¿Por qué están muriendo tantas ballenas grises en el Pacífico?

Los científicos son incapaces de explicar por qué la población de ballenas grises se desplomó casi un 25 por ciento entre 2016 y 2020.

Por Kate Linthicum
Fotografías de Meghan Dhaliwal
Publicado 14 abr. 2021 13:22 CEST
Una ballena gris adulta nada en la costa de Baja California Sur

Una ballena gris adulta nada en la costa de Baja California Sur. Cada invierno, las ballenas grises migran desde sus terrenos de alimentación en Alaska a los tranquilos estuarios de la costa del Pacífico en México. En los últimos años, las muertes en masa inexplicables han reducido la población de ballenas grises casi un 25 por ciento. En Baja, las ballenas llegan más tarde y están mucho más delgadas que en el pasado.

Fotografía de Meghan Dhaliwal

Mientras la bruma matutina se levanta en la costa de Baja California, Alushe Camacho conduce un pequeño barco pesquero a lo largo de un estuario flanqueado por manglares con los ojos fijos en el horizonte. Durante la mayor parte del año, Camacho pesca meros, lenguados y tiburones martillo. Hoy busca ballenas grises.

Unos minutos después, Camacho detecta su objetivo: una nube de salpicaduras con forma de corazón que salen disparadas del agua. De repente, una ballena adulta saca la cabeza cónica a la superficie, deteniéndose durante cinco largos segundos antes de desaparecer bajo las olas.

Durante décadas, encuentros como este han atraído a muchos turistas a este tramo de marismas de México, donde cada invierno miles de ballenas grises del Pacífico este llegan desde el Ártico alaskeño. Aquí, las adultas se aparean y las hembras dan a luz y cuidan de sus crías en una red de lagunas tranquilas.

A lo largo de los 12 años que lleva ejerciendo de guía, Camacho (33) ha puesto apodos a las ballenas que regresan cada estación. Lucrecio salpica a los barcos con la cola; Olivia da empujoncitos a sus crías para que los turistas, asombrados, las acaricien.

Pero durante los últimos tres años, Camacho y otras personas han advertido cambios inquietantes. Las ballenas llegan más tarde al estuario y muchas parecen desnutridas, el perfil dentado de sus vértebras visible en sus espaldas normalmente grasas. Más ballenas de lo normal han aparecido muertas en la orilla.

Los turistas se congregan alrededor de la escultura de una ballena gris y su cría en el muelle de Puerto Adolfo López Mateos, una pequeña aldea pesquera que ha pasado a depender del turismo de ballenas.

Fotografía de Meghan Dhaliwal

Posiblemente lo más preocupante sea el drástico desplome de los nacimientos. Temprano, una mañana normal de febrero como esta, Camacho esperaría ver varias parejas de madres y crías. Hoy solo ve adultas.

Los cambios observados en México evidencian un fenómeno más extendido, uno que llamó la atención del público en 2019 y 2020, cuando los varamientos de ballenas grises en la costa pacífica de Norteamérica se dispararon drásticamente. La Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA, por sus siglas en inglés) lo declaró «evento de mortalidad inusual» y puso en marcha una investigación sobre las causas.

Entre 2016 y 2020, la población estimada de ballenas grises del Pacífico nororiental se desplomó casi un 25 por ciento, de casi 27 000 ejemplares a unos 20 500. Por ahora, los orígenes de esta disminución son un misterio. Gran parte de las investigaciones preliminares apuntan al cambio climático, que está calentando rápidamente el océano Glacial Ártico y podría estar reduciendo la cantidad y la calidad del suministro de alimentos de las ballenas. Con todo, los científicos no pueden descartar otros factores, como la posibilidad de que la población de ballenas haya crecido demasiado y simplemente esté autocorrigiéndose.

