La secuenciación del ADN del lobo terrible revela que era un animal más extraño de lo pensado

Un estudio del ADN del lobo gigante o terrible, una especie extinta, revela varias sorpresas, como que los carnívoros —que se hicieron famosos como mascotas ficticias en la serie «Juego de tronos»— no eran parientes cercanos de los lobos grises.

Por Andrea Anderson
Published 14 ene. 2021 11:39 CET
Ilustración de lobos terribles

Los lobos terribles, de pelaje rojizo, se enfrentan a los lobos grises. Esta imagen, creada por el artista Mauricio Anton en 2020, se elaboró con la asesoría de investigadores que creen que es probable que los animales tuvieran un pelaje más rojizo de lo pensado, ya que una nueva investigación demuestra que los lobos terribles figuran en la misma «horquilla filogenética» que los cuones y los lobos etíopes.

Fotografía de Mauricio Anton (ilustración)

Incluso antes de aparecer como lobos huargos ficticios en la serie de televisión Juego de tronos, los lobos gigantes o lobos terribles ya habían cautivado la imaginación de las personas. Con un peso de casi 70 kilogramos, las criaturas tenían un tamaño superior al de los lobos grises más grandes. Se distribuían por vastos tramos de las Américas y se alimentaban de megafauna ya extinta, como caballos de la Edad del Hielo y perezosos terrestres.

Pero aún quedan muchas incógnitas sobre ellos. ¿De dónde venían? ¿Hasta qué punto eran similares a los lobos grises actuales? ¿Y por qué se extinguieron hace unos 13 000 años, tras sobrevivir cientos de milenios?

En el primer estudio de su tipo, un equipo internacional de investigadores ha analizado varios genomas completos de estas criaturas y revelado unas cuantas sorpresas. En lugar de compartir vínculos genéticos cercanos con el lobo gris (Canis lupus), como cabía esperar por su parecido, los lobos terribles eran evolutivamente distantes y estuvieron aislados durante mucho tiempo en las Américas.

«Los lobos terribles y los lobos grises tienen un gran parecido morfológico, pero la genética revela que no eran parientes cercanos», explica Angela Perri, arqueóloga de la Universidad de Durham y coautora del artículo sobre la genética del lobo terrible publicado el miércoles en la revista Nature.

Los nuevos hallazgos esclarecen las relaciones entre los miembros de la familia de los cánidos, situando a los lobos terribles (Canis dirus) en un linaje del Nuevo Mundo que se separó de los ancestros del lobo gris hace unos 5,5 millones de años, lo que ahonda el misterio sobre la evolución y la extinción del lobo terrible.

«Ahora, la pregunta es: ¿estuvo su extinción relacionada con el cambio climático y ambiental, o contribuyó la llegada de los humanos y posiblemente de otros lobos y perros y [enfermedades] a su desaparición?», afirma Perri.

Una reconstrucción del Canis dirus junto a un grupo de mamuts colombinos del 2008. Esta imagen utilizó el mismo patrón del pelaje de los lobos grises modernos, aunque el artista Mauricio Anton ya la ha remplazado con un pelaje más rojizo, como en la imagen anterior.

Fotografía de Mauricio Anton (ilustración)

Una secuencia de dibujos del 2008 muestra la reconstrucción anatómica de los lobos terribles paso a paso. El único cambio importante desde entonces es que se cree que su pelo era marrón rojizo; la forma del cuerpo sigue siendo igual.

Fotografía de Mauricio Anton (ilustración)

Un lobo temible

El lobo terrible —que antes se clasificaba en el género Aenocyon, que significa «terrible» o «temible»— es un carnívoro muy mitificado conocido por su tamaño imponente, sus dientes traseros especializados para quebrar huesos y su propensión a depredar grandes herbívoros. Fueron solo uno de los animales increíbles que vivieron en las Américas junto a felinos inmensos, osos de cara corta, perezosos gigantes y camellos, un bestiario perdido que no logró adaptarse a un mundo cambiante cuando finalizó el Pleistoceno.

El icónico lobo terrible cautivó la imaginación de Perri mucho antes del comienzo del actual estudio. «Una de mis preguntas siempre había sido si los lobos terribles todavía existían cuando los humanos llegaron a las Américas» y si hubo interacción entre ambos, dice Perri, que también estudia las interacciones entre humanos y animales.

Cuando sus colegas y ella empezaron el estudio de los lobos terribles hace varios años, sabían que había un lugar donde abundaban los fósiles de lobo terrible: La Brea Tar Pits, una «trampa de depredadores» icónica en la actual ciudad de Los Angeles.

Con todo, la mayoría de los intentos pasados de extraer restos suficientes de ADN de lobos terribles, dientes de sable y otros animales en La Brea han fracasado; el entorno cálido y hostil del lugar cuece y despedaza el material genético. Los intentos del equipo actual tampoco fueron mucho mejor.

