¿Ya has tenido el coronavirus? Podrías contraerlo una segunda vez

Los casos de reinfecciones son raros, pero están aumentando en todo el mundo y es probable que muchos no se detecten.

Publicado 2 dic 2020 12:09 CET
Un hombre pasa frente a una ilustración de un virus

Un hombre con mascarilla pasa frente a una ilustración de un virus en el Oldham Regional Science Centre el 24 de noviembre de 2020 en Oldham, el Reino Unido. Más países están advirtiendo casos de reinfección de COVID-19 y estos demuestran que haberse recuperado del coronavirus SARS-CoV-2 no es excusa para eludir las normas sanitarias mientras la pandemia continúa.

Fotografía de Christopher Furlong, Getty Images

Las personas pueden contraer la COVID-19 dos veces. Este es el consenso emergente entre los expertos sanitarios que están descubriendo la posibilidad de que aquellos que se han recuperado del coronavirus puedan contraerlo de nuevo. Por ahora, el fenómeno no parece generalizado —se han documentado unos pocos cientos de reinfecciones en todo el mundo—, pero es probable que las cifras aumenten a medida que la pandemia continúa.

Identificar las reinfecciones es complicado: los brotes subsiguientes tardan un tiempo en aparecer y, además, los departamentos sanitarios deben asegurarse de que esos supuestos casos son reinfecciones, ya que los residuos del coronavirus pueden persistir durante semanas. Por ejemplo, el entrenador de fútbol americano de la Universidad de Alabama, Nick Saban, fue noticia justo antes de Acción de Gracias, cuando dio positivo por segunda vez. Pero no está claro si estaba realmente reinfectado debido a un punto ciego en la forma en que las autoridades detectaron los casos durante su primer episodio en octubre.

Como las reinfecciones de COVID-19 aún son relativamente poco comunes, no se las puede culpar del aumento de casos. Con todo, estos incidentes podrían ser una noticia indeseable para los veteranos del coronavirus que esperaban que su experiencia les proporcionara el denominado pasaporte inmunitario. Estos casos demuestran que recuperarse del coronavirus SARS-CoV-2 no es excusa para no llevar mascarilla y saltarse el distanciamiento social mientras la pandemia sigue adelante. En octubre, una mujer neerlandesa de 89 años fue la primera muerte documentada de una persona que había contraído el coronavirus una segunda vez.

La inmunidad podría decaer con el paso del tiempo —como ocurre con otros coronavirus— y enfermar podría incluso preparar a algunas personas para sufrir síntomas peores si contraen el virus una segunda vez.

Un ejemplo es este estudio de casos, publicado en octubre en The Lancet: a principios de abril, un hombre de Nevada de 25 años apareció en un centro de pruebas comunitario quejándose de dolor de garganta, tos, cefalea y náuseas. Obviamente, dio positivo en COVID-19 y fue a casa para aislarse. En las semanas posteriores, otras dos pruebas confirmaron que se había recuperado. Sin embargo, para finales de mayo, el coronavirus volvió a afectarle. Esta vez sufrió un caso todavía peor marcado por la disnea y tuvo que ir a urgencias para que le administraran oxígeno.

Otros países también han informado de tasas de reinfecciones que sugieren que se desconoce la cifra mundial real, pero que podrían ser potencialmente peligrosas. El mes pasado, Suecia puso en marcha una investigación de 150 casos. En Brasil, los científicos están rastreando 95 casos. Y México afirma que ha documentado 258 casos de reinfecciones a mediados de octubre, casi un 15 por ciento de los cuales habían sido graves y un 4 por ciento, mortales. Los conjuntos de datos del país demuestran que las personas que sufrieron primeros casos graves eran más propensas a ser hospitalizadas con infecciones subsiguientes.

«La conclusión es que la reinfección es posible», afirma Richard Tillett, bioestadístico del Instituto de Medicina Personalizada de Nevada en la Universidad de Nevada, Las Vegas, y autor principal del estudio de casos. «Parece poco habitual y quizá incluso rara. Pero es real y puede ocurrir».

Por qué cuesta tanto detectar las reinfecciones

Las reinfecciones son difíciles de documentar porque los investigadores no pueden basarse simplemente en lo que cuentan los pacientes sobre síntomas recurrentes o en pruebas rutinarias de la reacción en cadena de la polimerasa (o PCR, por sus siglas en inglés). Necesitan pruebas genéticas más sólidas, lo que exige tecnologías diferentes.

De media, aparece una nueva mutación en el SARS-CoV-2 cada 15 días. Hasta la fecha, esos cambios naturales no son tan grandes como para alterar la naturaleza o la potencia del coronavirus, es decir, que no es una nueva cepa. Pero pueden aportar pruebas de que el segundo brote del paciente no ha sido igual que la infección original.

