Las anémonas de mar a veces comen hormigas. Pero ¿por qué?

Una nueva investigación demuestra lo poco que sabemos sobre las dietas de algunos carroñeros submarinos y los intrincados vínculos entre las redes tróficas marinas y terrestres.

Publicado 5 jul. 2021 11:31 CEST
Anémonas plumosas gigantes

Cuando el investigador Christopher Wells descubrió que las anémonas plumosas gigantes comen hormigas, esto le sorprendió. «No me lo esperaba para nada».

Fotografía de Gina Kelly / Alamy Stock Photo

Si te das un chapuzón en la costa del Pacífico noroeste, es probable que veas bosques submarinos de fantasmagóricos pompones carnívoros. Los científicos llaman a estas criaturas anémonas plumosas gigantes y, con hasta un metro, son las anémonas de mar más altas del planeta.

Pero aunque las anémonas plumosas gigantes (Metridium farcimen) son grandes, fáciles de observar y dominantes en los ecosistemas que habitan, no se sabe gran cosa sobre ellas, como qué comen exactamente.

Parte de la dificultad para estudiar su dieta es que, aunque la mayoría de las anémonas tienen tentáculos largos y gruesos que utilizan para capturar y someter a sus presas, estas depredadoras tienen un conjunto denso de palpadores finos y diminutos, una «indicación de que comen presas pequeñas», dice Christopher Wells, ecólogo marino de la Universidad de Buffalo, en Nueva York. Y estos pequeños animales se convierten en fragmentos aún más pequeños de papilla estomacal tras ser ingeridos.

En lugar de intentar peinar este material bajo un microscopio, Wells analizó el contenido estomacal de 16 ejemplares de Friday Harbor, en el estado de Washington, y empleó una tecnología llamada código de barras del ADN. Esta herramienta aísla fragmentos del ADN dentro de una muestra y después busca las bases de datos existentes en busca de coincidencias de especies conocidas.

Cuando completó todos los análisis, Wells se quedó mirando fijamente lo que tenía ante él. Había coincidencias con todos los sospechosos habituales —copépodos, percebes, larvas de cangrejo y animales así—, criaturas diminutas que no serían capaces de escapar de las «garras» venenosas de las anémonas plumosas gigantes. También había una cantidad curiosa de ADN de insectos, entre ellos moscas, una abeja y un escarabajo. Pero las coincidencias más inusuales eran las de una especie de hormiga llamada Lasius pallitarsis, que representaba el 98 por ciento del ADN de insectos hallado en las anémonas de mar.

«Fue toda una sorpresa», afirma Wells, autor principal de un estudio que anuncia el primer uso del código de barras del ADN en los contenidos estomacales de anémonas de mar en la revista Environmental DNA. «No me lo esperaba para nada».

El enigma de las hormigas

Las anémonas plumosas se distribuyen desde Alaska hasta California y subsisten filtrando pequeñas criaturas de la columna de agua. Su dieta consta principalmente de animales diminutos de solo unas pocas células hasta animales tan grandes como una hormiga. A diferencia de sus parientes, que utilizan tentáculos largos para colocar trozos de comida en la boca, estas anémonas de mar capturan presas pequeñas y después las canalizan hacia su estómago empleando una serie de surcos entrelazados.

La mayoría de los organismos cuyo ADN apareció en el estudio pasan las primeras partes de su ciclo vital como huevos flotantes o larvas microscópicas que se mueven por el agua, así que tiene sentido que las anémonas los devoren. Con todo, los científicos no saben cómo acabaron las hormigas en las fauces de estos depredadores marinos. Pero sí tienen una teoría convincente.

Cuando las hormigas de esta especie están listas para reproducirse, echan a volar en gran número para encontrar pareja. Después, las hembras aterrizan e intentan fundar colonias propias. Pero en el caso de los machos, no les queda nada por hacer salvo morir.

Aunque Wells no recuerda que hubiera una cantidad particularmente elevada de hormigas voladoras mientras realizaba los estudios de las anémonas de mar, dice que había muchos insectos volando por Friday Harbor. Otros científicos han documentado que estas hormigas emprenden vuelos de apareamiento o nupciales en agosto, que es cuando se tomaron las muestras de las anémonas de mar. Supuestamente, lo único que tendrían que hacer los insectos es caer al agua y hundirse hasta llegar a las anémonas. Es probable que no sea ninguna coincidencia que los otros insectos hallados en el análisis genético también sean voladores.

«Muchos animales se aprovechan de la gran cantidad de hormigas voladoras que hay durante sus vuelos de apareamiento», afirma Corrie Moreau, experta, directora y conservadora de la colección de insectos de la Universidad de Cornell. «Supongo que no es irracional que cierta cantidad de estas hormigas reproductoras sean arrastradas por el viento hasta las aguas cercanas y se conviertan en presas de organismos marinos».

La anémona gigante plumosa (Metridium giganteum o Metridium farcimen) es una gran anémona de mar.

Fotografía de agefotostock / Alamy Stock Photo

Respecto a la parte acuática de las cosas, la experta en anémonas de mar Michela Mitchell está de acuerdo en que era posible, aunque inusual, que los depredadores marinos devorasen estos insectos terrestres.

De hecho, se han descubierto anémonas de mar de tentáculos gruesos —que están más extendidas, suelen buscar alimento más ampliamente y son capaces de consumir presas más grandes— que se alimentan de todo tipo de cosas, desde cortezas de sándwich hasta conejos enteros.

«Se han completado muy pocas investigaciones sobre la ecología de la alimentación de las anémonas de mar», afirma Mitchell, que es investigadora honoraria del Museo de Queensland Tropical, en Australia.

Se necesita verificación sobre el terreno

Aunque parezca probable que las anémonas de mar engulleran algunas hormigas, hasta que alguien observe el comportamiento en acción —algo denominado «verificación sobre el terreno»—, Mitchell advierte que deben tenerse en cuenta otras explicaciones. Por ejemplo, es posible que las anémonas de mar ingirieran depredadores de hormigas, en lugar de las propias hormigas.

«Es posible que vean una sala de espejos donde se refleja el contenido estomacal de otra cosa y baja por la red trófica al mismo tiempo que intentas determinar cuál es la comida», afirma.

El coautor del estudio Gustav Paulay dice que este tipo de equivocación es posible, dada la naturaleza del código de barras del ADN. Pero en este caso cree que es improbable.

«La mayor parte de [la dieta de la anémona de mar] es del tamaño de las hormigas, así que un depredador lo bastante grande para comerse suficientes hormigas y aparecer a este nivel en las secuencias no debería estar en el menú», dice Paulay, conservador de zoología de invertebrados en el Museo de Historia Natural de Florida. «La mayoría de los otros alimentos son diminutos, animales planctónicos que no podrían comerse una hormiga».

Los investigadores también descubrieron un arácnido dentro del contenido estomacal de las anémonas de mar: un tipo de ácaro oribátido, unas criaturas diminutas que son principalmente terrestres pero pueden vivir en el océano.

La cuestión revela una de las desventajas del método del código de barras del ADN: sabes que una especie está presente, pero no puedes determinar necesariamente cómo llegó hasta ahí. Con todo, el estudio es otro ejemplo emocionante de cómo puede emplearse esta tecnología para revelar interacciones invisibles entre las criaturas. Y mientras los científicos añaden más genomas de nuevas especies a las bases de datos, la técnica se volverá más sólida, útil e impresionante.

Lo único que se necesita es una célula en esa muestra que contenga ADN, dice Wells. Con eso, «puedes identificar hasta un copépodo diminuto».

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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