Una sequía histórica se cierne sobre 20 millones de personas en el Cuerno de África

El fenómeno climático conocido como La Niña está frenando la llegada de lluvias por cuarta temporada consecutiva, poniendo a África Oriental al "borde de la catástrofe".

Publicado 15 mar 2022 12:36 CET
Unas cabras débiles de salud son transportadas en un carro tirado por burros mientras una familia ...

Unas cabras débiles de salud son transportadas en un carro tirado por burros mientras una familia de Kenia sale de su casa en busca de agua. Una prolongada sequía en el norte del país ha creado escasez de alimentos y agua, llevando a las comunidades de pastores y a su ganado al borde del abismo.

Fotografía de Ed Ram, Getty Images

Hasta 20 millones de personas de cuatro países africanos se enfrentan a dificultades extremas y a la escasez de alimentos debido a una sequía, excepcionalmente larga y grave, que asola el Cuerno de África Oriental. Ya son tres temporadas de lluvias consecutivas que no se han materializado. Ahora, los científicos y los organismos de ayuda temen que la próxima previsión (que debería dejar lluvias en Yibuti, Etiopía, Kenia y Somalia este mes) siga el mismo camino.

Si eso ocurre, será la sequía más larga que haya experimentado la región en cuatro décadas, ya que el cambio climático está trayendo consigo una sucesión de fenómenos meteorológicos extremos a una parte del mundo que se encuentra mal equipada para soportarlos.

"Definitivamente, ahora estamos al borde de la catástrofe", ha dicho Rein Paulsen, director de emergencias y resiliencia de la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO), el mes pasado. "El tiempo se está acabando".

Michael Dunford, Director Regional de la oficina de África Oriental del Programa Mundial de Alimentos (PMA) de la ONU, añadió: "Las cosechas están arruinadas, el ganado está muriendo y el hambre está creciendo".

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Bulley Hassanow Alliyow da agua a su hijo en el campamento Tawkal 2 Dinsoor para desplazados internos en Baidoa, Somalia, el 14 de febrero. Desesperados, hambrientos y sedientos, cada vez más personas acuden a Baidoa desde las zonas rurales del sur de Somalia.

Fotografía de Yasuyoski Chiba, AFP, Getty Images

La esperanza reside ahora en las lluvias estacionales de las próximas semanas. Y, por desgracia, las previsiones no son muy halagüeñas. Tal vez, no resulte sorprendente que el cambio climático sea el principal responsable. Como parte de la Red de Sistemas de Alerta Temprana contra la Hambruna (FEWS NET), Chris Funk y sus colegas del Centro de Riesgos Climáticos de la Universidad de California en Santa Bárbara (Estados Unidos) utilizan modelos climáticos para generar mapas de estimaciones de precipitaciones en todo el mundo. Han descubierto que la raíz de las recientes sequías del Cuerno de África se encuentra muy al este, en las aguas cálidas (y en calentamiento) del océano Pacífico Occidental, y en el fenómeno climático conocido como La Niña.

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Vista aérea de los campamentos de Baidoa. La falta de lluvias hace temer una tragedia similar a la hambruna de 2011, que mató a 260.000 personas en Somalia.

Fotografía de Yasuyoshi Chiba, AFP, Getty Images

Aguas más cálidas, menos humedad

Los efectos de La Niña y de su hermano El Niño (conocidos conjuntamente como El Niño Oscilación del Sur (ENSO) están bien establecidos en los países de la cuenca del Pacífico. En Estados Unidos, por ejemplo, La Niña suele provocar inviernos más secos en el sur y el suroeste e inviernos más fríos en el norte, mientras que El Niño induce inviernos más cálidos en el norte y condiciones más frías y húmedas en el sur. Pero su alcance se extiende por gran parte del globo, incluida África.