«No es que los pacientes se reinfecten por una nueva cepa», afirma Nathan Grubaugh, profesor adjunto de epidemióloga en la Facultad de Salud Pública de la Universidad de Yale en New Haven, Connecticut. Señala que esta secuenciación de datos ofrece una «firma genética» para demostrar si la recidiva de la enfermedad surge de una nueva infección.

Así es como el equipo de Nevada se convenció de que su paciente no solo sufría una infección persistente y clandestina que empeoró de repente. «Nuestro argumento es que la contrajo de una segunda fuente, porque observamos seis mutaciones diferentes», afirma Tillett.

Combinar los historiales de los pacientes y la secuenciación genética es la forma genuina de rastrear las reinfecciones; no pueden deducirse a partir de picos medidos con pruebas normales. En adelante, para hacer esto, los laboratorios sanitarios tendrán que unificar sus prácticas y almacenar las muestras a largo plazo. Un estudio reciente en Catar identificó 243 posibles reinfecciones basándose en historias clínicas, pero solo cuatro tenían suficiente material genético para confirmarse.

Esta necesidad hizo que los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de los Estados Unidos establecieran nuevas «reglas de oro» a finales de octubre. (El primer caso de Saban ocurrió antes de la publicación de estas pautas.)

Ahora se insta a las autoridades sanitarias locales que descubren supuestos casos repetidos a enviar las muestras a un laboratorio de pruebas que tenga capacidades de secuenciación genética, así como a documentar detenidamente los síntomas y el intervalo entre la infección inicial y la supuesta reinfección.

Ese intervalo de tiempo es fundamental porque podría ayudar a responder a la pregunta de cuánto dura nuestra inmunidad contra el SARS-CoV-2.

¿Una COVID-19 más leve la segunda vez?

Gran parte de la vuelta a la normalidad de la sociedad gira en torno a la duración y la fortaleza de nuestra inmunidad a la COVID-19. Además de determinar cómo se recupera la gente de la enfermedad, dictará con qué frecuencia debe administrarse una vacuna para controlar la pandemia y si deben mantenerse las normas de distanciamiento social.

Pero se tarda un tiempo en demostrar si la inmunidad de una enfermedad dada es duradera. Para obtener alguna pista de cómo podría comportarse la COVID-19, los expertos sanitarios intentaron adivinar el riesgo de reinfección analizando otros coronavirus humanos. Por ejemplo, un estudio de cuatro coronavirus estacionales publicado en septiembre en Nature Medicine desveló que las reinfecciones podrían ocurrir de seis a nueve meses después, pero es más probable que se observaran a los 12 meses. Con todo, la reacción de un cuerpo al SARS-CoV-2 es diferente a la de otros virus estacionales porque los humanos y estos últimos microbios han tenido tiempo para adaptarse los unos a los otros.

En general, Grubaugh atribuye el fenómeno de la inmunidad debilitada a la falta de anticuerpos para un virus determinado. El sistema inmunitario produce estas proteínas cuando reacciona a una infección. Ayudan a sofocar al microbio invasor y, según se cree, previenen futuros ataques.

Las evidencias sugieren que el 95 por ciento de las personas producen anticuerpos dos semanas después de la aparición de la COVID-19. Grubaugh afirma que es posible que los anticuerpos del SARS-CoV-2 desaparezcan con el tiempo y que uno pueda volver a ser susceptible, pero no cree que ocurra en años o décadas. Indica que es más probable que algunas personas no desarrollen una respuesta inmunitaria humoral infalible desde el principio.

Esto último parece ser lo que le ocurrió a un hombre de Hong Kong de 33 años que enfermó por primera vez en marzo y después desarrolló un caso asintomático en agosto. Aunque la segunda vez no exhibió síntomas clásicos como tos, fiebre y cefalea, sí se convirtió en un contagiador en potencia. Grubaugh sospecha que, ahora mismo, la mayoría de las reinfecciones se deben a un sistema inmunitario deficiente.

Algo que hace que las reinfecciones sean aún más desconcertantes es que estos casos se producen en un momento en el que las investigaciones emergentes sugieren que la inmunidad a la COVID-19 podría ser fuerte. Algunos estudios preliminares demuestran que los niveles de anticuerpos descienden un par de meses después de las infecciones de SARS-CoV-2, pero otros apuntan a que esta disminución no se traduce en una pérdida de protección.

