Por qué algunos países se han reabierto al turismo durante la pandemia

Los casos de COVID-19 aumentan, pero algunos países con economías en peligro han decidido volver a recibir turistas.

Publicado 1 dic. 2020 12:34 CET
Intérpretes culturales en la reserva nacional de Masái Mara

Intérpretes culturales en la reserva nacional de Masái Mara, en Kenia, han visto cómo disminuía su trabajo durante la pandemia de coronavirus. El país reabrió a los turistas el 1 de agosto de 2020.

Fotografía de Tony Karumba, AFP/Getty Images

Los casos de COVID-19 siguen aumentando en países como Estados Unidos, Francia y Alemania.  Muchos países están volviendo a confinamientos totales o parciales para combatir la transmisión viral mientras nos adentramos en un invierno inquietante. Con todo, otros países han reabierto a los turistas procedentes de los mismos lugares donde el virus avanza desenfrenado. ¿A qué se debe esto?

Al igual que los bares y restaurantes que sirven comida y bebida mientras los casos ascienden, muchos destinos con economías turísticas (Egipto y Costa Rica, por ejemplo) han indicado que seguir cerrados a los visitantes indefinidamente no es sostenible a nivel financiero. «El cierre del turismo ha tenido repercusiones enormes en las economías de muchos países», afirma Steve Carvell, profesor de la Facultad de Administración de Hoteles de la Universidad de Cornell. «No tienen el lujo de saltarse una temporada entera de ingresos».

Averiguar cómo obtener euros o dólares mientras protegen las vidas de sus ciudadanos supone un reto para cualquier país. Así compensan los riesgos y los beneficios varios destinos populares.

Un camarero en un restaurante de La Paz, México, desinfecta una mesa. El turismo es una industria multimillonaria en México, pero ha descendido considerablemente desde el inicio de la pandemia de COVID-19 en marzo.

Fotografía de Alfredo Martinez, Getty Images

Economías que dependen de los turistas

Según el Consejo Mundial de Viajes y Turismo, el sector turístico representaba 330 millones de puestos de trabajo —casi uno de cada 10— en 2019. La organización estima que podrían perderse aproximadamente 121 millones de esos puestos debido a la pandemia. En las regiones que dependen del turismo, como el Caribe —donde el sector equivale a casi el 14 por ciento del PIB—, las repercusiones de los confinamientos por la COVID se magnifican. «Para la gran mayoría del Caribe, entre el 80 y el 90 por ciento de los visitantes vienen de Norteamérica», afirma Carvell. «Tienen que reabrir».

Los beneficios económicos de abrir las fronteras de par en par son evidentes, pero las consideraciones subyacentes no siempre son transparentes. «Las decisiones quedan a discreción de cada gobierno», afirma John Spence, presidente de la turoperadora Scott Dunn USA. «Te gustaría pensar que se basan en evidencias científicas, pero las juntas turísticas los presionan internamente».

Estar al día de las restricciones —y los riesgos— relacionadas con la COVID se ha vuelto tan fundamental que Spence tiene a un empleado a tiempo completo dedicado a esta tarea. Con todo, su equipo consulta de forma regular al Departamento de Estado de Estados Unidos, las páginas web de las embajadas estadounidenses, las recomendaciones a los viajeros británicos, la WTTC y otras fuentes cuando sopesan si enviar a sus clientes a un destino.

Algunos países nunca cerraron las puertas

Algunos países con economías turísticas considerables, como México, nunca llegaron a cerrarse a los extranjeros. Además de limitar los cruces por tierra, el vecino sureño de Estados Unidos no impone restricciones de entrada a los estadounidenses. Los visitantes pueden hacerse un chequeo de temperatura al llegar, pero además de eso, la Embajada estadounidense en México solo publica información básica sobre el distanciamiento social y la buena higiene de manos en su página web.

Estas actitudes aparentemente indiferentes podrían surgir de las presiones financieras. Los turistas extranjeros —el mayor porcentaje estadounidenses— gastaron casi 25 000 millones de dólares en México en 2019. El turismo representa más del 15 por ciento del PIB, un porcentaje que una economía que ya tiene dificultades no puede permitirse perder.

