A bordo del lento tren rumbo a la Patagonia, reliquia de una época pasada

Los viajes de larga distancia en tren están desapareciendo, pero esta ruta ferroviaria por Argentina promete vistas extraordinarias de paisajes remotos.

El Tren Patagónico atraviesa la estepa argentina al amanecer entre las localidades de Maquinchao e Ingeniero Jacobacci. Es el único tren de pasajeros de larga distancia que sigue circulando regularmente por la región patagónica del sur de Argentina y Chile.

Fotografía de GASTÓN ZILBERMAN
Por Jordan Salama
Publicado 20 abr 2023, 15:17 CEST

El último tren a la Patagonia sale los viernes a las seis de la tarde de Viedma, una pequeña ciudad de la costa atlántica argentina. 18 horas y 825 kilómetros más tarde (tras cruzar el país de este a oeste) llega a Bariloche, una pintoresca ciudad de montaña a los pies de los Andes nevados.

El Tren Patagónico es el único tren de pasajeros de larga distancia que opera regularmente en esta vasta región del sur de Argentina y Chile. Transporta personas, vehículos y mercancías, y atraviesa un territorio tan épico y remoto que se puede mirar por la ventanilla durante horas y sólo ver una estepa marrón y suavemente ondulada que parece no tener fin.

Hay esperanzas de que los trenes de larga distancia vuelvan a Argentina, un país que tuvo una extensa red ferroviaria en el siglo XX. Recientemente se ha reabierto una importante ruta entre Buenos Aires y Mendoza, la tercera ciudad más grande del país, después de 30 años fuera de servicio.

Aun así, salvo algunas líneas turísticas, el Tren Patagónico es el único que queda en la Patagonia. Mientras espero en el andén de Viedma para tomar yo mismo el tren, suena una campana y la locomotora deja escapar un suspiro. El tren se pone en marcha hacia la puesta de sol, y pronto el paisaje solitario que nos rodea se sumerge en una oscuridad total.

Viedma, Argentina, es una pequeña ciudad de la costa atlántica de la Patagonia y punto de partida del Tren Patagónico.

Fotografía de Photographs By Gastón Zilberman

Un viaje nostálgico

La primera luz llega entre Los Menucos y Maquinchao, un amanecer violeta tras las colinas bajas y onduladas. Conejos, ovejas y ñandúes se alejan a toda prisa de las vías cuando el tren pasa a toda velocidad. Después de las 7.00, los pasajeros toman asiento para desayunar en viejas mesas de madera cubiertas con paños verdes. Aquí se jugó anoche a las cartas y se conversó con botellas baratas de vino Malbec, pero a esta hora es el mate, la infusión que podría considerarse bebida nacional de Argentina, el que se pasa de mano en mano.

El tren transporta una curiosa mezcla de viajeros inquietos, casi todos argentinos. Algunos son turistas; entre ellos, un grupo de profesores de historia jubilados y una pareja de farmacéuticos que recorren el país en moto, con sus motos guardadas como carga de vehículos. "Esto es un sueño. Un sueño", dice uno de los farmacéuticos. Tiene 58 años y nunca había subido a un tren de larga distancia.

La mayoría de los pasajeros, sin embargo, son lugareños que viven en los solitarios pueblos de su recorrido, a los que apenas llega el transporte público. Toman el tren para ir a Viedma o Bariloche a estudiar, trabajar y transportar provisiones. En tiempos de emergencias naturales (erupciones volcánicas, grandes tormentas de nieve), el tren también ha llevado ayuda y suministros vitales cuando los pueblos han quedado aislados por carretera.

Casi todas las personas que conozco recuerdan los tiempos en que el ferrocarril era mucho más común en Argentina. La extensa red ferroviaria del país (más de 46 000 kilómetros de vías en su punto álgido a mediados de siglo) surgió de un boom de inmigración a finales del siglo XIX y principios del XX. Compañías principalmente inglesas e italianas operaban líneas para transportar fruta, lana, carne y grano desde la fértil campiña hasta Buenos Aires. Esta expansión fronteriza también supuso el desplazamiento masivo de comunidades indígenas por todo el territorio.

Izquierda: Arriba:

Andrés Melivilo, maquinista auxiliar del Tren Patagónico, prepara la locomotora para la salida del tren un viernes por la tarde en Viedma, Argentina.

Derecha: Abajo:

Refugio Frey es un refugio popular para mochileros a poca distancia de la ciudad de Bariloche, la terminal del Tren Patagónico en la base de los Andes.

fotografías de GASTÓN ZILBERMAN
Izquierda: Arriba:

Una familia en el vagón Pullman del Tren Patagónico mira por la ventana. Muchos de los pasajeros del tren son lugareños que viven en las pequeñas ciudades de su recorrido, a las que apenas llega el transporte público.

