La deforestación da lugar a más enfermedades infecciosas en humanos

Ante el incremento de la tala en todo el mundo, los científicos temen el aumento de los casos de enfermedades como la malaria o el virus Nipah en humanos.martes, 26 de noviembre de 2019

En 1997, las nubes de humo se cernían sobre las selvas de Indonesia mientras un ardía área de más de 119 000 kilómetros cuadrados para dejar espacio a la agricultura. La sequía había agravado los incendios. Ahogados por el humo, los árboles no podían producir fruta, lo que no dejó ninguna opción a los murciélagos de la fruta salvo volar a otro lugar en busca de alimento, transportando consigo una enfermedad mortal.

Poco después de que los murciélagos se establecieran en los árboles de los huertos malayos, los cerdos y los ganadeors que se encontraban cerca cayeron enfermos, quizá tras consumir la fruta caída que los murciélagos habían mordisqueado. Para 1999, 265 personas habían desarrollado inflamación cerebral grave y 105 habían fallecido. Se trata de la primera aparición documentada del virus Nipah en humanos y, desde entonces, ha provocado una serie de brotes recurrentes en todo el Sudeste Asiático.

Es una de las muchas enfermedades infecciosas que suelen estar limitadas a la fauna salvaje y se han propagado a humanos en zonas con una tala forestal acelerada. En las dos últimas décadas, un conjunto creciente de evidencias científicas sugiere que la deforestación da lugar a una sucesión de eventos compleja que crea las condiciones idóneas para que un amplio abanico de patógenos letales —como los virus Nipah y la fiebre de Lassa y los parásitos que provocan la malaria y la enfermedad de Lyme— se propaguen a las personas.

Mientras prosigue la quema generalizada de los bosques tropicales de la Amazonia y de algunas partes de África y el Sudeste Asiático, los expertos han expresado su preocupación por la salud de las personas que viven en las fronteras de la deforestación. También temen que la próxima pandemia grave surja de los bosques del planeta.

«Es bien sabido que la deforestación puede ser un motor importante de la transmisión de enfermedades infecciosas. Es cuestión de cifras: cuanto más degrademos y talemos los hábitats forestales, más probable será acabar con situaciones en las que se produzcan epidemias de enfermedades infecciosas», afirma Andy MacDonald, ecóloga de enfermedades en el Earth Research Institute de la Universidad de California, Santa Bárbara.

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Un vínculo directo

Durante años se ha sospechado que la malaria —que mata a más de un millón de personas cada año debido a la infección de parásitos Plasmodium transmitidos por mosquitos— iba acompañada de la deforestación. En Brasil, aunque las iniciativas de control han reducido drásticamente la transmisión de la malaria en el pasado —de seis millones de casos a principios de los 40 a solo 50 000 en los 60—, los casos han vuelto a aumentar paralelamente a la rápida tala forestal y la expansión de la agricultura. A principios de siglo, se documentaron más de 600 000 casos anuales en la cuenca amazónica.

A finales de los 90, un trabajo de Amy Vittor —epidemióloga del Emerging Pathogens Institute de la Universidad de Florida— y otros autores sugirió un motivo. La tala de áreas forestales parece crear un hábitat ideal en las lindes del bosque para la reproducción del mosquito Anopheles darlingi, el transmisor más importante de la malaria en la Amazonia. En estudios minuciosos en la Amazonia peruana, halló mayores cantidades de larvas en estanques cálidos y parcialmente a la sombra, del tipo que se forman junto a las carreteras que atraviesan los bosques y los charcos donde los árboles ya no absorben agua.

«Esos eran los [lugares] donde prefería estar el Anopheles darlingi», recuerda Vittor.

En un análisis complejo de datos por satélite y sanitarios publicado recientemente en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences, MacDonald y Erin Mordecai, de la Universidad de Stanford, documentaron el impacto considerable de la deforestación en la cuenca amazónica a la hora de transmitir la malaria, algo que coincide con investigaciones previas.

Entre 2003 y 2015, se estima que, de media, un incremento anual del 10 por ciento en la pérdida forestal provocó un aumento del 3 por ciento en los casos de malaria. Por ejemplo, en un año del estudio, se vinculó una franja adicional de 1600 kilómetros cuadrados de bosque talado a 10 000 casos más de malaria. Este efecto fue más pronunciado en el interior del bosque, donde aún quedan franjas forestales intactas que proporcionan un hábitat fronterizo húmedo del que los mosquitos disfrutan.

Ante la quema de la Amazonia, estos resultados no auguran nada bueno. Los últimos datos, publicados esta semana, revelan que hasta la fecha se ha destrozado un área 12 veces mayor a la ciudad de Nueva York.

«Me preocupa lo que ocurrirá con la transmisión cuando terminen los incendios», afirma MacDonald.

Vittor insiste en que cuesta generalizar acerca de la ecología de los mosquitos, ya que varía según la especie y la región. En África, los estudios han descubierto pocos vínculos entre la malaria y la deforestación, quizá porque a las especies de mosquito del continente les gusta reproducirse en masas de agua soleadas y prefieren las tierras de cultivo abiertas a las zonas forestales con sombra. Pero en Sabah, que forma parte del Borneo malayo, los brotes de malaria también ocurren a la par con arrebatos de tala forestal para el aceite de palma y otras plantaciones.

