Un año sin turismo: la crisis de los elefantes cautivos de Tailandia

Tras 14 meses sin ingresos del turismo y con el aumento de los casos de COVID, los elefantes cautivos de Tailandia afrontan un peligro prolongado.

Fotografías de Amanda Mustard
Publicado 9 jun 2021 13:27 CEST
Tres elefantes en Chiang Mai, Tailandia

Tres elefantes recorren una nueva zona de campo abierto en el Maesa Elephant Camp, en Chiang Mai, Tailandia. Antes era un campamento tradicional para montar elefantes, pero durante la pandemia se ha transformado para ser más respetuoso con los animales. Con todo, cuidar de los elefantes sin tener ingresos del turismo ha sumido a la propietaria, Anchalee Kalmapijit, en enormes deudas.

Fotografía de Amanda Mustard, National Geographic

«En venta: 11 elefantes inteligentes. 3 millones de bahts cada uno», indicaba el Sriracha Tiger Zoo en Chon Buri, Tailandia, en un anuncio de Facebook el 29 de mayo. Eso equivale a unos 79 000 euros por cabeza.

El zoo gana dinero con las entradas compradas por los turistas, los paseos en elefante y los espectáculos con animales, pero como Tailandia está cerrada a visitantes extranjeros (o les exige cuarentena obligatoria) desde marzo de 2020 debido al coronavirus, afronta una crisis financiera. En una publicación de Facebook del 28 de mayo sobre su problema con los elefantes, el zoológico también declaró que «llegados a este punto, para cerrar las heridas de la COVID, tenemos que venderlos».

Es una historia que se repite en todo el país. Unos 3800 elefantes viven en cautividad en Tailandia, muchos en campamentos, zoos y refugios. Algunos campamentos alquilan sus elefantes a dueños particulares y ahora, al no poder permitirse el coste de mantenerlos, tienen que deshacerse de los animales y despedir a sus cuidadores, o mahouts. Otros campamentos todavía albergan elefantes, pero tienen dificultades para alimentarlos y cuidar de ellos, dejando a muchos aislados y hambrientos. En esta industria, la gente hace lo que puede para salir adelante.

A pesar de la falta de turistas, los mahouts de Elephants' Home and Nature, en Kanchanaburi, intentan mantener una rutina habitual con los seis elefantes que tienen a su cargo, que incluye un baño diario en el río Kwai.

Fotografía de Amanda Mustard, National Geographic

Fotos de antes de la pandemia expuestas en Elephants' Home and Nature muestran a los turistas interactuando con los elefantes en la propiedad. Sin embargo, con la escasez de turistas este pasado año debido a la pandemia, el campamento ha tenido problemas para alimentar a sus elefantes.

Fotografía de Amanda Mustard, National Geographic

El mahout Winchai Permsap (51) alimenta a la cría Doh en Elephants’ Home and Nature. El campamento tiene que pagar unos 250 euros por semana para alimentar a sus seis elefantes y a varios perros rescatados.

Fotografía de Amanda Mustard, National Geographic

Tong Pornpitcha Kaewtrakulpong, dueña de Elephants’ Home and Nature, reza cada día con monjes budistas. Suele pedir donativos a sus seguidores en Facebook para alimentar a los elefantes. Ha vendido la mayoría de sus bienes más valiosos para comprarles comida.

Fotografía de Amanda Mustard, National Geographic

Edwin Wiek es el fundador y director de Wildlife Friends Foundation Thailand, un refugio que alberga 850 animales rescatados, 29 de ellos elefantes. A pesar de perder la mayoría de sus ingresos, la fundación ha acogido a seis elefantes desplazados. «Es casi imposible dirigir este lugar de forma sostenible», afirma Wiek. «Cada vez que llega una donación, la celebramos. Por cada mil dólares, tenemos un día más».

Wiek dice que la situación es especialmente difícil en el sur de Tailandia, que depende en gran medida del turismo. «Cuando voy a estos campamentos que están cerrados temporalmente y veo la condición física y mental [de los elefantes], casi siento que algunos estarían mejor muertos», dice. «Me resulta muy difícil ver cómo sacuden la cabeza, un comportamiento agresivo. Tienen mucha hambre. Muchísima hambre».

El turismo de elefantes ha sido lucrativo para Tailandia durante años. Visitantes de todo el mundo pagan entre 16 y 120 euros para montar elefantes o ver cómo hacen trucos. En los últimos años, parte de la industria ha pasado a los refugios que colocan a los elefantes en entornos más naturales, una respuesta a la mayor demanda de experiencias compasivas a medida que la gente se conciencia sobre los métodos de adiestramiento y el maltrato de los elefantes en muchos campamentos tradicionales.

