«Libertad, libertad, queremos vivir en libertad»: Los palestinos han soportado décadas de ocupación

Para los palestinos que viven en territorios ocupados, el caos y la angustia han perseguido a generación tras generación.

Por TANYA HABJOUQA
Publicado 11 jun. 2021 12:45 CEST
Thaer Rajabi

Thaer Rajabi, de 9 años, lleva una bandera palestina como capa mientras juega cerca de una piscina hinchable en la azotea de un edificio de apartamentos del barrio de Batan Hawa, en Silwan. «Los niños estaban decepcionados porque no pudieron visitar el mar durante sus vacaciones de Eid después del Ramadán; salir de casa nos daba demasiado miedo. Así que les traje esta piscina», explicó Kayed al Rajabi, de 34 años, padre de seis hijos y dos hijas, cuya familia se enfrenta al posible desahucio por parte de los colonos israelíes.

Fotografía de Tanya Habjouqa, NOOR

En la casa de la familia Sharabati, en la Ciudad Vieja de Jerusalén, suelen caer pequeños pedazos de la pared en ruinas de la cocina en la sopa que preparan para la comida o la cena. Las autoridades israelíes les prohíben renovar su propiedad —en un territorio que la comunidad internacional ha tachado de ocupado ilegalmente por Israel—, mientras que un proceso legal burocrático vinculado a demandas y avisos de desalojo se ha prolongado durante más de tres décadas.

«Crecer en la Ciudad Vieja fue duro», dice Omar Sharabati, de 25 años, que nació y se crio en esta casa. Dice que su familia vive con el miedo constante de que los desalojen. Unos colonos israelíes se adueñaron del apartamento del vecino de abajo y se ven obligados a utilizar la escalera de la casa de los colonos para entrar en la suya.

Durante una protesta palestina frente a un nuevo puesto de control israelí en Sheikh Jarrah, en Jerusalén Este, una mujer se refugia tras un arbusto en flor cuando parecía que las fuerzas israelíes iban a atacar o a lanzar granadas aturdidoras.

Fotografía de Tanya Habjouqa, NOOR

Se prohibió a los manifestantes palestinos, a los familiares de los residentes y a los medios de comunicación atravesar la barrera del puesto de control recién instalado en el barrio de Sheikh Jarrah. Se permite que los judíos ortodoxos y los colonos judíos entren y salgan con libertad.

Fotografía de Tanya Habjouqa, NOOR

Omar Sharbati, a la derecha, sentado con su prima, Raneen Sharabati, y su tío en la casa de su abuelo en la Ciudad Vieja de Jerusalén. «Esta casa sólo tiene dos habitaciones, dos baños, una cocina y un salón. Es pequeña. En la casa viven unas cuatro personas, pero siempre estamos reunidos aquí. Somos unos treinta y un nietos», cuenta Sharbati.

Fotografía de Tanya Habjouqa, NOOR

Durante más de treinta años, la familia de Sharbati ha luchado por su derecho a quedarse en su casa. Temen ser que los desalojen cuando el abuelo de Sharbati sucumba a su cáncer terminal.

Fotografía de Tanya Habjouqa, NOOR

«[El Estado] se llevó el balcón hace cuatro años; nos vimos obligados a demolerlo», cuenta Sharabati. «El baño costó 20 000 dólares. Las autoridades israelíes nos multaron por un montón de cosas, como el aire acondicionado; no sabíamos que no estaba permitido.  Todo es ilegal».

«Si alguien entra y ve así la cocina, nos obligarán a cerrarla y a no volver a usarla», dice. «Por eso lo tapamos todo cuando vienen a inspeccionarla. Aunque no podemos renovarla, la pegamos con cemento».

Los miembros de la familia Sharabti figuran entre los cerca de 970 palestinos que corren riesgo de ser desalojados debido a las acciones judiciales llevadas a cabo por organizaciones de colonos israelíes como Elad a través del sistema legal israelí, según ha informado Naciones Unidas. Las sentencias judiciales han permitido a Elad apoderarse de varias propiedades en el barrio de Silwan, predominantemente palestino, y establecer complejos residenciales en él. La mayoría de los casos han sido impugnados sin éxito en los tribunales israelíes. Silwan ha sido un semillero de la actividad de asentamientos por su ubicación y las alegaciones sobre sus vínculos con el rey David que, según las escrituras hebreas, ascendió al trono en la antigüedad.

