Scott Kelly nos revela cómo es pasar un año en la Estación Espacial Internacional

Perderse durante un paseo espacial no pareció preocupar al astronauta, aunque sí lo hicieron otros aspectos de vivir en el espacio.miércoles, 1 de noviembre de 2017

¿Qué se siente cuando se sale volando de la Tierra en un cohete, sabiendo que no verás a tu familia, sentirás el viento en la cara o probarás comida recién hecha durante un año entero?

Scott Kelly, el primer astronauta de la NASA en pasar casi un año en la Estación Espacial Internacional (ISS, por sus siglas en inglés), describe lo extraño que fue en Endurance, su nuevo libro. Sin embargo, destaca los beneficios científicos de su viaje espacial maratoniano. Comparando a Kelly con su hermano gemelo Mark, que permaneció en la Tierra, los científicos fueron capaces de reunir información muy valiosa acerca de los efectos psicológicos y fisiológicos del viaje espacial a largo plazo, una información que sería crucial si alguna vez viajáramos a Marte. [Aquí puedes leer un extracto en inglés de las memorias de Kelly sobre cómo es pasar un año en el espacio.]

Cuando National Geographic habló con Kelly por teléfono en Las Vegas, nos explicó cómo un encuentro fortuito con un libro lo situó en rumbo hacia las estrellas, por qué cree que ya somos capaces de viajar a Marte y cómo se las arregló en el espacio tras conocer la noticia de que habían disparado a la mujer de su hermano gemelo, Gaby Giffords

Hay un momento increíble en tu libro, Scott, cuando te pierdes en la oscuridad durante un paseo espacial. Sitúanos en ese momento y descríbenos cómo te sentiste.

Era mi segundo paseo espacial. Fue largo y agotador y, hacia el final, cuando me dirigía de vuelta a la esclusa, el centro de control me pidió que hiciera otra tarea para comprobar una válvula. Aunque estaba cansado, le dije que podía hacerlo. No sabes qué puede acabar yendo mal, así que tienes que estar a la altura de las circunstancias.

Me dirigí al lugar de trabajo, al otro lado del armazón, una zona con la que no estaba familiarizado, y me perdí por completo en el espacio y me desorienté, me puse boca abajo. Me llevó un tiempo averiguar dónde estaba. No es como estar perdido y no poder encontrar el camino de vuelta a casa. En ningún momento me sentí en peligro. Pero, al mismo tiempo, no fue una buena sensación.

Finalmente, salió el sol. [Se ríe] Antes pude ver algunas luces sobre mi cabeza, algo que pensé que era el cielo, pero no lo era. Era la Tierra. Cuando las vi, me di cuenta de que estaba sobrevolando Oriente Medio. Pude ver el golfo Pérsico, que es inconfundible desde el espacio, incluso durante la noche.

Hablas de forma muy prosaica sobre ello. Pero para la mayoría, la idea de estar boca abajo en el exterior de una nave espacial durante la noche, ¡suena terrorífica!

Sí, pero llevo 20 años trabajando en esto. Aunque no había dado muchos paseos espaciales antes, me había familiarizado con la vida en este entorno peligroso. Si coges a una persona media, la pones en el espacio y la arrojas al exterior de la estación espacial sin entrenamiento previo ni experiencia, eso sería, como has dicho, terrorífico.

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Danos una idea de cómo es estar fuera de la nave.

Una de las cosas de las que te das cuenta es que hay muchas abolladuras y, en algunos casos, agujeros que atraviesan los pasamanos y otras estructuras metálicas en el exterior de la estación espacial. ¡La estación espacial recibe muchos golpes! Por suerte, tenemos buenos escudos contra estos desechos y nada ha atravesado el casco, pero hay muchas cosas volando ahí fuera. Y si una de estas cosas te golpea en la cara o en otra parte del traje, puede causarte daños muy graves a ti o a tu traje, que está lleno con un cien por cien de oxígeno.

