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La ciudad perdida de Tamão está oculta a plena vista

La misteriosa precursora de la ciudad de Macao era una mezcla de las culturas europea y china.

Por Ronan O’Connell
Publicado 17 mar 2021 12:23 CET
El teleférico de Ngong Ping, en Hong Kong

El teleférico de Ngong Ping, en Hong Kong, ofrece a los pasajeros vistas al estrecho del mar de la China Meridional. Se dice que el asentamiento de Tamão, del siglo XVI, está enterrado en algún lugar de su litoral.

Fotografía de Billy H.C. Kwok, Bloomberg/Getty Images

En el centro de Macao hay una estatua de piedra de un explorador portugués. Su tamaño y su ubicación prominente dan la impresión de que Jorge Álvares es un personaje importante en la historia de esta ciudad-estado conocida como las «Vegas de Asia».

En realidad, Álvares es tan misterioso que su imagen se basa en conjeturas y, 500 años después de su muerte, nadie puede determinar todavía la ubicación de su mayor logro: el primer asentamiento europeo en China. Los historiadores ni siquiera están seguros de cómo murió. Lo que sí creen es que falleció en un lugar importante pero esquivo llamado Tamão.

Me detengo al pie de la estatua, en un pequeño espacio verde llamado plaza Jorge Álvares, y me doy cuenta de que todos la ignoran. Los vecinos y los turistas posan con un escenario de rascacielos brillantes o monolitos con cruces cristianas que ponen de relieve la influencia europea en Macao, que fue una colonia portuguesa entre 1557 y 1999.

En su libro de 1955, China Landfall 1513: Jorge Álvares’ Voyage to China, el autor José María Braga, un profesor sino-portugués, escribió que, hasta que se erigió esta estatua en la década de 1950, Álvares había quedado olvidado durante cientos de años.

Incluso ahora, con una plaza que lleva su nombre, Álvares es un desconocido para la mayoría de los habitantes de Macao, según Wu Zhiliang, presidente de la Macao Foundation, una entidad gubernamental que protege la historia y la cultura de Macao. «La generación más joven podría identificarlo como navegante portugués que llegó hasta China», afirma Wu.

Esos estudiantes aprenden que, bajo el gobierno portugués, Macao se convirtió en una ciudad rica y multicultural. Fusionó las culturas europea y china y, a la larga, creció con los beneficios de los casinos. Con todo, este Macao próspero y diverso podría no haber existido de no ser por Tamão.

El Lisboa es uno de los 41 casinos de Macao, fotografiado en el 2019 antes de que las autoridades cerraran los establecimientos de juego debido a la pandemia.

Fotografía de Lam Yik Fei, The New York Times/Redux

Ese enigmático asentamiento portugués, que duró ocho años, fue el predecesor de Macao, según Jorge Flores, un experto portugués de este periodo histórico en el Instituto Universitario Europeo. «No existe un vínculo directo [entre Tamão y Macao], pero Tamão contribuyó a enseñar a los portugueses cómo funcionaban China, el delta del río de las Perlas y el mar de la China Meridional», afirma Flores.

Oculta a plena vista

Pero ¿dónde estaba Tamão exactamente? Álvares celebró el nacimiento de Tamão en 1513 plantando un padrão en algún lugar entre Hong Kong y Macao. Estos pilares de piedra rematados por una cruz cristiana fueron erigidos por exploradores marítimos portugueses para reclamar la tierra descubierta.

Durante años, historiadores de China, Macao y Portugal han estado en desacuerdo sobre la ubicación de ese monolito. Algunos sostienen que Tamão era la actual Tuen Mun, en el extremo oeste de Hong Kong. Otros han sugerido la isla Lantau o la isla Chek Lap Kok.

La verdad podría estar oculta en uno de los lugares más ajetreados del planeta. Es probable que Álvares colocara ese padrão en un terreno ocupado por el actual Aeropuerto Internacional de Hong Kong. Esa es la opinión de uno de los pocos expertos en Tamão, Jin Guo Ping del Centro de Macaología en la Universidad Jinan, en China.

«Chek Lap Kok es la referencia más posible [de Tamão] debido a su pequeñez y la relativa facilidad de observar objetos desde lejos», afirma Jin. «Debido a su ventaja defensiva, es una ubicación relativamente ideal para anclar navíos».