Al norte y al sur, los expertos están investigando con urgencia porque estos mamíferos, con sus migraciones de más de 19 000 kilómetros, son barómetros fundamentales de la salud marina. Las ballenas grises son conocidas por ser una especie robusta y flexible. Que estén en apuros podría indicar problemas mucho mayores, como en sus terrenos de alimentación en el fondo marino, una parte crucial de la cadena trófica marina y un área de la que los científicos saben relativamente poco por la dificultad logística de estudiarla.

«Son centinelas de lo que ocurre en el ecosistema del Pacífico norte en general», dice Sue Moore, investigadora de la Universidad de Washington que participa en las indagaciones de la NOAA.

Esta cuestión es de especial urgencia en México, donde una ristra de pueblos situados en la península de Baja ha pasado a depender económicamente de la llegada anual de las ballenas.

«Está pasando algo y no sabemos qué es», cuenta Camacho. «Si no vuelven las ballenas, ¿qué vamos a hacer?».

El guía Alushe Camacho, sentado en el cubo a la derecha, y su familia se han beneficiado mucho del ecoturismo de la región, que está mejor pagado que la pesca comercial. «Todo es gracias a las ballenas», dice Camacho.

Fotografía de Meghan Dhaliwal

Un pescador recoge las gambas de su red. En abril, cuando los cetáceos empiezan su larga migración al norte, la mayoría de los guías de ballenas retoman la pesca de gambas, langostas, tiburones y rayas.

Fotografía de Meghan Dhaliwal

Las redes de pesca ondulan al viento en montones en una obra en Puerto Adolfo López Mateos.

Fotografía de Meghan Dhaliwal

Una conexión íntima

Camacho ha pasado toda la vida en Puerto Adolfo López Mateos, un pueblo de 2000 habitantes a cinco horas al norte de Cabo San Lucas. Al vivir junto a una laguna poco profunda que alberga delfines, garcetas y pelícanos, los residentes están íntimamente conectados con la naturaleza. Las águilas pescadoras anidan sobre los postes telefónicos y los coyotes se escabullen por carreteras de tierra, esperando a que los pescadores atraquen con su captura del día.

Pero los residentes sienten una veneración especial por las ballenas. Frente a la iglesia católica hay una escultura de una ballena gris y los murales de ballenas adornan los restaurantes y la escuela primaria. Los vecinos dicen que, como nacen aquí, las ballenas grises son mexicanas. Cada invierno, la aldea celebra su llegada con un festival que dura tres días e incluye conciertos y un concurso de belleza.

No siempre ha sido así.

En el siglo XIX y a principios del XX, los balleneros extranjeros acudían a estas algunas en busca de grasa para producir aceite para lámparas. Ya en el siglo XVIII, los balleneros habían cazado hasta la extinción otra población de ballenas grises en el océano Atlántico. Pero con el aumento del petróleo como combustible para las lámparas, la fundación de la Comisión Ballenera Internacional en la década de 1940 y la aprobación de la Ley de Protección de los mamíferos marinos de Estados Unidos en 1972, la ballena gris del Pacífico nororiental ha logrado recuperarse.

Para la década de 1970, los extranjeros volvían a acudir a la costa de Baja, no para cazar ballenas, sino para admirarlas. Al final, el gobierno mexicano, estableciendo un modelo de ecoturismo sostenible a nivel mundial, estipuló que las excursiones serían organizadas por guías locales, lo que trajo consigo nuevas oportunidades de trabajo a una región que antes dependía de la pesca comercial. Las ballenas respondieron con una amabilidad inusual, buscando los barcos por sí solas e insistiendo en que los turistas les acaricien la cabeza o les masajeen las barbas.

En su trabajo como pescador de abril a diciembre, Camacho gana una media de 140 euros a la semana. Cuando llegan las ballenas, puede ganar seis veces más ejerciendo de guía para Pirata Tours, la empresa fundada por su abuelo hace cuatro décadas.

