Un viaje apasionante por las joyas de cultura popular que atesoran los almacenes del Smithsonian

Desde marionetas de Barrio Sésamo hasta Grémlins, polillas exóticas o pelotas de béisbol firmadas por Babe Ruth, una mirada detrás de las puertas cerradas de los museos nacionales de Estados Unidos revela algunas deliciosas sorpresas.

Fotografías de Rebecca Hale
Publicado 25 nov 2021 12:04 CET
Marioneta de 'Los Gremlins' en los almacenes del Instituto Smithsonian

Sólo se expone el uno por ciento de la vasta colección del Smithsonian, repartida en 20 museos y galerías, dejando millones de tesoros ocultos, como este atrezo de la película clásica 'Los Gremlins', escondidos en almacenes de alta seguridad.

Fotografía de Becky Hale

La Institución Smithsonian, un extenso complejo de museos y zoológicos que cuenta con algo más de 155 millones de objetos en sus 20 museos y almacenes externos, cumple este año su 175º aniversario. A lo largo de más de un millón de metros cuadrados de espacio de exposición y almacenamiento -la mayor parte de ellos situados en Washington, D.C., los suburbios de Maryland y la ciudad de Nueva York- esos artefactos van desde marionetas hasta transbordadores espaciales, desde hormigas hasta elefantes.

No es de extrañar que sólo un 1% de la colección esté expuesta de manera rotatoria. La pregunta es evidente: ¿qué nos estamos perdiendo? Tal y como descubrí cuando tres museos del Smithsonian me permitieron amablemente echar un vistazo a sus salas ocultas a los visitantes, la respuesta es: muchas cosas que te dejarán absolutamente boquiabierto.

En el laberinto de almacenes del Museo Nacional de Historia Americana, por ejemplo, es como si cada armario en el que miro contuviera una piedra de toque cultural icónica. Detrás de una puerta se encuentra el disfraz de Espantapájaros de Ray Bolger de El Mago de Oz; un cajón cercano guarda, uno al lado del otro, la camisa hinchada de la popular serie de televisión de Jerry Seinfeld y el jersey rojo de Mister Rogers (la célebre serie infantil estadounidense que ostenta el récord de ser la más duradera de la televisión pública de EE UU, la PBS). Una pequeña caja contiene el cronómetro original del programa de noticias de televisión 60 minutos.

Filas y filas de obras de arte "extra" se alinean en el tenuemente iluminado Centro Luce del Museo de Arte Americano. Las pinturas y esculturas de esta sección forman parte del "almacén visible" del museo, que se pone a disposición del público.

Fotografía de Becky Hale

Puede que esta vasta recopilación de tesoros de cultura popular no sea exactamente lo que James Smithson, un científico británico que nunca visitó Estados Unidos, tenía en mente en 1829 cuando donó medio millón de dólares para la creación de "un establecimiento para el aumento y la difusión del conocimiento". Pero no se puede negar que la institución que lleva su nombre ha llegado a ser sinónimo de la curiosidad sin límites, de descubrimientos implacables y, al parecer, de una acumulación interminable de cosas.

Nadie debería confundir, ni por un segundo, el Smithsonian con el desván de la casa de sus abuelos: meticulosamente organizados y sorprendentemente selectivos, los archivos del museo son un recurso esencial en su misión de explorar y preservar las maravillas naturales y culturales de Estados Unidos y del mundo.

Un vasto surtido de cultura popular estadounidense

Cuando le pido a Ryan Lintelman que abra un armario alto de doble puerta en el almacén del quinto piso del Museo de Historia Americana, lo último con lo que espero encontrarme es a dos de mis amigos más antiguos.

"Sí, son el Sr. Alce y el Conejo Bunny", dice Lintelman, el conservador de entretenimiento del museo. Por un momento, me quedo sin palabras. En mi infancia, pasaba prácticamente todas las mañanas con estos dos tipos, los inmortales títeres del programa Captain Kangaroo (Capitán Canguro, en español, un programa infantil que se emitía en la cadena estadounidense CBS de 1955 a 1984). El conejo Bunny todavía parece dispuesto a robar un puñado de zanahorias del Capitán en cualquier momento. Pero el Sr. Alce, siempre hablador, ahora tiene una fina tela blanca que le cierra la boca.

"No, el Sr. Alce no tiene dolor de muelas", dice Hanna Bredenbeck Corp, responsable de las colecciones de música, deportes y entretenimiento. "Es sólo que, sin la corbata, la boca le cuelga abierta, y eso no es bueno para él".