La familia del mahout Visanchon Yongram tiene cuatro elefantes que, hasta la pandemia, trabajaban en el sector turístico. Cuando cerraron los campamentos de elefantes, la familia trasladó a tres de ellos a su casa, en Surin. Ahora viven en un tramo de terreno tras la vivienda familiar. El cuarto elefante, una cría, sigue en el campamento de Ayutthaya, cerca de Bangkok.

Fotografía de Amanda Mustard, National Geographic

No está claro cuántos ingresos totales genera el turismo de elefantes. Pero el hecho de que antes de la pandemia un campamento pagara hasta 65 600 euros por comprar un elefante joven y adiestrado sugiere lo lucrativos que pueden ser los paseos, espectáculos y otras actividades interactivas con elefantes.

El precio del Sriracha Tiger Zoo de 79 000 euros por elefante es poco realista, señala Wiek. «No los van a comprar». Los elefantes de espectáculos valen un tercio de lo que valían antes debido a la pandemia. «¿Quién está dispuesto a invertir dinero ahora, sin saber si este negocio volverá o no dentro de seis meses o un año?».

El gobierno tailandés ha anunciado planes para reabrir por completo la isla y complejo hotelero de Phuket, en el sur de Tailandia, en julio. Aspira a expandir la política a otros lugares turísticos para octubre. Pero muchas cosas siguen siendo inciertas: en este momento, el país sufre su peor ola de casos de COVID-19, con casi 4000 nuevos casos al día.

«Tendré que seguir luchando»

Anchalee Kalmapijit tomó una decisión importante a finales de 2019: abandonaría los paseos en elefante y las actuaciones en el Maesa Elephant Camp, un centro turístico en Chiang Mai con 73 elefantes que había heredado de su padre a principios de ese año.

Considera que el confinamiento por la pandemia fue fortuito, ya que le dio el impulso necesario para poner en marcha el cambio que había previsto para que el parque fuera apto para elefantes. El 20 de marzo de 2020, el día en que el gobierno ordenó el cierre de todos los negocios no esenciales, ordenó a los empleados que se deshicieran de las sillas de montar atadas a los lomos de los elefantes. Luego, en ausencia de turistas, pasó los meses siguientes preparando a muchos de los elefantes para trasladarlos a una zona donde pueden vagar en libertad dentro de la propiedad de Maesa, de 36 hectáreas. Ahora un tercio de ellos están allí y el resto pasea con sus cuidadores, o mahouts, con regularidad. Dice que no volverá a ofrecer paseos ni espectáculos.

Un estadio de espectáculos de elefantes vacío en Ban Ta Klang, un pueblecito de Surin conocido como «el pueblo de los elefantes». Este es un centro de la industria de elefantes cautivos de Tailandia. Muchos residentes participan en la cría y adiestramiento de elefantes que luego se envían a campamentos turísticos de todo el país. Cuando cerraron los campamentos debido a la pandemia, decenas de elefantes regresaron a Ban Ta Klang.

Fotografía de Amanda Mustard, National Geographic

En el campamento de elefantes de Chok Chai, se exhiben cuadros de elefantes. Antes de la pandemia, Chok Chai era un centro tradicional donde los elefantes daban paseos a turistas y actuaban en espectáculos, haciendo trucos circenses como pintar. En Chok Chai alberga 56 elefantes, que se quedaron en el campamento después de que se viera obligado a cerrar durante la pandemia. Dos ONG, Trunk's Up y Save Elephant Foundation, han iniciado una recaudación de fondos para el campamento, que ha tenido dificultades para costear la comida de los elefantes. A cambio, los propietarios de Chok Chai han accedido a que sus elefantes dejen de actuar y dar paseos, y adopten un estilo de vida más natural, así como a cumplir estrictas normas de bienestar animal.

Fotografía de Amanda Mustard, National Geographic

Un elefante joven tira de su corta cadena en Chok Chai. Pasa la mayor parte del tiempo en esta superficie de hormigón, algo habitual en muchos campamentos tradicionales de Tailandia. Los campamentos como Chok Chai suelen contratar a un mahout por elefante, pero debido a la pérdida de ingresos del turismo, el campamento tuvo que despedir a la mayoría de sus mahouts. Ahora solo 15 mahouts, la mayoría sin experiencia, cuidan de sus 56 elefantes.

Fotografía de Amanda Mustard, National Geographic

Pero las presiones económicas de cuidar de 73 elefantes durante la pandemia son enormes. Un elefante consume unos 135 kilogramos de comida al día (hierba, en su mayoría, pero también fruta fresca) a un coste de casi 13 euros por animal, lo que equivale a casi media tonelada cada tres días. Para alimentar a 73 elefantes, Kalmapijit gasta al menos 24 600 euros al mes. Y eso no incluye el dinero que se gasta en medicamentos, vitaminas y los sueldos de 142 empleados, entre ellos 120 mahouts, así como veterinarios y trabajadores de servicios. En abril de 2020, contó a National Geographic que «si la COVID dura un año, no tendremos dinero. Pero tendré que seguir luchando».

