Así huyó una familia atrapada entre los ejércitos de Hitler y Stalin

Una madre narra su viaje de supervivencia durante los últimos años de la Segunda Guerra Mundial.

Monday, May 11, 2020,
Por Eve Conant
Helena Sigman

La madre de la autora, Helena Sigman (de soltera Elana Vorobiova), sostiene una fotografía de su padre, Arkady Vorobiov, con ella a los cuatro años, juntos a las afueras de Kiev en 1938. Durante los años que pasaron como refugiados, Arkady se aseguró de que su hija estudiara matemáticas, gramática y poesía rusa.

Fotografía de BECKY HALE, NATIONAL GEOGRAPHIC
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Uno de los primeros recuerdos que conserva mi madre de la guerra es un niño alemán bien nutrido de más o menos su edad (unos siete años) pasándole la piel del salami que su familia probablemente acababa de comer. El niño vivía al otro lado del jardín, en un edificio de cinco plantas tomado por los nazis que habían ocupado Kiev. El partido nazi consideraba a los residentes de la ciudad «consumidores superfluos» y a la fértil Ucrania la cesta de pan del Reich.

Mi madre, nacida Elena Arkadyevna Vorobiova en 1934 de padres de etnia rusa que vivían en Ucrania, pasaría gran parte de su infancia siendo refugiada de guerra. (Su nombre se convertiría Helena Sigman tras entrar en Estados Unidos en 1948, al pasar por las instituciones de la Isla Ellis y dos matrimonios.)

En esta foto de 1935, vemos a Helena, un bebé, en brazos de su madre Galina Vorobiova. Están posando bajo el sol antes de la Segunda Guerra Mundial.

Fotografía de Helena Sigman

Hablamos en el salón de mi casa de Washington D.C.; pronto se irá al aeropuerto y regresará a su casa, en Arizona. El espacio aéreo entre nuestras vidas se convertirá en una frontera infranqueable cuando llegue el coronavirus, pero por ahora estamos juntas y hablamos. Quiere que le cuente mi reciente viaje como reportera a Rusia, donde entrevisté a veteranos y supervivientes de la Segunda Guerra Mundial. Y yo estoy ansiosa por escuchar (no por primera vez, pero ahora con más atención) sus recuerdos de los años que pasaron su familia y ella huyendo de dos enemigos mortales: los alemanes y los soviéticos.

En las décadas previas a la Segunda Guerra Mundial, Ucrania sufrió mucho bajo el régimen estalinista. Entonces, el 19 de septiembre de 1941, Kiev cayó ante los nazis tras semanas de combates feroces que causaron grandes pérdidas en el ejército soviético. Mi madre recuerda ver «un torrente de personas» a las que conducían por una calle cerca de la casa de su familia 10 días después. «Un montón de gente que llevaba mantitas o paquetes, a veces maletas, pero cosas pequeñas. Y había muchos soldados [soviéticos] entre los capturados».

La madre de Helena, Galina, fotografiada a finales de la década de 1920 o principios de la de 1930, enseñaba piano en uno de los muchos orfanatos que aparecieron tras la revolución bolchevique de 1917, la guerra civil subsiguiente y la hambruna de 1932-33.

Fotografía de Helena Sigman

Los observadores pronto sabrían lo que habían presenciado: la marcha de la muerte de más de 33 000 judíos, prisioneros de guerra y romaníes, entre otros. Los nazis los habían conducido hasta un barranco a las afueras de Kiev y los habían fusilado, supuestamente como venganza por los explosivos colocados por los soldados soviéticos cuando se retiraban. La masacre de Babi Yar, como pasaría a la historia esta atrocidad, fue uno de los crímenes de guerra más infames de la Segunda Guerra Mundial.

«Había un joven en ese torrente de humanidad», me cuenta mi madre. La multitud observante debió «permitirle desaparecer entre la masa y lo refugiaron. Acabó en el jardincito de la casa donde estábamos».

El soldado soviético pidió ropa a mi madre para poder deshacerse de su uniforme y disfrazarse de civil. «Así que fui a nuestra habitación y encontré la ropa de papá y se la llevé, y una palangana grande con agua templada y jabón para que pudiera lavarse. Estaba muy sucio». Cree que aún era un adolescente.

Las historias cambian con el paso del tiempo, y también los oyentes. Mi madre me contó eso cuando yo era pequeña, pero ahora que tengo un hijo adolescente, me afecta de formas que jamás había sentido. Una vez, me imaginé al soldado como un hombre corpulento; ahora me lo imagino como un niño grande y asustado.

La joven Helena subida a la rama de un árbol en Plyuti, un pueblecito a las afueras de Kiev donde vivían sus abuelos. Durante la guerra, escondieron a su única vaca en una habitación del bajo para que los nazis no se la confiscaran.