El Palacio de Justicia de Haifa da a un lugar de Salib, Haifa, donde más de mil palestinos fueron detenidos por protestar hace poco. Los palestinos fueron desalojados del barrio en 1948 y ahora algunas partes de su arquitectura original serán convertidas por promotores inmobiliarios israelíes.

Fotografía de Tanya Habjouqa, NOOR

Wadi al-Salib fue en su día un bullicioso barrio palestino en Haifa. Desde el establecimiento del estado judío en 1948, gran parte de la arquitectura original ha sido demolida, rediseñada y aprovechada por promotores inmobiliarios israelíes.

Fotografía de Tanya Habjouqa, NOOR

El Rai Cafe es un lugar popular entre los palestinos progresistas de Haifa.

Fotografía de Tanya Habjouqa, NOOR

Esto forma parte de las expansiones de asentamientos dentro de zonas residenciales palestinas ubicadas en una región que Israel denomina la «Cuenca Histórica» de Jerusalén Este. Jerusalén está dividido: mientras que Israel la considera la capital, la mitad de la ciudad se considera ocupada ilegalmente conforme a la ley internacional.

Algunos asentamientos albergan a sionistas religiosos que alegan tener un derecho de nacimiento bíblico sobre la tierra. Otros se establecieron por supuestos motivos ideológicos o de seguridad sin apoyo formal pero tácito del gobierno israelí.

Además de Silwan, los asentamientos también incluyen los barrios musulmanes y cristianos de la Ciudad Vieja: Sheikh Jarrah, At-Tur (el monte de los Olivos), Wadi Joz y Ras al-Amud. Los colonos judíos residen en casas que han sido expropiadas conforme a la Ley de Propiedad de Ausentes y las reclamaciones de antigua propiedad judía. También han construido complejos residenciales financiados por organizaciones de colonos. Todo ello ha provocado la imposición de restricciones a las reuniones en espacios públicos, la limitación del crecimiento residencial, y un aumento de la tensión y la violencia.

«El establecimiento de muchos de estos complejos de asentamientos ha supuesto el desalojo y el desplazamiento forzoso de residentes palestinos, lo que ha tenido repercusiones humanitarias negativas», señala un informe de la ONU. «También ha dado lugar a un entorno coercitivo en la vida cotidiana de los palestinos que residen en los alrededores de estos complejos, al generar presión para que se marchen. Los elementos principales de este entorno son el aumento de la tensión, la violencia y las detenciones; las restricciones del movimiento y el acceso, sobre todo durante fiestas judías; y la menor privacidad debido a la presencia de guardias de seguridad privados y cámaras de seguridad».

Identidad palestina

Como jordana-estadounidense y periodista, la historia palestina nunca está muy lejos de mí. Según la situación, puedo ser Tanya de Texas, la esposa jordana de un ciudadano palestino de Israel o madre de dos niños palestinos. Estas diferentes identidades me dan acceso a casi todas las circunstancias laborales imaginables, pero el documentar las recientes protestas reveló un hilo conductor.

Para los palestinos, los carnés de identificación obligatorios varían según dónde viven. Hay personas con documentos de Gaza, Cisjordania, Jerusalén Este y ciudadanos palestinos de Israel. Aunque los colores de los documentos pueden ser diferentes, comparten una realidad común: la historia de desposeimiento, los daños a las viviendas y los comercios, la pérdida de familiares y amigos.

En una protesta en Shufa Amer —una pequeña ciudad a las afueras de Haifa donde viven musulmanes, cristianos y drusos—, Basil Abu el-U'la, ciudadano palestino de Israel de 15 años, estaba parado sin hacer nada mientras asistía a una protesta cuando le dispararon en la espalda con una bala de acero recubierta de goma mientras hablaba por teléfono. Se dio la vuelta para ver de dónde venía el dolor y se encontró con otra bala que fue directa a su ojo izquierdo. Su carné de ciudadano de Israel no le ayudó.

Basil Abu el-U'la, de 15 años, con su padre y su hermana mayor, que se ocupa de la herida del ojo que perdió hace poco en una protesta. Era la segunda protesta a la que iba este adolescente. «Cuando me caí al suelo, enseguida supe que lo había perdido. Supe que me habían quitado el ojo para siempre. Pero mi vida sigue... con ojos o sin ellos», dice.

Fotografía de Tanya Habjouqa, NOOR

Los 1,8 ciudadanos palestinos de Israel, que representan aproximadamente el 20 por ciento de la por ciento dentro del país, descienden de aquellos que se quedaron en su tierra tras la creación del estado judío en 1948.

«Las autoridades israelíes quieren asustar a los jóvenes que nunca se han manifestado antes, personas a las que pueden amenazar porque todavía tienen un futuro por delante», afirma la activista por los derechos humanos Najwan Berekdar.

