Más allá de las bombas nucleares: otras ideas científicas para detener huracanes

Hay ideas todavía más raras para detener un ciclón tropical que utilizar bombas nucleares, como ha sugerido el presidente Trump.miércoles, 28 de agosto de 2019

Una extravagante idea de hace 60 años para combatir los huracanes empleando armas nucleares ha resurgido esta semana cuando Axios informó de que el presidente Trump había planteado la posibilidad a sus asesores de seguridad nacional. Posteriormente, Trump desmintió la noticia. Independientemente de su veracidad, no habría sido el primero en proponer este u otro plan alocado para frenar los ciclones.

Según Phil Klotzbach, experto en tormentas tropicales de la Universidad del Estado de Colorado, hoy en día, la modificación de huracanes se halla en la periferia científica, pero en los 60 y los 70 era un área de investigación dinámica. Durante décadas, el gobierno estadounidense llevó a cabo un programa experimental que tenía el objetivo de debilitar los ciclones rociándolos con partículas de yoduro de plata. Finalmente, el proyecto se consideró demasiado defectuoso y se descartó.

Otras ideas, como el uso de bombas de agua fría para reducir la fuerza de un huracán o absorber su humedad con una sustancia gelatinosa, parecen aún más descabelladas.

Huracanes 101

El Proyecto STORMFURY

Es posible que el intento más famoso de detener huracanes fuera el Proyecto STORMFURY, un programa dirigido por el gobierno estadounidense entre 1962 y 1983.

En 1949, el científico atmosférico Bernard Vonnegut demostró que podía utilizarse yoduro de plata para potenciar la formación de cristales de hielo a partir de agua sobrefusionada —agua por debajo del punto de congelación— en el interior de las nubes. Los científicos del gobierno pensaban que, si vaporizaban partículas de yoduro de plata en los huracanes, podrían inducir la formación de tormentas eléctricas fuera de la pared del ojo ciclónico. Conforme a su hipótesis, esto haría que la pared del ojo se expandiera hacia fuera, disminuyendo las velocidades máximas del viento.

El Proyecto STORMFURY llevó a cabo una amplia gama de experimentos, entre ellos sembrar cuatro huracanes en ocho días distintos. En cuatro de dichos días, los vientos huracanados parecían debilitarse hasta un 30 por ciento tras la aplicación del yoduro de plata. Sin embargo, estos resultados se cuestionaron más adelante cuando los científicos descubrieron que algunos huracanes atravesaban un proceso natural de «remplazo de la pared del ojo»; es decir, que los frentes lluviosos exteriores forman un anillo de tormentas eléctricas que migran hacia el interior, se debilitan y remplazan la pared del ojo. En última instancia, los investigadores concluyeron que era este proceso el que provocaba el debilitamiento del huracán observado en sus experimentos, no el yoduro de plata.

«El diseño experimental [de STORMFURY] buscaba huracanes de categoría 4 o 5 con ojos pequeños», afirma Hugh Willoughby, profesor de la Universidad Internacional de Florida y exdirector de la División de Investigación de Huracanes de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA, por sus siglas en inglés). «Y son precisamente los huracanes con más probabilidades de hacer esto».

Hollín y pringue

En el apogeo del Proyecto STORMFURY, otros científicos pensaron formas diferentes de atacar ciclones desde el aire, como emplear partículas diminutas de carbono negro, también denominado carbón vegetal, para disminuir sus vientos.

El carbono negro es un potente agente calentador que absorbe la energía del sol y la libera a la atmósfera. William Gray, meteorólogo de tormentas tropicales, razonó que, si utilizaban un avión a reacción para vaporizar columnas de este material en la atmósfera baja, podría incrementarse la temperatura sobre el océano, favorecer la evaporación de agua y fomentar la formación de la tormenta eléctrica. De forma similar a STORMFURY, Gray propuso la hipótesis de que, si dichas tormentas eléctricas se formaban en el lugar preciso, podrían debilitar la pared del ojo de un ciclón.