La sinfonía de la inmunidad

De hecho, la disminución de los anticuerpos podría ser una señal de una respuesta inmunitaria sana y normal. En noviembre, un estudio británico publicado sin revisar informó de que un torrente inicial de anticuerpos poco después de la infección se correspondía con una protección que duraba seis meses, aunque los niveles de anticuerpos disminuyeran con el paso del tiempo. El estudio solo documentó tres reinfecciones asintomáticas en 1246 trabajadores sanitarios que tenían anticuerpos detectables desde el principio.

Esto se debe a que los niveles de anticuerpos no revelan del todo la capacidad de una persona para combatir futuras infecciones, señala S. Vincent Rajkumar, oncólogo y profesor de medicina de la Clínica Mayo en Rochester, Minnesota, que estudia la inmunidad.

Uno puede imaginarse el sistema inmunitario humano como una orquesta y entre sus intérpretes versátiles están los linfocitos B y los linfocitos T. Cuando el SARS-CoV-2 invade el cuerpo, el primer movimiento es frenético. Algunos linfocitos B se revolucionan enseguida, produciendo ese primer brote de anticuerpos en una o dos semanas. Simultáneamente, un grupo de linfocitos T —conocido como agresor o citolítico— caza cualquier otra célula infectada por el coronavirus y consigue que se autodestruya. Otro tipo de linfocito T —conocido como cooperador— guía ambas reacciones. Si una de las partes pierde la armonía, puede echar por tierra toda la producción y causar más daños.

Mientras ocurre todo esto, el sistema inmunitario aprende. Una fracción de estos linfocitos B y T se almacenan en forma de los denominados linfocitos de memoria. Tras recuperarse, los linfocitos de memoria siguen trabajando entre bastidores para prevenir las reinfecciones.

«Las células que elaboran estos anticuerpos siguen ahí. Sería difícil que una nueva infección provocara la misma cantidad de daños que la primera. El cuerpo ya sabe cómo reaccionar», afirma Rajkumar.

De ahí el entusiasmo de los científicos cuando un estudio de investigación publicado en julio demostró que los linfocitos T de memoria aún eran detectables años después de que una persona se recuperara del coronavirus SARS de 2002 y 2003, un pariente cercano del virus de este año.

Ahora, las pruebas más recientes sugieren que también es probable que tanto los linfocitos B como los linfocitos T generados por las infecciones de COVID-19 se queden a largo plazo. Un estudio original sin revisar publicado el 16 de noviembre empezó a esbozar la longevidad de estos componentes fundamentales del sistema inmunitario en 185 pacientes de coronavirus. Desveló que los linfocitos B de memoria eran muy abundantes seis meses después, mientras que los linfocitos T de memoria habían disminuido, aunque solo a la mitad. Otro estudio de noviembre reveló que cien trabajadores sanitarios que contrajeron el coronavirus en primavera y sufrieron síntomas leves o escasos —y que no produjeron muchos anticuerpos desde el principio— aún tenían linfocitos T resistentes seis meses después.

Se desconoce cómo actuarán estos linfocitos B y T si el cuerpo se reexpone al coronavirus. ¿Producirán una respuesta inflamatoria que podría provocar un caso peor más adelante con síntomas más graves? ¿O atenuarán la respuesta y causarán las reinfecciones leves observadas en algunos informes preliminares?

“Aunque los pacientes que se hayan recuperado de la COVID-19 confíen en un segundo episodio menos doloroso, no deberían desechar las mascarillas. Podrían contraer el virus y contagiárselo a otras personas, que a su vez podrían enfermar. ”

Si las trayectorias de los coronavirus causantes del resfriado pueden darnos algo de tranquilidad, contraer la COVID-19 una segunda vez no será tan terrible como la primera para la mayoría, indica Rajkumar. Esto quiere decir que el caso de Hong Kong sería la norma, mientras que el del hombre de Nevada que desarrolló un caso más grave tras reinfectarse podría no ser típico.

Por ahora, no hay suficientes investigaciones a largo plazo para saber si los linfocitos B y T activados por las vacunas de ARNm a punto de ser aprobadas ofrecerán protección duradera, aunque un estudio reciente de dos meses en ratones sugiere que la respuesta podría ser afirmativa.

Entre tanto, aunque los pacientes que se hayan recuperado de la COVID-19 confíen en un segundo episodio menos doloroso, no deberían desechar las mascarillas. Podrían contraer el virus y contagiárselo a otras personas, que a su vez podrían enfermar.

«Quizá te reinfectes y tus síntomas sean tan leves que ni los detectes», afirma Rajkumar, añadiendo que el uso de mascarilla debería continuar hasta que el mundo haya desarrollado inmunidad de grupo. «Es aconsejable llevar mascarilla aunque hayas tenido la COVID-19 por el bien de los demás».

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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