras Altas, ahora con cohetes

«Si van a construirla, va a ser pequeña y no será el Cabo Cañaveral escocés», afirma Chris Lamour, consejero delegado del operador comercial del Space Hub Sutherland, Orbex, refiriéndose a las demandas de los vecinos durante las negociaciones. Un pequeño puerto espacial de bajo impacto necesita un cohete igual y la respuesta de Orbex es Prime, un vehículo de lanzamiento de carga útil de 150 kilos que se está construyendo actualmente en la sede de Orbex en Forres, y que según la empresa será el cohete más verde que jamás ha volado. Orbex afirma que el Prime será reutilizable y empleará combustible renovable de biopropano, que reduce las emisiones de carbono en un 90 por ciento.

Cualquiera que espere un espectáculo similar al del Falcon Heavy, el monstruo de 63 800 kilos de SpaceX, despegando de una plataforma de lanzamiento de Florida, se quedará un poquito decepcionado cuando vea del diminuto Prime de camino al cielo. Con todo, Lamour todavía cree que los lanzamientos desde Sutherland —hasta 12 al año— tienen el potencial de atraer a nuevos visitantes a una zona que ya ofrece mucho a los turistas en lo que se refiere a campos vastos y hospitalidad tradicional de las Tierras Altas.

«En los primeros lanzamientos, seguramente aparecerá mucha gente para verlos porque serán una novedad», dice Lamour. «A lo mejor viene la gente más aficionada que quiere ver cada lanzamiento o gente que programa su visita turística en el North Coast 500».

Glasgow, ciudad satélite

Space Hub Sutherland sigue la industria de satélites creciente de Glasgow. La ciudad más grande de Escocia es la mayor productora de satélites fuera de California. A orillas del río Clyde, donde en su día se construía una quinta parte de los buques del mundo, se ensamblan unas naves mucho más pequeñas —algunas poco más grandes que un cubo de Rubik— para saciar un feroz apetito global de datos satelitales, empleados desde en programas militares hasta en aplicaciones de citas.

«Glasgow es uno de los mejores lugares del planeta para construir naves espaciales», afirma Tom Walkinshaw, fundador de la empresa fabricante de satélites Alba Orbital. La historia de la industria satelital de Glasgow comenzó en 2005, cuando se fundó Clyde Space, que hoy es líder en el mercado de tecnología CubeSat. Las grandes inversiones y un talento y una base de apoyo saludables en torno a las universidades de Glasgow han ayudado al sector a expandirse y crecer. Se estima que la industria espacial escocesa valdrá más de 5000 millones de dólares para 2030.

El cohete Prime de la empresa aeroespacial británica Orbex está diseñado para llevar pequeños satélites a la órbita.

Fotografía de MICHAL WACHUCIK, AFP/Getty Images

En teoría, un puerto espacial escocés significaría que Clyde Space y Alba Orbital ya no tendrían que transportar sus productos a Estados Unidos o Nueva Zelanda para su lanzamiento. Pero a pesar de que se ha debatido la idea de los puertos espaciales en Escocia durante años, no se ha construido ninguno y Walkinshaw se muestra escéptico. Aunque Orbex despegue desde Sutherland, cree que un rezagado en un mercado que ya está dominado por la empresa de 74 000 millones de dólares SpaceX —«una empresa gorila», dice— podría tener dificultades.

«Como fan del espacio, me encantaría ver cohetes lanzados desde Escocia», dice Walkinshaw. «Pero temo que esto se convierta en un acto secundario».

Protegiendo A’ Mhòine

Escepticismo aparte, también hay que tener en cuenta el medioambiente. La construcción del puerto espacial de 19,8 millones de euros podría empezar antes de que termine el 2021. Pero la posibilidad de que se construya una instalación así tan cerca de una turbera frágil —declarada Lugar de Interés Científico Especial— indigna a muchos, sobre todo en el año en que Escocia va a recibir a los líderes mundiales para la importantísima COP26, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático en Glasgow.

La turbera de A’ Mhòine forma parte del Flow Country, el mayor manto de turba de Europa. En el Reino Unido, las turberas almacenan más de 3000 millones de toneladas de carbono, el equivalente a todo el carbono almacenado en los bosques del Reino Unido, Alemania y Francia juntos. Si se daña, la turbera puede liberar su carbono. Por ese motivo, entre otros, muchos se oponen al puerto espacial, entre ellos el grupo medioambiental local Protect The Mhòine, científicos de la Agencia Escocesa de Protección Ambiental (SEPA, por sus siglas en inglés) y el hombre más rico y mayor terrateniente del Reino Unido, Anders Holch Povlsen.

El multimillonario empresario minorista danés y entusiasta de la resilvestración posee tierras que lindan con la propiedad de Melness Crofters Estate. Su organización de conservación, Wildland, tiene una idea alternativa para las Tierras Altas: plantar millones de árboles, restaurar hábitats marinos, reintroducir animales extintos como el lince euroasiático y no construir un puerto espacial. O al menos no en la península de A’ Mhòine (otra de las empresas de Pavlson, Wild Ventures, ha invertido casi dos millones de dólares en el Shetland Space Centre, un proyecto rival en el archipiélago escocés de las Northern Isles).

En junio, se prevé que tenga lugar una revisión judicial del permiso de planificación del puerto espacial de Sutherland, solicitada por Wildland. Space Hub Sutherland está a la espera del consentimiento del Tribunal de Tierras Escocés, mientras que Orbex aún necesita una licencia de lanzamiento del gobierno británico.

La carrera espacial escocesa no ha terminado, pero Dorothy Pritchard conserva la esperanza. En una casita de campo en la ladera de una colina con vistas asombrosas del mar del Norte, bebe una taza de té y describe lo que más le importa: garantizar que haya un futuro tanto para las personas como para el medioambiente.

«Cualquier lugar que esté vacío no tiene alma», reflexiona. «Son las comunidades y las cosas lo que lo convierten en un lugar, y que hacen que sea entretenido visitarlo y que sea entretenido conocer a las personas y su forma de vida y sus culturas. Creo que cuando se pierde eso, se pierde algo valiosísimo».

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.
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