¿Por qué la Paz de Utrecht fue clave en la historia de España?

El Tratado de Utrecht fue definitivo para el devenir de España en una triple confrontación: puso fin a la tensión internacional, a una guerra civil y a un conflicto dinástico entre Borbones y Austrias.

Publicado 28 oct 2021 18:14 CEST
El conjunto de tratados firmados en la Guerra de Sucesión Española, entre los años 1713 y 1715, cambió la historia de ...

El conjunto de tratados firmados en la Guerra de Sucesión Española, entre los años 1713 y 1715, cambió la historia de España y transformó el mapa político de Europa.  

Fotografía de Info Gibraltar, Wikimedia Commons

También conocida como Tratado de Utrecht o Tratado de Utrecht-Rastatt, la Paz de Utrecht marcó un antes y un después en la historia de España. Al poner fin a la Guerra de Sucesión Española (1713 – 1715) bajo un conjunto de tratados firmados en la ciudad neerlandesa de Utrecht y en la alemana de Rastatt, la Paz de Utrecht terminó un conflicto dinástico que acabó con miles de personas fallecidas en nuestro país y pasó a los libros de texto como uno de los acuerdos que dieron un giro completo a nuestra historia y tuvo ramificaciones globales.

Para entender el que fue uno de los tratados de paz más importantes para España hay que viajar hasta el año 1700, cuando el embajador francés en nuestro país avisó al rey galo, Luis XIV, de la frágil salud de nuestro rey Carlos II, el último de los Austrias españoles. Su muerte sin descendencia fue el germen de la Guerra de Sucesión, que provocó un gran conflicto político en toda Europa entre los años 1700 y 1713.

“Había muchas cosas en juego y era muy complicado ensamblar intereses tan dispares”, explica a National Geographic el doctor en historia José Calvo Poyato, autor de Los Tratados de Utrecht y Rastatt: Europa hace trescientos años. “La que podemos considerar causa oficial del conflicto era una cuestión importante, pero lo que realmente estaba sobre el tapete era la hegemonía en Europa y el destino del imperio español”.

La tensión terminó por derivar en una gran batalla por el trono español cuando el rey Carlos II propuso, bajo testamento, que el heredero fuese el duque de Anjou, Felipe de Borbón, nieto de Luis XIV de Francia. Sin embargo, para Austria, cuya dinastía era la Habsburgo, la misma que la que reinaba en España desde Carlos I, el sucesor debía ser el archiduque Carlos de Austria.

Una triple confrontación

La guerra dividió por tanto a España entre aquellos partidarios de Felipe V y el archiduque Carlos. En aquel momento, el Sacro Imperio Romano Germánico (Hannover, Austria y Prusia) y la propia Francia comenzaron a desatar un conflicto continental a dos bandos: los reinos de Castilla y Francia por un lado y, al otro frente, Austria, Rusia, Aragón, Portugal, Holanda, Prusia y Saboya, que querían evitar que los Borbones reinaran sobre un territorio tan amplio.  

“La simple posibilidad de que las dos monarquías que se extendían a ambos lados de los Pirineos configuraran un bloque bajo un mismo monarca, algo que no fue desmentido desde Versalles, hizo que en Europa sonaran los tambores de guerra”, explica Calvo Poyato.

Los intereses que impulsaron aquel conflicto iban mucho más allá de quién ocupase el trono; había grandes intereses económicos, por supuesto territoriales y hasta luchas dinásticas que venían de antaño. Tras cientos de miles de víctimas - cifradas entre 400.000 y 700.000 - y numerosas batallas, la guerra terminó con la firma de la Paz de Utrecht, que estableció que serían los Borbones a través de Felipe V quienes asumirían la Corona española, aunque con la prohibición de unificar los territorios a ambos lados de los Pirineos. La paz fue reafirmada un año más tarde con los Acuerdos de Rasttat.

El mariscal Villars liderando la carga francesa durante la batalla de Denain, en la Guerra de Sucesión.

Fotografía de Óleo de Jean Alaux, 1839, Wikimedia Commons

Al sur de los Pirineos, la contienda terminó en 1714, cuando cayó Barcelona, ciudad que había resistido en contra del centralismo borbónico. Carlos II fue el último eslabón de la casa de los Habsburgo y su muerte derivó en que la dinastía de los Borbón reinara en España y Francia, a pesar de los intentos de evitarlo del resto de las monarquías europeas, ya que suponía una inclinación hacia Francia en el equilibrio de poder en Europa.

Para España, la paz supuso el fin de una triple confrontación, según el difunto modernista español Antonio Domínguez Ortiz: terminó con una guerra civil entre las coronas de Castilla y Aragón, con el conflicto internacional entre España y Francia y, a su vez, con un conflicto dinástico entre Borbones y Austrias.