«El pozo de brea es un revoltijo caliente y burbujeante y no es beneficioso para la preservación del ADN», explica el coautor principal Greger Larson, director de la red de investigación de paleogenómica y bioarqueología de la Universidad de Oxford.

Sin embargo, una muestra de La Brea sí desveló algo nuevo: una secuencia de colágeno que permitió a los investigadores comparar a los lobos terribles con los perros domésticos, los lobos grises, los coyotes y los lobos dorados africanos. ¿Su conclusión? El lobo terrible era drásticamente diferente.

La caza del lobo terrible

El equipo necesitaba más, ya que la secuencia de una sola proteína no es tan informativa para intentar definir las complejas relaciones entre cánidos, señala Laurent Frantz, investigador de la Universidad Queen Mary de Londres y la Universidad de Oxford y coautor del estudio.

En 2016, Perri empezó a recorrer Estados Unidos en autobús, coches de alquiler y avión en busca de huesos. Su pesquisa la llevó a colecciones de museos y universidades para examinar y recopilar fragmentos de huesos de lobo terrible e intentar conseguir suficiente ADN para su análisis genético.

El viaje presentó sus retos. Intenta explicar a la seguridad del aeropuerto por qué llevas una bolsa llena de astillas de dientes, fragmentos de hueso, un taladro y dispositivos de medición electrónicos, cuenta Perri entre risas. A pesar de todo, la búsqueda dio sus frutos. Tal y como sospechaba, algunos investigadores tenían muestras de lobo terrible sin saberlo siquiera.

«Como su morfología es tan similar a la de los lobos grises, mucha gente no sabe si tienen lobos terribles en sus colecciones. A menudo están etiquetados como “¿lobo?”», explica Perri. «Visité varias partes de los Estados Unidos, rebusqué en cajas viejas y pasé mucho tiempo sola en muchos sótanos».

Junto a sus colaboradores, sus colegas y ella por fin generaron los perfiles genéticos de cinco lobos terribles representativos de Ohio, Idaho, Tennessee y Wyoming.

La muestra más antigua tenía unos 50 000 años de antigüedad. La más reciente tenía unos 12 000 años, lo que sugiere que algunos lobos terribles coexistieron con los lobos grises, los coyotes, los cuones, los zorros grises y quizá humanos primitivos.

Los investigadores analizaron los genomas de los lobos terribles, comparándolos con las secuencias disponibles de lobo gris, coyote, cuón, zorro gris, lobo dorado africano, lobo etíope, licaón y perro yagán, y con las nuevas secuencias del chacal de lomo negro y el chacal rayado, ambos de África.

Mediante una serie de análisis del árbol familiar genético, el equipo demostró que el lobo terrible tenía un parentesco distante con otros lobos y que mostraba lazos relativamente más cercanos con el chacal de lomo negro y el chacal rayado.

Los investigadores estiman que el linaje del lobo terrible se dividió del que condujo a los lobos grises hace unos 5,5 millones de años y permaneció aislado a pesar de que más adelante su territorio se solapó con otras especies de cánidos durante miles de años. Dicho aislamiento genético es inusual entre especies de cánidos relacionadas, que se cruzan a menudo.

Saliendo a la luz

La nueva información genética influyó en el paleoartista Mauricio Anton, que creó un nuevo dibujo del lobo terrible, animal al que había ilustrado en el pasado. Por ejemplo, ha desaparecido el pelaje largo y oscuro, ya que se cree que el pelo negro y otros rasgos adaptativos entraron en las poblaciones de lobos norteamericanas al cruzarse con otros cánidos del continente, algo que los lobos terribles aparentemente no hicieron. Perduran otras similitudes, como la cabeza y la forma corporal lobunas.

Los expertos afirman que, más allá de las implicaciones para comprender los orígenes y la extinción del lobo terrible, los hallazgos apuntan a la evolución independiente de rasgos muy similares en lobos terribles y lobos grises, lo que pone de manifiesto las ventajas adaptativas de un cuerpo lobuno, así como las formas diversas de los cánidos que merodearon por partes diferentes del planeta.

«Que existiera esta convergencia de forma corporal aunque hubiera un periodo de separación tan largo sugiere que la forma corporal del lobo ha tenido mucho éxito y que claramente lo ha tenido durante mucho tiempo», afirma Robert Losey, arqueólogo antropológico de la Universidad de Alberta que no participó en el estudio del lobo terrible.

A la larga, estas ventajas no impidieron la extinción del lobo terrible. El equipo cree que es posible que otras especies de cánidos y los lobos rivalizaran y superaran a los lobos terribles o que propagaran enfermedades perjudiciales para ellos. El cambio climático también podría haber estado implicado, señala Perri.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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