El otro lado oscuro del carbón: su ceniza puede envenenar el agua y a las personas

Los trabajadores que limpiaron el vertido de un tanque de almacenamiento de ceniza de carbón en Tennessee en 2008 todavía sufren las consecuencias, a veces mortales. Estados Unidos alberga 1.400 depósitos de ceniza.

Por Joel K. Bourne, Jr.
fotografías de Maddie Mcgarvey
Publicado 20 feb 2019, 15:33 CET
Kingston, Tennessee
Cuando se rompió un dique del tanque de ceniza de carbón de la central de Kingston, Tennessee, en diciembre de 2008, se derramó una cantidad de ceniza tóxica superior al petróleo vertido por Deepwater Horizon. La ceniza inundó casas y contaminó el río Emory.
Fotografía de Dot Griffith

El 22 de diciembre, la Autoridad del Valle de Tennessee (TVA, por sus siglas en inglés) ocupó una página del periódico de Kingston para felicitarse a sí misma y a sus contratistas por una limpieza bien hecha. Había transcurrido una década desde la rotura de un dique en la central eléctrica que la TVA operaba cerca de Kingston, Tennesse, que expulsó más de 3785 litros de ceniza de carbón tóxica al río Emory. Ese día, casi 150 de los obreros que limpiaron el vertido se reunieron en el lugar, que ahora es un parque con senderos, un embarcadero y campos de béisbol. Con vaqueros azules y botas de trabajo, conmemoraron junto a una cruz de madera hecha a mano una faceta diferente de la limpieza: los 36 compañeros que habían fallecido de tumores cerebrales, cáncer de pulmón, leucemia u otras enfermedades.

Algunos de los supervivientes caminaban con bastón. La mayoría tenía ampollas por el arsénico oculto en la piel. Casi todos llevaban inhaladores en el bolsillo. El artículo publicitario de TVA ni siquiera los mencionaba.

Más de 900 obreros limpiaron el vertido de cenizas de carbón en la central de Kingston, operada por la Autoridad del Valle de Tennessee. Más de 200 han demandado a Jacobs Engineering, el contratista de la limpieza. Doug Bledsoe es uno de ellos: hace poco, le diagnosticaron cáncer cerebral y pulmonar, poco después de que su mujer padeciera cáncer de mama.
Fotografía de Maddie Mcgarvey, National Geographic
Frankie Norris muestra las úlceras que todavía tiene y que empezaron a aparecer poco después de comenzar a trabajar en las labores de limpieza, hace una década. Tanto él como otros obreros afirman que les negaron equipo de protección, incluso máscaras antipolvo.
Fotografía de Maddie Mcgarvey, National Geographic
Angie Shelton en su casa en Decatur, Tennessee, el 22 de diciembre de 2019, en el décimo aniversario del vertido de cenizas de carbón. El marido de Shelton trabajó en las labores de limpieza y falleció de cáncer más adelante.
Fotografía de Maddie Mcgarvey, National Geographic

Más de 200 trabajadores de limpieza y sus familiares han demandado al principal contratista de TVA, Jacobs Engineering, por negarse a proporcionarles equipo de protección y por provocar su debilitamiento y, en algunos casos, enfermedades mortales. El pasado noviembre, ganaron la primera fase del juicio: un juzgado federal les dio la razón, determinando que Jacobs no les había protegido y que la exposición a cenizas de carbón podría haber sido la causa de sus enfermedades.

Aunque el mundo está más centrado en las emisiones de dióxido de carbono del carbón, que son uno de los principales impulsores del cambio climático, el vertido de Kingston y sus consecuencias ponen de relevancia un problema mucho más inmediato: qué hacer con los millones de toneladas de cenizas de carbón acumuladas en 1.400 vertederos sin revestimiento y tanques de almacenamiento por todo Estados Unidos. La mayor parte de dichos depósitos se encuentran cerca de lagos o ríos, o sobre acuíferos de agua dulce que suministran agua potable a las comunidades cercanas.

Los 4,1 millones de metros cúbicos de lodo que atravesaron un dique de tierra de 17 metros en Kingston fueron el mayor vertido industrial en la historia del país, casi decuplicando el tamaño del vertido de petróleo de Deepwater Horizon dos años más tarde en el golfo de México. La ola de ceniza húmeda arrasó unas 121 hectáreas en los alrededores de la central y decenas de casas de la pequeña comunidad de Swan Pond, antes de convertir varios kilómetros de los ríos Emory, Clinch y Tennessee y partes del embalse de Watts Bar en una grumosa sopa gris.

