El mundo en vías de desarrollo: un campo de batalla en ciernes contra el coronavirus

Los habitantes de Mandalay, la segunda ciudad más grande de Birmania, se unen frente a una posible catástrofe.

martes, 7 de abril de 2020,
Por Paul Salopek
Fotografías de Paul Salopek
Mandalay

Los trabajadores sanitarios de Mandalay, una gran ciudad en el norte de Birmania, se preparan para desinfectar las calles de la ciudad.

Fotografía de Paul Salopek
Out of Eden Walk, de Paul Salopek, escritor y National Geographic Fellow, es una odisea narrativa que sigue las huellas de nuestros antepasados humanos por todo el mundo. Este es su último artículo desde la India.

«¿Sabes cómo distribuir alimentos?».

Aung Ko Ko intentaba aprender —cuanto antes— cómo funciona la ayuda en casos de desastre. El joven director de un hotel de Mandalay, la segunda ciudad más grande de Birmania, rastreaba Internet en el móvil en busca de pautas nutricionales de ayuda alimentaria durante las hambrunas, un desenlace triste pero posible de la pandemia de COVID-19 en las economías más debilitadas del mundo. Contactó con sus amigos empresarios para que organizaran un recuento de los ciudadanos más vulnerables de la ciudad: principalmente personas sin hogar, pero también jornaleros necesitados que no podían aislarse sin pasar hambre. También recurrió a pedir consejo a los últimos huéspedes de su hotel vacío de turistas, cuyo negocio se ha visto arrasado por la peor crisis de salud global en un siglo.

«La verdad es que no sabemos lo que hacemos, pero intentamos ayudar», admitió Ko Ko mientras se ponía los guantes de plástico del personal de cocina como equipo protector antiviral antes de salir a repartir bolsas de galletas desde un rickshaw con motor.

A Mandalay le vendría bien esa ayuda.

Aung Ko Ko, director de un hotel vacío de Mandalay, distribuye comida entre las personas sin hogar de la ciudad.

Fotografía de Paul Salopek

Birmania, uno de los países más pobres del mundo con una renta per cápita de unos 1100 euros, está preparándose para la brutal embestida de la COVID-19, el nuevo coronavirus que ya ha recorrido todo el planeta y desbordado las economías y los hospitales de países mucho más ricos. El 4 de abril, el gobierno birmano había notificado 21 casos positivos de la enfermedad. Sin embargo, los médicos de aquí advierten que esta cifra reducida enmascara una realidad nefasta: con una cantidad mínima de test disponibles y 54 millones de habitantes, es probable que la tasa de infección real del país sea mucho más elevada. Una vez se alcance el pico de la infección, podría sofocar fácilmente el frágil sistema de salud pública del país. En Mandalay, una ciudad de 1,2 millones de habitantes del tamaño aproximado de Praga, los trabajadores médicos de la única ala de aislamiento que hay solo disponen de seis ventiladores mecánicos.

«¿Por qué hablamos de ventiladores? Ni siquiera tenemos mascarillas quirúrgicas», dijo lacónicamente Khun Kyaw Oo, un médico que forma parte del comité de planificación de emergencias de la ciudad.

Kyaw Oo afirma que en Mandalay ni siquiera pueden obtenerse productos de higiene básicos como el desinfectante para manos. Se ha pedido a los alumnos de química de una universidad local que elaboren este gel antiviral en sus laboratorios.

Desde que la COVID-19 surgió en China en diciembre y empezó su avance devastador por los continentes, los primeros brotes de la pandemia han afectado más a las partes más ricas y globalizadas del mundo, unidas por rutas aéreas comerciales muy concurridas: Europa y Estados Unidos.

Con todo, los expertos en socorro en caso de catástrofe advierten que eso cambiará conforme el virus contagioso empiece a propagarse por las sociedades más pobres del planeta. Allí, los maltrechos servicios sanitarios, la imposibilidad del distanciamiento social en las comunidades de barriadas hacinadas y la ausencia de redes de seguridad económica están incubando una tragedia humana de escala potencialmente catastrófica.

“Está cada vez más claro que nadie estará a salvo hasta que todos estemos a salvo.”

por JOSÉ MARÍA VERA, DIRECTOR EJECUTIVO INTERINO DE OXFAM INTERNACIONAL

«Actualmente, los países ricos son el epicentro de este virus letal», escribió la semana pasada José María Vera, director ejecutivo interino de Oxfam Internacional, haciendo un llamamiento a un programa de ayuda internacional masivo para frenar el impacto del virus en los países en vías de desarrollo. «Pero debemos hablar del mundo. Ahora mismo, todos necesitamos la ayuda de los demás. Está cada vez más claro que nadie estará a salvo hasta que todos estemos a salvo».

