Esta médica siria salvó miles de vidas en un hospital subterráneo

Durante la guerra civil de Siria, la doctora Amani Ballour trató a las víctimas de los bombardeos y los ataques químicos, recuerdos que aún la atormentan.lunes, 25 de noviembre de 2019

El estallido del trueno; un avión pasando sobre su cabeza; golpes en la puerta. A Amani Ballour le asustan los ruidos fuertes. Estos sonidos le recuerdan a los aviones de combate y los feroces bombardeos que la obligaron a huir a disgusto de su Siria natal en 2018.

El silencio de su apartamento de dos habitaciones escasamente amueblado en Gaziantep, Turquía, no la alivia. En la calma recuerda a los pacientes jóvenes a los que llama «mis niños», aquellos que sobrevivieron y los muchos que no.

Durante dos años, entre 2016 y 2018, Ballour dirigió un hospital de campo subterráneo al que llamaban la Cueva en su ciudad natal, Guta Oriental, cerca de la capital siria, Damasco. Allí presenció crímenes de guerra, como el uso de armas químicas y bombas de cloro, y ataques aéreos contra hospitales, dirigidos a un lugar de refugio para quienes ya estaban heridos.

«No había ningún lugar seguro», afirma Ballour. «Imagina ser víctima de un bombardeo, que te estén tratando en el hospital y que también bombardeen allí. El hospital fue atacado en varias ocasiones. Me han pedido que verifique cuántos ataques fueron. Créame, no puedo contarlos todos».

Ballour, administradora de la Cueva, era responsable de unos 100 empleados en una localidad asediada por soldados leales al presidente sirio Bashar al-Asad. Durante años, se restringió o se prohibió la entrada de artículos fundamentales, como comida y suministros médicos, a la localidad rebelde de Guta Oriental. Formaba parte de la estrategia de opresión de «pasad hambre o rendíos» de Asad que obligó a Ballour y a otros empleados a pasar los bienes de contrabando.

Los aviones de Asad y —desde septiembre de 2015— los cazas rusos sumieron el hospital en un laberinto de túneles y búnkeres.

El viaje de Ballour se presenta en un documental de National Geographic, The Cave, dirigido por Feras Fayyad, nominado a un Óscar en 2018 por Los últimos hombres de AlepoThe Cave cuenta la desgarradora historia de Ballour, que luchó para proporcionar cuidados médicos y consuelo en plena guerra en un hospital subterráneo.

Ballour, la más joven de tres hermanas y dos hermanos, afirma que desde su infancia había aspirado a «hacer algo diferente» en lugar de convertirse en ama de casa como sus hermanas mayores, que se casaron en la adolescencia o a principios de la veintena. Se ilusionó con la ingeniería mecánica y se matriculó en la Universidad de Damasco. La presión de los cotilleos sociales y la oposición de su padre a sus planes hicieron que se cambiara a medicina, una disciplina que siempre consideró «una profesión más apropiada para una mujer, como pediatra o ginecóloga», explica.

Ballour decidió sanar a los niños e ignoró a los escépticos que le decían en torno burlón: «“En cuanto te cases, colgarás tu carrera en la cocina”. Escuché este tipo de frases muchas veces».

En 2011, cuando la ola de protestas árabes pacíficas llegó a Siria, Ballour era una alumna de quinto de medicina y le quedaba un año para graduarse. Las protestas enseguida llegaron a Guta Oriental. Ballour participó en una manifestación, pero no se lo contó a su familia, segura de que sus padres «estaría en contra al millón por ciento, [porque] tendrían miedo de que me pasara algo». En otra protesta, grabó en vídeos breves, pero le dio miedo divulgarlos. «Me aterrorizaba que me detuvieran», cuenta. Con todo, la experiencia fue estimulante. Sentí «que respiraba libertad, fue increíble. Me empoderó mucho decir “no” a lo que ocurría en este país que había sido gobernado durante décadas por un régimen».