Fotografía de Helena Sigman

Mi abuelo materno, Arkady Vorobiov, había luchado contra el Ejército Rojo en la guerra civil rusa. Detestaba el régimen soviético, que había matado a millones en una hambruna orquestada políticamente. Cuando los nazis entraron en Ucrania, desobedeció las políticas de tierra quemada de los soviéticos, que habían ordenado que dinamitaran la presa hidroeléctrica donde él había sido ingeniero jefe. Los nazis lo obligaron a seguir trabajando en la central eléctrica, pero desafió a sus brutales amos cuando pudo y en un momento dado ocultó a un compañero de trabajo judío en su casa de una habitación.

La última generación de la guerra

Le hablo a mi madre de algunas de las personas que conocí durante mi viaje a Rusia en enero para informar sobre las voces de los supervivientes de la Segunda Guerra Mundial. Mi encuentro más memorable fue con Maria Rokhlina, de 95 años, que había servido en el ejército soviético como médica de combate. Sobrevivió al asedio de seis meses de Stalingrado, atrincherada y congelada en una fábrica de tractores. La batalla por la ciudad fue una de las más grandes y largas de la historia, con pérdidas abrumadoras en ambos bandos. Cuando las fuerzas soviéticas prevalecieron en el verano de 1943, su victoria cambió el curso de la guerra contra los alemanes y alteraron el futuro de mis antepasados. Para otoño de aquel año, el ejército soviético luchaba para abrirse paso por Ucrania. La familia de mi madre pronto estaría atrapada en una trampa doble, huyendo de dos frentes a la vez.

En este punto de la guerra, millones de ucranianos habían sido deportados a Alemania como Ostarbeiter o «trabajadores del este». Con la mayoría de los hombres alemanes sanos en la guerra, el Reich dependía de los trabajos forzados para mantener el funcionamiento de su maquinaria bélica. En su retirada precipitada de Ucrania, los nazis se llevaron a todos los trabajadores que pudieron, entre ellos a mi madre y a su familia. Los trasladaron a una estación de tren y los metieron en un vagón para ganado abierto sin saber que no volverían a ver su patria.

«Papá era el fotógrafo de la familia», cuenta Helena, cuyo padre anotó el mes y el año en el envés de la fotografía: Julio, '39. No hay fotografías de la familia durante los años de la guerra.

Fotografía de Helena Sigman

Cuando el tren paró en Leópolis (que entonces formaba parte de Polonia), mi madre cuenta que «ya nadie parecía estar protegiendo a nadie», así que todo el mundo huyó. Durante los próximos 20 meses, hasta que Alemania se rindió en mayo de 1945, la familia de mi padre se subió a trenes cuando podía o caminó hacia el oeste por la Europa ocupada por los nazis, esmerándose por pasar desapercibidos y alejarse de los frentes cambiantes de la guerra. A veces dormían en edificios bombardeados, pero a menudo se acostaban al aire libre o en graneros. No era infrecuente que los agricultores les regalaran leche o pan. Cada noche, se vendaban los pies doloridos y llenos de ampollas.

Mi madre recuerda ver cadáveres en los campos, algunos congelados, otros agujereados por las balas. Los ataques de los aviones de combate, tanto aliados como alemanes, eran un peligro constante. Como otros refugiados, cargaban con sus pocas posesiones (ropa, fotografías, una muñeca que mi madre ha conservado hasta hoy) en un pequeño carro de madera de poco más de un metro de largo con ruedas de metal. (Todo el caucho se destinaba a los vehículos militares.) Cuando llegaban a calles adoquinadas, mi madre se encargaba de caminar delante del ruidoso carro para poder oír los aviones que se acercaban.

En el otoño de 1941, durante la retirada, los soldados soviéticos colocaron explosivos en los edificios de Kiev para que los invasores alemanes no tuvieran habitaciones para el invierno.

Fotografía de Associated Press

Tras semanas de batallas cruentas, los soldados alemanes entran en Kiev el 21 de septiembre de 1941 al comienzo de la ocupación nazi. El ejército soviético liberaría la ciudad dos años después.

Fotografía de Associated Press

En 1944, la familia llegó a Heiligeneich, Austria. Mi madre recuerda que una noche el cielo estaba tan rojo que todos lo contemplaron. Cree que era el asedio de Viena, que ardía en la distancia.

En esos muchos meses en marcha, mi abuelo insistió en que mi madre continuara su educación, ya fuera en refugios antibombas, bajo los árboles o en escuelas de verdad si se quedaban en un mismo lugar el tiempo suficiente para que asistiera a clase.

En Heiligeneich, le permitieron ir a un colegio dirigido por monjas. Las hermanas tenían una radio y mi madre recuerda haber oído una alerta que sonaba como un cuco que indicaba que los bombarderos americanos habían cruzado Dinamarca. Después, los estudiantes corrían hasta refugios predeterminados para reunirse con sus familias.

