¿Cuánto contaminan las luces de Navidad?

Madrid, Vigo y Palma de Mallorca son las ciudades de España que más gastan en alumbrado navideño. Su fuerte huella de carbono va acompañada de una alta contaminación lumínica. Ahondamos en lo que implica llenar las calles de luces para la sostenibilidad.

Publicado 19 nov 2021 13:42 CET, Actualizado 3 dic 2021 14:07 CET
Un árbol de Navidad frente a la iglesia de san Pedro

Un árbol de Navidad frente a la iglesia de san Pedro en Riga, Letonia.

Fotografía de Ikars Kublins, Alamy Stock Photo

Apenas terminada la Cumbre del Clima que pretende luchar, cada año más al límite, contra la crisis climática, las calles de nuestros pueblos y ciudades comienzan a encender las luces que auguran la llegada de la época navideña. Adelantándose cada vez más en el calendario, el alumbrado baila al son de la antigua Roma, que durante las fiestas del solsticio de invierno iluminaba las calles con antorchas. Más tarde, en cuanto a guirnaldas se refiere, el fuego dio paso a las bombillas y los antiguos tungstenos se han transformado finalmente en las luces LED que copan nuestras noches navideñas hoy en día.

En la carrera por el bajo consumo, esta tecnología ha ido expandiéndose a una velocidad vertiginosa al no desperdiciar su energía en forma de calor. Sin embargo, en la relación entre las luces navideñas y la contaminación que generan hay unas cuantas aristas más. El astrofísico y experto en contaminación lumínica, Alejandro Sánchez de Miguel, las sintetiza en tres: además del desperdicio energético; la emisión de CO2 en la producción de electricidad y en la fabricación de las luces; así como la contaminación lumínica.

"La razón principal para su uso es la estimulación de la segregación de hormonas de la felicidad para favorecer las compras navideñas", explica Sánchez de Miguel. "Es en definitiva un ejercicio de márketing".

Los LED: ¿Menor huella de carbono?

Las luces LED actuales, aunque tienen un consumo muy inferior al de las tradicionales, tiene otros muchos contras. "En su fabricación se emiten muchas toneladas de CO2, se extraen tierras raras que son muy contaminantes y su minería es uno de los fenómenos más destructivos del planeta", explica Sánchez de Miguel.

Que sean más o menos sostenibles que las luces tradicionales depende, en primer lugar, de que "su ahorro energético sea mayor que el que las que había antes, que ese ahorro energético sea suficiente para compensar el impacto ambiental de su fabricación", y por último, "que sus emisiones luminosas sean menores que las que había tradicionalmente".

La contaminación lumínica "tiene muchos impactos, las luces de navidad son tan solo un incremento estacional de la misma", explica. "Atraen insectos a las ciudades y pueblos", que a su vez pueden atraer algunos animales a la ciudad, "como murciélagos o incluso plagas vegetales". Según el experto, si mantenemos las luces hasta tarde, pueden también interferir en nuestro descanso.

"En el  mundo, apenas se realizan medidas para el control real de la contaminación lumínica o de las emisiones de CO2 reales. Como mucho, se ve cuál es el gasto energético en el mejor de los casos, cuando en una gran parte de los casos, la mayor cantidad de emisiones se realiza en el transporte o en la fabricación".

El efecto rebote: menor coste, mayor luz

La famosa eficiencia energética de las luces LED también podría estar en el punto de mira a causa del llamado efecto rebote, según un estudio publicado en la revista Ciencias de la energía y el medio ambiente: "Es posible que las mejoras en la eficiencia luminosa de las lámparas de exterior no generen ahorros de energía o reducciones en las emisiones de gases de efecto invernadero", explica el estudio. "Cuando la luz se vuelve más barata, muchos usuarios aumentarán la iluminación y algunas áreas que antes no estaban iluminadas pueden alumbrarse".

Un estudio publicado en Science Advance afirmó que la contaminación lumínica crece un 2,2 por ciento al año, apoyando la teoría del efecto rebote. Según indican, el objetivo de la "revolución de la iluminación", la disminución del consumo de energía, "podría verse socavado por un efecto rebote de un mayor uso en respuesta a la reducción del costo de la luz".

