Operación Félix: el plan de Hitler para conquistar Gibraltar

Tras suspender la invasión de Inglaterra, Hitler ordenó el inicio de los preparativos de la Operación Félix, el plan alemán para asaltar el peñón de Gibraltar que contemplaba el ingreso de España en la Segunda Guerra Mundial.martes, 17 de julio de 2018

Por Manuel Moncada Lorén - National Geographic

En junio de 1940, gran parte de Europa continental se encontraba bajo el dominio del III Reich. Tras derrotar a los ejércitos franceses en una campaña fulminante de menos de un mes, en el viejo continente no quedaba nadie más que el acorralado Reino Unido para hacer frente a Hitler, que tras la precipitada evacuación de Dunkerke (Francia), esperaba en las islas la inminente invasión alemana.

El 4 de junio, cuando las cosas iban de mal en peor para los aliados en Francia, el primer ministro británico, Winston Churchill, pronunció ante el tumultuoso parlamento británico su famoso discurso de resistencia:

 “Llegaremos hasta el final; lucharemos en Francia; lucharemos en los mares y océanos; lucharemos con creciente confianza y creciente fuerza en el aire; defenderemos nuestra isla, cualquiera que sea el coste; lucharemos en las playas; lucharemos en los aeródromos; lucharemos en los campos y en las calles; lucharemos en las colinas; nunca nos rendiremos…”.

Y efectivamente, lucharon. La batalla de Inglaterra otorgó definitivamente la supremacía aérea a los británicos. La campaña de bombardeos alemanes en las Islas británicas, no mermó el espíritu de la Royal Air Force (RAF), que anuló la presencia de la Luftwaffe en el canal de la Mancha.

Un plan B para doblegar al Imperio Británico

Al no poder asegurar control de los cielos del canal de la Mancha, la planeada invasión del Reino Unido, la Operación León Marino, no se podía afrontar con garantías. Ante el giro de los acontecimientos, Hitler decidió forzar la rendición de Gran Bretaña por otras vías.

Además del constante acoso a las líneas de convoyes británicos del Atlántico por parte de los submarinos comandados por el almirante Karl Dönitz, Hitler volvió su mirada hacia Gibraltar, la llave del Mediterráneo.

Hitler se había propuesto cerrar el Mediterráneo a la Marina Real británica (Royal Navy), y para ello necesitaba controlar las dos puertas: el canal de Suez y el estrecho de Gibraltar. Este hubiera sido un duro golpe para el Imperio Británico, ya que la pérdida de ambas plazas estratégicas hubiera minimizado su capacidad de reacción en el teatro de operaciones africano y dificultaba enormemente la comunicación con las colonias asiáticas y subsaharianas.

Sin el control de Gibraltar y Suez, los británicos hubieran tenido que rodear el continente por el Cabo de Nueva Esperanza como los navegantes del siglo XV.

La campaña en África del Norte comenzó en junio de 1940, con el ejército italiano presionando las líneas británicas en la frontera egipcia en dirección al canal de Suez, pero Hitler necesitaría que España concediera permiso de paso al ejército alemán a través de la Península para tomar La Roca. El acercamiento no se hace esperar demasiado.

Diálogo de sordos en Hendaya

EL 23 de octubre de 1940, Adolf Hitler se entrevistó con Franco en la estación francesa de Hendaya.

Durante su encuentro con Hitler, Franco expuso la realidad de un país en ruinas que quedaría en la vanguardia de las operaciones militares si finalmente hubiera cedido a las presiones del Führer. Éste, por su parte, deseaba una pronta entrada de España en la guerra para acelerar la caída del Reino Unido empezando por Gibraltar.

En su repaso al estado de la maltrecha industria, infraestructuras y transportes, además de las graves carencias agrícolas, Franco presentó unos requisitos astronómicos que evidenciaban que para poner a España en situación de combatir en la contienda mundial, era necesario dotarla de todo tipo de suministros.  Alemania no se podía permitir en modo alguno el envío de semejante cascada de recursos.

Franco también señaló la cuestión de las reivindicaciones españolas en Marruecos, pidiendo sobre esto un compromiso formal y previo del Führer para participar en la guerra.

Hitler puso muchas objeciones, sin comprometerse a nada porque ello hubiera destruido su política de aproximación con la Francia de Vichy (el gobierno títere francés recién constituido) y dejó el asunto abierto para “después de la victoria”, pues tenía concertada para el día siguiente una entrevista con el mariscal Pétain, líder de la Francia de Vichy.