La central de Kingston de la TVA, construida en 1955, fue la central eléctrica de carbón más grande del mundo durante más de una década y todavía quema 14.000 toneladas de carbón pulverizado a diario. Aproximadamente el 10 por ciento del carbón, la parte no combustible, se convierte en cenizas de carbón que se acumulan en los filtros de las chimeneas, y en escoria y cenizas más gruesas que expulsan las calderas de la central. La ceniza es una mezcla de arcillas, cuarzo y otros minerales, que el calor del fuego convierte en diminutas cuentas vidriosas.

También concentra decenas de metales pesados presentes de forma natural, entre ellos agentes cancerígenos y toxinas como arsénico, cadmio, plomo, vanadio y cromo, así como radón y uranio radiactivos. Estos metales son los mayores riesgos sanitarios de las cenizas de carbón. Aunque no se produjera un vertido catastrófico, pueden filtrarse y contaminar el agua subterránea. Fijadas a las finas partículas de ceniza, pueden viajar por el aire y adherirse a la piel y las fosas nasales.

Algunas partículas de cenizas de carbón son tan finas —de menos de 2,5 micrones de diámetro, una treintava parte de la anchura de un pelo humano— que pueden introducirse en los pulmones y convertirse en un riesgo sanitario, incluso sin elementos tóxicos. Las PM 2.5, el nombre de estas partículas, también se encuentran en el esmog, el humo y los gases del tubo de escape de los vehículos y son una causa conocida de diversas enfermedades respiratorias y cardiovasculares y una importante causa de mortalidad global.

«La TVA ha impuesto a mi marido una sentencia de muerte», afirma Janie Clark, cuyo marido Ansol Clark construyó la cruz conmemorativa del pasado diciembre. «Le dieron una enfermedad sanguínea incurable y le destrozaron el corazón. Las cenizas de carbón son un secreto oscuro y sucio que ha permanecido [oculto] demasiado tiempo en este estado y en este país. Debe sacarse a la luz».

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    Los supervivientes se reunieron para conmemorar a sus 36 compañeros, que fallecieron de cáncer y otras enfermedades. Los trabajadores de limpieza estaban expuestos crónicamente a partículas finas aerotransportadas de cenizas de carbón llenas de metales pesados tóxicos.
    Fotografía de Maddie Mcgarvey, National Geographic
    Una cruz de madera en el lugar del vertido de Kingston conmemora a los trabajadores de limpieza que enfermaron y fallecieron.
    Fotografía de Maddie Mcgarvey, National Geographic

    ¿Tan seguras como la arena?

    Las centrales sostienen que las cenizas de carbón son tan seguras como la arena (que es principalmente óxido de silicio y es mucho más gruesa que la ceniza) y que sus concentraciones de toxinas no son mucho mayores que los niveles basales en el suelo.

    «En el jardín, podrías tener entre 20 y 50 partes por millón (ppm) de arsénico, según dónde vivas», afirma John Kammeyer, el vicepresidente de proyectos civiles de la TVA que estaba a cargo de las labores de ingeniería de la limpieza. «No te comes la tierra del jardín porque contiene arsénico. Los estándares del agua potable son unas 10 ppm. En las cenizas de carbón de Kingston son de unos 70 ppm, pero no hay pruebas de que se filtraran al agua potable. El laboratorio nacional de Oak Ridge, la EPA y Vanderbilt analizaron aves y peces para comprobar si existía algún tipo de impacto. Concluyeron que no habíamos causado daños».

    Los supervivientes que se reunieron en el décimo aniversario del vertido colocaron flores en la cruz.
    Fotografía de Maddie Mcgarvey, National Geographic
    Sesenta y tres años después de su apertura, diez años después del vertido desastroso, la central de Kingston todavía quema 14.000 toneladas de carbón al día y produce unas 1.400 toneladas de cenizas de carbón.
    Fotografía de Maddie Mcgarvey, National Geographic

    Sin embargo, los trabajadores de limpieza de Kingston estuvieron muy expuestos a la ceniza aerotransportada. Más de 900 personas trabajaron en el lugar entre 2008 y 2015, operando enormes bombas de dragado, excavadoras, buldóceres y otro instrumental para retirar la ceniza del río, secarla en hileras y enviarla en vagones a un vertedero revestido cerca de Uniontown, Alabama.

