Historia

Amelia Earhart: la aviadora que surcó los cielos y la sociedad de su época

La famosa aviadora atravesó con destreza tanto el mundo como la sociedad de su época y aprovechó su imagen para seguir su pasión.Wednesday, January 30, 2019

Por Karen Karbo
Retrato de Amelia Earhart, la primera mujer que voló en solitario a través del Atlántico.
El explorador de National Geographic, el Dr. Robert Ballard, famoso por haber encontrado el Titanic en 1985, se dispone a resolver el misterio de la desaparición de Amelia Earhart. De estreno en octubre en National Geographic, el documental Expedición Amelia Earhart profundizará sobre cómo se convirtió en una de las figuras más intrigantes e inspiradoras de la historia.
El libro de National Geographic In Praise of Difficult Women, de Karen Karbo, describe a mujeres de todo el mundo que se han negado a seguir las normas sociales y han traspasado fronteras en sectores como la política, el arte, los medios o la literatura, entre otros.

El 17 de junio de 1928, cuando la famosa aviadora Amelia Earhart atravesó el Atlántico en avión por primera vez, era una pasajera, no una piloto. Amelia ya sabía volar. Tenía la licencia de piloto desde hacía cinco años, pero su experiencia no importaba; un vuelo trasatlántico se consideraba demasiado estresante y terrorífico para el sexo débil. Ella lo aceptaba porque le apasionaba la aviación y ser la primera mujer, pese a no estar a los mandos, seguía siendo impresionante. Viajó sentada en la parte trasera del Friendship, no mucho más grande que un Chevy Suburban, detrás del piloto Wilmar «Bill» Stultz y el copiloto Louis «Slim» Gordon. Amelia, que simplemente soportó la incomodidad del vuelo de 20 horas y 40 minutos desde Trepassey Harbour, Terranova, a Burry Port, Gales, se convirtió en una celebridad al instante: la cara femenina, seria y hermosa de la modernidad a la que llamaban transporte aéreo.

Cuando regresó a Nueva York, se celebró en su honor un desfile con confeti. Tras él, se había contratado una limusina para llevarla a otra aparición pública. Era un día abrasador de tráfico denso. El aire acondicionado de los automóviles aún tenía que inventarse. Amelia echó un vistazo a su coche y se imaginó pegada al asiento trasero bañada en su propio sudor. Entonces, vio un sidecar vacío fijado a la motocicleta que conducía uno de sus escoltas policiales. Sin pensarlo un instante y sin pedir permiso a ninguno de sus guardaespaldas ni agentes, se subió. El policía encendió las luces y la sirena, y avanzaron rugiendo por la carretera.

Ilustración de Amelia Earhart hecha por Kimberly Glyder para el libro «In Praise of Difficult Women».

Esta es la Amelia clásica: siguió adelante con el programa y se permitió que la vitorearan por algo que no creía merecer: ¡debería haber pilotado la Friendship, no haber ido sentada como un saco de patatas! Pero cuando apareció el momento de escapar, lo aprovechó sin mirar atrás.

La mujer difícil tradicional es, en general, directa, obstinada y testaruda. Le gusta abrir la boca enseguida y le interesa poco evitar conflictos; de hecho, los considera estimulantes. Vive para desbaratar planes. Para las que desearíamos ser difíciles, pero somos más bien introvertidas y no vemos razón para guardarnos nuestras opiniones, Amelia Earhart es nuestro ejemplo. Ella, grácil y en cierto modo tímida por fuera, era tozuda e independiente por dentro; educada, pero despreocupada, una persona que no respondía ante nadie. Adoptó la postura de que la aventura es una actividad que vale la pena en sí misma, una postura radical para una mujer.

Amelia, nacida el 24 de julio de 1879 en Atchison, Kansas, siempre fue una chica aventurera que descendía vertiginosamente las colinas en su trineo en invierno y cazaba ratas con un rifle que había robado a algún pariente masculino en verano. Tenía un libro de recortes de artículos de revistas y periódicos acerca de mujeres con carreras emocionantes (y dominadas por hombres): directoras de cine, ingenieras, abogadas. En 1920, en una exhibición aérea en el sur de California, el piloto Frank Hawks ofrecía vuelos de 10 minutos por 10 dólares. Amelia, siempre inquieta, siempre ansiosa, aceptó la oferta y quedó prendada. En el verano de 1921, compró un biplano Kinner Airster usado. En 1923, se convirtió en la 16ª mujer del mundo en recibir una licencia de piloto.

