A la caza del libro verde, antiguo y venenoso

Un conservador de museos está trabajando para localizar ciertos libros nocivos que en el siglo XIX fueron decorados con un pigmento venenoso compuesto de arsénico. Hasta el momento se han localizado 88 volúmenes.

Por Justin Brower
Publicado 28 abr 2022, 14:17 CEST
En el siglo XIX, el pigmento verde esmeralda hizo furor en la moda y la decoración ...

En el siglo XIX, el pigmento verde esmeralda hizo furor en la moda y la decoración del hogar, a pesar de que contiene arsénico.

Fotografía de Rebecca Hale, National Geographic

Las bibliotecas y las colecciones de libros raros suelen tener volúmenes que incluyen veneno en sus páginas (pero de forma figurada): desde famosos misterios de asesinatos hasta obras fundamentales sobre toxicología y medicina forense. Los venenos descritos en estos libros son meras palabras en una página. No obstante, existen algunos libros repartidos por el mundo que son literalmente venenosos.

Estos libros tóxicos, producidos en el siglo XIX, están encuadernados en telas vivas coloreadas con un notorio pigmento conocido como verde esmeralda que está mezclado con arsénico. Muchos de ellos pasan desapercibidos en estanterías y colecciones. Por ello, Melissa Tedone, jefa del laboratorio de conservación de materiales de biblioteca del Museo, Jardín y Biblioteca de Winterthur, en Delaware (Estados Unidos), ha puesto en marcha un proyecto denominado Poison Book Project para localizar y catalogar estos volúmenes nocivos.

Hasta la fecha, el equipo ha descubierto 88 libros del siglo XIX que contienen verde esmeralda. De ellos, 70, están cubiertos por una tela verde vivo, y el resto tiene el pigmento incorporado en etiquetas de papel o en elementos decorativos. Tedone incluso encontró un libro verde esmeralda a la venta en una librería local, que compró.

Aunque es probable que estos libros venenosos sólo causen un daño menor, a menos que alguien decida devorar un tomo de casi 200 años de antigüedad, los seductores y vibrantes libros no están totalmente exentos de riesgo. Las personas que los manipulan con frecuencia, como los bibliotecarios o los investigadores, pueden inhalar o ingerir accidentalmente partículas que contengan arsénico, lo que podría hacer que se sientan aletargados y mareados o que sufran diarrea y calambres estomacales. En la piel, el arsénico puede causar irritaciones y lesiones. Los casos graves de intoxicación por arsénico pueden provocar insuficiencia cardíaca, enfermedades pulmonares, disfunciones neurológicas y, en situaciones extremas, la muerte.

¿Cómo de comunes son estos libros verdes envenenados? "Es algo difícil de predecir porque nuestro conjunto de datos es todavía pequeño, pero ciertamente esperaría que hubiera miles de estos libros en todo el mundo", dice Tedone. "Cualquier biblioteca que coleccione encuadernaciones de editoriales de tela de mediados del siglo XIX es probable que tenga al menos uno o dos".

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Después de que la tela para libros se convirtiera en una alternativa popular y asequible al cuero para la fabricación de libros, los editores comenzaron a lanzar volúmenes en una gama de colores, incluyendo el verde esmeralda.

Un color de muerte

El verde esmeralda, también conocido como verde París, verde Viena y verde Schweinfurt, es el producto de la combinación de acetato de cobre con trióxido de arsénico, produciendo acetoarsenita de cobre. Este pigmento tóxico fue desarrollado comercialmente en 1814 por la Wilhelm Dye and White Lead Company de Schweinfurt (Alemania). Se utilizaba en todas partes, desde la ropa y el papel pintado hasta las flores falsas y la pintura. Decir que la Inglaterra victoriana estaba bañada en verde esmeralda es quedarse corto: en 1860 se habían producido más de 700 toneladas de este pigmento sólo en el país.