Tamer Nafer, un popular rapero y activista de DAM, el primer grupo de hiphop palestino, dice que los palestinos más jóvenes se sintieron inspirados por el movimiento Black Lives Matter en Estados Unidos y su uso de las redes sociales para obtener apoyo. Durante los últimos disturbios, activistas palestinos como Muna y Muhammad al-Kurd del barrio de Sheikh Jarrah inundaron las redes sociales con publicaciones de lo que estaba pasando en las calles.

Las manifestantes palestinas se congregan en Sheikh Jarrah, Jerusalén Este.

Fotografía de TANYA HABJOUQA

«Los jóvenes tienen nuevas estrategias. Creo que forma parte del efecto Black Lives Matter», afirma Nafer, de 43 años. «Ver este movimiento hizo que me cuestionara por qué el mundo no nos ve de esa forma y cómo su uso de las plataformas de redes sociales conduce la revolución de una forma preciosa».

«Es una generación guay porque tienen acceso directo a las personas sin la interferencia de [la gente con] “trajes”», afirma Nafer, refiriéndose a los medios en general.

La vida en Jerusalén Este 

En Silwan, Qutaibah Odeh, un trabajador social de 27 años, atribuye la obtención de la atención internacional a las grandes protestas en las calles.

«Soy de la generación de la calle antes de la generación de las redes sociales. Antes de utilizar la tecnología, estábamos en las calles», cuenta. «Son nuestras manifestaciones en las calles lo que trajeron las historias que vemos en las redes sociales».

En su barrio de al-Bustan, en Silwan, se está produciendo otra batalla legal tras una orden de demolición de 2004 de las autoridades israelíes para hacer sitio para lo que algunos críticos han denominado un «parque temático bíblico».

«Como dicen que su rey (y nuestro profeta) David caminó allí hace 4000 años», dice Odeh, «por este motivo creen que está bien demoler nuestros hogares, expulsar a más de 1500 residentes que tienen sus historias y recuerdos en estas casas, donde vivieron sus abuelos y bisabuelos... para poder tener un parque bíblico.

Thaer Rajabi (9) descansa sobre el tejado de su edificio tras jugar en una piscina hinchable en el barrio de Batan Hawa, en el valle de Silwan. Noventa y siete viviendas, entre ellas la de la familia de Rajabi, corren el riesgo de ser desalojadas por organizaciones de colonos. La expulsión forzosa afectaría a 453 personas, entre ellas 223 niños.

Fotografía de Tanya Habjouqa, NOOR

Omar Katib está de pie en la piscina que construyó su padre durante la pandemia de COVID-19 en la aldea de Bilin, parte del territorio palestino ocupado. Otro niño que solía jugar en la piscina, Islam Wael Burnat (15), había fallecido el día antes durante una protesta a las afueras de la aldea.

Fotografía de Tanya Habjouqa, NOOR

Silwan Odeh (9) entretiene a los huéspedes con danzas folclóricas palestinas tradicionales y recreaciones de vídeos de TikTok en el barrio de al-Bustan en Jerusalén Este. «Silwan es una niña que ha sido testigo de toda esta violencia. Intentamos tranquilizarla, decirle que son solo colonos, que no tenga miedo. Pero su madre, que es médica, fue detenida por ser políticamente activa en Facebook», cuenta su tío, Qutaibah Odeh.

Fotografía de Tanya Habjouqa, NOOR

«Enseñamos a la nueva generación a llevar la antorcha de la liberación después de nosotros. Creemos en lo que dijo en su día el poeta palestino Mahmoud Darwish: “un día, seremos lo que queremos ser”», dice Odeh. «Demostramos que los palestinos son creativos, poco ortodoxos y creamos liberación de la nada».

Al este de al-Bustan, en el barrio de Batan Hawa, los sonidos de niños emocionados y chapoteos en el agua emanaban de la azotea de un modesto edificio de apartamentos donde habían colocado una piscina hinchable. 

«Los niños estaban decepcionados porque no pudieron visitar el mar durante sus vacaciones de Eid después del Ramadán; salir de casa nos daba demasiado miedo. Así que les traje esta piscina», explicó Kayed al Rajabi, padre de seis hijos y dos hijas de 34 años, cuya familia también afronta un posible desahucio.

«Ojalá no tuviéramos que vivir con tanta preocupación... si mis hijos estarán a salvo cuando van al colegio o si al salir de casa los colonos entrarán y se harán con ella», dice. «No dormimos por la noche; estamos preocupados y asustados constantemente».