Para entonces, los Asad —Bashar y antes que él su padre, Hafez— habían gobernado Siria con mano de hierro durante más de cuatro décadas. Ballour recuerda que, cuando era niña, «estaba prohibido hablar de algunas cosas, mencionar el nombre del presidente, Hafez al-Asad, si no era para alabarlo [porque] las paredes oyen». Solo le llegaron rumores sobre la masacre de Hama de 1982, cuando el ejército de Hafez al-Asad mató a miles de personas, insurgentes y civiles, en una breve insurrección islamista. «Mis padres no nos hablaron de la masacre de Hama, pero deberían haberlo hecho» afirma.

Cuando Bashar al-Asad sucedió a su padre en el año 2000, Ballour se preguntó por qué los sirios no podían elegir a un líder con otro apellido. «Cuando lo pregunté, me ordenaron que me callara, que alguien podría oírnos», afirma. «Aquello me asustó mucho».

Cuando el estado sirio reprimió con violencia las protestas, apaleando a los manifestantes con varas y disparando gas lacrimógeno y balas a las multitudes, Ballour se vio envuelta en la situación, pero no como manifestante. En los primeros años de la revolución siria, las fuerzas del orden persiguieron sistemáticamente a los manifestantes heridos en los hospitales. Quienes buscaban atención médica corrían el riesgo de que los detuvieran —y desaparecer en la red de mazmorras del régimen— o peor, de que los asesinaran en el acto. Empezaron a aparecer clínicas de campaña secretas en casas, mezquitas y otros lugares.

Ballour recuerda que sus vecinos la llamaron para que tratara a su primer paciente, herido en una manifestación. Fue a finales de 2012, cuando acababa de graduarse. «Era un niño con un disparo en la cabeza. ¿Qué podía hacer yo por él? Estaba muerto. Tenía unos once años», afirma.

Su primer trabajo, como voluntaria, consistió en tratar a los heridos en un hospital de campaña establecido en un edificio parcialmente construido que el régimen pretendía convertir en un hospital. Ella era una de los dos médicos a tiempo completo que trabajaban allí. El otro era el fundador de la clínica, Salim Namour. Namour, cirujano general con 26 años de experiencia, recuerda haber conocido a Ballour poco después de su graduación. «Se presentó y se ofreció a ayudar. Muchos médicos con experiencia habían huido, pero esa joven graduada se quedó para ayudar», recuerda Namour.

Por aquel entonces, el centro médico constaba de un quirófano y una sala de urgencias en el sótano. Pronto se convertiría en una red de refugios subterráneos y los lugareños pasarían a denominarlo «la Cueva». Se añadieron más alas, como pediatría y medicina interna. Más médicos, enfermeros y voluntarios se unieron a ellos. El hospital trabajaba con máquinas y equipos sacados de hospitales dañados cerca de la primera línea y suministros médicos contrabandeados pagados por ONG internacionales y sirias en la diáspora.

Ballour no era cirujana de traumatología, pero con la avalancha de víctimas hasta veterinarios y optometristas empezaron a tratar a los heridos. Tuvo que aprender deprisa, no solo a practicar medicina de urgencia, sino a hacer frente a los horrores de una guerra brutal. Las primeras víctimas en masa que vio fueron cuerpos chamuscados. Años después, aún recuerda perfectamente «el olor de las personas quemadas hasta volverlas irreconocibles, algunas de ellas aún con vida. Fue lo más impactante que había visto hasta entonces, todavía no tenía experiencia, acababa de graduarme. Me impactó tanto que fui incapaz de hacer mi trabajo. Pero después vi muchas masacres, muchas víctimas, y me puse a trabajar».

El 21 de agosto de 2013, Ballour y sus dedicados colegas se enfrentaron a un nuevo horror: las armas químicas. El ataque con gas sarín en Guta Oriental mató a cientos de personas. Ballour recuerda haber acudido corriendo al hospital en plena noche, abriéndose camino entre personas muertas y vivas tendidas en el suelo para intentar llegar a la sala de suministros y empezar a tratar a los pacientes. «No sabíamos qué era exactamente, solo que la gente se estaba asfixiando. Todos eran casos urgentes. Un paciente que se asfixia no puede esperar y todos estaban asfixiándose. Salvamos a los que salvamos y aquellos a quienes no pudimos atender a tiempo murieron. Estábamos desbordados».