Cuando la superficie del mar es más cálida en el Pacífico occidental (como ocurre en las condiciones de La Niña) el aire sobre Indonesia se calienta, se eleva y viaja hacia el oeste hasta el este de África. Allí choca con el aire que viaja en dirección contraria desde el Atlántico, y se hunde. Esto crea condiciones cálidas y secas que también actúan como una barrera para la humedad entrante desde el Océano Índico (este gráfico de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos ilustra el proceso).

La conexión no siempre ha sido tan clara; entre 1950 y 1997, sólo el 28% de los episodios de La Niña fueron seguidos de escasas lluvias en el Cuerno de África oriental. Sin embargo, explica Funk, "tras El Niño de 1997-98, las temperaturas en el Pacífico occidental aumentaron y se han mantenido altas en relación con el medio siglo anterior".

Desde entonces, señala, aproximadamente el 80% de los episodios de La Niña van seguidos de una escasa temporada de lluvias. Y, por si fuera poco, a medida que el Pacífico occidental se calienta, La Niña también se produce ahora con más frecuencia: se registraron 12 entre 1954 y 1998 y otras 12 desde entonces, incluyendo los dos últimos años.

Desgraciadamente, continúa Funk, hay pocos indicios de que vaya a haber una tregua. "Las observaciones actuales de la temperatura de la superficie del mar y las previsiones siguen asemejándose a muchas temporadas lluviosas secas de marzo a mayo recientes", afirma, lo que sugiere con fuerza que se avecina una cuarta temporada de lluvias fallida consecutiva.

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Camellos, debilitados por la falta de comida y agua, beben de un pozo de agua salada cerca de Mochesa, en el condado de Wajir, Kenia.

Fotografía de Ed Ram, Getty Images

Escenas terribles en Kenia

En una entrada del blog, Tomson Phiri, del PMA, describe la escena en algunas zonas rurales de Kenia. En la granja de una familia de pastores, escribe, la tierra estaba "prácticamente vacía y silenciosa, sin ganado a la vista. En un día cualquiera, habrían tenido entre 200 y 300 animales: camellos, vacas, cabras y ovejas". La sequía, escribe, es "generalizada, severa, y es probable que empeore".

El ganado muerto, por la sed y el hambre, es común en los bordes de las carreteras. A medida que los niveles de agua descienden, también lo hace el acceso al agua potable. Con las cosechas hasta un 70% por debajo de los niveles normales, los precios de los alimentos se están disparando; Phiri señala que "la cantidad de cereal que se podía comprar con la venta de una cabra ha caído en algunos casos hasta un 40 por ciento por debajo de la media de cinco años en Kenia, y más de un 80 por ciento en algunas partes de Somalia".

Y sin embargo, la situación podría seguir empeorando.

Antes de 1999, los países del este del Cuerno de África solían tener dos temporadas de lluvias al año: una llamada "corta", en octubre-diciembre, y otra larga, en marzo-mayo. Pero aproximadamente cada cinco o seis años la zona sufría un periodo de sequía al fallar una de las estaciones de lluvias...

Sin embargo, desde 1999, por término medio "cada dos o tres años de marzo a mayo las lluvias que llegan son escasas". Una sola temporada de lluvias fallida puede causar dificultades. Dos seguidas pueden crear hambrunas, como cuando 260 000 personas, la mitad de ellas niños, murieron en Somalia tras las sequías consecutivas de 2010 y 2011. Si la próxima temporada fracasa, sería la cuarta consecutiva, lo que sumiría a la región en una sequía de una duración no experimentada desde 1981 y pondría en peligro a hasta 20 millones de personas.

Una jirafa yace muerta en la carretera cerca del pueblo de Matanaha el 9 de diciembre de 2021, en el condado de Wajir. La zona ha recibido menos de un tercio de las precipitaciones normales desde septiembre, y sigue esperando la llegada de las lluvias estacionales.

Fotografía de Ed Ram, Getty Images

Ni siquiera eso es toda la historia. Desde la temporada de lluvias de octubre-diciembre de 2016, las lluvias han brillado por su ausencia en hasta seis ocasiones. Tres de las veces en que las lluvias han llegado, han sido tan intensas que han provocado inundaciones.

