Una tribu estadounidense está a punto de reanudar la caza legal de ballenas

Un informe federal ha acercado a la tribu Makah a la posibilidad de volver a cazar ballenas grises, una práctica fundamental para su cultura y protegida por un tratado de 1855, pero que ha estado paralizada burocráticamente durante los últimos 17 años.

Por Emma Marris
Publicado 6 jul 2022, 15:55 CEST
Para llegar a la playa de Shi Shi, un lugar de excepcional belleza en el Parque ...

Para llegar a la playa de Shi Shi, un lugar de excepcional belleza en el Parque Nacional Olímpico, al noroeste de Washington, hay que tomar un sendero desde la reserva Makah. El mar y la caza de ballenas son fundamentales para la cultura y la historia de los makah.

Fotografía de Matthew Ryan Williams, The New York Times, Redux

Durante 17 años, los makah, una nación tribal del noroeste del estado de Washington (Estados Unidos), han estado esperando a que el Gobierno federal decidiese si pueden reanudar la caza de ballenas, la cual resulta fundamental en su cultura. Las leyes que protegen a las especies en peligro de extinción y a los mamíferos marinos les han impedido cazar ballenas, incluso cuando la población que querían cazar se había recuperado. 

El 1 de julio, el Gobierno federal publicó un borrador de declaración de impacto ambiental que sugiere que es probable que el permiso vaya a ser concedido el año que viene. El informe establece una decisión "preferida" que renuncia a las prohibiciones de la caza de ballenas en la Ley de Protección de Mamíferos Marinos para un máximo de 12 ballenas durante seis años. También se incluyen restricciones adicionales sobre el momento y el lugar de la caza. Sin embargo, aún faltan meses para la decisión final.

En cierto modo, la feroz oposición que han encontrado los makah en su intento de reanudar la caza de ballenas refleja el éxito del movimiento conservacionista; el eslogan "Salvemos a las ballenas" de los años 70 reunió apoyos para evitar su extinción, pero también convirtió a los cetáceos en una suerte de deidades culturales menores. Sin embargo, muchos conservacionistas se muestran ahora entusiastas a la hora de respetar los derechos de los indígenas y de apoyarse en sus conocimientos. Con este cambio, los makah esperan que los conservacionistas respalden su derecho a la caza de ballenas, un derecho que negociaron mantener en su tratado de 1855.

Esta primavera visité la Reserva Makah. Podría decirse que es uno de los lugares más bellos de la Tierra, cubierto de helechos y musgo, con imponentes acantilados, islotes azotados por las olas, coníferas con sus copas enredadas en nubes bajas y el olor siempre presente de la sal en el aire. Los Makah no tienen casino; su economía se basa en la pesca.

Siempre han buscado en el mar sus necesidades, tanto materiales como espirituales. Cuando el gobernador del territorio, Isaac Stevens, preguntó a la tribu qué zonas querían reservar, el jefe Ćaqa-wiƛ (pronunciado "tsuh-ka-wihtl") respondió: "Quiero el mar. Ese es mi país". Antes de la llegada de los europeos, los makah comerciaban con fletán, pieles de foca y aceite de ballena por todo el noroeste del Pacífico. El aceite de ballena se medía con el pico de un pelícano. Los balleneros makah cantaban a las ballenas que perseguían, pidiéndoles que se entregaran al pueblo. Cuando se mataba una ballena y se la remolcaba a la orilla, se le daba la bienvenida y se le agradecía con una ceremonia. Se colocaban plumas de águila sobre su cabeza.

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Canoas balleneras Makah en una playa de Washington hacia 1900. Ocho hombres remaban en una canoa, a veces muy lejos en el mar, en busca de ballenas. Cuando encontraban una, la arponeaban y esperaban toda la noche a que se cansara antes de asestarle el golpe mortal con la lanza.