Al año siguiente, Namour fundó un consejo médico local con los 12 médicos restantes que atendían a una población de unas 400 000 personas atrapadas en Guta Oriental. En el consejo figuraban dos dentistas y un optometrista. No todos los miembros del consejo trabajaban en la Cueva, pero juntos decidieron elegir a un administrador de la Cueva que ejercería seis meses, plazo que posteriormente se amplió a un año. A finales de 2015, Ballour decidió presentarse para el puesto. «No veía por qué no podía ser administradora, sobre todo si era por mi género. Soy médica y ellos (los dos administradores hombres anteriores) son médicos. Yo había estado en el hospital desde el primer día, sabía qué necesitaba, tenía ideas para ampliarlo, tenía un plan».

Su padre y su hermano lo desaconsejaron, ya que Ballour ya pasaba todos los días y muchas noches en la Cueva. «Mi padre temía por mí, pero no podía ir a casa», afirma Ballour. «No había médicos suficientes. Me dijo que la gente no me aceptaría, que tendría muchos problemas. Al día siguiente, me ofrecí para el puesto y me eligieron administradora del hospital».

Ballour asumió el cargo a principios de 2016, unos meses después del incremento de los ataques aéreos con la llegada de la Fuerza Aérea rusa a los cielos de Guta Oriental. Las reacciones de algunos pacientes y de sus parientes fueron inmediatas y predecibles. «Muchos hombres me dijeron: “¿Cómo? ¿Se han quedado sin hombres en el país para tener que nombrar a una mujer?”. Una mujer. No decían médica, decían mujer».

Ballour, una mujer menuda y amable con un rostro que recuerda a un retrato renacentista, riñó con hombres patriarcales y conservadores —sobre todo pacientes y familiares— que desafiaban su autoridad para dirigir un centro médico en tiempos de guerra.

«Solía responderles con firmeza», explica refiriéndose a los hombres que le decían que su lugar estaba en casa. «No me quedaba callada porque cuando tienes razón, tienes razón... Algunos hombres me decían que era peligroso, que la zona estaba asediada, que es un trabajo difícil así que tendría que hacerlo un hombre. ¿Por qué? Una mujer también puede, yo lo hice».

Su labor contó con el apoyo total del personal del hospital, Namour incluido. «No podía aceptar aquel discurso [patriarcal]», afirma. «A los hombres les decía: “Está aquí con nosotros, trabajando día y noche allí donde la necesitamos mientras algunos de los médicos que conocemos han huido a zonas controladas por el régimen para trabajar a salvo. ¿Qué prefieren?”. No se trata de género, sino de acciones y capacidad, y la Dra. Amani ha hecho muchos cambios positivos en el hospital».

Ballour amplió la Cueva, profundizó los búnkeres y excavó túneles hasta dos pequeñas clínicas médicas de la localidad y al cementerio. «Necesitábamos enterrar a los muertos, pero era demasiado peligroso estar en la superficie», cuenta. «No podíamos movernos por la superficie».

Cuando el asedio se intensificó y los sobrevolaron más aviones de combate, se presentaron oportunidades de huir por los túneles, pero Ballour no las aprovechó.  «¿Cómo iba a marcharme?», afirma. «¿Por qué estudié medicina y me especialicé en niños si no era para ayudar a la gente? Para estar ahí cuando me necesitaran, no para marcharme cuando yo quisiera».

El número de víctimas diario ascendió a las tres cifras. El hospital fue el blanco de varios bombardeos que penetraron en las profundidades de la Cueva, destruyendo un ala, matando a tres empleados e hiriendo a varias personas. En una ocasión, Ballour acababa de salir de un ala y se encontraba en el pasillo cuando las bombas cayeron tras ella. «No pude oír ni ver nada. El pasillo estaba lleno de polvo denso suspendido en el aire». Cuando se despejó, encontró a sus colegas muertos: «Sus cuerpos estaban hechos pedazos».

