Así podría afectar la pérdida de la selva amazónica al agua y al clima

El incremento de la deforestación durante el gobierno del presidente brasileño podría conducir a la Amazonia a un «punto de inflexión», afectando al clima y al suministro hídrico tanto en Brasil como en otros lugares del mundo.martes, 20 de noviembre de 2018

Aprende más sobre la importancia del Amazonas, el mayor bosque tropical del mundo y hogar de más de la mitad de las especies terrestres de animales, en el especial de NatGeo+ “Salvar el Amazonas

El presidente electo de Brasil tiene grandes planes para la selva amazónica, incluso aquellas partes que arden en los vastos incendios forestales.

Ha trabajado para permitir la excavación de más minas y la pavimentación de nuevas carreteras. Ha presionado a favor de reducir las sanciones por talar árboles y ha prometido que detendrá el crecimiento de una red de reservas forestales indígenas.

En enero, cuando Jair Bolsonaro, exmilitar brasileño de 63 años, se hizo cargo del timón de un país que gestiona 3,8 millones de kilómetros cuadrados de la Amazonia, los riesgos para la fauna salvaje y las comunidades tribales indígenas fueron temas de debate candentes. Con los planes de Bolsonaro, las tasas de deforestación en Brasil podrían triplicarse enseguida, según una evaluación científica.

Pero las consecuencias de las políticas de Bolsonaro también se están sintiendo más allá de las zonas afectadas por las motosierras. Hasta un aumento modesto de la deforestación podrían afectar al suministro hídrico en las ciudades brasileñas y en países vecinos, perjudicando a las muchas plantaciones que trata de expandir. Una deforestación más generalizada podría alterar el suministro hídrico de África o California.

Y lo que resulta más perturbador: algunos científicos sugieren que la Amazonia podría estar muy cerca de un punto de inflexión. La región está tan degradada que hasta un ligero repunte de la deforestación podría provocar que la selva se precipite hacia una transición para convertirse algo similar a un bosque de sabana, según un análisis de dos científicos destacados a principios de año. Además de destrozar para siempre grandes secciones de la mayor selva forestal del planeta, dicho cambio liberaría enormes cantidades de gases de efecto invernadero que calentarían el planeta, lo que podría acelerar la reducción del bosque restante.

«Nos encontramos en una situación crítica en términos de cambio climático», afirma Adriane Esquivel-Muelbert, científica brasileña que estudia los bosques tropicales en la Universidad de Leeds, Reino Unido. Ella es la autora principal de un estudio publicado en noviembre de 2018 que demuestra que la mezcla de especies de árboles en la selva ya está cambiando como consecuencia del aumento de las temperaturas.

«Si alteramos el Amazonas, las emisiones de dióxido de carbono aumentarán de forma tan masiva que todos lo sufrirán», añade.

Según algunos informes, podría ocurrir bastante rápido.

La selva crea lluvia

Bolsonaro, excongresista de derechas de Río de Janeiro, derrotó con facilidad al exalcalde de São Paulo en las elecciones presidenciales de Brasil a finales del año pasado. El presidente populista es tan abiertamente hostil al orden establecido en su país que algunos lo llaman el «Trump tropical».

Su ascenso al poder ha llegado en un momento peligroso para la Amazonia.

Con ranas venenosas de dardo, osos hormigueros gigantes, titíes león dorados y hormigas bala, esta selva sudamericana es el bioma más abundante en especies de la Tierra, con una flora más diversa en 4.000 metros cuadrados de la que podría encontrarse en muchos estados de Estados Unidos. Alberga el 10 por ciento de las especies del mundo, entre ellas 2,5 millones de especies de insectos.

La selva también afecta al ciclo del agua a escala regional y quizá incluso a escala global. Cuando llega humedad del océano Atlántico, esta cae en el bosque en forma de lluvia. Esta agua se absorbe en las profundas raíces y, a continuación, sube por las plantas hasta la superficie de las hojas antes de regresar a la atmósfera. Los vientos que soplan sobre la cubierta forestal desigual generan turbulencias, que permiten que la atmósfera absorba más humedad.

