Explora el frágil mundo de las focas de Groenlandia de Quebec

Una fotógrafa de Nat Geo se adentra en el paisaje gélido y precario de una de las criaturas más adorables del mundo.

Friday, December 20, 2019,
Por Jennifer Hayes
Fotografías de Jennifer Hayes
Foca de Groenlandia
Las crías de foca de Groenlandia nacen en el hielo y necesitan una plataforma estable para sobrevivir. La superficie de banquisa del golfo de San Lorenzo es cada vez más impredecible.
Fotografía de Jennifer Hayes

Cuando caminas sobre la banquisa, es fácil olvidar que hay un océano bajo tus pies. Este mundo gélido se reduce a lo básico: un cielo de un color azul imposible, la luz del sol que rebota en un manto de nieve fresca, viento que vibra como un violonchelo y blancura por todas partes.

Te damos la bienvenida al criadero de las focas de Groenlandia en el golfo de San Lorenzo, ubicado en la costa de las islas de la Magdalena, Québec. Esta zona es uno de los mejores destinos para 2020 de Nat Geo debido a su importancia: es uno de los dos terrenos de parto de la foca de Groenlandia en el Atlántico noroeste. Las focas adultas, hembras embarazadas que buscan hielo adecuado para dar a luz, migran aquí desde el Ártico. Las focas de Groenlandia son una especie que depende del hielo y necesitan una plataforma de banquisa para que las crías sobrevivan. Las crías, que nacen sobre el hielo entre finales de febrero y principios de marzo, maman durante 12 a 15 días antes de partir solas. Con ojos como la obsidiana, narices como el carbón y pelaje algodonado, las focas jóvenes son unas de las criaturas más cautivadoras del planeta.

Las islas de la Magdalena se encuentran en el golfo de San Lorenzo, uno de los dos terrenos de parto de las focas de Groenlandia en el Atlántico noroeste.
Fotografía de Jennifer Hayes

En la distancia, escucho el coro de llantos infantiles y me quedo inmóvil, escuchándolo. Es un momento hermoso que quiero apreciar antes de sacar las cámaras. Percibo un leve movimiento en una cornisa de nieve más adelante, el gesto torpe y delicado de una aletita. Veo a una cría dentro de una cueva de nieve moldeada por el calor corporal y el movimiento y protegida del viento. El pelo aún conserva el tono amarillento del líquido amniótico. Cuando se da la vuelta, puedo ver la densa placenta rosa.

Elijo un lugar a una distancia adecuada y me arrodillo en la nieve, observando, aguardando y apuntando la fecha: 8 de marzo de 2019. Escucho chapoteos en el agua y gruñidos breves y aparece una cara con bigotes y ojos oscuros que escudriña su entorno desde un agujero en el hielo. La hembra sale empleando las garras curvadas para subirse al hielo y acercarse a su cría. Se encuentran con un beso de reconocimiento nariz con nariz que establece su parentesco: ¿eres mi cría?, ¿eres mi madre? La hembra se gira para evaluar mi presencia, determina que no soy una amenaza y se pone de lado, cierra los ojos y empieza a dar de mamar a su cría.

Los peligros que corren

Mientras escudriño el paisaje helado, veo crías más grandes y activas que ya han alcanzado la fase de la piel blanca. Las crías mayores, que han nacido hace días, gozan de una ventaja temporal en el mundo cada vez más impredecible del cambio climático y de sus repercusiones en el hielo que las sostiene.

Las crías que nacen tarde precisan un periodo de hielo estable para sobrevivir en un mundo en el que la primavera llega antes cada año, acompañada de tormentas cada vez más intensas que demuelen ese manto de hielo como una batidora. Nacer en el hielo es difícil y la mortalidad natural es alta; si a eso añadimos una estación con temperaturas más altas y menos hielo, esta es una combinación mortal para las crías.

Las islas de la Magdalena, o Maggies, como las llaman de forma afectiva algunos canadienses, son un archipiélago de islotes que parecen barcos en pleno centro del golfo de San Lorenzo. En 2011, un encargo de National Geographic nos llevó por primera vez al fotógrafo (y pareja) David Doubilet y a mí a las Maggies para hacer un reportaje del ecosistema marino del golfo de San Lorenzo.