Roberto Zapata, vicepresidente de turismo de la Cámara Nacional de Comercio de México, contó hace poco a los periodistas que el sector ha perdido 180 millones de dólares al día desde marzo. En 2020, prevé que el sector turístico solo alcanzará, como máximo, el 45 por ciento de sus beneficios de 2019. Con muchos hoteles funcionando a un 30 por ciento de la capacidad debido a las restricciones del gobierno y los pequeños negocios (operadores de barco, guías turísticos) con pocos o ningún ingreso turístico, seguir abiertos parece la única opción.

Otros países con pocas restricciones incluyen Tanzania, donde el turismo generó casi 2500 millones de dólares un año antes de la pandemia. En junio, el presidente John Magufuli declaró falsamente que el país ya no tenía coronavirus y el gobierno dejó de informar de los casos. Mafuguli atribuyó el milagro sanitario a las oraciones y a un té de hierbas, y ahora insta a los extranjeros a visitar el país. Sin embargo, la Embajada de Estados Unidos señala que el riesgo de contraer la COVID-19 sigue siendo elevado en Tanzania, cuyos centros sanitarios están saturados.

Spence cree que, ahora mismo, Kenia es un destino más seguro en África oriental. «Lo han hecho bien en lo que respecta a cuándo reabren y con qué condiciones», afirma. El país, donde el turismo da trabajo a dos millones de personas, estuvo más de cuatro meses cerrado antes de permitir que se reanudaran los vuelos internacionales el 1 de agosto. «Muchas personas se han quedado sin empleo y muchas familias han sufrido», afirma la Dra. Betty Addero Radier, consejera delegada de la Junta de Turismo de Kenia. «La reapertura ha dado esperanzas a mucha gente».

Addero Radier cree que reabrir ahora es la única opción. «El virus estará mucho tiempo con nosotros», afirma. «Cerrar nuestras fronteras y nuestro espacio aéreo fue una decisión necesaria para contener la propagación. Pero no podíamos cerrar la economía para siempre».

Los viajeros sacan fotos y nadan junto al río Fortuna en el parque nacional Volcán Arenal, en Costa Rica. El país centroamericano se reabrió a los turistas estadounidenses en noviembre. Para entrar, deben rellenar un impreso sanitario y pagar un seguro que cubra los posibles gastos médicos y de cuarentena.

Fotografía de Thomas Ebert, Laif/Redux

Un enfoque cauto en Costa Rica

A la hora de ponderar la economía frente a la salud, otros países que dependen del turismo han adoptado medidas más cautas y establecido protocolos de seguridad exhaustivos antes de reabrir.

Un ejemplo es Costa Rica y su sector turístico de 4000 millones de dólares anuales, que se prevé que se reduzca un 70 por ciento este año.

«Esto se traduce en drama humano», afirma Gustavo J. Segura, ministro de Turismo de Costa Rica. «Hablamos de cientos de miles de personas que han perdido sus puestos de trabajo». Hay 600 000 empleos vinculados directa o indirectamente al sector turístico, que equivale a más de un ocho por ciento del PIB del país. Los viajeros estadounidenses son casi la mitad de los casi tres millones de visitantes extranjeros de Costa Rica en un año normal, y es comprensible que las autoridades turísticas se sintieran inquietas por permitir que entraran para gastar dinero en los alojamientos ecológicos de la selva y los complejos hoteleros de las playas.

Para reabrir de la forma más segura para turistas y ciudadanos, el gobierno procedió con cautela, reanudando primero el turismo doméstico en julio y permitiendo la entrada de una cantidad limitada de europeos a principios de agosto. Aplicaron medidas de precaución como cerrar las playas a las 14:30 y limitar las excursiones guiadas a grupos privados con burbujas sociales.

El gobierno de Granada ha adoptado medidas cautas para permitir el regreso de los turistas extranjeros y exige una prueba negativa de COVID-19 antes y después de su llegada. Los visitantes deben hacer cuarentena en su hotel o resort (como Sandals, en la foto) hasta recibir un resultado negativo que les permita recorrer las islas.

Fotografía de Dietmar Denger, Laif/Redux

Los resultados han sido positivos: «Ninguno de los visitantes entró al país con el virus ni contrajo el virus durante su estancia en Costa Rica», afirma Segura. «En septiembre, decidimos que era hora de reabrir a Estados Unidos». Al principio, se permitió la entrada a los residentes de 20 estados con niveles de infección inferiores a los de Costa Rica; para el 1 de noviembre, el país había abierto a todos los estadounidenses.