Derecha: Abajo:

María Montesino, de 29 años, se muda con sus cinco hijos de Viedma a Bariloche. Su familia se despide entre lágrimas en el andén minutos antes de la salida del tren. "Si no fuera por el tren, no estoy segura de que pudiésemos hacer esto".

fotografías de GASTÓN ZILBERMAN

"El tren lo cambió todo por aquí", dice Poli Lefiu, un ganadero local, en la parada de la estación de Maquinchao. Nacido en un remoto puesto de la cordillera, Lefiu, descendiente de generaciones de ganaderos patagónicos de origen indígena tehuelche y mapuche, conoce íntimamente esta tierra. "Cuando empezó a circular el tren, la gente venía a vender a los pasajeros de Maquinchao y de todos los pueblitos", cuenta Lefiu sobre las primeras décadas del siglo XX. "Llegaban en carros tirados por caballos con estufas de leña encima de sus vagones, para asar carne y cordero al lado de las vías para que la gente comiera".

Muchas de las paradas actuales del Tren Patagónico se fundaron con la llegada del tren. En todas partes hay testimonios del pasado. Pequeños grupos de árboles marcan los pozos donde el tren se detenía a repostar agua. Los pueblos fantasma permanecen totalmente abandonados desde la década de 1990, cuando el Gobierno argentino emprendió la disolución de los ferrocarriles estatales en entidades privadas, lo que provocó un devastador declive del servicio. Resulta sorprendente, por tanto, ver ahora el Tren Patagónico, tan lleno de gente y de mercancías un sábado por la mañana a finales de verano austral, retumbando a través de la estepa vacía y dejando nebulosas estelas de polvo a su paso.

(Relacionado: Los mejores viajes en tren del mundo)

Conectando comunidades

Mi abuelo argentino, que vive en Nueva York, hablaba con nostalgia de los veranos en los que él mismo tomaba el tren de vapor de Buenos Aires a Bariloche. "En aquella época, el viaje era directo desde la capital", me contó Abuelo por teléfono antes de emprender el viaje. "Los vagones eran de madera y dormíamos en el suelo".

Para los pasajeros de hoy, el Tren Patagónico ofrece coches cama y coches Pullman de clase turista con grandes asientos reclinables. Los coches cama están ocupados mayoritariamente por turistas. Los vagones Pullman, por el contrario, están llenos de lugareños que utilizan el servicio por necesidad; la mayoría han traído consigo almohadas, mantas y neveras llenas de comida para el largo viaje. Los niños duermen de lado en el regazo de sus padres y grandes botellas de refresco de marca blanca ruedan a los pies de la gente. Todo el mundo parece pasarse interminables tazas de mate.

La demanda de este servicio, que se presta una vez a la semana, es tan alta que los billetes deben reservarse con muchas semanas, si no meses, de antelación. "Si no fuera por el tren, no estoy segura de que pudiéramos hacer esto, económicamente hablando", me dice María Montesino, de 29 años. Está trasladando a su familia por todo el país, viajando en un camarote para dos personas abarrotado con tres de sus cinco hijos y todas sus posesiones: un televisor, un altavoz, bolsas y bolsas de ropa y una mochila de Hello Kitty llena de zapatos.

La primera vez que vi a Montesino fue junto a una docena de sus parientes en el andén de Viedma, despidiéndose entre sollozos ahogados minutos antes de la salida del tren. Como tantas otras cosas en esta vieja y legendaria ruta (desde los camareros bien vestidos deslizándose por el vagón restaurante hasta los desgastados edificios de piedra de la estación), parecía una escena que podría haber sido sacada de otro siglo.

La costa atlántica de la Patagonia, cerca de Viedma, en la desembocadura del río Negro, es el hogar de leones marinos, loros excavadores y orcas.

Fotografía de Photographs By Gastón Zilberman

Rafael Huerco está sentado tranquilamente en su asiento, vestido con camisa de botones, corbata corta de terciopelo, sombrero de ala ancha y una guitarra entre las piernas. Es payador, un cantante folclórico especializado en duelos de versos. "Me voy a un festival cerca de Bariloche", dice. Antes de que me dé cuenta, se levanta y empieza a tocar. Los demás pasajeros del coche están cautivados, muchos de ellos cantan y aplauden. "Hacía mucho tiempo que nadie se levantaba y cantaba así", dice un hombre mayor que viaja solo.

Por la ventanilla, la tierra cambia ahora más deprisa. Después de la pequeña ciudad de Ingeniero Jacobacci, el tren empieza a salir de la estepa y se adentra en las estribaciones andinas, cruzando altos puentes sobre ríos secos y serpenteando por estrechos cañones de roca escarpada. Bariloche no está lejos.

Al pasar por la casa de un rancho, veo a un niño y a su madre de pie a mitad de camino hacia las vías, saludando al tren. Casi tan pronto como aparecen, desaparecen de mi vista, sustituidos por la larga y solitaria tierra. Es reconfortante atravesar tanta inmensidad en buena compañía, pienso para mis adentros, así que tomo asiento y disfruto de la música.

National Geographic Expeditions organiza varios viajes a Argentina y la Patagonia.

Jordan Salama es un escritor argentino-estadounidense, productor y colaborador habitual de National Geographic. Su primer libro, Todos los días cambia el río, un viaje por Colombia, se publicó en 2021. Síguelo en Instagram.

Gastón Zilberman es un fotógrafo social y ambiental de Buenos Aires, Argentina. Síguelo en Instagram.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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