La toxicidad del arsénico era conocida en aquella época, pero el vibrante color era, no obstante, popular y barato de producir. Los papeles pintados desprendían un polvo verde tóxico que cubría los alimentos y recubría los suelos, y la ropa coloreada con el pigmento irritaba la piel y envenenaba a quien la llevaba. A pesar de los riesgos, el verde esmeralda estaba arraigado en la vida victoriana, un color por el que literalmente había que morir.

Mientras los productos verdes tóxicos inundaban partes de Europa y Estados Unidos, otro invento transformó la industria de los libros. Los libros de principios del siglo XIX eran creaciones artesanales encuadernadas en cuero, pero la revolución industrial pronto proporcionó una forma de producir libros en masa para una población creciente de lectores.

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El tejido tradicional de las prendas de vestir no resiste el proceso de encuadernación de los libros, y no es lo suficientemente resistente como para funcionar como cubierta. En la década de 1820, el editor William Pickering y el encuadernador Archibald Leighton desarrollaron el primer proceso comercialmente viable para recubrir la tela con almidón, rellenar los huecos de la trama y producir un material resistente: la primera tela para libros.

"Fue una revolución", dice Tedone. "La tela era mucho más barata que el cuero, lo que significaba que se podían vender libros a distintos precios". El proceso no sólo afectó a la cuenta de resultados de la editorial, sino que cambió la forma de leer los libros. "Hacían que los libros fueran accesibles a un grupo demográfico mucho más amplio, atendiendo a personas de todos los niveles del espectro económico".

Los libros encuadernados en tela despegaron en la década de 1840, y el proceso de creación de la tela para libros se convirtió en un secreto muy bien guardado. "Significaba mucho dinero para los editores, así que, por desgracia, no hay muchas pruebas documentales sobre la confección de telas para libros", dice Tedone.

Lo que sí sabemos es que las cubiertas de los libros podían adoptar de repente una amplia gama de tonalidades. Los libreros producían una colorida gama de libros con tintes, que son soluciones que se unen químicamente a la sustancia a la que se aplican, y pigmentos, que son materiales que recubren físicamente la sustancia, como el barro seco en un vestido de domingo. Así, el tono de pigmento verde más de moda de la época podía adornar las portadas de los libros populares.

El problema de los pigmentos, sin embargo, es que tienden a agrietarse, descascararse y desprenderse con el tiempo.

Veneno en la biblioteca

En la primavera de 2019, Tedone recibió la petición de un becario de la galería Winterthur de tomar prestado un libro de la biblioteca para exponerlo: Adornos rústicos para el hogar y el gusto, publicado en 1857.

"Este libro en concreto era muy bonito, de color verde brillante con muchos estampados dorados. Era visualmente impresionante, pero estaba en muy mal estado", dice Tedone. "El lomo y las tablas se estaban cayendo, y la costura se había roto, así que había que restaurarlo antes de poder exponerlo".

Con el bello libro, aunque roto, bajo el microscopio, Tedone echó un vistazo a la portada. "Había una excreción negra y cerosa en la superficie, y yo intentaba arrancarla de la tela del libro con una pluma de puercoespín", dice. "Y entonces me di cuenta de que el colorante de la tela de libro se desprendía con mucha facilidad alrededor de la zona en la que estaba trabajando".

Para el ojo inexperto, esto podría parecer normal para un libro de 162 años, pero para Tedone fue sorprendente. "No parecía que la tela estuviera teñida", dice. "Me pareció que quizá la capa de almidón de la tela estaba mezclada con un pigmento".

Para conocer la identidad del misterioso pigmento verde, Tedone recurrió a Rosie Grayburn, directora del laboratorio de investigación y análisis científico del museo.

