Las soluciones creativas de la ciencia para salvar al kakapo

Solo quedan 147 ejemplares del kakapo. Los científicos están empleando dispositivos de seguimiento de la actividad física y drones que transportan semen para ayudar al ave a reproducirse.martes, 12 de marzo de 2019

Dentro de una cabaña en la remota isla Codfish, en la costa de la Isla Sur de Nueva Zelanda, hay un organigrama en una nevera que representa el futuro de una especie.

Esa especie es el kakapo, un raro loro incapaz de volar y endémico de Nueva Zelanda. En ese organigrama figuran todas las hembras reproductoras del planeta —50 de ellas con nombres como Pearl, Marama y Hoki— y el estado de sus huevos: caritas sonrientes en los huevos fértiles, líneas rectas en los infértiles, alas y patas en los polluelos que han eclosionado y equis en los que han muerto.

Con la esperanza de dibujar más caritas sonrientes con alas y menos equis, un equipo de científicos, guardas y voluntarios trabajan las 24 horas durante la temporada de cría actual. Usan huevos «inteligentes» impresos en 3D, dispositivos de seguimiento de la actividad física y un dron que transporta esperma al que llaman «mensajero de cloaca». Su objetivo es convertir un año de récords reproductivos en un hito de la repoblación y ayudar a esta querida ave a alejarse del borde del precipicio de la extinción.

Un ave insólita

El kakapo es una rareza aviar: es el único loro nocturno y no volador del mundo, un ave terrestre que pesa hasta cuatro kilos y acostumbra a quedarse paralizado cuando se encuentra con depredadores. Las plumas verdes jaspeadas le proporcionan camuflaje en el bosque y su ancho pico le aporta una expresión cómica, una mezcla entre búho y marioneta.

 

Sirocco, un kakapo criado en cautividad que se ha convertido en el «ave portavoz» de la conservación en Nueva Zelanda, tiene más de 200.000 seguidores en Facebook. Su intento fallido de aparearse con la cabeza de un zoólogo humano se convirtió en la inspiración de «party parrot», el emoji de un loro de colores neón adorado en Reddit.

«Son aves muy carismáticas», explica Andrew Digby, asesor científico del Programa de Recuperación del Kakapo del Departamento de Conservación de Nueva Zelanda. «Cuesta no quererlos».

Los kakapos abundaban en Nueva Zelanda, pero las ratas, los gatos y los armiños que trajeron consigo los humanos a las islas devoraron a estas aves, sus polluelos y sus huevos. En la actualidad, se han transportado 147 adultos a tres islas sin depredadores. Esa cifra es un logro en sí misma, un aumento a partir de los 51 ejemplares que quedaban a mediados de los 90.

Repoblar a esta especie no es coser y cantar. Los kakapos solo se reproducen cada dos o cuatro años, cuando los árboles rimu producen una cantidad extraordinaria de frutos y, aunque se apareen, menos de la mitad de los huevos son fértiles, probablemente por la endogamia. En 2016, pusieron 122 huevos, pero solo 34 polluelos sobrevivieron hasta el emplumecimiento.

«Resulta frustrante, y decepcionante, y eufórico», explica Alison Ballance, zoóloga, escritora y experta en kakapos, sobre el drama de la temporada de cría, que está documentando para Radio New Zealand en el podcast Kakapo Files.

Con 218 huevos puestos desde el pasado diciembre y 52 polluelos vivos, este año ya ha superado los récords anteriores. «Sin duda ha batido récords en los tiempos modernos de la reproducción de kakapos», afirma Digby. «Nunca hemos documentado nada igual».

Ayuda de alta tecnología

Para maximizar la cantidad de huevos que lleguen a convertirse en adultos de plumaje verde, el Programa de Recuperación del Kakapo ha adoptado un enfoque tecnológico.

«Es bastante experimental», explica Digby. «Traspasa las fronteras ligeramente en términos de lo que es posible en conservación».

Este año, el programa se basa en unos transmisores de actividad física que llevan todas las aves y que les rodean las alas como si fueran una mochila. Aunque no haya guardas acechando entre la maleza, el sistema puede informar de qué kakapos se han apareado, con quién y con cuánta intensidad, y los sensores frente a cada nido envían alertas de las idas y venidas de las madres. Los huevos fértiles se retiran de los nidos y se incuban en una sala en cada isla para que eclosionen en cautividad, aunque las madres se sientan sobre huevos «inteligentes» impresos en 3D que hacen ruido para prepararlas para el regreso de sus polluelos. Algunos polluelos se crían en cautividad para inducir a las hembras a anidar de nuevo.

Un proyecto reciente ha secuenciado el genoma de todos los kakapos, de forma que Digby también lleva a cabo inseminaciones artificiales con semen de machos genéticamente importantes y usando un dron al que llaman «mensajero de cloaca» para que vuele por la isla hasta las hembras. (La cloaca es la cavidad al final de los tractos reproductivo, digestivo y urinario.)

Durante la noche, los trabajadores acampan cerca de los nidos para supervisar los huevos, reparar los nidos y vigilar a polluelos vulnerables. «Ahora mismo, trabajamos día y noche», cuenta Digby. «Cuando solo quedan 147 adultos, debemos pasar por esta fase de cuidados intensivos. No nos podemos permitir perder a ningún kakapo más y debemos criar tantos como podamos».

Responsables de su salvación

Salvar a un ave de la que pocas personas han oído hablar es una labor monumental.

«Si detenemos la conservación del kakapo, más nos vale salvar a tres o cuatro especies que exijan menos trabajo», afirma Digby. Pero añade que las aves atraen a gente que, de lo contrario, no se preocuparía por la conservación. «Hay niños en Estados Unidos que, en lugar de pedir regalos de cumpleaños, piden a su familia y amigos que donen dinero a la conservación del kakapo aunque nunca hayan visto uno en toda su vida».

En la página de Facebook Kakapo Recovery, 53.000 seguidores aguardan ansiosos la actualización del organigrama de la nevera, y Alison Ballance dice que su podcast se ha convertido en uno de los más escuchados de RNZ.

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Tāne Davis, representante de la tribu maorí Ngāi Tahu en el Programa de Recuperación del Kakapo, dice que las aves eran un recurso fundamental para sus ancestros, que los cazaban por su carne, plumas y piel. «[Tienen] una gran importancia para [la tribu] iwi», cuenta. «Los veneramos porque respetamos lo que nos han dado estas especies taonga [valiosas]».

Aún sin un vínculo histórico, la gente se enamora perdidamente del kakapo. «Te llegan al alma», cuenta Jonni Walker, especialista en visualización de datos que supo de las aves al buscar series de datos interesantes. «Te da la impresión de que tienen rasgos diferentes y personalidades propias».

Ballance atribuye ese gran número de seguidores a la distinción evolutiva del kakapo y al hecho de que somos los responsables últimos de su supervivencia. «Sentimos la enorme obligación moral de ayudarlo a recuperarse tras haberlo puesto en esta situación».

Esta temporada de cría de récord podría ser un paso en la dirección correcta.

«Nuestro objetivo final es que el kakapo vuelva a toda Nueva Zelanda», afirma Digby. «Hace unos años, sonaba exagerado, como si solo pudiera ocurrir dentro de 300 años. Pero creo que, tal y como van las cosas, no es un sueño tan distante».

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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