Los intentos de paz

“La complejidad de lo que estaba en juego explica en buena medida las graves dificultades que fue necesario salvar para que los contendientes llegaran a sentarse en la mesa de negociación”, explica Calvo Poyato. Utrecht cerró una parte del conflicto, la que afectaba a los franceses con ingleses y holandeses.

En lo que respecta a España, los representantes enviados por Felipe V, el duque de Osuna, el marqués de Monteleón y el marqués de Bergeyck, tuvieron muy poco que hacer, según explica Calvo: “Se llegó incluso a la situación ignominiosa de que Luis XIV ordenó retenerlos en París durante varios meses, impidiéndoles llegar a Utrecht a tiempo para intervenir en las negociaciones”.

Los acuerdos que se habían logrado en su ausencia les fueron impuestos como algo imposible de someter a revisión. “Se vieron, pues, obligados a asumir los acuerdos a que ya habían llegado los franceses con holandeses y británicos sin haber podido hacer oír su voz, aunque mucho de lo acordado afectaba de una manera directa a los intereses de España”.

Intereses comerciales

Más allá de quién se sentara en el trono de Madrid, los motivos económicos habían sido determinantes para la entrada de Inglaterra en el conflicto, “deseosa de abrir el comercio ultramarino español a los intereses de la poderosa burguesía londinense”, explica Calvo. “Gran Bretaña obtuvo importantes concesiones que significaban la ruptura del monopolio comercial que España había mantenido durante los siglos XVI y XVII con sus colonias del otro lado del Atlántico”.

Proclamación de Felipe V como rey de España en el Palacio de Versalles (Francia) el 16 de noviembre de 1700.

Fotografía de Pintura de François Gérard, Wikimedia Commons

Entre estos derechos, los británicos consiguieron el llamado «Derecho de Asiento», en virtud del cual se les autorizaba a introducir en las colonias españolas hasta 144 000 esclavos negros y también lograron con el denominado «Navío de Permiso» la posibilidad de introducir mercancías en los puertos coloniales hispanos. Ambos permisos fueron suprimidos al firmarse en 1750 el tratado de Madrid entre España y Portugal.

Un nuevo mapa europeo

Ambos tratados, Utrecht y Rastatt, dieron lugar a un nuevo dibujo entre las fronteras de Europa. “Por lo que respecta a España se produjeron notables amputaciones territoriales de las cuales dos resultaron particularmente dolorosas”, explica Calvo Poyato al hablar de la isla de Menorca y la plaza fuerte de Gibraltar, ocupada en el verano de 1704 por el almirante Rooke.

“La plaza se entregó al archiduque Carlos, pero a las pocas horas los ingleses izaban su bandera en lugar de la de los Austrias”. En el artículo X del tratado de Utrecht, España renunciaba a su soberanía sobre el Peñón, “señalándose que la entrega de dicha soberanía se hacía sin jurisdicción alguna y sólo referido a la plaza de Gibraltar, su puerto, su castillo y defensas”.

Después de 300 años desde la ocupación inglesa de Gibraltar, los puntos incumplidos de lo acordado en Utrecht han sido numerosos por parte de Reino Unido “en lo concerniente al comercio fraudulento, las actividades ilícitas y la pretendida jurisdicción sobre aguas en la bahía de Algeciras”.

Luis XIV y sus herederos (hacia 1710). De izquierda a derecha: Luis, duque de Bretaña, vestido de niña; el Gran Delfín, hijo de Luis XIV; Luis XIV, sentado; Luis, duque de Borgoña, hijo del Gran Delfín y padre del duque de Bretaña.

Fotografía de Nicolas de Largillière, Wikimedia Commons

A lo largo de los siglos, España ha intentado recuperar estos dos territorios. En el caso de Menorca, lo consiguió cuando los ingleses fueron expulsados en 1782, pero los intentos sobre Gibraltar fueron fracasos que han dado lugar a fuertes conflictos entre España y Gran Bretaña. “Varias resoluciones de la ONU señalan la necesidad de llevar a cabo el proceso de descolonización y niegan la aspiración británica a la autodeterminación de los gibraltareños”, afirma Calvo Poyato.

Por su parte, el Imperio Austriaco se quedó con el Milanesado, Nápoles, Flandes y Cerdeña. A Saboya le tocó poder expandir su frontera y la isla de Sicilia, que entregó a Austria a cambio de Cerdeña. La cesión de los demás territorios europeos que formaban parte del imperio español fue acordada entre Francia y el Imperio en Rastatt. Tal como ocurrió en Utrecht también fueron los representantes de Luis XIV quienes negociaron la entrega.

“Los tratados de Utrecht y Rastatt han hecho correr ríos de tinta, principalmente, por la situación de Gibraltar”, explica Calvo. “Mientras unos opinan que para hacer efectiva la entronización de los Borbones en España se pagó un precio demasiado alto, otros consideran que Utrecht sirvió para que la monarquía hispánica, sumida en una profunda crisis, soltara lastre y se viera liberada de unos territorios que eran fuente de numerosos problemas”.

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