Por su parte, el escritor Braga pensaba que Tamão estaba en la isla Lingding, a 13 kilómetros al noroeste del aeropuerto de Hong Kong. Flores es menos específico y solo dice que «probablemente estaba en la desembocadura del delta del río de las Perlas, al norte de la isla Lantau».

Parte del velo de intriga que cubre Tamão es la forma en que esta ciudad perdida no está oculta por una selva remota ni sepultada bajo una avalancha de escombros en la ladera de una montaña. Cada año, millones de turistas sobrevuelan Tamão o pasan de largo en los ferris de pasajeros que conectan Macao, Hong Kong y China. A pesar de todo, su descubrimiento no está más cerca.

Los visitantes recorren la isla Lantau, al oeste de Hong Kong. Los expertos creen que la isla contiene evidencias de la ciudad perdida de Tamão.

Fotografía de Fabian Weiss, laif/Redux

Flores y Jin han dicho que no son conscientes de ninguna nueva prueba de la ubicación de Tamão ni de ninguna búsqueda arqueológica reciente. La búsqueda de Tamão ha sido llevada a cabo por historiadores. No excavan en busca de pruebas, sino que investigan manuscritos, mapas y diarios antiguos.

«Consiste en cotejar e interpretar detalladamente los materiales escritos y visuales disponibles del periodo para intentar llegar a algunas conclusiones», afirma Flores sobre la exploración académica de Tamão. «Con todo, las evidencias históricas suelen ser escasas y fragmentarias en estos casos. Los estudiosos suelen contar con pocas señales y pistas que descodificar, de ahí la falta de consenso».

Comienza la travesía

Álvares afrontó una falta de información similar cuando zarpó hacia China. Los portugueses solo llevaban 15 años en Asia, comenzando con la llegada a la India de Vasco de Gama en 1498. Aunque exploraron tramos del sur de Asia —reuniendo especias en Indonesia, seda en Tailandia y marfil en Birmania—, el norte del continente fue un gran vacío en sus mapas y cuadernos.

Los portugueses no tenían ni idea de qué esperar de China. No podían saber que era una de las civilizaciones más avanzadas del mundo, que albergaba ciudades modernas, producía obras de arte sofisticadas y contaba con un comercio próspero y una vasta infraestructura. Sin embargo, los portugueses sí percibieron que China era un lugar de grandes oportunidades comerciales. Así que después de que los exploradores portugueses tomaran la ciudad malaya de Malaca en 1511, su rey Manuel I les encargó sacarles a los lugareños todo lo que sabían de China.

La primera vez que recorrí las calles gastadas de Malaca, pasando frente a mezquitas malayas, iglesias portuguesas y templos chinos, no era consciente del poder que tuvo en su día esta ciudad portuaria. Los portugueses convirtieron Malaca en el puerto comercial clave del Sudeste Asiático. También se convirtió en el punto de partida del primer viaje histórico de Álvares a China en 1513.

Cuando el junco de Álvares llegó a aguas chinas, cerca de Macao, descubrió que no se permitían visitantes en el continente chino sin permiso del emperador Zhengde, de la dinastía Ming. Los mercaderes extranjeros podían comerciar con los chinos. Pero tenían que operar desde una de las islas en la desembocadura del río de las Perlas, que atravesaba Cantón y desembocaba en el mar de la China Meridional, entre Macao o Hong Kong.

Así que Álvares se estableció en Tamão. El comercio con los chinos fue rápido y lucrativo. Los portugueses vendían vino y especias y compraban exquisiteces como porcelana, perlas, ruibarbo y brocados.

Álvares no solo cosechó bienes de estos intercambios, sino también información muy valiosa. Al conversar con mercaderes de Cantón, Tailandia, Indonesia y Malasia, Álvares aprendió sobre la cultura, la religión, las finanzas y el ejército de China, según el libro de Braga. Para el rey Manuel I, recabar información era tan importante como establecer acuerdos comerciales con los chinos. También era crucial mantener la paz. Portugal no quería guerrear con el poderoso Imperio Ming.