Atacaron las ambulancias y mataron a los rescatadores cuando recogían a los heridos. El golpe final de Asad en Guta Oriental, en febrero de 2018, incluyó un ataque con cloro. «El olor a cloro era abrumador», recuerda Ballour. «No tengo palabras para describirlo, pero quiero hacerlo para que la gente comprenda por qué nos fuimos. La gente estaba cansada y hambrienta. Muchos se rindieron, incluso hubo soldados que dejaron sus armas y caminaron hacia los soldados del régimen... El ejército nos cercaba. No estaban lejos, teníamos que huir. Teníamos miedo de que nos mataran si nos alcanzaban».

Más adelante, la Comisión Internacional de Investigación de la ONU para Siria informaría de que los ejércitos sirios y sus aliados habían cometido crímenes de guerra y crímenes contra la humanidad durante el asedio y la reconquista de Guta Oriental. Los métodos de guerra de Asad en Guta Oriental fueron «brutales y medievales», declaraba el informe de la ONU, e incluyeron «el asedio más largo de la historia moderna, con una duración de más de cinco años».

El 18 de marzo de 2018, Amani Ballour y su equipo evacuaron a los heridos y abandonaron la Cueva, pero no antes de que la médica entrara en todas las habitaciones y se despidiera. «Pensé en todas las personas que habían pasado por el hospital. Era una niña cuando empezó a construirse el edificio que iba a convertirse en hospital y donde más adelante trabajé seis años. Allí nos sitiaron, nos atacaron, salvamos y perdimos vidas. Tenía tantos recuerdos de aquel lugar, la mayoría dolorosos, pero también tuvimos momentos buenos. Me resultó muy doloroso abandonar el hospital».

Se fue sin nada salvo la ropa que llevaba puesta, dejando atrás la adorada bata blanca que había llevado desde que era estudiante de medicina. «Estaba tan llena de sangre que no me la pude llevar», cuenta. «Era muy especial».

Ballour y varios familiares y colegas, entre ellos Namour, huyeron al cercano Zamalka, un suburbio de Damasco, pero allí también hubo bombardeos. Diez días después, Ballour volvió a marcharse, esta vez a la provincia de Idlib en el noroeste de Siria, que linda con Turquía, el último bastión rebelde del país. Nunca había visitado Idlib. Se desplazó de ciudad en ciudad, pero no pudo huir de los aviones de combate.

Se ofreció voluntaria para ayudar a un pediatra en el hospital de campaña de un pueblo, pero solo pudo quedarse unas horas en la clínica. «Cuando vi a los niños de Idlib, me acordé de mis niños y de lo que les había pasado. No podía volver a ver aquello. Estaba cansada y agotada psicológicamente».

En Idlib también se hartó de que algunos, sobre todo combatientes islamistas, la culparan a ella y a otros habitantes de Guta Oriental por lo que tachaban de «rendición» ante el régimen. Tras tres meses en Idlib, huyó a Gaziantep, Turquía, en junio de 2018. Allí se casó con un activista de Daraa con quien se había comunicado cuando estaba en Guta, pero a quien nunca había conocido hasta entonces.

Ahora está a salvo, pero no es feliz. El sol de invierno entra por las ventanas de su piso. Ya no está bajo tierra, pero vive con la amargura de ser una refugiada en una tierra extranjera, lidiando con la carga de aquello a lo que sobrevivió y los recuerdos de quienes no lo lograron, sobre todo los niños.

«Están frente a mis ojos», afirma. «Hay niños a los que no puedo olvidar. Es imposible olvidarlos. Traté a niños en el ala de pediatría (por asma y otras afecciones) y después los atendí porque habían resultado heridos. Era como trabajar con familiares. No podía mirarlos a los ojos cuando los atendía. A veces me venía abajo, me derrumbaba».