Tras la poco esclarecedora entrevista de octubre en Hendaya, Hitler va a reafirmar su decisión, convirtiéndola en directa instrucción operativa para sus divisiones. El Estado Mayor alemán, reunido con Hitler, decide acelerar la denominada Operación Félix, el plan para tomar Gibraltar, enclave estratégico en poder de los británicos desde el final de la Guerra de Sucesión Española (1701-1713).

 

Operación Félix: Objetivo Gibraltar

El 12 de noviembre de 1940, Hitler ordenó el inicio de los preparativos de la Operación Félix. Se trataba de la Directiva nº 18,  que establecía las “medidas políticas para inducir la pronta entrada de España en la guerra”. 

“El objetivo de la intervención alemana en la Península Ibérica será expulsar a los ingleses del Mediterráneo Occidental”. También se menciona la posible invasión de Portugal (en caso de que los aliados violaran la neutralidad portuguesa, como más tarde ocurriría con Irán) y la posible ocupación de las Azores y Madeira.

El plan consistía en introducir dos cuerpos de ejército alemanes en España a través de los Pirineos. El XLIX Gebirgsarmeekorps’ o 49.º Cuerpo de Montaña, integrado por la 1.ª División de Montaña al mando del general Ludwig Kübler, cruzaría la Península Ibérica y tomaría Gibraltar al asalto.

Para anticipar a sus soldados lo que se iban a encontrar tras atravesar la Línea de la Concepción, la primera División de Montaña del general Ludwig Kuebler recibió un riguroso entrenamiento en Besançon (Francia).

Dada la cantidad de montañas con características casi idénticas al peñón de Gibraltar que ofrecía esta región francesa atravesada por mazizo del Jura, los soldados podrían hacerse a la idea de donde iban a combatir.

El otro cuerpo de ejército, El ‘XXXIX Armeekorps’ o 39.º Cuerpo de Ejército, comandado por el general Rudolf Schmidt se encargaría de asegurar el flanco derecho del despliegue alemán asegurando plazas clave con la 16.ª División de Infantería Motorizada (Valladolid) y dos divisiones blindadas, la 16.ª División Panzer (Cáceres) y la 3.ª División Panzer SS ‘Totenkopf’ (Sevilla).

Apoyo aéreo

El apoyo aéreo vendría dado por interceptores Messerschmitt Bf 109, bombarderos tácticos Junkers Ju 88 y bombarderos en picado Junkers Ju 87, más conocidos como ‘Stukas’. Para aumentar el factor sorpresa, el ataque daría comienzo con un bombardeo alemán de la Roca por parte de los Junkers Ju 88 localizados en Burdeos (Francia), que luego tomarían tierra en los aeródromos españoles para seguir hostigando el puerto y las defensas del peñón mediante bombardeos de proximidad de los precisos Stukas.

El máximo responsable de la misión sería el mariscal de campo Walter von Reichenau, que más tarde comandaría el 6.º Ejército durante la invasión de la Unión Soviética. Tras sufrir muerte súbita en pleno avance por Ucrania, Friedrich von Paulus fue nombrado comandante del 6.º Ejército en sustitución de Reichenau. Con el tiempo, Paulus se convirtió en el primer mariscal del ejército alemán en rendirse ante el enemigo tras verse completamente rodeado por el Ejército Rojo en Stalingrado en febrero de 1943.

El plan alemán también contemplaba desplegar sus tropas en las posesiones españolas del Norte de África: el Marruecos Español, el Río de Oro y las Islas Canarias; además de Galicia, cuyos puertos serían usados como base para los ‘u-boote’ de la Kriegsmarine. Pero toda la operación dependía del beneplácito español a los planes del Führer.

El informe de Carrero Blanco

Dadas las circunstancias, 14 de noviembre de 1940 tuvo lugar una importante reunión del Alto Estado Mayor en el Palacio Real de El Pardo con Franco, donde el ministro de marina Salvador Moreno presentó un informe de gran importancia que marcaría el destino de España.

El informe fue redactado por el Capitán de Fragata Luis Carrero Blanco, en aquel entonces jefe de operaciones del Estado Mayor de la Armada, que inició de esa forma una relación muy estrecha con Franco que le llevó a ser presidente del Gobierno en los años setenta del pasado siglo.