    Ansol Clark, camionero profesional de 57 años, fue uno de los primeros en llegar al lugar el 22 de diciembre de 2008. Acababa de obtener un certificado de buena salud en un chequeo físico del Departamento de Transporte. Durante los cinco años siguientes, trabajó como conductor de un camión de combustible, con jornadas de hasta 15 horas, normalmente siete días a la semana, para mantener en movimiento la enorme maquinaria.

    Dos años después, empezó a padecer problemas respiratorios, congestión y tos. Después, empezó a sufrir mareos. Un día, se levantó para ir a trabajar y se desmayó sobre el suelo de su habitación.

    Los médicos le diagnosticaron arritmia y le dijeron que su corazón no recibía suficiente oxígeno. Le recetaron medicación y volvió a trabajar. A continuación, empezó a sufrir más desmayos. Finalmente, le diagnosticaron insuficiencia cardíaca congestiva. Unos meses después de que lo obligaran a dimitir, sufrió un accidente cerebrovascular. Se recuperó, pero desde entonces le han diagnosticado policitemia vera, un tipo de cáncer de sangre raro. Sus médicos dicen que es probable que la causa fuera la radiación de las cenizas.

    «Cuando Jacobs se hizo cargo [de la limpieza] a los tres meses, empezaron a decirnos que todo era seguro», cuenta Clark, que ahora tiene 67 años. «Y trabajamos rodeados de un halo de polvo azul durante meses. Cuando empezamos a apilarlo y soplaba el viento, decían que era polen. Tomad una pastilla para la alergia y estaréis perfectamente en una semana. Nos decían que podíamos tragarnos un kilo al día y que no nos haría daño».

    Ansol Clark, camionero profesional de 57 años, fue uno de los primeros en llegar al lugar del vertido el 22 de diciembre de 2008. Sufre insuficiencia cardíaca congestiva y un tipo de cáncer de sangre raro que podría haber sido provocado por la radiación de la ceniza, que contiene uranio y radón.
    Fotografía de Maddie Mcgarvey, National Geographic

    Varios compañeros de Clark vivieron experiencias similares. Frankie Norris, de Albany, Kentucky, tenía 47 años cuando empezó a conducir buldóceres, excavadoras y camiones de combustible en el lugar. Tras seis meses, empezó a tener problemas al ir al baño. Se le disparaba la tensión y le salían úlceras ardientes en la piel. Cuatro años después, lo despidieron por su enfermedad. En 2016, sufrió una perforación del colon y estuvo ingresado en la UCI 19 días, al borde de la muerte.

    «¿Había mucho polvo? Claro que sí», afirma Norris. «Cada vez que los frenos neumáticos se activaban, me soplaban polvo a la cara. Estaba rodeado de polvo, constantemente, 10 o 12 horas diarias. Fui a pedir máscaras antipolvo con otros compañeros. Nos dijeron que no había. El encargado de seguridad nos dijo que nos despedirían si las volvíamos a pedir».

    Norris afirma que pensó en dimitir, pero tenía una mujer y tres hijos a los que mantener. Estaban en plena recesión y se pagaban más de 20 dólares la hora por los trabajos de limpieza. Los hombres hacían cola para solicitarlos.

    «Necesitaba el trabajo», cuenta Norris. «Quería que mis hijos fueran a la universidad. Pero no me esperaba que la TVA fuera a matarnos».

    Tommy Johnson, con su mujer Betty en su casa de Knoxville, fue otro de los primeros en empezar a trabajar en el lugar. Sufre tos crónica y dificultades respiratorias.
    Fotografía de Maddie Mcgarvey, National Geographic

    En primera línea, pero olvidados

    La TVA, que es una agencia federal, no está implicada en la demanda de los trabajadores contra Jacobs Engineering, aunque podría estar en el punto de mira por las costas de su contratista, según su informe anual de 2018. En el juicio, testificaron varios epidemiólogos que confirmaron las consecuencias de los componentes de las cenizas de carbón en la salud. Según Barry Levy de la Universidad Tufts, uno de los principales expertos en salud medioambiental, solo seis de las toxinas en las cenizas de carbón de Kingston —partículas en suspensión, arsénico, cadmio, cromo, plomo vanadio y materiales radiactivos naturales— podrían provocar muchas de las afecciones de los trabajadores.

