Hace un siglo, 'plantaron' 14 bisontes en esta remota isla: ¿adivinas qué pasó después?

Esta especie invasora llegó a la isla de Santa Catalina en 1924. Ahora, los conservacionistas se enfrentan a una complicada decisión sobre el impacto del bisonte en la isla.

Por Jessica Baltzersen
Publicado 19 ene 2024, 13:49 CET
Un bisonte americano sobre matorrales secos y tierra en la isla de Santa Catalina

Un bisonte americano sobre matorrales secos y tierra en la isla de Santa Catalina, frente a la costa de Los Ángeles. Los bisontes no son originarios de la isla, a la que llegaron en 1924. Desde entonces, la isla ha tenido que lidiar con los efectos de la manada en su variado ecosistema.

Fotografía de Francine Orr, Los Angeles Times via Getty

En el invierno de 1924, 14 bisontes americanos de 680 kilos de peso llegaron en cajas al puerto de la isla de Santa Catalina, frente a la costa de Los Ángeles (California; Estados Unidos), donde fueron liberados para que vagaran por las laderas.

Según la tradición local, los trajeron para rodar una película, aunque no hay pruebas de que debutaran en Hollywood. En el último siglo, los bisontes se han convertido en las insólitas estrellas del ecosistema de Santa Catalina.

No está claro cuánto durará. La manada, que llegó a tener 524 ejemplares, tiene ahora 90 y ya no se reproduce. Mientras algunos sostienen que los bisontes son parte integrante de la identidad cultural de la isla, otros señalan los problemas ecológicos que plantea la permanencia de esta especie invasora.

Ahora Santa Catalina se encuentra en una encrucijada, ante la complicada decisión de qué es lo mejor para el bisonte, su ecosistema crítico y sus residentes humanos.

Fotografiada aquí en 2014, Avalon es la única ciudad de la californiana isla Catalina, la más meridional de las islas del Canal. Catalina es un paraíso de biodiversidad, hogar de especies que no existen en ningún otro lugar del planeta.

Fotografía de MONICA ALMEIDA, The New York Times, Redux

¿Por qué hay bisontes en Santa Catalina?

Los bisontes no son autóctonos del clima mediterráneo de esta isla de 194 kilómetros cuadrados situada frente a la costa del sur de California.

La razón por la que se trajeron los bisontes a Santa Catalina sigue siendo una incógnita con varias historias contradictorias. La más común (que la mayoría de los habitantes de Santa Catalina pueden recitar de memoria) es que 14 bisontes fueron transportados a la isla para la producción de la película del oeste de Zane Grey, El ocaso de una raza.

"El problema es que no hay bisontes en esa película", dice Gail Fornasiere, subdirectora de asuntos externos del Museo de Arte e Historia de Santa Catalina; "durante mucho tiempo se dijo que [las escenas de los bisontes] debían de haberse eliminado de la sala de montaje. Pero buena parte de la película se rodó en Arizona... así que no tiene sentido".

Aún abundan más teorías. En 1938, el Catalina Islander relató la famosa escena de la estampida en otra película de Grey, La horda maldita, afirmando que se rodó en Santa Catalina; sin embargo, un artículo del New York Times de 1925 dice que la escena se rodó en el Parque Nacional de Yellowstone. Ninguna de las dos cosas puede confirmarse, ya que las bobinas de la película siguen desaparecidas a día de hoy.

"Sigue siendo un pequeño misterio", dice Fornasiere; "y probablemente siempre lo será".

(Relacionado: Donde habitan los búfalos, prosperan los ecosistemas en peligro de extinción)

Una de las muchas especies invasoras problemáticas

"No hay muchos lugares en este planeta que sean mejores que la isla Santa Catalina", dice Lauren Dennhardt, mientras nos acercamos a un mirador con amplias vistas de un océano Pacífico centelleante.

Dennhardt es la directora de conservación de Catalina Island Conservancy, la organización sin ánimo de lucro que gestiona el 88% de las casi 20 000 hectáreas de la isla. Santa Catalina, la más meridional de las Islas del Canal, es geológicamente fundamental para preservar una biodiversidad que no existe en ningún otro lugar del planeta, como el zorro de la Isla Catalina (Urocyon littoralis catalinae) y la mahogany de Catalina (Cercocarpus traskiae), el árbol más raro de Norteamérica.

Pero la biodiversidad de la isla está cada vez más amenazada desde que la industria ganadera del siglo XIX introdujo en el frágil ecosistema ganado vacuno, caballos, ovejas y otros herbívoros no autóctonos.

El más notorio de estos recién llegados fue el ciervo mulo, que llegó en la década de 1930. Los ciervos, que son gestionados por el Departamento de Pesca y Vida Silvestre de California (CDFW, por sus siglas en inglés), están tremendamente superpoblados y sufren la escasez de recursos, a la vez que causan una gran destrucción del hábitat y amenazan a las especies únicas y en peligro de extinción de la isla.

Catalina Island Conservancy inició un plan en 1990 que erradicó 12 000 cerdos asilvestrados de la isla y 8000 cabras asilvestradas en 2004. Recientemente, la organización propuso un plan similar (que aún está siendo revisado por el CDFW) para matar a los 1800 ciervos de la isla como último recurso en el marco de un gran proyecto de restauración.

Pero hay un ungulado que aún no se ha tratado en la isla: el bisonte. Y su futuro es un poco más incierto.