Fiebre de la selva

Los mosquitos no son los únicos animales que pueden transmitir plagas mortales a los humanos. De hecho, el 60 por ciento de las nuevas enfermedades infecciosas que aparecen en humanos —como el VIH, el ébola y el Nipah, todas originadas en animales que habitan en los bosques— son transmitidas por otros animales, la gran mayoría fauna salvaje.

En un estudio de 2015, los investigadores de Ecohealth Alliance, una ONG con sede en Nueva York que rastrea las enfermedades infecciosas a nivel global, determinó que «casi uno de cada tres brotes de enfermedad[es] nuevas y emergentes se vinculan a cambios en el uso del suelo, como la deforestación», tuiteó el presidente de la organización, Peter Daszak, a principios de año.

Muchos virus existen de forma inofensiva con sus huéspedes en los bosques, ya que los animales han coevolucionado con ellos. Pero los humanos pueden convertirse en huéspedes para patógenos si se adentran o cambian el hábitat forestal.

«Estamos cambiando por completo la estructura del bosque», indica Carlos Zambrana-Torrelio, ecólogo de enfermedades de la Ecohealth Alliance.

Una atracción letal

Las enfermedades también pueden presentarse cuando los hábitats nuevos sacan del bosque a especies portadoras de enfermedades.

Por ejemplo, en Liberia, la tala forestal para las plantaciones de aceite de palma atrae a hordas de ratones que normalmente viven en el bosque debido a la abundancia de frutos de palma en torno a las plantaciones y los asentamientos. Los humanos pueden contraer el virus de Lassa cuando entran en contacto con la comida o los objetos contaminados con heces u orina de roedores portadores del virus o fluidos corporales de personas infectadas. En humanos, el virus provoca fiebre hemorrágica —el mismo tipo de enfermedad provocada por el virus del Ébola— y en Liberia mató al 36 por ciento de las personas infectadas.

También se han observado roedores portadores del virus en zonas deforestadas de Panamá, Bolivia y Brasil. Alfonso Rodríguez-Morales, investigador médico y experto en enfermedades tropicales de la Universidad Tecnológica de Pereira (Colombia), teme que sus áreas de distribución aumenten tras el recrudecimiento de los incendios en la Amazonia este año.

Dichos procesos no se limitan a enfermedades tropicales. Parte de la investigación de MacDonald ha revelado un vínculo intrigante entre la deforestación y la enfermedad de Lyme en el nordeste de Estados Unidos.

La Borrelia burgdorferi, la bacteria que provoca la enfermedad de Lyme, se transmite mediante garrapatas que dependen de los ciervos que viven en bosques para reproducirse y obtener sangre suficiente para sobrevivir. Sin embargo, MacDonald explica que la bacteria también está presente en el ratón de patas blancas, que prospera en bosques fragmentados por asentamientos humanos.

Añade que es más probable que se contagien enfermedades infecciosas a personas en los trópicos porque hay más diversidad general de fauna y patógenos. Allí se han vinculado a la deforestación una serie de enfermedades transmitidas por un amplio abanico de animales, de bichos chupasangres a caracoles. Además de las enfermedades conocidas, los científicos temen que las enfermedades desconocidas que acechan en los bosques se expongan conforme la gente los invada.

Zambrana-Torrelio indica que la probabilidad de contagios a humanos podría aumentar con el calentamiento del clima, ya que empujará a los animales y a los virus que portan a regiones donde nunca habían existido.

Vittor afirma que si esas enfermedades se quedarán confinadas a los límites de los bosques o si lograrán establecerse en las personas y desatar una posible epidemia dependerá de su transmisión. Algunos virus, como el del Ébola o el Nipah, pueden transmitirse directamente entre humanos, lo que en teoría permite que viajen por el mundo siempre que haya personas.

El virus del Zika, que se descubrió en bosques ugandeses en el siglo XX, solo pudo surcar el mundo e infectar a millones de personas porque encontró un huésped, el Aedes aegypti, un mosquito que prospera en zonas urbanas.

«Detesto pensar que otro patógeno o varios más pudieran hacer tal cosa, pero sería ingenuo no creer que es una posibilidad para la que hay que prepararse», afirma Vittor.

Un nuevo servicio

Los investigadores de Ecohealth Alliance han propuesto que la contención de enfermedades pase a considerarse un nuevo servicio del ecosistema, es decir, un beneficio que los humanos obtienen de los ecosistemas naturales, como el almacenamiento de carbono y la polinización.

Para aportar argumentos, su equipo ha trabajado en el Borneo malayo para determinar el coste exacto de la malaria, detallando cada cama de hospital y jeringuilla que usen los médicos. Han descubierto que el gobierno malayo se gasta  una media de unos 4500 euros para tratar a cada paciente nuevo de malaria en la región. En algunas zonas, esa cifra es mucho más de lo que invierten en el control de la malaria, según Zambrana-Torrelio.

Según Daszak, con el paso del tiempo la cifra asciende y supera los beneficios que se ganarían si se talaran los bosques, un argumento financiero convincente a favor de dejar los árboles en pie.

Sus colegas y él han empezado a colaborar con el gobierno malayo para incorporarlo en la planificación de usos del suelo y llevan a cabo un proyecto similar con las autoridades de Liberia para calcular el coste de los brotes de la fiebre de Lassa.

MacDonald cree que esta idea es valiosa: «Si podemos conservar el medio ambiente, entonces quizá podamos proteger la salud», afirma. «Creo que es el rayo de esperanza que deberíamos tener en mente».

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.
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