Toda esta agua se mueve como un río gigante que fluye por el cielo y cae en forma de lluvia que se evapora una y otra vez hasta llegar a los Andes. Finalmente, la selva produce casi la mitad de su propia lluvia.

«Una molécula de vapor podría reciclarse de cinco a siete veces antes de salir del sistema, ya sea por la atmósfera o por el río Amazonas», afirma Carlos Nobre, climatólogo del Instituto de Estudios Avanzados de la Universidad de São Paulo.

Pero los expertos temen que este delicado intercambio se venga abajo. La pérdida de solo una fracción de este bosque generador de humedad podría incrementar la sequía, lo que podría reducir aún más las precipitaciones en una espiral autoalimentada. El cambio climático, las décadas de tala y el desmonte mediante incendios prendidos de forma intencionada ya han provocado sequías de récord en 2005, 2010 y 2015-2016.

«Esto sugiere que el sistema oscila», afirma Thomas Lovejoy, profesor de la Universidad George Mason e investigador principal de la Fundación de las Naciones Unidas, considerado por muchos el padrino de los estudios sobre la biodiversidad.

Hace poco, Lovejoy y Nobre intentaron estimar lo cerca del límite que se encuentra el Amazonas. Su proyección, publicada a principios de año como editorial en Science Advances, sugiere que, en las partes más susceptibles de la selva —el sur, el este y el centro de la Amazonia—, la pérdida de solo del 20 al 25 por ciento de los terrenos forestales originales podría empujar al sistema a una transición imparable hacia un ecosistema más seco, similar a una sabana.

Las estimaciones del propio gobierno brasileño muestran que ya se ha perdido el 17 por ciento del sistema de la selva amazónica, sin incluir las partes que están intactas pero degradadas.

¿Cómo de probable es la situación descrita por Lovejoy?

«No es algo que sepamos a ciencia cierta, pero es una posibilidad, y no una posibilidad descabellada. Es muy real», afirma Abigail L. S. Swann, ecoclimatóloga de la Universidad de Washington que contribuye a un capítulo sobre los cambios abruptos en el paisaje para la siguiente evaluación del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático.

Aunque nadie sabe exactamente dónde está el punto de inflexión de la Amazonia, «no tiene sentido descubrir el punto de inflexión provocándolo», afirma Lovejoy.

El bosque ya está cambiando

Mientras Bolsonaro sigue aplicando sus nuevas políticas, la Amazonia ya está cambiando.

La estación seca se alarga y las lluvias han descendido una cuarta parte en algunas regiones. Mientras tanto, la precipitación, cuando llega, lo hace en estallidos más intensos que causaron grandes inundaciones en 2009, 2012 y 2014. El sistema climático de la región oscila cada vez más.

En el estudio que dirigió, publicado en la revista Global Change Biology con más de cien científicos y coautores, Esquivel-Muelbert determinó que, en los últimos 30 años, han aparecido en la Amazonia más especies tolerantes a la sequía, mientras que las especies de zonas húmedas están descendiendo. Los árboles de crecimiento rápido y los árboles más altos que pueden acceder mejor a la luz solar superan a las especies más cortas que prefieren la humedad.

Otro estudio demuestra que la tasa de muertes de árboles aumenta.

No está claro si todo esto es el principio del cambio que predijeron Lovejoy y Nobre, o de algo diferente. «Pero es importante porque las especies comienzan a cambiar, y eso modifica el comportamiento de la selva», afirma Esquivel-Muelbert.

¿Cómo afectará eso a las interacciones de decenas de miles de especies selváticas? Nadie lo sabe todavía.

«Provoca ondas por todo el sistema y no tenemos ni idea de adónde llevarán», afirma Lovejoy. «Podría convertirse en un ecosistema mucho más simple y la incógnita real es qué significaría en términos de estabilidad general».

