Etiopía sufre una grave crisis humanitaria: «Nunca había visto el infierno, hasta ahora»

Millones de personas se han visto desplazadas, miles han muerto y los informes de violaciones de derechos humanos son rampantes mientras la guerra civil se agrava en la región de Tigray.

Fotografías de Lynsey Addario
Publicado 31 may 2021 13:21 CEST
Cristianos ortodoxos se reúnen para rezar

Cristianos ortodoxos se reúnen para rezar en la Iglesia de Saint Selassie en Mekele, la capital de Tigray, un estado federal semiautónomo en el norte de Etiopía. «Lloramos por lo que ocurre a nuestro alrededor y estamos aquí para rezar y reflexionar sobre la profunda tristeza que se ha cernido sobre nuestras vidas», dice Tigist Yohannes.

Fotografía de Lynsey Addario

Aviso de contenido: Las imágenes pueden herir la sensibilidad de los lectores. Menciones de violencia y abusos sexuales.

Las únicas carreteras abiertas en la asediada Tigray, un estado federal semiautónomo en el norte de Etiopía, conducen a infinitas historias de oscuridad. La mayoría de las carreteras al norte y al sur de la capital de Tigray, Mekele, se han cerrado a los periodistas y a la ayuda humanitaria. La carretera del oeste está llena de tanques calcinados y ambulancias saqueadas sin motores ni ruedas. Parcelas con enormes eucaliptos dan paso a campos rocosos sin cultivar, y a un puesto de control tras otro, manejados por los soldados etíopes. Los soldados de la vecina Eritrea pasean tranquilamente por las aldeas, haciendo ver su presencia.

Casi todos los habitantes de la región tienen una historia que compartir, pero pocos muestran sus caras ante la cámara.  El miedo está por todas partes.

Araya Gebretekle tenía seis hijos. Cuatro de ellos fueron ejecutados cuando cosechaban mijo en sus campos a las afueras de la ciudad de Abiy Addi, en el oeste de Tigray. Araya dice que los soldados etíopes se acercaron a cinco de sus hijos con las armas en alto; mientras sus hijos suplicaban por sus vidas en los campos —explicaron que eran simples agricultores— una mujer soldado ordenó su asesinato. Rogaron a los soldados que dejaran con vida a uno de sus hermanos para ayudar a su anciano padre a labrar los campos. Los soldados dejaron marchar al más joven, de 15 años. Vivió para contar la historia a sus padres. Ahora, dice Araya, «mi mujer se queda en casa llorando. Hoy no he salido de casa y cada noche sueño con ellos... Eran seis hijos. Pedí al mayor que se quedara aquí, pero gracias a Dios que se negó».

Los soldados de Tigray caminan por la aldea de Adi Chilo en el oeste de Tigray y dirigen los controles. Los civiles locales afirman que la lucha invadió la aldea en febrero. Cuando los soldados etíopes y eritreos perdieron una batalla contra el Frente de Liberación Popular de Tigray (FLPT), los aldeanos alegaron que más adelante regresaron para ejecutar a la mayoría de los hombres de la aldea, matando a decenas de ellos. Muchos siguen enterrados en tumbas poco profundas junto a sus casas, aunque algunos han sido trasladados a los terrenos de la iglesia.

Fotografía de Lynsey Addario

Kesanet Gebremichael llora mientras las enfermeras intentan cambiar los vendajes y limpiar las heridas en su carne quemada en el Hospital de Ayder, en la capital regional, Mekele. La niña de 13 años estaba en su casa en la aldea de Ahferom, cerca de Aksum, cuando fue alcanzada por artillería de largo alcance. «El fuego destruyó mi casa», cuenta su madre, Genet Asmelash. «Mi hija estaba dentro». La niña sufrió quemaduras en más el 40 por ciento del cuerpo.