Fotografía de Anders Beer Wilse, Makah Museum

Sin embargo, una vez que los europeos entraron en el negocio de la caza de ballenas, ésta se redujo drásticamente. En respuesta, los makah abandonaron voluntariamente la caza de ballenas en 1928, casi dos décadas antes de que muchos países se comprometieran a cumplir la Convención Internacional para la Regulación de la Caza de Ballenas, que prohibía la caza comercial de ballenas y establecía límites de captura para la caza de subsistencia.

Era lo correcto, pero tenía un precio.

"Cuando se rompen esas conexiones que definen lo que uno es, la gente tiene dificultades", dice el presidente de los makah, Timothy J. Greene. "Estar desconectados de nuestras prácticas espirituales tiene un impacto negativo. Imagina que una persona católica no pueda ir a misa. La formación y la preparación espiritual que llevamos a cabo [para preparar una cacería] ayuda a que nuestra comunidad sea completa y a que seamos realmente quienes somos."

Joshua Reid es un miembro registrado de la Nación India Snohomish y profesor asociado de estudios e historia de los indios americanos en la Universidad de Washington en Seattle. Ha actuado como testigo experto de la tribu durante varias audiencias sobre la cuestión. Reid caracteriza el deseo de los makah de reanudar la caza no como un intento de "vivir en el pasado" sino como un intento de crear un "futuro tradicional". Al igual que los ribereños de la Bahía de Chesapeake siguen encontrando fuerza y comunidad en torno a la pesca del cangrejo, aunque utilicen equipos modernos; al igual que los ganaderos estadounidenses basan su identidad en la cría de ganado para el consumo, aunque utilicen la biotecnología y los ordenadores modernos, también los makahs tratan de conectar con su cultura, crear un sentimiento de cohesión y orgullo comunitario, y promulgar su antigua relación espiritual con la ballena, de una manera evolutiva y contemporánea.

Cuando el número de ballenas grises se recuperó hasta llegar a unas 20 000 en 1995, la tribu estaba ansiosa por introducir una nueva generación en la caza de ballenas. Notificaron al Gobierno estadounidense su intención de reanudar la captura de ballenas con fines ceremoniales y de subsistencia.

En 1999, a pesar de los intentos de los activistas por los derechos de los animales de interrumpir la caza, los miembros de la tribu mataron una sola ballena, a la que arponearon de forma tradicional desde una canoa llamada Hummingbird. La única desviación importante de la tradición fue que, después de arponearla, la ballena también recibió un disparo, para que muriera rápidamente. En la playa, los makah comían grasa fresca. Un niño de 13 años fue citado en el Seattle Times, diciendo: "He oído tantas historias sobre esto de mi abuelo. Ahora por fin sé a qué se refería". En un potlatch de celebración, un festín ceremonial, la ballena se compartió con indígenas de todo el mundo.

Durante la cacería de 1999, el arponero makah Theron Parker observa la inmersión de una ballena gris en Neah Bay, Washington. Los makah mataron a una sola ballena ese año, la única desde 1928.

Fotografía de Duncan Livingston, The News Tribune, AP Images

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Luego, en 2002, un juez dictaminó en un caso presentado por activistas contra la caza de ballenas que la tribu tenía que solicitar permiso para cazar ballenas en virtud de la Ley de Protección de Mamíferos Marinos. Los makah lo hicieron el 14 de febrero de 2005, y pretenden capturar hasta cinco ballenas al año.

En una carta reciente a los makah, un representante de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de Estados Unidos (NOAA) (la agencia que administra la Ley de Protección de Mamíferos Marinos) estimó que la decisión final llegaría "a principios de 2023". "Entendemos que este ha sido un proceso administrativo largo y agradecemos su paciencia", añadió.

Los funcionarios de la NOAA se negaron a ser entrevistados, citando "los requisitos legales de la Ley de Procedimientos Administrativos", que según un portavoz "prohíben a los funcionarios de la agencia que están involucrados en el proceso de toma de decisiones discutir el fondo del caso."