Además, la Navidad se extiende cada vez más en el calendario: las luces se encienden una media de 200 horas durante 35 días, desde el 1 de diciembre hasta el 6 de enero en la mayoría de los casos, según datos de la Fundación Adeces. Sin embargo, el encendido en muchas ciudades y municipios se adelanta mucho más, como Madrid, que ya viste sus alumbrados en muchas de sus calles a la espera de su encendido oficial, o Vigo, que cada año hace del alumbrado sus luces de Navidad un evento nacional y su alcalde se jacta de batir records mundiales con ellas.

Variabilidad de las fuentes de energía

La electricidad no es una energía limpia, sino que aún procede, dependiendo del día y la hora, de combustibles fósiles. El El Instituto para la Diversificación y Ahorro de Energía (IDAE) cifra en 340 gramos de CO2 cada kilowatio por hora de luces LED. Sin embargo, obtener las cifras de gasto y, por tanto, de contaminación, no es una tarea sencilla. No hay estudios que indiquen el aumento en el uso de la electricidad que traen consigo estas fechas, ni de la contaminación que supone según el día y la hora, ya que las fuentes de producción de energía son muy variables.

Según publica Newtral, las ciudades españolas gastan más de 17 millones en luces de Navidad, con Madrid a la cabeza. "La falta de medidas de contaminación lumínica es ilegal, ya que en algunos países, como España, las administraciones están obligadas a reducir la contaminación lumínica", explica Sánchez. Sin embargo, "dado que la ley actual es tan vaga, aunque la lógica indica que no se puede reducir una contaminación sin medirla, la ley no indica hacer esa medición".

Lo mismo ocurre con el impacto ambiental. "Es obligatorio [medir las cifras] siempre que una instalación pueda afectar a una zona protegida y, dado que la contaminación lumínica tiene un alcance de hasta 400 kilómetros, todas las zonas protegidas se ven afectadas en menor o mayor medida".

Del naranja al blanco

Además de esos impactos, la tecnología LED ha traído consigo un blanqueamiento de las luces nocturnas de las ciudades españolas. Aunque pueden generar cualquier color, en nuestro país se ha instaurado el blanco por encima de las antiguas bombillas anaranjadas.

"La luz blanca esta compuesta de todos los colores del arco iris. Si nos centramos por ejemplo en la luz azul, la verde y la roja, donde el ser humano tiene una máxima sensibilidad, la luz azul es la que más se dispersa en la atmosfera y en nuestro ojo", explica Sánchez de Miguel.

Por este motivo, la luz fría contamina más, nos deslumbra más y no es especialmente útil para la visión. Además, según el experto, es el tipo de luz que más afecta a casi todas las especies y a la regulación hormonal de los humanos, debido a que las ondas de color de la luz fría son más cortas y varían más rápido que en el caso del naranja. Esto provoca que al dispersarse "choquen" con las superficies que encuentran en su camino en mayor medida y, por tanto, que la sensación de resplandor sea mayor.

En su caso, la luz roja apenas afecta a unas pocas especies, pero tampoco es muy eficiente para la visión. "Por tanto, históricamente, la luz anaranjada ha sido el mejor compromiso entre el confort visual y la eficiencia", afirma el astrofísico, motivo por el cual los diseños de iluminación agradables eligen colores muy cálidos. "Son los históricos, ya que durante millones de años nos hemos iluminado con fuego". En este cóctel de condicionantes, todo lleva a un denominador común: un mayor nivel de contaminación lumínica en las ciudades.

Hacia otra Navidad

A día de hoy, existen ya alternativas que nos acerquen a una luz navideña con menor impacto medioambiental. "En algunos lugares como por ejemplo el centro de Londres han optado por en vez de recurrir a la iluminación masiva, por la decoración física que sirve también por el día. Por lo que no solo es menos contamínate lumínicamente, sino además desde el punto de vista del marketing".

Otro ejemplo podría ser la ciudad de Manchester, que ha diseñado una decoración navideña biodegradable y con materiales reciclados. "El secreto de contaminar menos es, simplemente controlar lo que haces y medirlo. Por desgracia, la contaminación lumínica es un área muy interdisciplinar y nueva, lo que hace muy difícil conseguir fondos para general las herramientas para que pueda ser controlada de manera eficaz".

Aún son una gran mayoría las ciudades que ni siquiera han comenzado a subirse al carro de la Navidad sostenible. "La Navidad es una fiesta astronómica y familiar,  a la cual poco a poco vamos extrayendo todo su significado y vamos convirtiendo en un mero espectáculo consumista. Reconocer su impacto ambiental es simplemente mala prensa, que es exactamente lo que pretenden evitar", concluye Sánchez.

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