    «Estas sustancias peligrosas son una causa conocida de diversos efectos perjudiciales para la salud en humanos, entre ellos cáncer, enfermedades respiratorias, enfermedades neurológicas y otras afecciones», escribió Levy en su informe.

    Por ejemplo, se ha demostrado que solo el arsénico puede provocar cáncer de pulmón, de vejiga y de piel, entre otras enfermedades sufridas por los trabajadores de limpieza. La combinación de toxinas podría ser más peligrosa que la exposición a una sola, según Levy. Hay más de 20 toxinas en las cenizas de carbón de Kingston.

    Los documentos judiciales demuestran que la TVA y Jacobs pidieron a la EPA reducir los estándares sanitarios; un vídeo grabado de forma oculta por los trabajadores muestra a los representantes de la empresa alterando los monitores personales de calidad del aire y el equipo de pruebas. Todas estas pruebas sugieren que la TVA y Jacobs actuaban de forma concertada para restar importancia a los peligros de las cenizas de carbón, según Jamie Satterfield, periodista de investigación para el Knoxville News-Sentinel que cubrió la historia durante años. El motivo, según ella, era asegurar al público que las cenizas de carbón no suponían una amenaza.

    «Eran relaciones públicas», afirma Satterfield. «El público estaba cabreadísimo. Había muchísimas sesiones públicas, donde los padres preguntaban si sus hijos corrían peligro. La TVA mandó una orden clara a Jacobs: primero, nada de cenizas de carbón en ningún camión o equipo que abandone el lugar; así que construyeron un lavadero de coches de un millón de dólares; y segundo, nadie con respiradores ni trajes de protección. El director de Jacobs dijo a los trabajadores que no llevaran máscaras antipolvo.

    El centro de Kingston el 22 de diciembre de 2018.
    Fotografía de Maddie Mcgarvey, National Geographic
    En su casa de Powell, Tennessee, Doug Bledsoe, que padece cáncer pulmonar y cerebral, sostiene una bolsa con su medicación.
    Fotografía de Maddie Mcgarvey, National Geographic

    «Son gente decente y trabajadora, son obreros», afirma Satterfield, que ha entrevistado a cientos de trabajadores de limpieza. «No sabían nada sobre los peligros. Tras el vertido, todos acudieron, senadores, grupos medioambientales, preocupados por el impacto en la comunidad, caminando junto a estos trabajadores que solo llevaban camisetas y ningún tipo de equipo de protección y trabajaban entre cenizas de carbón día sí, día también. Nadie les prestó atención».

    Ni las autoridades de la TVA ni Jacobs Engineering pudieron hacer comentarios sobre el proceso judicial en curso, aunque en los juzgados, Jacobs negó haber cometido irregularidades. Kammeyer, de la TVA, también negó la existencia de acciones concertadas para restar importancia a los riesgos de las cenizas de carbón. «No sé de ninguna campaña [de relaciones públicas]», afirma. «Mis ingenieros colocaron cámaras para supervisarlo y garantizar que cumpliéramos los estándares de calidad del aire y mantuviéramos una baja concentración de polvo. Así que sé que hacíamos lo correcto».

    La TVA se ha negado a publicar vídeos del lugar de trabajo, aunque los activistas medioambientales locales grabaron vídeos de al menos una tormenta de polvo en el lugar en 2009. El inspector general independiente de la TVA, Richard Moore, criticó a la agencia por evitar la transparencia y la responsabilidad como parte de su estrategia legal tras el vertido. Además, en un informe de 111 páginas sobre la causa del vertido publicado en 2009, Moore arremetió contra la agencia por «prácticas irresponsables con las cenizas de carbón» que provocaron numerosas filtraciones en sus tanques de ceniza que se remontan al año 1980.

    Brian Thacker en su casa en Clinton, Tennessee. Thacker contrajo varias afecciones tras trabajar en la limpieza de Kingston. Dice que lo despidieron por pedir una máscara antipolvo.
    Fotografía de Maddie Mcgarvey, National Geographic

    Un problema nacional

    La TVA no es la única con este problema de cenizas. En febrero de 2014, un desagüe de un tanque de cenizas de 50 años propiedad de Duke Energy se derrumbó cerca de Eden, Carolina del Norte, descargando 39.000 toneladas de ceniza y 122.744 litros de agua contaminada en el río Dan. Solo se recuperó una fracción de las cenizas y se detectaron contaminantes hasta 112 kilómetros río abajo. El año pasado, el huracán Florence inundó otros dos tanques de ceniza de Duke en el este de Carolina del Norte, lo que provocó pequeñas filtraciones.