Otra idea era que, en lugar de acelerar la formación de nubes, quizá podrían secar las nubes huracanadas. En 2001, el emprendedor Peter Cordani fue noticia tras rociar Dyn-O-Gel —un polvo muy absorbente que se convierte en un pringue viscoso al entrar en contacto con el agua— dentro de una nube y, supuestamente, hacer que desapareciera en un radar. Cordani esperaba que la sustancia, que su empresa fabricaba para pañales, pudiera utilizarse algún día para secar huracanes.

Pero según Willoughby, la División de Investigación de Huracanes nunca pudo determinar la solidez de la física que servía de base para la idea de Cordani. Aunque lo fuera, para afectar a un huracán es probable que se necesitasen decenas de miles de toneladas de Dyn-O-Gel. Lo mismo se aplica en el caso del carbono negro; quizá por eso la idea nunca se probó en un ciclón.

Enfriamiento del océano

Si no podemos combatir los huracanes desde el aire, ¿podremos desde el mar? Como los ciclones obtienen su energía del calor del océano, muchos científicos e inventores (entre ellos Bill Gates) han propuesto enfriar la superficie del agua del mar para debilitarlos.

En 2011, un equipo de científicos calculó qué haría falta para desplegar una serie de «bombas mareomotrices de corriente ascendente» —bombas que emplean el movimiento vertical de las olas para expulsar el agua fría de las profundidades a la superficie por un tubo largo— en Miami. Descubrieron que un sistema capaz de reducir la temperatura marina en superficie entre 1 y 1,5 grados Celsius costaría entre 900 millones y 1500 millones de dólares anuales. Según los modelos de los investigadores, si las colocaran en el lugar adecuado, las bombas podrían debilitar un huracán intenso considerablemente antes de que tocara tierra.

«En principio, eso funcionaría», afirma Kerry Emmanuel, autor del estudio y profesor de meteorología en el MIT. El problema, según él, es la parte económica. «Es más rentable enviar a la gente madera contrachapada para tapiar sus casas», afirma.

Una idea mucho más dudosa sobre la que se pregunta mucho a la División de Investigación de Huracanes es remolcar icebergs desde los polos del planeta a aguas tropicales. Aparte del hecho de que se necesitarían cientos de miles de icebergs para hacer mella en el calor marino, este plan tiene un problema logístico más básico.

«El iceberg se derretiría mucho antes de llegar a los trópicos», explica Klotzbach.

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Defectos fatales

Tras más de 50 años de debate y experimentación, aún no está claro si algún día seremos capaces eliminar o siquiera debilitar un huracán. Según Klotzbach, todos los planes tienen dos inconvenientes importantes: la imprevisibilidad y la intensidad de los huracanes.

«Los huracanes son enormes», afirma Klotzbach, que añade que en un solo día, un ciclón tropical «típico» puede liberar más energía que todos los países de la Tierra juntos. Dicho de otro modo, el calor liberado por un huracán es comparable a la explosión de una bomba nuclear de 10 megatones cada 20 minutos. Aunque diseñáramos un método de disipación que igualara la intensidad de dicha tormenta, aún quedaría la tarea nada trivial de saber exactamente dónde estará el huracán con días de antelación para movilizar nuestras defensas.

Finalmente, combatir huracanes podría tener consecuencias medioambientales considerables. Alterar la mezcla natural del océano a gran escala podría tener efectos importantes en la fauna y flora marinas. Rociar millones de kilogramos de partículas de hollín en la atmósfera generaría un peligro grave para la salud pública.

Según Emanuel, disparar una bomba nuclear a un huracán no haría gran cosa para reducirlo. Pero, desde una perspectiva medioambiental, el resultado sería terrorífico. «Creo que la consecuencia más probable es que se produzca un huracán radiactivo», afirma.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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