Si Lovejoy está en lo cierto, y el calor y la deforestación provocan menos lluvia y una transición a un nuevo tipo de paisaje, las consecuencias podrían sentirse por todas partes.

Ondas expansivas

Es imposible cuantificar el valor real de la diversidad perdida. En un estudio reciente, un equipo descubrió pruebas de que 381 nuevos tipos de plantas o animales habían sido descubiertos en la Amazonia durante un solo periodo de dos años de 2014 a 2015, el equivalente a una nueva especie día sí, día no.

«Es una especie de cliché que la cura del cáncer podría estar en la Amazonia, pero tiene algo de cierto», afirma Esquivel-Muelbert.

La humedad de la Amazonia también alimenta las lluvias de invierno que suministran agua a Uruguay, el norte de Argentina y Paraguay. La reciente sequía que provocó la escasez de agua en São Paulo, la mayor ciudad de Brasil, probablemente se vio agravada por los cambios en la selva.

En algunos lugares, las precipitaciones de la Amazonia también abastecen de agua a los agricultores de soja y los ganaderos de ternera que talan la selva. Al parecer, la agricultura brasileña necesita la Amazonia.

«Necesitamos tener selva para contar con la lluvia necesaria para plantar cultivos», afirma Esquivel-Muelbert.

La deforestación masiva en la Amazonia también podría afectar al clima fuera de Sudamérica. Como el vapor de agua calienta el aire al condensarse en lo alto del cielo para formar gotas líquidas, una reducción importante en la lluvia provocada por la deforestación enfriaría la atmósfera sobre la región. Dicha perturbación provocaría ondas atmosféricas en el hemisferio sur, generando efectos dominó incalculables por todo el planeta.

Según un estudio modelo, por ejemplo, si la Amazonia quedara totalmente deforestada, la capa de nieve de las montañas de Sierra Nevada —una reserva de agua fundamental para California— se reduciría a la mitad. 

Eso sin tener en cuenta el efecto del CO2 y el clima.

El problema de las emisiones

«La Amazonia alberga una cantidad enorme de carbono», afirma Nobre.

En lugar de absorber CO2 del cielo, una Amazonia deforestada podría empezar a liberar los gases de efecto invernadero almacenados. Si el 60 por ciento del bosque se degradase hasta formar una sabana, Nobre afirma que esto podría liberar el equivalente a cinco o seis años de emisiones de combustibles fósiles globales.

Michael Mann, climatólogo y director del Earth System Science Center en la Universidad Estatal de Pensilvania, lo ha descrito como «otro bucle de retroalimentación agravante del clima», en el que la selva que se seca provoca una menor absorción de CO2, lo que a su vez provoca más cambio climático, secando más selva.

«Dependemos mucho del funcionamiento continuo de los sumideros de carbono fundamentales», explica. «Es solo una de las muchas cosas que convierte el cambio climático en un problema mundial».

De hecho, la deforestación, los incendios y el cambio climático ya trabajan en sinergia en la Amazonia. En los últimos años, el cambio climático ha provocado sequías que permitían que los incendios forestales fueran más grandes y duraderos. Entre 2003 y 2013, el desmonte descendió un 76 por ciento, pero el aumento de los incendios forestales, sobre todo durante la sequía de 2015, eliminó la mitad de esa mayor absorción de CO2.

Por eso Lovejoy y Nobre concluyeron que —al contrario de lo que prometió Bolsonaro en campaña— lo que necesita la Amazonia no es deforestación, sino una plantación de árboles a gran escala.

«En realidad, tiene sentido llevar a cabo reforestación activa para construir un margen de seguridad», afirma Lovejoy. «No tiene que ser bosque primigenio, pero se necesita algo con árboles y comunidades relativamente complejas».

Según Esquivel-Muelbert, Brasil debería evitar talar más, como mínimo. Cuando le preguntamos qué mensaje mandaría al presidente brasileño, dijo: «Por favor, no empeore la situación».

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com el 19 de noviembre de 2018 y se actualizó el 27 de agosto de 2019.
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