Senayit fue violada por soldados en dos ocasiones, en su casa, en Edagahamus, y cuando intentaba huir a Mekele con su hijo de 12 años. (Los nombres de las víctimas de violación mencionadas en este artículo son seudónimos.) La segunda vez, la bajaron por la fuerza de un minibús, la drogaron y la llevaron a una base militar, donde la ataron a un árbol y la agredieron sexualmente durante 10 días. Recuperó y perdió el conocimiento en varias ocasiones debido al dolor, el cansancio y el trauma. En un momento dado, despertó y vio algo horrible: su hijo, junto a una mujer y a su bebé recién nacido, estaban muertos a sus pies. «Vi a mi hijo con sangre en el cuello», cuenta. «Solo vi que le sangraba el cuello. Estaba muerto». Senayit se desmoronó, los puños apretados contra la cara, y emitió un aullido visceral lleno de dolor y tristeza, incapaz de dejar de sollozar. «Nunca lo enterré», gritó entre sollozos. «Nunca lo enterré».

Genet Asmelash sostiene a su hija de 13 años, Kesanet, mientras las enfermeras tratan las quemaduras que sufrió la niña cuando la artillería de largo alcance cayó sobre su casa. El ala de pediatría del Hospital de Ayder en Mekele está lleno de niños heridos y mutilados en sus casas, aldeas o mientras huían.

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Abeba Girmay (centro) y Fetlework Amaha (izquierda) se sientan en la tumba de sus seres queridos en la iglesia de Abune Aregawi, en Abiy Addi, en el oeste de Tigray. Uno de los primos de Fetlework y cuatro de los sobrinos de Abeba fueron enterrados aquí. Los hermanos fueron enterrados aquí tras ser ejecutados mientras trabajaban en los campos a las afueras de Abiy Addi, en febrero. «Pensé que los niños estaban escondidos en alguna parte», afirma Abeba. «Cuando llegué y los vi muertos, me sentí destrozada». Las dos mujeres son consoladas por las monjas que escucharon su llanto.

Fotografía de Lynsey Addario

Por qué estalló la guerra

Un conflicto político entre el primer ministro etíope Abiy Ahmed y el partido gobernante de Tigray, el Frente de Liberación Popular de Tigray (FLPT), se ha convertido en una guerra y una grave crisis humanitaria. Hasta dos millones de personas se han visto desplazadas y miles han sido asesinadas en la región. Con todo, se desconoce la magnitud total de la catástrofe porque el gobierno etíope ha paralizado las comunicaciones y limitado el acceso a Tigray.  

La fotoperiodista Lynsey Addario consiguió viajar a la región a mediados de mayo para narrar cómo afectaba la violencia a las personas que viven allí. Se topó con una situación devastadora, donde hombres, mujeres y niños —civiles— estaban aterrorizados y traumatizados, y rezaban por quienes no habían llegado a la capital, Mekele, o a otro lugar relativamente seguro. Las personas a las que conoció hablaban continuamente de otras que todavía estaban escondidas.

Las raíces de este conflicto se remontan a la década de 1970, cuando el FLPT se formó como milicia, rebelándose contra Mengistu Haile Mariam, el presidente etíope que gobernó como dictador entre 1977 y 1991. A la larga, el FLPT se estableció como el grupo insurgente más poderoso del país, liderando la alianza que derrocó a Mengistu en 1991.

La alianza rebelde se convirtió en la coalición gobernante en el país y constaba de partidos políticos vinculados a grupos étnicos. Aunque los tigrayanos representan solo el 6 o el 7 por ciento de la población de Etiopía, un total de 118 millones, se convirtieron en la fuerza política dominante del pais.

El agricultor Kiros Tadros ara su tierra en la aldea de Adi Kolakul. Los soldados eritreos han intentado impedir que cultive, pero si no lo hace, sus siete hijos no tendrán qué comer.

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Pero el gobierno dirigido por el FLPT fue represivo, atacando a oponentes políticos, limitando la libertad de expresión y empleando la tortura. Las protestas contra el gobierno estallaron en 2015, lo que a la larga condujo a la renuncia del primer ministro Hailemariam Desalegn. Abiy lo remplazó en 2018.

Abiy enseguida hizo las paces con Eritrea, el rival de Etiopía en una brutal guerra fronteriza, y le concedieron el Nobel de la Paz en 2019. También se dispuso a purgar a los tigrayanos del gobierno federal y reorganizó la coalición gobernante en un solo partido político, al que el FLPT rechazó unirse.