Las lluvias extremas de octubre a diciembre de 2019 fueron las más húmedas en África Oriental en más de 40 años y afectaron a unos 3,5 millones de personas, provocando unas 350 muertes y matando a unos 96 000 animales. El crecimiento explosivo de la vegetación provocado por las lluvias proporcionó alimento a las langostas, que estallaron en las mayores nubes que Kenia había visto en 70 años. En febrero de 2020, los medios de comunicación locales informaron de que un solo enjambre había alcanzado más de 2300 kilómetros cuadrados, lo que lo convertía quizá en el mayor registrado en el país.

Estas lluvias masivas también pueden ser el resultado de un clima cambiante. Funk señala no sólo que las temperaturas atmosféricas más cálidas permiten más vapor de agua y, por lo tanto, mayores precipitaciones, sino también que las lluvias de 2019 coincidieron con un evento de dipolo extremo del Océano Índico, un patrón climático relativamente reciente que ha sido llamado "vecino de ENSO" y el "Niño Indio".

El fenómeno ya se había asociado con lluvias más intensas en el este de África. A finales de 2019, señala Funk, las temperaturas de la superficie del mar eran "increíblemente cálidas en el océano Índico Occidental, de hecho las más cálidas de la historia en esa zona, y los vientos se invirtieron en todo el océano Índico." El resultado ha sido una paliza alimentada por el cambio climático en el este del Cuerno de África, una sequía seguida de inundaciones, sin apenas oportunidad para que la región recupere el aliento.

La situación se agrava aún más por el hecho de que, como dice Dunford del PMA, "se trata de una región acosada por los conflictos. Calculamos que hay 4,6 millones de personas como refugiados, y casi 11 millones de desplazados internos en toda la región."

Residentes de Nairobi llenan contenedores y botellas de agua durante la actual escasez de lluvias.

Fotografía de Donwilson Odhiambo, SOPA Images, LightRocket, Getty Images

Un rayo de esperanza

El PMA ha intensificado sus esfuerzos para proporcionar ayuda humanitaria, tanto en forma de efectivo como de distribución de alimentos. Pero Dunford reconoce que esta hambruna llega en un momento especialmente difícil.

"El número de personas en la región que sufren inseguridad alimentaria casi se ha duplicado desde la COVID", afirma. "Y además hay enormes necesidades humanitarias en países como Afganistán, en Yemen, en el norte de Etiopía, donde tenemos el conflicto de Tigray".

Además, los propios países donantes acaban de salir de dos años de COVID y de las contracciones económicas asociadas, y ahora pueden enfrentarse a nuevos choques tras la invasión rusa de Ucrania.

Sin embargo, cabe destacar que hay algunos pequeños brotes de esperanza. Funk, autor del libro Drought, Flood, Fire: How Climate Change Contributes to Catastrophes (Sequía, inundación, fuego: cómo el cambio climático contribuye a las catástrofes), explica que las mismas precipitaciones extremas que han provocado las inundaciones y la plaga de langostas también pueden estar penetrando más profundamente en el suelo. "Así que, a pesar de que las precipitaciones están disminuyendo y las sequías son cada vez más frecuentes, en realidad hay más agua subterránea disponible", afirma.

Además de proporcionar apoyo financiero y alimentario, el PMA ha invertido en infraestructuras como pozos de sondeo para ayudar a maximizar la accesibilidad del agua disponible y en la construcción de terrazas para mejorar la productividad de la tierra.

"No estamos en la misma situación que en 2011 (cuando murieron 250 000 personas en Somalia) gracias a las inversiones y las mejoras de infraestructura que se han realizado desde entonces", dice Dunford. "Sin embargo, después de tres temporadas de lluvia fallidas consecutivas, la enormidad y la escala de la sequía es tal que la gente realmente ha agotado todos sus recursos personales. Tenemos que esperar que lleguen las lluvias".

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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