Cuando cruzaron a Bavaria, la familia encontró una granja abandonada a pocos kilómetros de Dingolfing. Se mudaron con otra familia ucraniana, de apellido Zalisko, y juntos se ocultaron del caos del derrumbe de Alemania hasta el fin de la guerra.

Helena y sus padres en Plyuti en 1938. En aquella época, era habitual rapar el pelo a los niños en verano para prevenir los piojos.

Fotografía de Helena Sigman

La familia Zalisko tenía una hija de la edad de mi madre y un hijo adolescente que se había quedado ciego cuando encontró una granada sin detonar. Las niñas descubrieron algo que las hizo feliz: un cervatillo huérfano al que llamaron Ricki. El animal las seguía a todas partes mientras buscaban setas o bayas para intercambiarlas por leche y otros alimentos a los otros granjeros.

«Colocaba la leche en un plato y metía dos dedos, y el cervatillo chupaba los dos dedos», recuerda mi madre con una sonrisa. «Se hizo amigo nuestro y me seguía a mí y a la otra niña allá donde íbamos».

Su sonrisa desaparece y reprime las lágrimas cuando me habla del día que Ricki se quedó rezagado tras ellas cuando iban a intercambiar las setas que habían recolectado. Para entonces, el ejército estadounidense había llegado a Bavaria y cuando pasaba un camión lleno de soldados por la zona, se oyó un disparo y el ciervo cayó muerto. Las niñas gritaron y corrieron hacia su mascota muerta mientras el camión se alejaba. Más adelante, mi madre supo que un granjero de la zona, probablemente hambriento en aquellos tiempos de escasez, se había llevado al ciervo y se lo había comido.

«Algunas veces vuelve todo», dice mi madre, sorprendida por la fuerza de sus recuerdos. «Es como si hubiera una clave secreta y de repente lo que parece que pasó hace un siglo está pasando ahora».

¿Dónde está el hogar?

Tras la capitulación alemana, la familia de mi madre se mudó a Dingolfing hasta 1946 y después a un asentamiento de refugiados en Ratisbona donde estuvieron dos años. Regresar a Kiev era impensable, ya que significaría una muerte segura. ¿A dónde irían? Solicitaron emigrar a Argentina, que necesitaba agricultores, pero un funcionario de inmigración echó un vistazo a las manos de mi abuelo y enseguida supo que no había trabajado en el campo en toda su vida.

Gracias a un encuentro fortuito con un pariente lejano, consiguieron una invitación a Nebraska y el Servicio Mundial de Iglesias ayudó a que admitieran a la familia en Estados Unidos. En septiembre de 1948, salieron del puerto de Bremen hacia la Isla Ellis.

Mis abuelos encontraron trabajo como conserjes de hospital en Lincoln, Nebraska, y mi madre empezó a ir al colegio sin saber ni una palabra de inglés. A principios de los años 50, se enteraron de que el área de la bahía de San Francisco albergaba una gran población de hablantes de ruso, así que levantaron el campamento y se mudaron una vez más.

En 1957, cuando los soviéticos lanzaron el primer satélite artificial del mundo, el Sputnik 1, de repente el grado de ingeniería de mi abuelo estaba muy demandado. Empezó a trabajar para la ciudad de San Francisco como ingeniero de farolas.

Un revés de la fortuna

Mientras pienso en los años que pasó mi madre siendo refugiada de guerra y el resultado del largo viaje de mi familia, siento una profunda gratitud por tenerla aquí. Porque si marco su número de Arizona, ella sigue allí para responder mi llamada aunque no pueda volar para ir a verla. Porque, aunque tenga la memoria confusa de una niña y no recuerde bien fechas ni acontecimientos, aún puede recordar historias.

Helena y su madre se refrescan en el río Dniéper en julio de 1937.

Fotografía de Helena Sigman

En mi mente, suelo volver a uno de los primeros recuerdos de mi madre (el niño nazi de Kiev que le dio las pieles de salami) y a cómo, años después, tras un drástico revés de la fortuna, ella sería la que ofrecería comida a un alma hambrienta, pero no los restos.

Al final de la guerra, durante la breve estancia de su familia en Dingolfing, se habían mudado a una parte de la ciudad de donde, según me cuenta mi madre, habían expulsado a los residentes alemanes para albergar a los refugiados. A su familia se le asignó una habitación en el primer piso de una casa amueblada con piano.

Un día, una alemana llamó a la puerta; era una mujer mayor que pedía comida a los extranjeros en su propio país. «Para entonces, nos apoyaban las fuerzas americanas y teníamos latas de comida y pan», cuenta mi madre. «Le di mucho».

Antes de marcharse, la mujer se sentó ante el piano y tocó una pieza clásica, me dice mi madre mientras busca las palabras adecuadas para describir cómo tocaba las teclas: «Con tristeza... con amor.»

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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