Un año después, sigue luchando. Los casi 500 000 dólares en ahorros que tenía el campamento se han agotado y Kalmapijit ha obtenido varios préstamos bancarios. «He pedido prestados 45 millones de baht [casi 1,2 millones de euros] desde que empezó la COVID hace un año», afirma. «Y sé que no va a bastar. No sé cuándo se va a terminar esto».

El campamento recibe unos pocos visitantes tailandeses, sobre todo los fines de semana, pero, «no basta para cuidar a los elefantes», afirma. Al igual que muchos propietarios de campamentos de elefantes en Tailandia, Kalmapijit vende mercancía por internet: camisetas, café orgánico y otros objetos de recuerdo. Promociona cestas de fruta con un paquete de plátanos, caña de azúcar, mangos y piñas por 13 euros para complementar la dieta de los elefantes y ofrece a los simpatizantes la opción de «adoptar» un elefante contribuyendo mensualmente a los gastos de su cuidado.

Una crisis nacional

«La situación de los elefantes es crítica», afirma Lek Saengduean Chailert, propietaria del Elephant Nature Park, un conocido santuario de Chiang Mai que alberga 103 elefantes. Chailert también dirige la Save Elephant Foundation, una organización sin ánimo de lucro que recibió una gran cantidad de donativos al principio de la pandemia, pero que se redujo cuando la gente tuvo que asumir sus propias cargas económicas. La fundación se asoció con Trunk's Up, otra ONG, para financiar un banco de alimentos que ha ayudado a dar de comer a 1800 elefantes en campamentos de todo el país.

Lek Saengduean Chailert, fundadora y directora del Elephant Nature Park, junto a dos elefantes rescatados en su refugio. Tiene muchos seguidores, sobre todo en redes sociales, por lo que durante la pandemia su equipo y ella han recaudado fondos para proporcionar alimentos y recursos a decenas de campamentos en toda Tailandia.

Fotografía de Amanda Mustard, National Geographic

Un trabajador del Elephant Nature Park crea una «tarta» de frutas personalizada para un elefante en honor al cumpleaños de un seguidor. A cambio de un donativo, el refugio diseña la tarta y envía al benefactor un vídeo de un elefante disfrutándola. Es una de las muchas formas creativas de recaudar dinero que los refugios y los campamentos han desarrollado este el último año para compensar la falta de turismo.

Fotografía de Amanda Mustard, National Geographic

Gluay Hom disfruta de una tarta de frutas de cumpleaños en el Elephant Nature Park. En 2019, National Geographic documentó a un Gluay Hom herido y demacrado encadenado tras un estadio en un campamento a las afueras de Bangkok. Después de que se publicara el reportaje y de que una petición para su rescate obtuviera más de 75 000 firmas, el Elephant Nature Park consiguió su liberación. Ahora está sano y salvo, y vive en un recinto amplio del refugio.

Fotografía de Amanda Mustard, National Geographic

«Muchos elefantes han estado atados durante mucho tiempo, más de un año», dice Chailert, que ha comprado 24 elefantes a campamentos con problemas y a dueños particulares y proporciona un hogar temporal a otros.

«Ahora me llama gente casi todos los días», dice, pidiéndole que acoja a sus elefantes. «Pero ya no puedo permitírmelo, porque para rescatar a un elefante, aunque sea [por un precio de compra] barato, tengo que pagar para mantenerlo y cuidarlo. Ahora mismo no puedo. Me gustaría poder hacerlo, pero no puedo. No quiero que se derrumbe toda nuestra operación».

La vida en Chok Chai, un gran campamento en Chiang Mai sostenido económicamente por el equipo de Chailert mediante donativos del público, ha sido difícil tanto para los trabajadores como para los elefantes. Normalmente, los campamentos contratan a un mahout por elefante, que es responsable de alimentar, pasear, bañar y, a veces, adiestrar a su elefante, pero muchos mahouts han sido despedidos. En Chok Chai, solo quedan 15 mahouts para atender a 56 elefantes.