    Dichos desastres son, por suerte, inusuales, pero los investigadores afirman que la ubicuidad de las cenizas de carbón por todo el país supone un problema aún mayor. Aunque está disminuyendo su cuota en la mezcla de combustibles, el carbón todavía genera un 30 por ciento de la electricidad de los Estados Unidos, lo que crea más de 100 millones de toneladas de cenizas cada año, el mayor flujo industrial de residuos sólidos del país. Hay más de mil vertederos y tanques de cenizas de carbón activos en los Estados Unidos, y cientos de vertederos de ceniza clausurados. La mayoría son meros agujeros en el suelo sin revestir.

    Según la American Coal Ash Association (ACAA), se recicla aproximadamente el 60 por ciento de las cenizas de carbón, lo que genera casi 23.000 millones de dólares en beneficios anuales para las eléctricas. La mayor parte se dedica a la fabricación de hormigón y cemento, pero la ceniza también se ha usado en firmes de carretera, rellenos bajo urbanizaciones y pistas de golf, e incluso para controlar nieve o como fertilizante de tierras agrícolas.

    Jeff Brewer frente a la central de Kingston en el décimo aniversario del vertido. Como muchos trabajadores de limpieza, padece graves afecciones que comenzaron cuando trabajaba con cenizas de carbón a diario. «Nos dijeron que no nos haría daño», cuenta.
    Fotografía de Maddie Mcgarvey, National Geographic

    Tras el vertido de Kingston, los grupos medioambientales presionaron para que se regularan las cenizas de carbón como residuos peligrosos. Pero las centrales y la ACAA presionaron en contra de esta medida, sosteniendo que secaría el mercado de reciclaje de cenizas y solo generaría más cenizas de carbón. Por su parte, la EPA aprobó su primera normativa de almacenamiento de cenizas de carbón, que exige revestir todos los vertederos de cenizas de carbón (aunque permite usar los vertederos sin revestir ya existentes) y que las empresas analicen el agua subterránea en torno a los tanques de almacenamiento de cenizas.

    El pasado marzo se publicaron los datos industriales: revelaron que el agua subterránea estaba contaminada en el 95 por ciento de los lugares analizados. Se exige a las centrales que vuelvan a analizarlas, limpien la contaminación o clausuren estos lugares si esta persiste. Ahora, el gobierno de Trump intenta revertir dicha normativa por considerarla demasiado gravosa y permitir que los estados pongan fin a los análisis del agua subterránea, entre otros requisitos.

    «No se trata de una única toxina», afirma Avner Vengosh, geoquímico de la Universidad de Duke que ha estudiado los vertidos de Kingston y Dan. «Es un cóctel de arsénico, cobre, plomo, selenio, talio, antimonio y otros metales concentrados a niveles más altos que en su estado natural. La gente cree que las cenizas de carbón no supondrán un problema porque las centrales eléctricas están pasándose al gas natural, que es más limpio. Pero el legado de la producción y eliminación de cenizas de carbón permanecerá con nosotros durante años. Estos contaminantes no se biodegradan».

    Para Jeff Brewer, de 44 años, de New Market, Tennessee, sus compañeros y él eran poco más prescindibles que unas cobayas. Empezó a trabajar en la limpieza de Kingston siendo un hombre sano en la treintena y, cuatro años después, tenía que tomar dos pastillas para la tensión y un inhalador de esteroides, y tenían que ponerle una inyección de testosterona cada dos semanas. Le han diagnosticado insuficiencia hepática y enfermedad pulmonar obstructiva. Cada pocos minutos, lo sacude una tos áspera.

    «Es como si te absorbiera la vida», afirma Brewer. «Si supiera lo que sé hoy, habría recogido latas en la cuneta. Pero tenía mujer y tres hijas y necesitaba mantenerlas. Y nos dijeron que no nos haría daño. Podías comerte un kilo al día».

    Aunque la exposición de los trabajadores de Kingston fue extrema, fueron los canarios en la mina de cenizas de carbón. Hasta que se limpien todos los tanques y vertederos de cenizas —y dejemos de quemar carbón—, el riesgo para los suministros de agua potable de Estados Unidos seguirá siendo una realidad. La siguiente fase del juicio de Kingston, en la que cada trabajador intentará demostrar que sus enfermedades fueron el producto de la exposición a las cenizas de carbón, comenzará este año.

    Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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