Una persona fotografía un ciervo mulo en la isla de Santa Catalina en 2023. Una propuesta para matar a todos los ciervos mulos de la isla, que junto con los bisontes y otros animales no autóctonos han estado destruyendo el hábitat vegetal de la isla, ha suscitado polémica.

Fotografía de Sinna Nasseri, The New York Times, Redux

Una relación intermitente

Cuando William Wrigley Jr. (el magnate del chicle y propietario de los Chicago Cubs, uno de los equipos de baseball más importantes de Estados Unidos) compró la isla Santa Catalina en 1919, invirtió millones para convertirla en un destino turístico de primera categoría con la visión de lo que él denominaba un "patio de recreo para todos".  

Tras acordar que los bisontes permanecerían en la isla, adquirió 10 más en 1934.

A medida que la manada crecía, también lo hacía el entusiasmo de los isleños, que veneraban a los gigantes como símbolo de la isla. En los años 50, las tiendas vendían estiércol de bisonte pintado de oro, conocido como "chips de búfalo". Y en los años 70, al barman Michael Hoffler, de Two Harbors, se le atribuye la invención del cóctel Buffalo Milk.

Desde hace décadas también se ofrecen ecotours y expediciones para ver bisontes, que pueden encontrarse en tiendas de regalos de todo el mundo en forma de peluches y figuritas y en camisetas, llaveros y libros.

"Los bisontes se han convertido en un vínculo con la isla", afirma Fornasiere; "los residentes son muy protectores y están orgullosos de su historia".

Su estatus de celebridad ha distinguido a los bisontes de otros ungulados invasores, salvo por su impacto en el ecosistema de Santa Catalina.

Aunque los bisontes ayudan a contener algunas de las hierbas invasoras, Dennhardt explica que crean revolcaderos y causan erosión. Otros estudios científicos atribuyen el impacto de la actividad de los bisontes a la reducción de la diversidad vegetal, el daño a plantas endémicas y especies arbóreas como los robles, y la propagación de semillas de plantas no autóctonas a través de su pelaje hirsuto y sus excrementos.

Los propios bisontes también empezaron a sufrir.

"Hace 20 años, el principal problema de los gestores era la superpoblación, y los bisontes no estaban bien", afirma James Derr, profesor del departamento de patobiología veterinaria de la Universidad A&M de Texas; "los bisontes no comían lo suficiente. Eran animales bastante flacos".

Determinar una estrategia para controlar la población de la manada ha resultado ser especialmente difícil.

Los primeros esfuerzos para gestionar el bisonte de Santa Catalina coincidieron con una iniciativa nacional para devolver las manadas de bisontes a sus tierras ancestrales en las Grandes Llanuras, donde sólo quedan 350 000 bisontes de los 30 millones que se calcula que vagaban a mediados del siglo XIX.

Entre 2002 y 2004,  repatrió manadas de Santa Catalina a la reserva india Lakota, a las reservas indias Cheyenne River y Standing Rock Lakota y a la reserva india Rosebud.

Sin embargo, en aquel momento se desconocía que los animales no eran en realidad bisontes de raza pura. Un estudio de la Universidad del Sur de California y la Universidad A&M de Texas reveló en 2007 que el 45% de los bisontes de los que tomaron muestras contenían ADN mitocondrial de ganado doméstico.

Para mantener los bisontes continentales lo más "puros" posible, se recomendó no reintroducirlos en poblaciones naturales. En su lugar, Conservancy recurrió en 2009 a un plan experimental de control de natalidad de cinco años, inyectando a las hembras de bisonte el anticonceptivo zona pelúcida porcina.

Ahora, los bisontes no se reproducen en absoluto.

Con una población en declive y una amenaza siempre presente para el hábitat de la isla, se han propuesto múltiples estrategias de gestión diferentes sin una respuesta clara. En un estudio de 2005 se plantearon distintas opciones, como gestionar una "manada de bisontes relativamente pequeña" y restringirla a porciones más pequeñas de la isla.

Mientras tanto, los bisontes (que son bastante más pequeños que sus congéneres del continente) reciben bebederos suplementarios y heno para ayudarles a sobrellevar las continuas sequías y las malas condiciones nutricionales.

Pero no todos están de acuerdo en que la manada deba permanecer en la isla, y algunos sostienen que los bisontes no son tan esenciales para la economía de la isla como parece.

"Menos del 10% de los visitantes de la isla se dirigen al interior", declaró a National Geographic Calvin Duncan, antiguo biólogo de fauna salvaje de Conservacy. "Una encuesta realizada en la isla reveló que menos de la mitad de los nuevos visitantes eran conscientes de la presencia de bisontes en la isla, y más de la mitad de todos los visitantes encuestados afirmaron que la presencia de bisontes en el interior no influiría en su deseo de adquirir una excursión al interior."

"Si se da la máxima prioridad a la integridad ecológica de la isla, la seguridad humana y el bienestar de los propios bisontes, debería considerarse una reducción y restricción significativa de la población de bisontes de Santa Catalina, o su completa eliminación", escribe Duncan.

Actualmente no se ha tomado ninguna decisión sobre los futuros planes de gestión de los bisontes, pero la cuestión se reevalúa cada año. Es una decisión que, según Dennhardt, tiene "consideraciones morales y éticas" y que debe ser "meditada e informada".

¿Qué será de esta centenaria manada isleña? Sólo el tiempo lo dirá.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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