Vera indicó que aunque España cuenta con un médico por cada 250 habitantes, ya se han superado las 13 000 víctimas mortales y es el segundo país con más fallecidos por detrás de Italia. «Ahora pensemos en un país como Zambia, que tiene un médico por cada 10 000 habitantes», escribió.

Mientras las infecciones por coronavirus superan 1,2 millones de casos en todo el mundo, Naciones Unidas ha puesto en marcha un fondo médico de emergencia de 2000 millones de dólares para ayudar a los países pobres a afectarse a la pandemia. En cambio, esta suma provisional —menos de una milésima parte del total que ha destinado hasta ahora Estados Unidos a frenar la pandemia— ni siquiera llegará a amortiguar las repercusiones del virus en regiones vulnerables que ya sufren especialmente los efectos de la pobreza, la guerra y el cambio climático.

Ko Win Aung, un maestro de escuela, dirige un grupo de ciudadanos de Mandalay, Stop Mandalay from COVID-19, para combatir el virus. «Algunas personas dicen que nuestro pueblo es inmune porque nuestro sistema sanitario es muy limitado. Nos hemos adaptado. Nuestros anticuerpos no temen el virus», bromeó Win Aung.

Fotografía de Paul Salopek

Según la ONU, las pérdidas económicas provocadas por la pandemia podrían superar los 220 000 millones de dólares en los países en vías de desarrollo y «afectarán a la educación, los derechos humanos y, en los casos más extremos, a la seguridad alimentaria básica y la nutrición». Según un estudio, más de ocho millones de personas del mundo árabe podrían caer en la pobreza extrema. Y en la India, un bloqueo general de 21 días amenaza la cosecha de trigo del segundo mayor productor mundial de cereales alimentarios.

Birmania, también conocido como Myanmar, espera a que llegue la tormenta.

En un principio, su gobierno recibió críticas por reaccionar demasiado lento a la pandemia. (El mes pasado, un portavoz oficial afirmó que el «estilo de vida y la dieta» de Birmania proporcionaban buenas defensas contra la COVID-19.) Las autoridades ya se han movilizado y han cerrado restaurantes y fronteras nacionales, han instado a la gente a quedarse en casa y han exigido a miles de trabajadores migrantes asustados que se apresuraron a volver a casa desde el extranjero que se pusieran en cuarentena.

En países más ricos, dichas medidas parecen obvias.

Pero en lugares donde millones de personas viven semana a semana —o, en casos extremos, comida a comida—, dichas políticas presentan decisiones angustiosas.

El famoso río Irrawaddy pasa por Mandalay. Los jornaleros que descargan los barcos se han quedado sin trabajo por el virus, lo que convierte a estos trabajadores en unos de los habitantes más vulnerables de la ciudad. Uno de los efectos secundarios más preocupantes de la pandemia en los países más pobres podría ser el hambre.

Fotografía de Paul Salopek

«Mi negocio está muerto. Por ahora, he almacenado comida para dos semanas. Después de eso no tengo plan B. Cinco personas dependen de mí», contó Yin Yan Mar, que ha cerrado su puesto de fideos en Mandalay debido a la cuarentena.

Las calles de Mandalay, donde antes circulaban camiones, motos y rickshaws, se han quedado en silencio.

Ante un inminente desastre por la COVID-19, muchos ciudadanos se han unido de forma espontánea para intentar proteger a la ciudad del colapso.

Un fabricante de pan de oro ha proporcionado alojamiento gratuito a 15 empleados a los que el virus ha dejado sin trabajo. «Tendrán comida gratis mientras siga teniendo dinero para comprársela», dijo Sithu Naing, director de ventas.

Cuando casero con miedo a contagiarse expulsó a varios médicos y enfermeros de sus pisos, los hostales, que los turistas abandonaron hace ya tiempo, les ofrecieron inmediatamente habitaciones gratis.

Por su parte, el hostelero Aung Ko Ko visita los barrios más perjudicados de Mandalay en busca de personas hambrientas. Ha descubierto que la gente pobre más expuesta a la pandemia carece de medios para cocinar arroz seco, así que reparte fruta y comida enlatada.

«Si no haces nada, no te metes en problemas y estás a salvo», dijo Ko Ko, citando un aforismo birmano. «Esto ya no es cierto».

Este artículo se publicó en inglés en la página web del proyecto Out of Eden Walk de la National Geographic Society. Explora la página aquí
Paul Salopek ha ganado dos premios Pulitzer por su labor periodística cuando era corresponsal del Chicago Tribune. Síguelo en Twitter @paulsalopek.
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