Mientras cena un pargo rojo que su hermano, también guía de ballenas, había capturado el día anterior, Camacho señala partes de la propiedad que ha comprado hace poco, rodeada de palmeras y que cuenta con un nuevo edificio que espera convertir en un negocio de fileteado de pescado. «Todo es gracias a las ballenas», dice.

Una ballena gris hembra asoma la cabeza en las aguas vidriosas de la laguna mientras su cría recién nacida nada justo bajo la superficie. Las ballenas suelen sacar la cabeza fuera del agua como forma de vigilancia.

Fotografía de Meghan Dhaliwal

Un mural con ballenas grises pintado en la pared de un hotel en el centro de Puerto Adolfo López Mateos.

Fotografía de Meghan Dhaliwal

Chalecos salvavidas colgados a secar detrás de una casa en el centro del pueblo. La mayoría de los residentes pasan el día en el mar, pescando o trabajando en la fábrica de sardinas local.

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Desentrañando un misterio costero

Omar García Castañeda está apoyado en la proa de una lancha motora con los prismáticos frente a la cara y una cuerda de seguridad atada a la cintura. Es un día tempestuoso para estar en el agua, pero el tiempo es oro. Las ballenas grises viven en sus terrenos de cría durante tres meses cada año y García y sus colegas deben contar y fotografiar a tantas como sea posible.

Los biólogos marinos forman parte del Programa Científico del Ecosistema de la Laguna San Ignacio, un grupo de investigación binacional que ha supervisado a las ballenas de la costa de Baja desde 2007. Cada año, el grupo recopila catálogos fotográficos de ballenas que permiten rastrear los movimientos de cada ejemplar, identificados por los patrones distintivos de percebes y cicatrices. En los últimos años, las fotografías también se han empleado para evaluar su estado de salud, algo fundamental.

Los cetáceos son tan gigantescos —una ballena gris sana pesa más de 40 000 kilos y mide hasta 15 metros— que puede ser difícil determinar desde la cubierta de un barco si están desnutridos. Pero las fotografías pueden revelar matices. ¿Tienen las ballenas espaldas gruesas y redondeadas o una depresión tras la cabeza? ¿Les sobresalen los omóplatos?

Durante la primera década del programa, la proporción de ballenas adultas solteras consideradas en malas condiciones corporales permaneció estable, en torno a un 6 por ciento. Pero esa cifra empezó a aumentar en 2018. Para 2020, había ascendido a un 30 por ciento.

Las fotografías con drones confirmaron la tendencia: entre 2017 y 2020, un porcentaje cada vez mayor de ballenas estaban mucho más delgadas de lo que deberían.

Los varamientos de ballenas a lo largo de su ruta migratoria alcanzaron cifras históricas. En 2019, encontraron 214 ballenas grises muertas, entre ellas 122 en Estados Unidos, el cuádruple de la media del país durante los 18 años anteriores. Los científicos creen que, por cada ballena hallada en tierra, otras cinco mueren en el mar.

Víctor de la Toba Miranda y Marisel Valladolid en su patio trasero en Puerto Adolfo López Mateos. La pareja peina las playas cercanas una vez a la semana por si hay animales muertos.

Fotografía de Meghan Dhaliwal

Víctor de la Toba Miranda enseña una foto de una ballena gris joven hallada muerta en una playa cercana a finales de diciembre de 2020. Estaba muy delgada y cubierta de piojos.

Fotografía de Meghan Dhaliwal

«Se veía venir, pero no pudimos hacer nada al respecto», cuenta Steven Swartz, codirector del programa de Laguna San Ignacio. 

Es muy difícil llevar a cabo necropsias —exámenes póstumos de los animales— de ballenas porque suelen varar en playas remotas y se descomponen rápidamente. En un año normal, los investigadores del Centro de Mamíferos Marinos de Sausalito pueden practicar necropsias a entre una y tres ballenas grises, que no suelen entrar en la bahía de San Francisco cuando migran. Pero en 2018, el centro examinó a 13.