Algunos mahouts propietarios de elefantes los han llevado con ellos a mendigar a templos budistas de todo el país. Chailert afirma que lleva años abogando por acabar con el uso de elefantes en espectáculos y paseos, porque no es natural y suele depender del adiestramiento basado en el miedo, pero que la mendicidad es incluso peor para el bienestar de los elefantes. «Con los paseos en elefante, todavía pueden caminar y no tienen [grilletes] en las patas. Pero para estar en un templo, tienen que encadenarlos al hormigón. Todo el día», dice. De esta forma, los mahouts pueden ganar dinero para alimentar a sus animales, pero «supone un sufrimiento increíble para los elefantes».

“Tienen mucha hambre. Muchísima hambre.”

por EDWIN WIEK, FUNDADOR DE LA WILDLIFE FRIENDS FOUNDATION, EN TAILANDIA

Es similar a lo que ha visto Wiek durante la pandemia en los campamentos de todo el país, donde muchos elefantes pasan el día encadenados al sol.

«Hablamos de lo malos que son los paseos», dice Wiek. «Vale, sí, ese es un nivel de explotación y sufrimiento, pero [ahora] no montan al elefante». Permanece en el mismo lugar, noche y día, un día tras otro. Los músculos de las patas del elefante se atrofian, algo que agrava la mala alimentación. A medida que los elefantes se debilitan, también pueden enfermar. «Es añadir sufrimiento al sufrimiento», dice Wiek.

Al principio de la pandemia, muchos campamentos enviaron a los elefantes y a sus mahouts a casa, a menudo a Surin, una región del este de Tailandia donde se crían, compran y venden elefantes, o a pueblos tribales de las colinas en el norte, para descubrir que, tras años de ausencia, los cambios en el paisaje hacen que sea más difícil mantener a salvo a los elefantes.

Chayanin «Charlie» Patchimtassanakal es un mahout del pueblo karen que vive en una aldea tribal cerca de Chiang Mai, Tailandia, con sus dos elefantes. Trabaja en Mae Wang, un campamento tradicional de elefantes, y en Chai Lai Orchid, un retiro turístico ecológico. Patchimtassanakal dice que se siente agradecido por poder seguir trabajando en una época en la que tantos mahouts están en el paro.

Fotografía de Amanda Mustard, National Geographic

«Hace 20 años había más bosques, pero ahora hay agricultura: no hay muchos terrenos para los elefantes», explica Chailert. «Todos los lugares son peligrosos para ellos. Ya no pueden beber agua libremente debido a los pesticidas. [Los dueños] tienen que encontrar un espacio para que vivan los elefantes y muchos lugares son propiedad del gobierno».

El Departamento de Desarrollo Ganadero, la agencia gubernamental que se encarga de los elefantes cautivos en Tailandia, ha proporcionado 290 toneladas de heno a los campamentos de elefantes en 22 provincias tailandesas desde julio de 2020, cuenta el veterinario de la agencia Sasi Jaroenpoj. Eso bastaría para alimentar a una docena de elefantes durante 72 días. Pero casi 4000 elefantes viven en cautividad en Tailandia.

Wiek dice que una vez recibió del gobierno cinco toneladas de «hierba vieja y seca» para sus 29 elefantes. Eso «ni siquiera basta para alimentarlos durante un día y medio». Wiek dice que está consternado por la escasa ayuda del gobierno.

El Departamento de Desarrollo Ganadero dice que está preparando la puesta en marcha de un programa para ayudar a los propietarios de elefantes de Surin y otros lugares a plantar semillas para cultivar sus propios pastos.

Los elefantes se relajan en «The Chang», parte del Maesa Elephant Camp, en Chiang Mai, que su dueña, Anchalee Kalmapijit, ha convertido en un oasis para elefantes. Inspirada por el trabajo de Chailert en el Elephant Nature Park, Kalmapijit aprovechó la pandemia para reconvertir y reconstruir su campamento. Ya no ofrece paseos ni espectáculos con elefantes, sino que se está remodelando el lugar para que los elefantes tengan espacio para vagar en libertad. Kalmapijit dice que espera que la transición de su campamento sirva de modelo para que otros en Tailandia también cambien a modelos más éticos.

Fotografía de Amanda Mustard, National Geographic

Por su parte, Chailert ya ha empezado a ayudar a los campamentos a cultivar sus propios pastos para alimentar a los elefantes, algo que necesitan desesperadamente. «Muchas veces, cuando voy a ver a los elefantes, no puedo contener las lágrimas. Es muy emotivo. Nunca había sentido tanta presión en el corazón».

Kalmapijit, del Maesa Elephant Camp, dice que a pesar de las dificultades ha sido gratificante ver a sus elefantes disfrutar de una rutina diaria más natural. «Viven en paz. Son más libres y están más relajados», dice. «No quiero que el campamento se venga abajo ni desaparezca. Por eso me aferro a él. Y, por supuesto, tengo que devolver el dinero al banco de algún modo, pero aún conservo la esperanza y la fuerza».

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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