Del informe de Carrero se desprende que las fuerzas alemanas se disponen a cerrar la tenaza sobre el canal de Suez, que Alemania ha desistido o al menos aplazado la operación de desembarco en Inglaterra, y que tiene decidido cerrar el Mediterráneo a la armada británica por Gibraltar y por Suez.

La ocupación de Gibraltar precisaba de la cooperación española, pero una eventual entrada de España en la guerra provocaría el corte del suministro atlántico de combustible y cereales que dependían de la buena voluntad británica, potencia naval que permitía el aprovisionamiento a un régimen totalitario y germanófilo sólo por la dramática situación de posguerra.

Como Carrero apunta en su informe: “el petróleo, la gasolina, el trigo, y cuantos recursos indispensables para la vida de la nación llegan con más o menos dificultades desde América quedarían cortados”.

España acababa de salir de la guerra civil completamente arruinada y la vida en el país “dependía del tráfico marítimo con el Plata”, que traía el pan de cada día, y de “la línea con las Antillas”, que proporcionaba el combustible indispensable para los transportes.

Mientras los ingleses estuvieran en Egipto, la única vía para el aprovisionamiento de España sería a través de los Pirineos, totalmente insuficiente “aun suponiendo que Alemania dispusiera de lo que nosotros necesitamos en la cantidad suficiente para proporcionárnoslo”.

Se hizo entonces evidente que la intervención de España en la guerra no solamente no reportaría ventajas al Eje, sino que “le ocasionaría un considerable perjuicio” al convertir en propios los problemas de Franco.

“Parece claro que por una razón de imposibilidad material España no intervendrá en la guerra mientras que el canal de Suez esté en poder de los ingleses”. En cambio, si el canal de Suez cae en poder del Eje, sería preciso ocupar la plaza de Gibraltar, lo que exigiría la entrada de España en la guerra.

Miedo ante una posible respuesta aliada 

 

Aunque el Eje hubiera logrado la victoria en Suez, las comunicaciones marítimas por el Atlántico hubieran quedado cortadas, además de dejar absolutamente incomunicadas las Canarias y la Guinea Ecuatorial española con la Península.

Todo el litoral cantábrico y gallego se hubiera convertido en la vanguardia del dispositivo europeo, por lo que España posiblemente se hubiera convertido en el escenario de una hipotética invasión anfibia aliada.

El informe de Carrero, de una precisión logística que asombró a Francó, aportaba la visión ultramarina de la que Hitler y sus asistentes, principalmente soldados de tierra, carecían.

En previsión de un posible desembarco aliado, Franco ordenó construir un dispositivo militar en sur español que permitiera defender el litoral. Este sistema defensivo cubre una franja de más de 100 kilómetros de la costa gaditana que abarca desde Conil de la Frontera hasta San Roque.

El pobre desempeño del ejército italiano

Para cuando Franco leyó el informe, la ofensiva del Eje sobre Suez estaba ya muy comprometida, la Armada italiana había sufrido un duro bombardeo aeronaval en su base de Tarento (Ejercicio ofensivo observado con mucho interés en Japón, que luego haría lo propio en Pearl Habor), además de que su ejército había sufrido una severa derrota en su posición avanzada en Egipto, Marsa Matruk, ante las divisiones británicas del general Sir Archibald Wavell.

El contraataque británico logró la completa destrucción del 1er Ejército italiano de Mario Berti. La derrota italiana desvió la atención de Hitler hacia el Mediterráneo Oriental y le forzó a cancelar la operación Félix para socorrer a sus aliados en Libia.

La nueva Instrucción de Hitler se dirige esta vez hacia los Balcanes, donde también ha de paliar la desastrosa actuación del ejército italiano, que vio como los griegos penetraban en el territorio albanés ocupado por los italianos y los yugoslavos sostenían inexplicablemente el titubeante avance de las fuerzas del Duce.