Lucha por los derechos de los tratados 

La idea de que las obligaciones derivadas de los tratados entre naciones deban estar sujetas a la normativa federal parece jurídicamente dudosa, según Reid. "La mayoría de los no nativos malinterpretan los derechos de los tratados", dice Reid. "Los tratados no otorgan derechos a los pueblos nativos. Los nativos se reservan derechos y los amplían a los no nativos". En otras palabras, el tratado de 1855 no creó el derecho de los makah a cazar ballenas; protegió un derecho que ya existía y que tenían algunos miembros de la tribu antes de la llegada de los europeos. Por lo tanto, en opinión de Reid, la idea de que este derecho sea sustituido por una ley de protección de las ballenas aprobada en 1972 parece absurda. "Los tratados son la ley suprema del país", dice, refiriéndose al artículo 2 de la Constitución de Estados Unidos.

A pesar de ello, Greene dice que los makah están contentos de aceptar algunas "directrices razonables", respaldadas por la ciencia, en torno al ejercicio de sus derechos derivados del tratado. "Tenemos un gran interés en asegurarnos de que las poblaciones a las que nos dirigimos son sostenibles", afirma.

Pero 18 años de revisión administrativa estiran el significado de "razonable". Greene ha pasado gran parte de sus 12 años en el Consejo Tribal luchando por los derechos de caza de ballenas y otros derechos del tratado. Es una pena, dice, porque los derechos de los tratados podrían ser una "poderosa herramienta" para proteger la naturaleza. Ya a finales de la década de 1970, un juez federal escribió que si las especies que los indígenas capturan se extinguen, "el derecho a pescar acabaría reduciéndose al derecho a sumergir la red en el agua... y sacarla vacía". 

En efecto, dice Greene, el tratado no sólo protege un recurso como el salmón. "Protege el hábitat que sustenta ese salmón". Le gustaría que los nativos y los conservacionistas trabajaran juntos para utilizar los derechos del tratado como una forma de proteger los ecosistemas terrestres y marinos.

Conservación frente a preservación 

La playa de Shi Shi, famosa por su belleza, se encuentra en el Parque Nacional Olímpico, pero el inicio del sendero para acceder a ella está en la Reserva Makah. A lo largo del sendero, muchos de los cedros presentan largas y nítidas hendiduras de color naranja pálido en sus troncos, señales de que su corteza se cosechó para hacer cestas y otros artículos tradicionales. Si sólo se extrae una parte de la corteza, no se perjudica al árbol. Si la preservación consiste en no tocar otras especies (nunca recoger la corteza, nunca pescar, nunca cazar ballenas), la conservación consiste en interactuar con otras especies (plantándolas, cuidándolas, cazándolas y recolectándolas) de manera que prosperen a perpetuidad.

"Las gestionamos a largo plazo, no para los accionistas ni para las primas de los consejos de administración, sino para las generaciones futuras", afirma Greene. "Esa es esencialmente una mentalidad de conservación".

Cuando el número de ballenas era peligrosamente bajo, una moratoria sobre la caza de ballenas tenía sentido tanto desde una perspectiva de conservación como de preservación. Pero cuando las ballenas han empezado a recuperarse, los conservacionistas han seguido oponiéndose a la matanza de ballenas, por principio. La Sea Shepherd Conservation Society, una de las más firmes opositoras a la caza, publicó una declaración sobre la propuesta de exención de la caza de Makah en 2019: "Sea Shepherd se opone a la matanza intencional de cetáceos, sin importar las circunstancias. Desde las Islas Feroe hasta Islandia, desde Japón hasta Noruega, la oposición de Sea Shepherd a la caza de ballenas es categórica e inflexible."