La vista de la Tierra desde fuera es increíble. Te hace sentir como si estuvieras presenciando la majestuosidad absoluta del planeta Tierra y es sencillamente increíble. Esas imágenes de amaneceres y atardeceres, el azul de la Tierra y las luces de ciudad durante la noche, vistas desde mi visor, son algo que espero que se quede arraigado en mi cerebro durante el resto de mi vida.

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En tu primer viaje a la ISS tuvo lugar otro acontecimiento dramático, pero esta vez relacionado con la política en la Tierra. Háblanos del momento en el que te enteraste de que habían disparado a tu cuñada, Gabrielle Giffords. Teniendo en cuenta esa experiencia y, más recientemente, la de Las Vegas, ¿qué opinas sobre el control de armas?

Cuando dispararon a Gabby, el 8 de enero de 2011, estaba en mitad de mi primer vuelo de seis meses. Me llamaron desde tierra diciendo que iban a privatizar el canal entre el espacio y la Tierra, lo que significa que no querían que nadie escuchase lo que nos iban a decir. La directora de la oficina de astronautas aparece y me dice: «No sé cómo decirte esto, así que te lo voy a decir directamente. Han disparado a tu cuñada, Gabby, y han matado a un montón de gente».

Estaba en la estación espacial sin forma de volver a casa. Lo que hice para afrontarlo fue intentar hacer lo posible para apoyar a mi hermano, a su familia y a mi familia por teléfono. Pero finalmente te das cuenta de que necesitas concentrarte en tu trabajo, en lo que puedes controlar, e ignorar el caos que había en la Tierra con mi cuñada. Algunos medios incluso informaron de que había muerto. Pero más tarde hablé con un amigo mío que me dijo que estaba viva.

Desde entonces, Gabby y mi hermano se han convertido en grandes defensores de una legislación sensata para mantener las armas fuera del alcance de la gente que no debería tenerlas. Ellos, como yo, creen en la segunda enmienda de nuestra constitución. Nuestro país fue fundado sobre este principio. Pero está claro que en Estados Unidos tenemos un problema con la violencia armada y podemos hacer mucho. Un buen punto de partida sería establecer legislación que proteja a la gente de personas que no deberían tener armas de fuego.

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Los niños y las niñas suelen decir que de mayores quieren ser astronautas. Pero no hay muchos antecedentes en tu pasado —malas notas en el colegio, un padre maltratador, un barrio de la clase obrera— que sugieran que tuvieras «madera de astronauta». ¿Cómo y por qué crees que lo lograste?

Como dices, no era algo que pareciera una posibilidad para mí. Si le hubieras preguntado a alguno de mis profesores en el colegio si pensaban que llegaría a ser astronauta algún día, supongo que se hubieran reído. Yo también me hubiera reído. [Se ríe] Sin duda era algo que me interesaba, al igual que la mayoría de niños están interesados cuando son pequeños y tienen grandes sueños. Pero solo cuando llegué a la universidad, todavía con dificultades académicas, entré por accidente en una librería y cogí el libro The Right Stuff. Por alguna razón, me sentí identificado y decidí que esto era lo que iba a hacer.

Quería ser aviador naval, para aterrizar en un barco, porque pensaba que sería el tipo de vuelo más difícil. Y tenía toda la razón. El libro fue la chispa que necesitaba para avanzar en la dirección adecuada. No fue fácil, especialmente al principio, cuando tuve que aprender por mí mismo cómo ser un buen estudiante y estudiar. Pero con el paso del tiempo fui capaz de aprender a compensar mi falta de atención.

Es un gran salto, si lo piensas. Un niño lee un libro y decide que va a ser astronauta. La verdad es que fueron un montón de pasos decisivos, pequeños pero positivos, que finalmente se convirtieron en un salto gigantesco.

El título de tu libro, Endurance*, hace referencia el explorador polar, Ernest Shackleton. ¿Qué semejanzas existen —física y psicológicamente— entre tu viaje al espacio y su odisea antártica?

La resistencia que se necesita para llegar al final de una misión de un año de duración con la misma cantidad de energía y entusiasmo que tenías al principio es similar a la filosofía que imagino que tenía Shackleton.