Tras su famoso vuelo trasatlántico a bordo del Friendship en 1928, Amelia prometió usar el dinero que obtenía con sus apariciones, charlas y memorias superventas como celebridad para financiar su propio viaje en solitario al otro lado del charco. El 22 de mayo de 1932, despegó desde Harbour Grace, Terranova, y aterrizó 15 horas después en Londonderry, Irlanda del Norte. Se sobrevinieron más récords. Fue la primera mujer que sobrevoló sola Estados Unidos de este a oeste y la primera mujer que voló sola de California a Hawái. A principios de los años 30, Amelia batió siete récords femeninos en solitario, tanto de tiempo como de distancia, antes de despegar en 1937 para convertirse en la primera persona, hombre o mujer, en circunnavegar el planeta por el ecuador. (Otros antes que ella habían completado una ruta septentrional.)

Parte de la naturaleza independiente de Amelia le era innata. Cuando apenas había aprendido a hablar, le dijo a su madre: «cuando no estás aquí para hablarte, me susurro en mis propios oídos». Cuando tenía siete años, su familia visitó la Exposición Universal de San Luis en 1940. Amelia pidió subirse a la montaña rusa, pero su madre se negó. Así que la niña se fue a casa a construirse la suya propia: una trampa mortal hecha con un par de maderos clavados al borde del tejado del cobertizo con una caja de madera a la que había pegado ruedas de patines. Fue la primera en probarlo y la caída al final de su «atracción» —labio roto, vestido desgarrado— no la disuadió. «Oh, Pidge», le dijo a su hermana, «era como si estuviera volando».

La vida doméstica de Amelia era complicada. Su padre, Edwin, era alcohólico. Edwin Earhart, abogado ligeramente prometedor, no tenía problema a la hora de encontrar trabajo, pero no parecía ser capaz de mantenerlos. Su madre, Amy (otra Amelia), procedía de una prominente familia de Atchison: el padre de Amy había sido juez federal y presidente de banco. Vivía en constante estado de decepción y furia leve porque su vida de casada la había obligado a luchar por obtener dinero y prestigio. La familia se mudó conforme su fortuna aumentaba y menguaba cada vez más: Des Moines, St. Paul, Chicago. Amelia y su hermana pasaron largos periodos en casa de sus abuelos mientras sus padres intentaban arreglar las cosas.

De su correctísima abuela —otra Amelia, que no aprobaba los rasgos de marimacho de su nieta—, Amelia aprendió una habilidad muy valiosa (una que mi propia madre suscribía): diles a los demás lo que quieran oír y harán todo lo que quieras. De su frustrada madre, Amelia aprendió el precio que paga una mujer por depender de su marido para conseguir felicidad y bienestar financiero. De su encantador padre, Edwin, aprendió a hacer todo aquello que la hiciera feliz. (Sí, él era ese tipo de padre.)

En 1920, cuando Amelia tenía 23 años, su padre y ella disfrutaron de un espectáculo aéreo en Long Beach, California. Entonces, la aviación era el último grito. Los pilotos de combate que habían perfeccionado sus habilidades y su audacia en la Primera Guerra Mundial recorrían todo el país exhibiendo sus giros y acrobacias. Los espectáculos aéreos suscitaban tanto entusiasmo como la Super Bowl en la actualidad. Con todo, este negocio era extremadamente peligroso. Los motores se caían de los aviones sin previo aviso y los propulsores dejaban de rotar sin razón alguna. Como las pistas oficiales eran cosa del futuro, aterrizar en un campo que parecía plano desde el aire pero que en realidad estaba plagado de agujeros de topos podía resultar mortal. En 1920, el gobierno contrató a 40 pilotos para entregar correo «aéreo» y, en 1921, todos salvo nueve habían muerto. Amelia ni se inmutaba: el riesgo inherente de la aviación formaba parte de la magia. Su padre pagó su vuelo introductorio de 10 minutos y, tras cinco minutos haciendo piruetas por el cielo del sur de California, sabía que había encontrado su pasión.