Serrano Suñer en el Nido del Águila

Oficiales españoles y alemanes en Berlín, durante la visita que realizó la delegación de la España franquista a Alemania. En la fotografía aparecen Heinrich Himmler, Reichsführer-SS y jefe de la policía alemana; Ramón Serrano Suñer: Ministro de Asuntos exteriores de España; Eugenio Espinosa de los Monteros: General, embajador de España en Berlín y Antonio Sagardía Ramos: General, jefe de la Policía Armada.
Fotografía de Narodowe Archiwum Cyfrowe

Con la firme convicción de que España “no podía ni debía tomar parte en la guerra” recogida en el informe de Carrero, el ministro de Asuntos Exteriores del régimen franquista, Ramón Serrano Suñer, fue a los Alpes bávaros a entrevistarse con Hitler en su residencia de Berchtesgaden, donde también le esperaban el ministro de exteriores alemán, von Ribbentrop, y los generales Keitel y Jodl.

Según relata el propio Serrano Suñer en su libro “Entre Hendaya y Gibraltar”, antes del viaje solicitó la celebración de una reunión con los ministros militares del Gobierno, a la que asistieron Franco, los generales Vigón y Varela y el almirante Moreno, para acordar la posición española ante el Führer.

La entrevista puede considerarse un ultimátum a España, ya que la cita se produce tras el encuentro en Hendaya y en un contexto en el que Hitler casi exigía la intervención de Franco a favor de sus ejércitos. Ante el talante del Führer, no se descartaba ninguna opción dados los precedentes: Hitler doblegó a muchos otros diplomáticos y jefes de estado en el pasado, y en 1940 nadie le decía que no al III Reich.

En aquella histórica cita con Adolf Hitler, el ministro español expuso los argumentos que Salvador Moreno había llevado a la reunión de los jefes militares con Franco, en los que se expresaban las dificultades navales, pero ante todo económicas, que la beligerancia supondría a España.

A pesar de la insistencia de Hitler, el líder de la Alemania nazi no pudo obtener el compromiso español para entrar en la guerra. En una entrevista concedida al Diario de Córdoba, Serrano Suñer recordó cómo Hitler le hizo una pregunta que pudo ser trascendental para la historia de España:

“Señor Serrano, ¿qué haría de verdad el pueblo si mañana entran en España mis ejércitos?”

Serrano aseguró sentirse “anonadado”, ya que comprendió que “estábamos al borde de la invasión militar que tanto temíamos.

“Führer, el pueblo español en este supuesto se echaría al monte sin pensarlo. Igual que ocurrió con Napoleón […] Y no olvide lo que fue la guerra de España para el Emperador de los franceses”.

La furiosa misiva de Hitler a Franco

A pesar de la negativa española, a finales de enero de 1941, Hitler no había abandonado aún la idea de que España entrase en guerra y le escribe el 6 de febrero de 1941 una furiosa carta a Franco en la que reprochó al Caudillo “no haber ayudado a Alemania y a Italia en una batalla decisiva para la salvación de España”.

En la misiva, el führer lamentó que Franco se negase a actuar, ya que la toma de Gibraltar hubiese modificado de un solo golpe toda la situación mediterránea”. En una frase que puede parecer profética, Hitler escribe que “nunca se le perdonará al Caudillo deber su victoria en la guerra civil a la ayuda alemana e italiana” y añade que el “régimen franquista se mantendrá sólo si el Eje resulta vencedor”.

La guerra habría dado un vuelco si en ese momento Franco decide unirse a las potencias del Eje, Gran Bretaña habría quedado indefensa en el Norte de África, lo que habría abierto la llave de los recursos petrolíferos de Oriente Medio al Tercer Reich. Pero por otra parte España se habría convertido en un previsible campo de batalla por la liberación de Europa, ya que Franco temía desembarcos aliados en Portugal y Canarias, así como ataques aéreos de la RAF sobre la Península.

Aunque España nunca entraría en la guerra, su actitud de no beligerancia debido a la similitud ideológica con las potencias del eje, permitió que la España Nacional proveyera al III Reich del valioso tungsteno, recurso estratégico para la industria bélica, además de permitir que la  Kriegsmarine utilizara los puertos gallegos y canarios para que sus ‘manadas de lobosU-boat, repostaran.

A pesar de sus vaticinios, Adolf Hitler, cesó en su intento de convencer a los españoles para concentrarse en el que era su verdadero rival, la Unión Soviética, cuya invasión tendría lugar el 22 de junio de 1941.

Para Franco, había dos guerras distintas. La guerra entre el Eje y las potencias aliadas, en la que España se declaraba neutral, y la guerra de Alemania contra la URSS, en la que Franco participaría en la llamada cruzada contra el marxismo, enviando la  División Azul al mando del teniente general Agustín Muñoz Grandes.

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