Una multitud de Teleñecos ocupa un armario en los almacenes del Museo de Historia Americana del Smithsonian. El reparto de Sam y sus amigos (estante superior), precursor de Barrio Sésamo, incluye el prototipo del personaje más famoso de Jim Henson, la rana Gustavo.

Fotografía de Rebecca Hale, National Geographic

Me siento tan cautivado por la presencia en carne y hueso -o, mejor dicho, de lana y tela- de la pareja que casi no me doy cuenta de sus compañeros en la estantería del armario: el chef sueco de los Teleñecos, con delantal y bigotes, y nada menos que Charlie McCarthy, el abuelo de las marionetas modernas. A finales de los años 30, este trozo de madera elegantemente vestido era el actor más popular de la radio. Incluso ganó un Oscar.

Al abrir el cajón superior de una vitrina etiquetada como "balones deportivos", Lintelman señala una pelota de béisbol firmada por Babe Ruth (posiblemente el jugador de béisbol más famoso de la historia). "Muchas de ellas proceden de Ella Fitzgerald", dice. "Era una gran aficionada al béisbol".

En otra sala nos encontramos con un viejo archivador de biblioteca. Asumo que es un mueble de oficina obsoleto, hasta que me fijo en un cajón en el que se lee: "Phyllis Diller", una cómica cuya prolífica carrera se extendió desde 1942 hasta su fallecimiento en 2012.

"Sí, es el catálogo de chistes de Phyllis Diller", dice Lintelman. "Nos estaba enseñando cosas que quería regalarnos en su casa, y de hecho estábamos a punto de irnos cuando nos dimos cuenta de esto. Ella dijo: 'Bueno, no querréis eso, ¿verdad?'. Eh, sí. Por supuesto, no aceptamos todo lo que la gente nos ofrece. Nunca seríamos capaces de guardarlo todo".

Asiento con la cabeza y entonces me fijo, en otra vitrina, en una exhaustiva colección de termos de fiambrera: Dick Tracy. Kiss. Fireball XL-5. Desde esta perspectiva, es difícil de creer que los conservadores del Smithsonian rechacen algo. Y, sin embargo, lo hacen. Todos los días se rechazan generosas ofertas de cosas como anuarios antiguos, juguetes clásicos e incluso números atrasados de National Geographic con educadas cartas de rechazo.

Ahora caminamos por filas de armarios y cajas, abriendo todo lo que nos llama la atención. En una caja etiquetada como "Porgy and Bess", hay una partitura completa firmada por el compositor y pianista George Gershwin para el director de la banda de baile de los años 30, Milt Shaw. A través de la ventana de una vitrina de trofeos veo un puño de bronce, un molde de la mano del boxeador Joe Louis. En un archivador de cajones poco profundos se encuentran fotogramas originales de animación de Mickey Mouse y el Pájaro Loco.

El autógrafo de Babe Ruth encabeza las firmas de una pelota de béisbol de principios de la década de 1930, seguido por los de el jugador de primera base del Salón de la Fama, Bill Terry, de los Giants de Nueva York (antes de trasladarse a San Francisco), el del parador en corto de los Yankees, Eddie "Doc" Farrell, y el del veterano lanzador de Cleveland, George Uhle, a quien Babe consideró en una ocasión el lanzador más duro al que se había enfrentado.

Fotografía de Becky Hale

La sangre falsa del cine mancha los pantalones cortos que Sylvester Stallone llevaba en la película Rocky III de 1982. "¿Quién iba a pensar que Rocky acabaría en el Smithsonian?" dijo Stallone cuando donó el atrezo en 2006. "Yo seguro que no".

Fotografía de Rebecca Hale

Y podría seguir así, literalmente, para siempre. Pero, incluso aquí, todo el mundo está ocupado, así que nos dirigimos de mala gana a la puerta, donde veo, debajo de la bicicleta de Lance Armstrong, una caja con la etiqueta "Gremlin. Frágil".

"Espera", digo. "¿Hay un gremlin ahí dentro?"

"Sí, creo que sí", dice Lintelman. Retira de la parte delantera y allí, mirándonos fijamente desde detrás de una abrazadera de madera que sostiene su cabeza, se encuentra un bicho perfectamente conservado de la comedia de terror Gremlins 2: La nueva generación, de Joe Dante, de 1990. Sus ojos, que miran por encima de la abrazadera, parecen implorarnos que lo liberemos. Pero hay una advertencia impresa a mano: "No quitar los tornillos".

He visto la película. No hace falta que me lo digas dos veces.