Una foto tomada hace aproximadamente un siglo muestra a Wilson Parker, un ballenero makah, con una capa de piel de oso y un arpón. Los flotadores de piel de foca unidos al arpón servían para frenar al animal y cansarlo hasta el punto de poder matarlo con una lanza.

Fotografía de Edward S. Curtis, Makah Museum

Will Anderson, que fue el principal demandante en el caso de 2002 que inició el proceso actual, sigue oponiéndose a la caza. Ahora dirige una organización sin ánimo de lucro en Seattle llamada Green Vegan, Anderson dice que sus razones tienen que ver con el bienestar de los animales, la conservación de las especies y su propia conexión personal con la especie. A finales de los 70 y principios de los 80, Anderson pasó varios inviernos en las lagunas de Baja California donde nacen las ballenas grises.

"Salía con mi kayak y simplemente flotaba entre ellas. Las escuchaba por la noche. Me despertaba y me iba a dormir con los golpes de las ballenas a sólo 15 metros", dice. "Las ballenas grises y las ballenas en general me abrieron a cuestiones medioambientales más amplias, que se convirtieron en mi vida".

Gracias a la campaña "Salvemos a las ballenas", a los amplios reportajes sobre las ballenas y su cultura, y al crecimiento de la industria de la observación de ballenas, éstas se han convertido en sacrosantas de una manera que no lo son otros animales cazados en Estados Unidos, desde el alce hasta el salmón. Muchos de los que se oponen a la caza de ballenas también se oponen a toda la caza y consideran que su oposición es simplemente lo correcto para proteger el bienestar de los animales.

Pero otros ven a las ballenas como algo diferente a otros animales. Los comentarios públicos sobre la propuesta de caza de los Makah están llenos de ejemplos. "Estas ballenas tienen nombre, han sido estudiadas durante años por muchos en el campo de la biología marina y son muy queridas por mucha gente en todo el mundo", escribió un comentarista. Son, añadía otro, "los gentiles gigantes inteligentes de nuestros océanos mundiales". Un tercero escribió: "Por favor, protejan a estas ballenas, son especiales".

También se podría argumentar que, al haber creado un movimiento de conservación mediante la movilización de la oposición a la caza de ballenas, los conservacionistas tienen ahora la obligación de proteger a los makah de las consecuencias de querer cazar una población que ya no está en peligro.

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En los últimos años, algunas de las principales organizaciones conservacionistas sin ánimo de lucro han comenzado a hacer precisamente eso, saliendo públicamente en apoyo de la búsqueda de los Makah para reanudar la caza de ballenas. En 2021, el Sierra Club escribió: "Aunque el Sierra Club se opone en general a la caza y al acoso de los mamíferos marinos, reconocemos la importancia de apoyar la caza de subsistencia de los pueblos indígenas. La caza de ballenas es una parte esencial de la identidad cultural Makah y es necesaria para que la Tribu pueda realizar sus necesidades ceremoniales, espirituales y de subsistencia." 

En 2020, Sally Jewell, directora general interina de Nature Conservancy y antigua secretaria de Interior de Estados Unidos, escribió: "El pueblo makah ha sido un buen administrador de sus recursos: los bosques, las costas y el océano Pacífico han dado forma a su cultura y los han mantenido durante miles de años. Le solicito respetuosamente que respete el derecho de la nación tribal Makah a cazar ballenas grises en virtud del tratado". 

"Estamos muy satisfechos de haber llegado a un punto en el que realmente están dispuestos a apoyarnos por escrito", dice Greene. Greene desea que los miembros del público que defienden la justicia social apoyen también los derechos de los makah. "Si realmente creen en la igualdad racial y en la justicia medioambiental, esos tratados deben ser respetados", afirma.

Hoy en día está de moda que los conservacionistas hablen de soberanía tribal. Pero el verdadero apoyo al derecho de las naciones indígenas a gestionar sus propios asuntos significa hacerlo incluso cuando hacen cosas que el establishment conservacionista no haría, como matar y comer un mamífero marino inmensamente carismático y popular.