El barco al que nos subimos para contemplar a las focas era un buque pesquero —y de caza de focas— con un casco de acero. Los isleños de la Magdalenta han pescado y cazado focas en las orillas del archipiélago desde el siglo XVII. Se trata de una tradición polémica que continúa en la actualidad con normativas y cuotas estrictas (no se pueden cazar a las focas de pelo blanco) pese al descenso de la cantidad de focas cazadas debido a la reducción del precio de mercado y a las condiciones del hielo, que son poco favorables. «Debido a la situación actual del mercado de productos de caza, el turismo ecológico y las excursiones de observación son la mejor alternativa para la mayoría de los dueños de barcos y los cazadores», explica nuestro guía, Mario Cyr.

Tras dos días de búsqueda en mar abierto, el capitán del barco introdujo el buque en un tramo de banquisa que alberga un grupo de más de 10 000 focas. Nos quedamos varios días y noches en esta zona helada. Fue extraordinario ponerse crampones y caminar entre esta congregación de vida que prospera en el hielo y después ponerse un traje seco, aletas y gafas y tubo de buceo para sumergirnos en su mundo con una cámara. La vida al borde de esta franja de banquisa puede ser ajetreada, con madres que vienen y van bajo una catedral de hielo de color azul oscuro atravesada por haces de luz, crías de pelo blanco que contemplan el mar sopesando su primera inmersión, y veteranas que se deslizan y exploran su nuevo mundo marino.

Pese a la dificultad de encontrar al grupo, el encargo fue un éxito fotográfico y me cambió la vida. En el último día sobre el hielo, una foca hembra me defendió de una foca macho agresiva mientras flotaba cerca de ella y su cría. El macho me pellizcó los tobillos y me escarbó en la espalda, empujándome bajo la superficie. La hembra lo ahuyentó y me empujó a mí y a su cría por el agua para alejarnos del peligro.

Mientras nuestro barco se alejaba para volver a puerto antes de que llegara un sistema de bajas presiones, yo aún estaba procesando lo que había ocurrido. La tormenta arrasó el golfo y lo azotó de forma frenética. Cuando llegamos a la orilla, nos enteramos de que la banquisa se había desintegrado bajo el grupo y que habían perdido a las crías.

Aprender, crecer y sanar

Nuestro compromiso con las focas no acabó tras la publicación de nuestro reportaje en 2014. La tormenta hizo que mi encuentro con la foca hembra fuera agridulce y me obligó a darme cuenta de que nos enfrentábamos a una nueva realidad: que el mundo del hielo es tan frágil como un sueño. Comprenderlo impulsó mi determinación de volver cada año, siempre y cuando las condiciones del hielo lo permitieran, para documentar las vidas de las focas de Groenlandia y conectar al resto del mundo con estas criaturas y su reino menguante.

Avancemos hasta 2019. Mario Cyr me llamó para cancelar el barco que habíamos fletado para nuestra visita anual al criadero de focas; los buques pesqueros estaban atrapados en el hielo. Lo bueno es que parecía un buen año para las focas. La situación presentó la oportunidad perfecta para recurrir al turismo ecológico y observar a las focas en helicóptero. El Château Madelinot, ubicado en Cap aux Meules, la isla principal del archipiélago, tiene helicópteros que llevan a los viajeros sobre el hielo a la deriva durante la temporada de cría y solo aterriza en condiciones seguras. Así fue como acabé contemplando el amamantamiento de una cría mientras su madre disfrutaba de la cálida luz solar. Vuelvo hacia los helicópteros. Veo a una niña sentada en silencio junto a una foca blanca y regordita que le devuelve la mirada. Entre el resto de los viajeros figuran una pareja en una cita de san Valentín, un paciente de cáncer y un fotógrafo y guía japonés que celebra su 30º año con las focas. También está la joven que trajo la foca de juguete de su infancia y un chico de veintitantos años de Kingston, Ontario, que durmió y en su coche y comió comida en lata tras haberse gastado hasta el último dólar en el último paseo en helicóptero de la temporada. La pasión y la curiosidad los habían traído a todos a este lugar para aprender, crecer y sanar.