Aún tiene pesadillas y todos los sonidos fuertes le recuerdan a un avión de combate. Cuenta que, durante las tormentas eléctricas, si su marido no está en casa la llama para convencerla de que el ruido no es un ataque aéreo. Revive conversaciones con algunos de sus pacientes jóvenes, como Mahmoud, de cinco años, que perdió una mano por un shrapnel y entre lágrimas le preguntó a Ballour por qué se la había amputado. «¿Qué iba a decirle cuando me preguntó eso? Aquel día lloré mucho». Después estaba el niño que perdió el brazo hasta el hombro. «Aún puedo escuchar sus gritos pidiéndome que le ayudara».

Ballour cuenta que en Siria se sentía útil, sentía que influía. «Aquí, a veces siento que no soy nada». Pasa el día trabajando como voluntaria en un grupo de mujeres sirias y estudiando inglés para poder emigrar a Canadá, pero sus varias solicitudes han sido rechazadas.

«La verdad es que la palabra refugiada es una etiqueta difícil de llevar. Me encanta mi país, mi hogar, mi vida en Siria, mis recuerdos de allí, pero ¿por qué hemos acabado como refugiados? La gente debería preguntarse qué hay tras el término “refugiado” y por qué huimos. Soy refugiada porque hui de la opresión y el peligro. No quería marcharme. Habría preferido quedarme en Guta, a pesar de todo. Nos asediaron y nos bombardearon y resistimos seis años, no queríamos irnos. Fue un momento dificilísimo... Ojalá la gente que solo nos considera refugiados nos preguntase de qué hemos huido y por qué nos marchamos. Es una palabra dolorosa, pero no tuve elección. No creo que tuviera elección».

Ballour quiere seguir practicando la medicina, pero no como pediatra. Quiere hacerse radióloga, porque dice que «psicológicamente, ya no puedo atender a pacientes, sobre todo a niños». Es un sentimiento que Namour comprende. «Soy un cirujano que ha pasado toda su vida operando en quirófanos, pero tras la amarga experiencia a la que sobrevivimos, tras la falta de humanidad y el sufrimiento que presenciamos en Guta, no soporto ver sangre ni estar en un quirófano», cuenta. «Aunque para mí la cirugía es una técnica, como un pintor que trabaja en un retrato. Sobrevivimos a días muy difíciles».

Ballour está hallando otras formas de ayudar a su gente. Participa en un fondo llamado Al Amal (Esperanza) que apoya a mujeres líderes y trabajadoras sanitarias en zonas de conflicto. Es una gran defensora de la ayuda a los millones de sirios desplazados que viven en ciudades de tiendas dentro de Siria y a los millones más que se han convertido en refugiados fuera de sus fronteras.

La guerra siria ha desaparecido de las páginas de los periódicos, pero Ballour está decidida a informar a la gente de las atrocidades que presenció en una guerra de casi nueve años que no terminará pronto. «No quiero contar historias que hagan que la gente llore o se disguste, quiero que ayuden. Aún hay mucha gente que necesita ayuda», cuenta.

Y después está el tema de la justicia. La niña cuyos padres tenían demasiado miedo como para hablarle de la masacre de Hama es ahora una médica decidida a transmitir su testimonio sobre los ataques químicos contra Guta Oriental. «Debo llevar mi testimonio a organizaciones que algún día puedan pedir cuentas al régimen por estos crímenes», afirma. «Yo lo vi. Ocurrió».

«Lo único que me ayuda es saber que tenemos razón, que estamos en el lado correcto de la historia porque nos opusimos a la injusticia», afirma. «Tengo la conciencia tranquila. Tenía un deber para con las personas y lo cumplí lo mejor que pude con los medios a mi disposición. Pero a veces me arrepiento de haberme marchado y me culpo, aunque no tuve elección. Esta es la verdad de los sentimientos enfrentados en mi interior. Intenté ayudar y eso me ayuda, haber sido humanitaria».

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.
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