El FLPT fue dejado de lado a nivel nacional, pero conservó su fuerza en Tigray. El partido controla el gobierno regional y su milicia cuenta con hasta 250 000 soldados. Cuando el pasado septiembre Abiy canceló las elecciones debido a la pandemia, el FLPT celebró elecciones parlamentarias regionales de todos modos. El gobierno federal tomó represalias en octubre, cancelando los fondos para Tigray.

El 3 de noviembre, el FLPT atacó una base militar en el que describieron como un ataque preventivo. El gobierno etíope puso en marcha una amplia ofensiva militar al día siguiente. Con el respaldo de Abiy, las fuerzas eritreas invadieron Tigray por el norte y las milicias del grupo étnico amhara llegaron desde el sur. Ambos tenían antiguos conflictos con el FLPT: los eritreos culpan al partido de su sufrimiento durante la guerra con Etiopía, mientras que los amharas alegan que se anexionó algunas de sus tierras más valiosas.

Desde entonces, la lucha entre las fuerzas etíopes, eritreas y amharas por una parte y las fuerzas tigrayanas por el otro ha sido implacable, sin ningún bando predominante.

Las mujeres hacen cola frente al alambre de espino mientras esperan a que las llamen para distribuir alimentos en Agulae, en la carretera norte de Tigray. «No tenemos comida, ni medicinas, todas nuestras propiedades han sido saqueadas», cuenta Salam Abrha (centro). «Cada día muere gente aquí».

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La comida se almacena en este almacén de Agulae. Las fuerzas militares no han permitido que los camiones con alimentos viajen al norte, según un trabajador local.

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Mulu Werede es una de las tigrayanas desplazadas internas de Humera, en el oeste de Tigray, que viven en una escuela en Abiy Addi tras huir de sus aldeas por la violencia al principio de la guerra.

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Los colchones donados por civiles en Mekele se distribuyen a tigrayanos desplazados recientemente que viven en la Escuela Primaria de Maiweini.

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Letebrhan Desaley sostiene a su bebé desnutrido mientras administran oxígeno al niño en el Hospital de Ayder. «No había comida, así que no pude darle comida al bebé», cuenta. «Mis pechos estaban secos». Llevan seis semanas en el hospital, pero su bebé, que sufre desnutrición grave, epilepsia y meningitis, no ha mejorado.

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Las noticias sobre atrocidades son rampantes, como las violaciones, las ejecuciones, el bombardeo intencionado de civiles y el saqueo flagrante de los hospitales y los centros de salud. Todos los bandos, incluido el FLPT, han sido acusados de crímenes de guerra, pero los eritreos han sido culpados de los peores abusos. En marzo, Abiy dijo que los eritreos se marcharían pronto; según Naciones Unidas, todavía están en la región.

Senayit, la mujer a la que ataron a un árbol, dice que los soldados que la violaron y asesinaron a su hijo eran eritreos con uniformes etíopes: «Pude identificarlos por los cortes de la cara, hablaban en tigriña [los soldados etíopes hablan amhárico] y llevaban zapatos de plástico».

Pérdida de la ayuda humanitaria

Mientras tanto, la gente muere de hambre. «Un total de 5,2 millones de personas, el 91 por ciento de la población de Tigray, necesitan asistencia alimentaria urgente», afirma Peter Smerdon, portavoz del Programa Mundial de Alimentos de Naciones Unidas en África Oriental. Casi un cuarto de los niños atendidos por las agencias están desnutridos, pero los soldados eritreos y etíopes bloquean la distribución de ayuda humanitaria.

La guerra comenzó durante la temporada de cosecha. Ahora es el momento de sembrar. En la aldea de Adi Kolakul en la carretera entre Mekele y Abiy Addi, Kiros Tadros, padre de siete hijos, estaba en sus campos. «Nuestra tierra, así como las montañas que dan a nuestras casas, fueron invadidas por soldados eritreos», afirma. «Fueron casa por casa y demandaron que les diéramos comida, que les diéramos nuestro ganado. También exigieron que no cultivásemos y que les diéramos información sobre el paradero de la milicia». Reflexionó sobre los últimos años, difíciles por los efectos del cambio climático: «Es como el Juicio Final: primero llegaron las lluvias gélidas, después las langostas, después la guerra».