Y los makah piden permiso para una caza cultural de sólo unas pocas ballenas al año. En 1855, cuando el jefe Ćaqa-wiƛ se reservó el derecho a cazar ballenas, no lo hizo por razones puramente espirituales. 

Según Reid, que investigó la historia de la tribu para su libro de 2015 The Sea Is My Country: The Maritime World of the Makahs, "los makahs comerciaban con 30 000 galones [113 562 litros] de aceite de ballena a los no nativos cada año en la década de 1850 y reservaban otros 30 000 galones para su propio uso y para comerciar con las tribus vecinas." Eso equivale a unas 26 ballenas al año. Eso es lo que Ćaqa-wiƛ pensaba que estaba protegiendo.

En términos más generales, las autoridades gubernamentales que elaboraban los tratados hacían suposiciones racistas sobre sus interlocutores en las negociaciones, pues consideraban que todos los nativos americanos vivían en economías de "subsistencia". Por ello, los derechos de los tratados se han interpretado como una protección de los niveles de cosecha de "subsistencia". Pero muchas tribus, incluidos los makah, eran actores económicos muy regionales, que cosechaban lo suficiente para sí mismos y para el comercio o la venta. No se ganaban la vida a duras penas precisamente. Les iba bien. "Cogían lo suficiente para tener una buena vida", dice Reid.

Por lo general, las tribus cosechaban más que los niveles de "subsistencia" de los recursos, pero no tanto como para no poder seguir cosechando en el futuro. "Lo hacían dentro de un sistema totalmente diferente impulsado por lo relacional: ellos nos alimentarán, si nosotros cuidamos de ellos", dice Reid. "Imagino que en algún momento de la historia hubo una empinada curva de aprendizaje para llegar a ese sistema de reciprocidad". Una interpretación más "originalista" de muchos tratados sería interpretarlos como una protección de los derechos de explotación comercial de los recursos naturales. Pero para ser claros, los makah no pretenden en absoluto cazar ballenas con fines comerciales. Su objetivo es simplemente ser makah.

Burocracia y justicia 

El nuevo informe de la NOAA (técnicamente un "borrador de declaración de impacto ambiental suplementario") se basa en un borrador anterior al incluir información sobre un "evento de mortalidad inusual" en 2019 que vio a más de 100 ballenas grises encallar y morir en la costa oeste de Estados Unidos. También tiene en cuenta una decisión recomendada por el juez de derecho administrativo George J. Jordan, que se publicó en 2021 después de una audiencia de 2019 sobre el asunto. En su decisión, Jordan recomendó que la NOAA concediera a la tribu una exención de la Ley de Protección de Mamíferos Marinos. Tomar un número tan limitado de ballenas, escribió el juez, no tendría "ningún impacto significativo" en la población de ballenas grises en cuestión y "poco efecto en el ecosistema."

Ahora que se ha publicado el informe, se abrirá un periodo de comentarios públicos, seguido de una declaración final de impacto ambiental y, después, de la elaboración de la normativa definitiva. El permiso para cazar ballenas se renovará probablemente cada tres años, y todo este proceso tendrá que repetirse probablemente cada 10 años para que la exención siga siendo válida. La tribu querría que se añadiera a la ley una exención legislativa, como la que ya existe para los pueblos nativos de Alaska, que les permite cazar mamíferos marinos para su subsistencia o "con el fin de crear y vender auténticos artículos nativos de artesanía y ropa".

En el extremo más alejado del sendero de Shi Shi, salgo de entre los árboles y encuentro una media luna de arena y madera a la deriva, y más allá, el mar: una gran extensión azul verdosa, la piel de un frío reino de algas, fletanes y ballenas. Si esto fue una vez el país indiscutible de los makah, ahora es también un lugar de valores enfrentados sobre las relaciones de la humanidad: nación con nación y especie con especie.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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