En el Caribe, sopesan costes y beneficios

Las islas caribeñas han reabierto con cautela a los turistas estadounidenses. Las Islas Vírgenes estadounidenses —donde el turismo equivale a más del 50 por ciento del PIB— fueron unas de las primeras que abrieron, en junio, y desde entonces las han seguido destinos como Santa Lucía, Turcas y Caicos, la República Dominicana y, más recientemente, el país de tres islas de Granada.

La región del Caribe atrajo a 31,5 millones de turistas en 2019, generando más de 40 000 millones de dólares en ingresos, una cifra que se prevé que caerá al menos un 50 por ciento este año. Granada depende menos del turismo que muchos países caribeños. La llaman la «isla de las especias» porque es una fuente global de nuez moscada, canela y otros cultivos.

El turismo representa casi un 23 por ciento del PIB y genera más de 10 000 puestos de trabajo en una población de más de 112 000 personas. «Para una isla pequeña, es enorme», afirma Patricia Maher, consejera delegada de la Autoridad de Turismo de Granada.

Las repercusiones en un lugar como Granada van más allá de los trabajos turísticos. «No son solo las nóminas directas las que se ven afectadas: son los servicios de fontanería, de electricidad y otros servicios complementarios», afirma Carvell. «Estas personas que normalmente comprarían bienes y servicios, ahora tienen pocos o ningún ingreso para hacerlo. Estas cosas repercuten en toda la economía».

Antes de decidir que permitiría el regreso de los turistas estadounidenses a principios de octubre, el gobierno granadino sopesó las consecuencias financieras y los riesgos de la COVID. «Nuestra ministra de Turismo es doctora en medicina y colabora estrechamente con el ministro de Sanidad y el director médico», afirma Maher. «Han pasado horas, días, semanas trabajando en los protocolos y hallando el equilibrio entre las vidas y el sustento».

El gobierno ha trabajado estrechamente con la Organización de Turismo del Caribe y la Agencia de Salud Pública del Caribe, un consorcio dedicado a prevenir las enfermedades en la región.  Granada —donde solo se han confirmado 41 casos de COVID-19— ha optado por la cautela. Para visitar las islas, los no residentes en el Caribe necesitan una PCR negativa obtenida en los últimos siete días. Una vez allí, deben quedarse en su resort u hotel durante cuatro días antes de volver a hacerse la prueba; si el segundo resultado es negativo, pueden viajar por el país.

Preparados para el desastre

Incluso con las medidas adicionales aplicadas antes de reabrir el sector turístico, los brotes son inevitables. «Puedes tomar todas las precauciones que quieras, pero este virus va a aparecer y va a viajar», afirma el Dr. Nabarun Dasgupta, epidemiólogo de la Universidad de Carolina del Norte. «La cuestión es qué vas a hacer cuando el volcán entre en erupción».

Países como Granada y Costa Rica están preparándose para cuando llegue ese día. «Nuestra ministra de Turismo es realista», afirma Maher. «Aplicamos las mejores medidas para prevenirla, pero al fin y al cabo prevemos que ocurrirá».

Para abordar posibles brotes, Granada cuenta con un proceso exhaustivo de rastreo de contactos; el gobierno también ha formado en control de infecciones a más de 2000 trabajadores turísticos. Costa Rica depende en gran medida de su sistema de salud pública de prestigio, que incluye una red de clínicas ambulatorias en todo el país. «Esto es fundamental para el turismo, porque podrías estar en una zona muy rural y te atenderá un médico certificado», afirma Segura, añadiendo que Costa Rica también exige que los visitantes tengan seguro de viajes para cubrir las hospitalizaciones y cuarentenas relacionadas con la COVID-19.

Prevenir y contener la transmisión del virus es un factor primario en el éxito de las reaperturas. «Si la gente no se siente cómoda con la capacidad del país anfitrión para mantener su seguridad, no van a visitarlo», afirma Carvell. «El mercado recompensará a los países que ofrezcan niveles razonables de seguridad».

Bruce Wallin es un escritor, editor y productor premiado especializado en viajes de lujo y de aventura. Síguelo en Instagram.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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