Pádraig Duignan, jefe de patología del centro, especula que las ballenas se desviaron de su ruta habitual y entraron en la bahía porque tenían hambre y buscaban comida. Las necropsias revelaron que en torno a la mitad de las ballenas estaban desnutridas y tenían reservas de grasa muy bajas alrededor del corazón y otros órganos. Su entrada en la bahía las hizo especialmente susceptibles al tráfico marítimo: la mayoría de las demás ballenas examinadas sucumbieron a colisiones con barcos y ferris.

La columna vertebral de una ballena gris expuesta en Puerto Adolfo López Mateos.

Fotografía de Meghan Dhaliwal

El agua ondea en el lugar donde acaba de sumergirse una ballena gris a las afueras de Boca de Soledad, donde el Pacífico se encuentra con Bahía Magdalena, en Baja California Sur.

Fotografía de Meghan Dhaliwal

En el patio de Víctor de la Toba Miranda hay huesos, la mayoría vértebras de ballena gris. De la Toba, que ha residido en Puerto Adolfo Lopez Mateos y en la isla de San Lázaro durante toda su vida, cuenta los cadáveres de animales que varan en la orilla de la isla y avisa a los grupos medioambientales.

Fotografía de Meghan Dhaliwal

En 2020, 174 ballenas grises vararon a lo largo de su ruta migratoria. Pero las restricciones por la COVID-19 limitaron la capacidad de los investigadores de realizar necropsias. El Centro de Mamíferos Marinos hizo una.

Duignan no sabía si las ballenas estaban muriendo por la escasez de alimentos, las enfermedades o posiblemente la contaminación, afectadas por la ingesta de microplásticos. Pero señaló que era evidente que estaban saliendo del Ártico en un estado nutricional deficiente. «No migran con comida suficiente “a bordo”».

La hipótesis de la inanición ha hecho que los investigadores se centren en los mares de Chukchi y Bering, en Alaska, donde las ballenas se atiborran de anfípodos en el fondo del mar durante el verano y el otoño, acumulando reservas de grasa para su migración al sur.

Sin embargo, los mares árticos están cambiando. El calentamiento del clima se traduce en menos banquisa, lo que altera la producción de algas, que a su vez alimentan a los anfípodos. ¿Podría ser que la disminución del hielo reduzca el suministro de alimentos de las ballenas?

Esa sería la respuesta más sencilla, pero se ve complicada por el hecho de que la población de ballenas grises sufrió otra mortandad masiva en 1999 y 2000, un periodo en el que el hielo ártico abundaba mucho más. Entonces, al igual que hoy, las ballenas grises aparecieron varadas por la costa y los científicos documentaron un descenso de un 23 por ciento, de 21 000 ballenas en 1997 a 16 000 en el año 2000.

La población de ballenas no solo se recuperó tras aquel fenómeno, sino que se disparó, alcanzando 27 000 ejemplares en 2016.

Frances Gulland, que ayudó a liderar el equipo de la NOAA que investigó las primeras muertes, no cree que el cambio climático pueda explicar por sí solo estos eventos de mortandad masiva con dos décadas de diferencia.

«¿Por qué transcurrieron 20 años entre estos eventos de mortandad cuando sabemos que los cambios en el Ártico han sido continuos?», pregunta la veterinaria de mamíferos marinos. «Es de sentido común que debe haber problemas en su alimentación y también sabemos que hay cambios enormes en el Ártico. Pero es difícil determinar si esos cambios están conectados».

Otros sugieren que la población de ballenas grises simplemente se topó con algún tipo de capacidad de carga y después se autocorrigió, un proceso que podría estar repitiéndose ahora.

Alushe Camacho observa a su hija de cuatro años, Katharine, mientras se sube por las dunas de una isla barrera, siguiendo a dos turistas. Camacho capitanea un barco de observación de ballenas para ellos y Katharine los acompaña. «La temporada de ballenas es como vacaciones pagadas», cuenta. El resto del año, trabaja de pescador.