Hectáreas de insectos

"Esta es la mayor colección de polillas perezosas del mundo", declara la entomóloga Alma Solís, sosteniendo una bandeja del tamaño de un cajón de calcetines. Le he pedido a Solís que saque el cajón de la unidad de almacenamiento U 29 del Archivo de Entomología del Museo Nacional de Historia Natural del Smithsonian. En este nivel sin ventanas del museo, las filas de armarios de color crema se extienden en todas las direcciones hacia puntos de fuga distantes, como si se tratara del vestuario de instituto más amplio del mundo.

El armario U 29 está marcado como "Pyralidae/Chrysauginae/Nearctic & Neotropical", una categoría que incluye a las diminutas polillas comúnmente conocidas como polillas perezosas. Resulta que las polillas perezosas no se llaman así porque sean más lentas que otras polillas: tienen una relación simbiótica con esos lentos habitantes de las copas de los árboles tropicales, los perezosos.

"Los perezosos pasan la mayor parte del tiempo en los árboles, pero bajan a defecar", explica Solís. "Las polillas perezosas ponen sus huevos en las heces de los perezosos".

La entomóloga Alma Solís se ocupa de la enorme colección de insectos del Smithsonian, que ocupa varias plantas enteras en el Museo de Historia Natural del Smithsonian.

Fotografía de Rebecca Hale
Izquierda: Arriba:

Los insectos más pequeños y humildes, a los que el gestor de las colecciones del Smithsonian, Floyd Shockley, llama "las pequeñas cosas marrones y negras", presentan los mayores niveles de diversidad.

Derecha: Abajo:

Los escarabajos -que van desde lo minúsculo hasta el tamaño de una mano humana- constituyen el grupo más grande de la colección de entomología del Smithsonian.

Fotografía de Becky Hale

La mayor colección de polillas perezosas del mundo cuenta con unas 200, cada una de ellas clavada en una superficie acolchada, a la que se le asigna un número individual y una minúscula etiqueta que transmite una sorprendente cantidad de información sobre el lugar exacto en el que se encontró, cuándo se encontró y quién la encontró.

Este patrón de atención cuasi obsesiva con el orden y el detalle se repite cajón por cajón, gabinete por gabinete, fila por fila, hasta donde alcanza la vista, y más allá. Con 35 millones de especímenes, la colección de entomología del Smithsonian ocupa gran parte de las plantas cuarta, quinta, sexta y séptima del ala este del museo.

"Son unos tres campos de fútbol americano [en total, el equivalente a unos 300 metros de largo por 150 de ancho] de espacio de almacenamiento", dice Floyd Shockley, director de las colecciones de entomología. "Además, tenemos una cantidad equivalente de espacio en nuestros centros de apoyo externos".

Son muchos insectos -los escarabajos constituyen el grupo más numeroso, si uno hace la cuenta-, pero proporcionan una base de datos esencial para seguir, por ejemplo, los cambios en su hábitat.

"Estamos aprendiendo cómo cambia la distribución de las especies con el tiempo", dice Shockley. "Puede estar causada no sólo por los cambios climatológicos, sino también por la destrucción del hábitat por parte del hombre y otras cosas".

Shockley señala una serie de insectos que tiene enmarcados cerca del vestíbulo del ascensor. Estos escarabajos de aspecto aterrador, mariposas glamurosas y bastones imposiblemente larguiruchos son "las cosas que la gente espera ver aquí", dice. "Los tipos geniales y carismáticos".

Pero la mayor parte de la diversidad está en las pequeñas cosas marrones y negras, dice Shockley. "Por ejemplo, las hormigas. Si sumaras todas las hormigas de la Tierra, superarían a todos los vertebrados juntos". Parece emocionado ante la perspectiva.

Mientras bajamos en el ascensor a las plantas de la exposición -donde se encuentran dinosaurios y ballenas imponentes- se me ocurre preguntarle a Shockley si alguna vez se siente mal por haber matado una mosca.

"Intento no hacerlo", se encoge de hombros. "Pero si hay una araña en la casa y tu mujer quiere que se vaya, pues..."

"Almacenamiento visible"

Si bien es cierto que los conservadores altamente cualificados toman decisiones difíciles sobre los objetos que se exponen -en función de los relatos específicos que intentan contar en sus exposiciones-, no parece justo que tantos tesoros permanezcan fuera de la vista. ¿Por qué, os preguntaréis, no puede un museo poner sus adquisiciones almacenadas a disposición de aquellos que sólo quieran pasear y ver lo que hay?