Pero para él, eso duró más de un año, mucho más tiempo del que yo pasé en el espacio. Pese al aislamiento, mi experiencia no es algo que se pueda comparar sin más con la de esos hombres, que luchaban cada día solo para sobrevivir.

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¿Qué ha sido lo más difícil para ti?

Estar separado de tu familia y tus amigos y saber que, si les pasaba algo, no había nada que pudiera hacer para estar con ellos. También está el aislamiento del mundo exterior y de la naturaleza, como no estar al sol o sentir la brisa en la cara. Existe una falta de opciones sobre lo que puedes hacer a diario. Tienes que mantener un horario muy estricto durante un periodo de tiempo prolongado, lo que también es difícil.

Nunca llegaría al punto de decir que fue tan difícil como lo que Shackleton y sus hombres tuvieron que soportar. Pero aun así era una misión de resistencia.

Tu hermano gemelo, Mark, también es un astronauta. Háblanos del Twin Study y lo que reveló sobre la fisiología del viaje espacial.

La idea de los estudios de gemelos era que tenías a dos tipos que eran casi idénticos genéticamente. También tenían muchos datos sobre mi hermano porque había sido astronauta el mismo tiempo que yo, desde 1995. Así que, compararnos a mí, en el espacio, y a él, en la Tierra, a nivel genético y químico —analizando los aspectos de nuestra fisiología y psicología— era una oportunidad única.

Algunos resultados fueron muy interesantes. Por ejemplo, me sorprendió que mis telómeros —una parte de nuestros cromosomas que, a medida que envejecemos, generalmente se acorta y se desgasta— mejoraron en el espacio en comparación con los suyos en la Tierra. La hipótesis era que sería al contrario; los suyos mejorarían, ya que yo vivía en un entorno con radiación. Nuestro microbioma, las células que viven en nuestro sistema digestivo, también cambiaron en el espacio.

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La siguiente gran frontera en el espacio es Marte. ¿Crees que los seres humanos viajarán al planeta rojo algún día? ¿Y qué nos ha revelado tu año en el espacio sobre los desafíos a los que nos enfrentaremos?

¡Por supuesto! Podríamos ir a Marte ahora mismo si tuviéramos el dinero y el apoyo político [necesarios]. Uno de los problemas que hay que resolver es la radiación. A medida que te alejas del campo magnético de la Tierra, pierdes gran parte de la protección frente a la radiación de nuestro planeta. Hay formas de resolverlo, como escudos con agua o incluso crear un campo magnético alrededor de la nave espacial. Pero no es fácil.

Otro gran problema es el CO2. Nuestra capacidad para conseguir niveles de CO2 similares a los de la Tierra es, desde el punto de vista tecnológico, muy difícil en el espacio. Se necesita hardware que extraiga el CO2 del aire de forma eficiente y eso es un problema, al igual que mantener en funcionamiento ese hardware durante periodos de tiempo prolongados. Causa dolor de cabeza y congestión. En ocasiones, si el nivel es demasiado alto, también hace que concentrarse sea más difícil. Es algo que tenemos que resolver si queremos ir a Marte.

Al final del libro, enumeras una serie de cosas que aprendiste durante tu año en el espacio. Cuéntanos algunas de las enseñanzas fundamentales.

Lo más importante que aprendí al formar parte del programa de la Estación Espacial es que cuando otros países colaboran de forma cooperativa y aportamos nuestras mejor gente y nuestros recursos en algo difícil, podemos hacer cualquier cosa. Si algún día decidimos ir a Marte, podremos hacerlo, así como otras tareas desafiantes. Podemos hacer cualquier cosa si dedicamos nuestras mentes a ello.

Otro tema importante de este libro es que puede ser difícil encontrar tu camino, pero si encuentras algo que te apasiona, alguna chispa que te haga moverte hacia una meta con energía y determinación, hasta alguien que tuviera TDA de niño, como yo, puede lograrlo.

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