Fotografía de Meghan Dhaliwal

En una fotografía de 2003 o 2004 de José de Jesús Flores González, los turistas tocan a una ballena gris que se acercó a su barco. Flores, que es un vecino de la localidad, lleva fotografiando a las ballenas grises desde los años noventa.

Fotografía de Meghan Dhaliwal

Muchos creen que podría deberse a una combinación de factores.

«Creo que estamos ante una interacción de fenómenos», dice John Calambokidis, biólogo del Cascadia Research Collective y del grupo de trabajo sobre fenómenos de mortandad insólitos de la NOAA. La expansión de la población de ballenas significaría más competición por la comida. Junto con algún otro factor que podría haber desencadenado una disminución de las presas disponibles —como los cambios drásticos en el entorno ártico—, podrían surgir la hambruna y la muerte.

En los últimos años, más ballenas grises se han desviado 160 kilómetros de su ruta migratoria para entrar a buscar comida en Puget Sound, en Washington, donde trabaja Calambokidis. El investigador dice que se trata de una señal de que las ballenas tienen hambre, pero también de su resiliencia. Las ballenas pueden ganar mucho peso en pocas semanas, no solo alimentándose de anfípodos en el fondo marino, sino también engullendo camarones fantasma en las partes poco profundas del estrecho.

Calambokidis espera que la población de ballenas grises se recupere, tal y como ocurrió tras la caza de ballenas comercial y tras las muertes masivas de 1999 y 2000. «Quizá las ballenas grises se adapten tan bien porque tienen que hacerlo», dice.

¿Una visión del futuro?

La pandemia de COVID-19, que prácticamente paralizó el turismo en López Mateos, ha dado a la comunidad una idea de cómo serían sus vidas sin ballenas. En el impresionante muelle moderno del pueblo, los guías pasan el rato escuchando cumbia y bromeando mientras esperan a que lleguen clientes. El Festival de la Ballena Gris de este año se canceló.

Fernando Rojas Rodríguez (56) vino aquí en 1990 en busca de trabajo. El negocio de las ballenas lo ayudó a pagar la educación de sus cuatro hijos. Ahora se preocupa por el futuro del turismo durante una pandemia global y por la salud de las ballenas.

Es demasiado pronto para comparar los varamientos de 2021 con los dos años anteriores. Los informes preliminares de los científicos que trabajan en Baja esta temporada muestran índices mayores de ballenas delgadas y una baja cantidad de madres y crías.

Pero una mañana, no hace mucho, Rojas tuvo suerte. Una mujer y su hija, turistas de Arizona, aparcaron su coche de alquiler y preguntaron si podían salir al agua.

Mientras Rojas las conducía lentamente por la laguna en su barco de pesca de color turquesa, grupos de delfines saltaban en la distancia y los pelícanos volaban por el aire cargado de humedad. Y, de repente, la vio: una nube de rocío que salía de un espiráculo. Después apareció otra nube más pequeña junto a la primera.

Rojas apagó el motor. «Es una madre y su cría», dijo emocionado.

La cría, que según calcula tendría una semana, ya medía lo mismo que un sedán grande. Salió disparada hacia el barco con la curiosidad de un bebé, deslizándose junto a la embarcación antes de sumergirse y aparecer al otro lado. Rojas les dijo a las turistas que chapotearan en el agua con las manos. La cría se acercó y, durante un breve instante, la hija acarició la piel lisa y gris.

Unos minutos después, la madre y la cría se marcharon. La cría tenía que alimentarse y a la madre le quedaban semanas de cuidados cruciales. En un mes comenzarán su abrumador viaje al norte. Rojas espera que lo consigan y que, más adelante, encuentren el camino de vuelta.

Tres ballenas grises se aparean cerca de Boca de Soledad. Una hembra suele aparearse con varios machos a la vez para aumentar las probabilidades de fecundación.

Fotografía de Meghan Dhaliwal
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