Grayburn estudió primero la muestra con un espectrómetro de fluorescencia de rayos X, que bombardea el material con rayos X y mide las energías de los fotones emitidos para determinar su composición química. Esta técnica puede indicar los elementos presentes, pero no cómo están dispuestos en una molécula. Otra técnica que utiliza es un espectrofotómetro Raman que mide cómo la luz de un láser interactúa con las moléculas objetivo, desplazando la energía del láser hacia arriba o hacia abajo. Al igual que cada persona tiene unas huellas dactilares únicas, cada molécula tiene un espectro Raman característico.

La sensibilidad de estas técnicas es clave, pero igualmente importante es que no sean destructivas. "No hay que dañar las obras de arte", dice Grayburn.

La fluorescencia de rayos X reveló la presencia tanto de cobre como de arsénico en el pigmento verde, un hallazgo clave, y la huella digital única de la espectroscopia Raman identificó positivamente el pigmento como el infame verde esmeralda.

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Manejo de la literatura sobre el veneno

A continuación, el equipo utilizó el laboratorio de tierras de la Universidad de Delaware para medir la cantidad de arsénico en la cubierta de Adornos Rústicos. Descubrieron que la tela del libro contenía una media de 1,42 miligramos de arsénico por centímetro cuadrado. Sin atención médica, una dosis letal de arsénico para un adulto es de aproximadamente 100 miligramos, la masa de varios granos de arroz.

"¿Cuáles son las implicaciones de tener tanto arsénico en la tela de los libros, en los guantes, durante el tratamiento? ¿Qué supone esto para tu salud y seguridad?" pregunta Grayburn.

Para responder a esta pregunta, Tedone y Grayburn se pusieron en contacto con Michael Gladle, director de salud y seguridad medioambiental de la Universidad de Delaware. "El arsénico es un metal pesado y tiene cierta toxicidad asociada, principalmente, por inhalación o ingestión", dice. El riesgo relativo de la tela de libro verde esmeralda "depende de la frecuencia", dice Gladle, y es de principal preocupación "para los que se dedican a la conservación".

Gladle sugiere que cualquier persona que manipule estos tomos aísle los libros y trabaje con ellos en mesas con campanas de extracción para controlar cualquier partícula de arsénico. "Las personas que tengan acceso a estos libros antiguos para investigar deberían llevar guantes y utilizar un espacio designado para revisar esos libros", dice.

Siguiendo las recomendaciones de Gladle, la biblioteca de Winterthur retiró de la circulación nueve libros verdes con partículas de arsénico y los colocó en grandes bolsas de plástico de polietileno sellables. Cuando manipulan o conservan los libros afectados, utilizan guantes de nitrilo, y después limpian las superficies duras y se lavan las manos.

A continuación, el equipo se lanzó a la búsqueda de más libros, viajando 40 kilómetros al noreste hasta la biblioteca más antigua de América, la Library Company of Philadelphia. Allí identificaron otros 28 libros de tela verde esmeralda. Con un tamaño de muestra mayor, descubrieron que la mayoría de los libros con tela verde esmeralda que contenían arsénico se publicaron en la década de 1850.

Para ayudar a otras personas a identificar los libros con arsénico y sus posibles riesgos, el equipo diseñó marcadores de libros a todo color con imágenes de las cubiertas verde esmeralda, así como precauciones de manipulación y seguridad. Han enviado más de 900 de estos marcapáginas por todo Estados Unidos y a otros 18 países, lo que ha permitido a otras seis instituciones identificar los libros con arsénico de sus colecciones.

A pesar de la toxicidad del verde esmeralda a base de arsénico en artículos domésticos, mercancías y ropa, nunca se prohibió. Por el contrario, su uso se extinguió de forma natural, ya sea por su reputación de tóxico o porque el color simplemente pasó de moda, al igual que los electrodomésticos de color verde aguacate en la década de 1970.

Y el mensaje más importante de Tedone, siempre conservador, es no descartar los libros envenenados. "No hay que asustarse y tirarlos", dice. "Sólo queremos que la gente se lo tome en serio".

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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