Resulta que una instalación del Smithsonian -el Museo de Arte Americano, situado a pocas manzanas del National Mall- ha hecho precisamente eso. Escondido en un extremo de la última planta del museo se encuentra el Centro Luce, una galería ornamentada de mediados del siglo XIX con dos niveles de balcones que dan a un espacio amplio y alargado. Alineadas en cada uno de los niveles superiores se encuentran hileras de estanterías acristaladas que contienen pinturas, esculturas, tallas, cerámica, arte popular y modelos de patentes en miniatura. Todo parece una feria de artesanía bien organizada y elaborada.

Ubicado en la antigua y ornamentada biblioteca de la Oficina de Patentes de los Estados Unidos, el Centro Luce del Museo de Arte Americano ofrece horas de navegación a los aventureros amantes del arte.

Fotografía de Becky Hale

Las obras del Centro Luce del Museo de Arte Americano, a menudo identificadas sólo por largos números de inventario -referenciados en el sitio web del Smithsonian-, a veces son "promovidas" a las plantas de exposición principales para exposiciones centradas en artistas o períodos específicos.

Fotografía de Becky Hale

Aquí hay un maletín repleto de bastones hechos a mano. Aquí están las pinturas de "arte outsider" de Howard Finster, convencido de que sus frenéticas fantasías de destrucción apocalíptica y ángeles elevados estaban directamente inspiradas por Dios. 

En una estantería de modelos de esculturas art decó, reconozco a un par de hombres corpulentos que luchan por domar a un grupo de caballos encabritados como los hermanos pequeños de "El hombre que controla el comercio", dos estatuas monumentales situadas fuera del edificio de la Comisión Federal de Comercio, a pocas manzanas de aquí.

Aunque la organización resulta rudimentaria -obras reunidas por épocas, por ejemplo-, casi no hay material descriptivo. La mayoría de los objetos se identifican únicamente con largos números de inventario que los visitantes pueden consultar en el sitio web del Smithsonian.

De pie en el tercer nivel, me asomo a la barandilla del balcón y ojeo las pilas de archivos numeradas del lado opuesto. "Veamos qué hay ahí abajo, en el 12-B", digo. "¡Oh, sí!", dice entusiasmada Eleanor Harvey, la conservadora jefe del museo. "Es uno de mis favoritos".

Nuestros pasos resuenan al bajar la vieja escalera de metal. Resulta que he elegido una zona dedicada en gran parte a las representaciones de los nativos americanos, casi exclusivamente de artistas de ascendencia europea. En una vitrina cuelgan retratos de hombres y mujeres indígenas, dignos y coloridos con sus trajes tradicionales.

El pintor es el famoso artista viajero George Catlin. En cinco expediciones de la década de 1830, en las que exploró hasta el oeste de Texas y Dakota del Norte, Catlin creó más de 600 imágenes de los indios de las llanuras. Casi todas ellas cuelgan ahora en esta pared o están archivadas, sin enmarcar, en un armario del tamaño de una pared a unos metros de distancia. Para los investigadores, son un tesoro de detalles que de otro modo se perderían.

Catlin viajó por Estados Unidos y Europa mostrando sus retratos. El comisario Harvey reconoce que estas obras reflejan el problema más amplio al que se enfrentan el Smithsonian y otros museos, que durante demasiado tiempo han considerado a las personas no blancas como poco más que curiosidades para ser expuestas.

"En la actualidad se discute mucho sobre el voyeurismo y el aprovechamiento del tema", dice Harvey mientras examinamos el cuadro de Joseph Henry Sharp de 1906, "La voz del Gran Espíritu", que representa el entierro en la plataforma de un jefe Crow de Montana. En primer plano aparece una viuda supuestamente afligida, en realidad se trata de una mujer llamada Julia Sun Goes Slow que posó de mala gana para el artista.

"Soy lo suficientemente mayor como para recordar los dioramas del Museo de Historia Natural que incluían a los indios de las llanuras y a los inuit como si fueran familias de alces", dice Harvey. "Realmente no había distinción entre ambos. Hemos contratado a un conservador de nativos americanos para que nos asesore sobre cómo contar las historias adecuadas".

Incluso con su zona de almacenamiento abierta, el Museo de Arte Americano sigue teniendo cerca del 70% de su colección oculta a la vista. Y eso le parece bien a Harvey, cuya filosofía coincide con la de todos los demás conservadores del Smithsonian que he conocido.

"Algunos dicen: 'Bueno, deberíais vender todo lo que hay en el sótano'", dice. "Pero no, eso socavaría todo lo que es un museo. Estamos aquí para contar toda la historia del arte americano. Y para hacerlo, a menudo no podemos basarnos únicamente en las obras expuestas".

"Puede parecer contradictorio, pero una de las cosas que hace grande a un museo es lo que no se muestra".

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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