Las Naciones Unidas han exigido una investigación de los crímenes de guerraEstados Unidos ha interrumpido la ayuda económica y de seguridad a Etiopía y prohibido que las autoridades implicadas en la violencia o en el bloqueo de la ayuda humanitaria viajen a Estados Unidos. En un comunicado del 26 de mayo, el presidente Joe Biden declaró que «las violaciones a gran escala de los derechos humanos que tienen lugar en Tigray, incluida la violencia sexual generalizada, son inaceptables y deben terminar».

Shewit sabe lo que está en juego. Fue violada frente a sus hijos por unos soldados que le dijeron: «La raza tigrayana debe ser eliminada».

En el Hospital de Ayder han tratado a 430 mujeres por violaciones. «Pero las cifras no cuentan la realidad sobre el terreno», afirma Mussie Tesfay Atsbaha, administrador jefe del hospital. «Por cada persona que viene, otras 20 están muertas en alguna parte».

«Nunca había visto el infierno, hasta ahora», añade.

Los etíopes desplazados internamente viven en malas condiciones en la Escuela Primaria de Maiweini en Mekele. La mayoría se vieron desplazados del sur y el oeste de Tigray.

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Los soldados etíopes conducen entre el tráfico de Mekele.

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Un tanque en la carretera a Abiy Addi, donde hubo combates intensos desde noviembre hasta abril. Los etíopes llaman a esta zona el Triángulo de las Bermudas.

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Los aldeanos afirman que 15 personas están enterradas en este lugar de la aldea de Adi Chilo, en la carretera al oeste de Abiy Addi.

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Gebrey Zenebe abraza a su hija de 15 años, Beriha Gebray. Le dispararon en la cara mientras huía de la lucha en el sur de Mekele y perdió mucha sangre. Ahora tiene ceguera permanente en ambos ojos.

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Los niños tigrayanos comen macarrones del fondo de una olla en la Escuela Primaria de Maiweini, donde se cocina en grandes cantidades para las personas desplazadas que viven allí.

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«En la cueva, no teníamos nada para comer», afirma Abeba Gebru, la madre de este bebé, «y por eso mi hijo nació desnutrido». Muchos civiles huyeron a las cuevas para escapar de la batalla. Están cuidando de su bebé en el Centro de Salud de Abiy Addi, en el oeste de Tigray.

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Desnest Gebreabzgi, de 10 años, resultó herida cuando ella y otros niños jugaban con artefactos explosivos sin detonar en su aldea, Denbela.

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Tsigabu Nega está en el lugar donde ejecutaron a su marido, frente a su casa. «No escuché los disparos porque mis hijos estaban llorando y gritando», cuenta.

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Araya Gebretekle llora por sus cuatro hijos, ejecutados mientras cosechaban mijo en sus campos cerca de la localidad de Abiy Addi.

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Senayit llora a su hijo de 12 años. Fue drogada, atada a un árbol y violada por soldados eritreos durante 10 días. En un momento, se despertó y encontró a su hijo muerto a sus pies. «Nunca lo enterré», grita entre sollozos. «Nunca lo enterré».

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Rahel, de 19 años, está en el Hospital de Abiy Addi porque está embarazada tras haber sido violada por soldados etíopes. «Lo hicieron para eliminar a los tigrayanos y para que las próximas generaciones de bebés sean etíopes, porque no quieren que la siguiente generación sea tigrayana», dice. «Quiero abortar este bebé».

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Quince soldados la violaron durante una semana, cuenta Eyerus, y ahora no sabe dónde están sus hijos. «¿Por qué está pasando esto?», pregunta. «Para mí este es el Juicio Final».

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En el centro para víctimas de violación del Hospital de Mekele, Letehana cuenta cómo los soldados eritreos la acusaron de ayudar a las fuerzas de Tigray —su hijo es miembro del FLPT— y después la violaron. «Se llevaron todo», contó.

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Los soldados violaron a Shewit delante de sus hijos. «Les dije que era seropositiva. Que tuvieran cuidado y que no lo hicieran. Pero no les importó. Ni siquiera utilizaron protección. Me dijeron: "La raza tigrayana debe ser eliminada"».

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Los soldados tigrayanos pasan frente a los restos de la guerra —coches calcinados, vehículos militares y uniformes descartados del ejército etíope— en la carretera de la aldea de Adi Chilo.

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Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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