El fin sangriento de Tamão

Cada año, en agosto, una paleta de colores brillantes se refleja en el mar de la China Meridional. Ese espectáculo se debe a una de las principales atracciones turísticas de Macao, el Concurso Internacional de Fuegos Artificiales de Macao. Exactamente hace 500 años este año, las aguas de Macao presenciaron una exhibición de explosivos cuyo fin no era entretener, sino herir. Era la batalla de Tamão.

Aunque Álvares era prudente y cortés en sus tratos con los chinos, algunos de sus compatriotas optaron por vías más traicioneras. Seis años después de la fundación de Tamão, cuando las relaciones entre los portugueses y los chinos seguían siendo cordiales, el capitán portugués Simão de Andrade se adentró en el mar de la China Meridional como un tifón.

De Andrade enseguida enfadó a los chinos. En primer lugar, se negó a pagar impuestos, después atacó a un oficial chino y, finalmente, creó lo que Flores describe como una «presencia militar perjudicial» en Tamão. Fue ahí donde empezó a construir un fuerte. Al hacerlo, De Andrade dio a China la impresión de que los amistosos comerciantes portugueses estaban convirtiéndose en ocupantes agresivos.

Esa falta de respeto se reforzó en 1521, cuando una flota portuguesa se negó a dejar de comerciar en territorio chino pese a la muerte del emperador Zhengde. Los buques navales chinos enseguida se arremolinaron alrededor del asentamiento y, tras una batalla mortal, los portugueses supervivientes huyeron. Tamão quedó abandonada. China suspendió el comercio marítimo. Los portugueses se vieron obligados a reagruparse en Malaca. Tardarían décadas en reconstruir la confianza con China y volver a obtener permiso para construir un nuevo asentamiento en Macao.

Siguiendo el rastro fantasmagórico de Álvares

Si un turista quiere rastrear esta historia impresionante, sus opciones son limitadas. Puede ver la estatua de Álvares o visitar el Museo de Macao, donde se lo menciona brevemente. Lo que los visitantes verán en este último lugar, ubicado en el fuerte portugués de Monte, de 400 años de antigüedad, es una extensa panorámica del legado de Álvares.

Desde la posición del fuerte en la cima de una colina, pude ver los enormes casinos de la isla Taipa de Macao. Debajo, en la península de Macao, había muchas antiguas estructuras portuguesas que, en conjunto, componen el lugar Patrimonio de la Humanidad de la Unesco llamado Centro histórico de Macao.

Una mujer se saca un selfi en las escaleras de las ruinas de la catedral de San Pablo en Macao, China, el jueves, 3 de marzo del 2020. Portugal controló Macao durante 442 años hasta 1999. Su influencia ha quedado reflejada en los muchos edificios coloniales de la zona vieja de la ciudad.

Fotografía de Billy H.C. Kwok, Bloomberg/Getty Images

Aquí hay preciosas plazas portuguesas, un teatro europeo del siglo XIX, dos fuertes portugueses, muchas grandes mansiones coloniales y varias iglesias católicas vetustas. La forma ordenada en que se mezclan con los templos chinos y las tiendas coloniales convierten la ciudad vieja de Macao en el deleite de los paseantes.

Álvares no vivió para ver los frutos de su trabajo. No podría presenciar el nacimiento de Macao ni el florecimiento de una relación secular entre Portugal y China. A medida que las generaciones expiraban y Macao se expandía, el papel de Álvares quedó reducido a una nota al pie. Se convirtió en poco más que una estatua ignorada por la mayoría. Incluso este año, el 500º aniversario de su muerte, no se celebraron eventos conmemorativos ni en Portugal ni en Macao.

Con todo, hay una cosa que nunca podrán quitarle a Álvares. Sigue poseyendo un secreto extraordinario. Esa información preciada está enterrada con él. En 1521, Álvares fue enterrado junto a la señal portuguesa que erigió en Tamão ocho años antes.

El misterio de aquel asentamiento, donde los portugueses conectaron con China por primera vez, no se resolverá pronto. Lo que queda claro es que Tamão y el hombre que la fundó pusieron en marcha una cadena de acontecimientos que, a la larga, dio lugar a Macao, un híbrido europeo y chino y una de las ciudades más intrigantes del mundo.

Ronan O’Connell es un periodista y fotógrafo australiano. Síguelo en Twitter.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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