Antes de mi encuentro con la hembra protectora y su cría, era escéptica respecto a las interacciones entre animales salvajes y humanos. Pero ahora acepto que a veces ocurren cosas cuando menos te lo esperas. Los biólogos pueden explicar por qué una foca macho llena de testosterona se vio obligada a desafiarme mientras nadaba con su posible pareja. Pero no pueden explicar tan fácilmente por qué una foca madre me empujaría hacia un lugar seguro junto a su cría. No necesito explicaciones, lo acepto sin más.

Una mujer y una foca de pelo blanco se miran fijamente en el hielo. Los visitantes pueden acercarse a las focas, pero no tocarlas. Una distancia segura da a los animales la oportunidad de un encuentro según sus propias condiciones.
Fotografía de Jennifer Hayes

¿Cómo puedes llegar?

El mundo de la foca de Groenlandia no es solo para fotógrafos profesionales y aventureros extremos. Se puede acceder a las islas de la Magdalena en avión, barco o ferri desde la isla del Príncipe Eduardo.

Los vuelos a Cap aux Meules, la isla principal del archipiélago, dependen menos de las condiciones de la banquisa, pero son más caros que el ferri. Air Canada Express ofrece vuelos desde Montréal, Quebec y Gaspé. Pascan Airline es una opción local que suelen preferir los isleños. CTMA ofrece un servicio de ferris durante todo el año desde la ciudad portuaria de Souris, en la isla del Príncipe Eduardo, a Cap aux Meules. El trayecto lleva unas cinco horas.

¿Qué puedo hacer allí?

Los isleños son tan versátiles como amables y animados. El invierno es la época perfecta para conversar alrededor de una hoguera con una cerveza artesanal en la mano. Las actividades invernales también incluyen esquí de fondo, navegación en hielo y snowkite. Puedes recorrer los acantilados de arenisca roja de la isla durante todo el año y acompañar tu caminata con un pícnic de quesos locales, arenques ahumados y pan artesanal. Las celebraciones de mediados de Cuaresma son una tradición antigua y adorada en las islas de la Magdalena, llenas de música, disfraces y jolgorio.

Cómo ver crías de foca

En barco: Las islas de la Magdalena son unos de los pocos lugares del planeta donde se permite practicar esnórquel y submarinismo en el mundo secreto de la foca de Groenlandia. Los safaris en barco ofrecen el lujo de pasar tiempo con las focas de Groenlandia encima y debajo del hielo. Pueden reservarse de finales de febrero a principios de marzo. Las expediciones duran una media de seis días. Los barcos de pesca capaces de atravesar el hielo ofrecen un alojamiento básico, como el de las expediciones: espacio común en literas, cocina, baño compartido y comida local. Las expediciones en barco dependen de las condiciones del hielo, que son inciertas, pero ofrecen ventajas que no proporcionan los vuelos en helicóptero diurnos: tiempo y luz ilimitados sobre la banquisa para ver el amanecer, el atardecer y el crepúsculo; practicar buceo y esnórquel en la banquisa con las focas de Groenlandia; encuentros con otras especies que viven en el hielo flotante; dormirse con los sonidos de fondo del criadero de focas de Groenlandia. Contacta con Mario Cyr, un isleño de las Magdalenas, buzo, fotógrafo, director y guía de expediciones.

En helicóptero: El Hotel Madelinot ofrece excursiones en helicóptero para grupos pequeños en las que buscan el grupo de focas en el hielo flotante. Antes de partir, se proporciona información sobre la biología de la foca de Groenlandia, el protocolo adecuado y la seguridad en el hielo. Los helicópteros aterrizan a una distancia segura del grupo y los turistas pueden explorar el criadero. La experiencia dura unas tres horas y depende de las condiciones meteorológicas y del hielo.

Jennifer Hayes es una bióloga marina convertida en fotógrafa de National Geographic. Síguela en Instagram.
Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.
Ve con Nat Geo: El itinerario de National Geographic “Canadian Maritimes and Newfoundland” hace escala en las islas de la Magdalena en los cruceros a bordo del National Geographic Explorer en septiembre de 2020.
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