Protestas en Sheikh Jarrah 

En una reunión celebrada por la tarde en Sheikh Jarrah —durante el acuerdo de alto el fuego del mes pasado entre Israel y Hamás en Gaza— un pequeño grupo de manifestantes, entre los que figuraban algunos israelíes, llevaban carteles en los que se leía «Salvemos Sheikh Jarrah». Los manifestantes exigían que se pusiera fin al desplazamiento de familias palestinas, a la discriminación y a la violencia provocada por la expansión de los asentamientos. Los puestos de control instalados en las últimas semanas han dificultado que los niños visiten a familiares que viven en el barrio, mientras que los judíos ortodoxos que visitan el lugar de enterramiento de un histórico rabino y los colonos entran y salen libremente del barrio.

«Libertad, libertad, queremos vivir en libertad», coreaban los manifestantes. «Libertad para Sheikh Jarrah, libertad». Cuando las consignas se hicieron más fuertes, las fuerzas armadas israelíes aparecieron, lanzando granadas aturdidoras y empleando la fuerza para dispersar al pequeño grupo.

Es posible que la historia más larga y turbulenta del actual conflicto con Israel se encuentre en Cisjordania. Perder ojos, extremidades y vidas durante las protestas no es infrecuente. En las tres horas que duró mi trabajo en la región, estas son algunas de las imágenes que inmortalicé: un niño jugando en un puesto de seguridad/observación de hormigón recién instalado en la entrada del pueblo; un concejal que compartió una historia terrible sobre un joven de 15 años al que un colono había disparado en la mejilla a principios de la semana; y amigos y familiares de otro adolescente de 15 años, Islam Wael Burnat, que recibió un disparo mortal en la cabeza durante una protesta reciente.

El mejor amigo de Islam, Ibrahim Khatib, lo tuvo en sus brazos mientras moría. Cuando le di mis condolencias, la cara de Ibrahim cambió por completo y pronunció un estribillo cínico habitual: «No pasa nada. Somos palestinos».

Faiza Afifa, estudiante de diseño gráfico en la Universidad de Birzeit, huyó de Gaza a los 14 años durante una ofensiva militar israelí en 2014. Dice que siente una culpa enorme por estar a salvo y no poder hacer nada para ayudar a sus amigos.

Fotografía de Tanya Habjouqa, NOOR

Una nueva valla publicitaria iluminada junto a un puesto de control israelí en Ramallah, cerca del asentamiento de Bet El. Este es un lugar de reunión habitual para las protestas y los anuncios de negocios palestinos suelen ser quemados. Tanto la valla publicitaria como las barreras son una novedad tras semanas de protestas que recibieron atención internacional el mes pasado.

Fotografía de Tanya Habjouqa, NOOR

Omar Sharbati practica su espectáculo con fuego en la Puerta de Damasco de la Ciudad Vieja, donde tanto judíos ortodoxos como palestinos se detienen para verlo. Sharbati y sus amigos dicen que prefieren salir por la noche, cuando hay menos agentes de policía y pueden sentir mejor la ciudad.

Fotografía de Tanya Hajouba, NOOR

Un puesto de venta de maíz en el pueblo de Deir Anan, parte del territorio palestino ocupado. En la parte delantera del carrito hay una imagen de él con su mejor amigo, que fue asesinado por soldados israelíes hace unos años.

Fotografía de Tanya Habjouqa, NOOR

Artistas, estudiantes universitarios y cineastas se congregan en el popular bar «The Station» en Ramallah para desconectar tras meses de cierres y estrés debido a las protestas en las calles.

Fotografía de Tanya Habjouqa, NOOR

Aquella noche, de vuelta a la ciudad de Ramallah, entré en un bar. Siempre me da la sensación de que la historia de Palestina no debe centrarse solamente en los muertos y la miseria. El bar estaba lleno de jóvenes, entre ellos Faiza Afifi, una estudiante de diseño gráfico de la Universidad de Birzeit que huyó de Gaza a los 14 años durante una ofensiva militar israelí en 2014. Dice que siente una culpa constante; sus uñas mordidas lo atestiguan. Todos bebían, mezclando la charla sobre política con el humor y la sensación de vivir el momento. Es un ciclo demasiado familiar.

El salón de la familia de Rajoubi da al barrio de Batan Hawai, en Silwan, Jerusalén Este. Casi 100 familias palestinas de la zona corren el riesgo de ser desahuciadas.

Fotografía de Tanya Habjouqa, NOOR

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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