Antes de aquel momento, Amelia no había encontrado nada que atrajera su interés. Era alta y un poco empollona, destacaba en matemáticas y ciencias, y había contemplado la idea de una carrera en medicina. Pero su inquietud era patológica. Se matriculó y dejó la universidad varias veces. Completó un curso para conductores de ambulancia. Entonces, descubrió la aviación, una profesión que exigía y reafirmaba sus rasgos esenciales: determinación, valentía, calma ante el peligro. Tuvo suerte de descubrir una vocación que no la obligara a acallar a la persona que sabía que era.

Su madre —agradecida, supongo, por que su hija hubiera encontrado una válvula de escape para su naturaleza inquieta y poco femenina— la ayudó pagando sus primeras clases. Su primera instructora de vuelo también fue una mujer, Anita «Neta» Snook. No era guapa; ya entonces, como ahora, un pecado femenino muy difícil de perdonar. Neta era brusca, olía a aceite de motor y era un poco rarita; vivía por y para esta excéntrica nueva obsesión llamada aviación. Amelia apareció ataviada con un traje de equitación en su primera clase. Los pantalones de montar, la chaqueta de cuero y las botas se convertirían en la base de su estilo personal.

“Las mujeres, como los hombres, deberían intentar hacer lo imposible.”

por AMELIA EARHART

Cuando Amelia cumplió 24 años, ya tenía su propio avión y una serie de trabajos ocasionales para poder permitirse ese hábito. Trabajaba en una empresa telefónica y después conducía un camión de grava. Como actividad secundaria, eligió por la fotografía y se interesó por capturar cubos de basura. Escribió: «no puedo enumerar todos estados de ánimo que puede [expresar] un cubo de basura».

Mientras tanto, volaba cuando y cuanto podía. En un derbi aéreo en octubre de 1922, batió su primer récord: el récord femenino de altitud, 14.000 pies. Era testaruda, casi sin blanca, sin marido ni carrera propiamente dicha, y estaba completamente prendada de la aviación. Era lo único en lo que pensaba. Aprendió mecánica de aeronaves sola, leía todo lo que encontraba acerca de aviones y aviación, y pasaba el rato en el aeródromo.

Con todo, la pasión no pone pan sobre la mesa y, en 1925, mientras Amelia se acercaba a la treintena, descubrió el trabajo social. Los denominados centros sociales, donde se ayudaba a nuevos inmigrantes en la transición de extranjeros pobres y asustados a estadounidenses respetables de clase media, se consideraban vanguardistas. El centro social más famoso era Jane Addams’s Hull House en Chicago. (Addams acabaría ganando el premio Nobel y escribiría Veinte años en Hull House, de lectura obligatoria en institutos estadounidenses.) Amelia fue contratada en Denison House, en Boston. Amaba su trabajo, pero no ganaba mucho; se quedó sin dinero y se vio obligada a vender su avión.

Entonces, ocurrió algo que le cambió la vida.

Cuando Charles Lindbergh llevó a cabo el primer vuelo trasatlántico en solitario y sin escalas en 1927, era solo cuestión de tiempo que una mujer adinerada quisiera ser partícipe de esa gloria. (Por aquel entonces, debías tener los medios necesarios si querías hacer algo tan serio y traicionero como intentar atravesar un océano; necesitabas el mejor avión, mecánicos, pilotos, copilotos y aseguradores.)

Amy Phipps Guest, una despreocupada heredera de mediana edad e hija de Henry Phipps, Jr., socio comercial de Andrew Carnegie, valía literalmente millones. Se consideraba una aventurera y no veía razón alguna por la que no pudiera convertirse en la primera mujer en atravesar el Atlántico en avión. Alquiló el avión de élite de la época a Donald Woodward, heredero de la fortuna de Jell-O, contrató a un par de pilotos y, a continuación, sucumbió a la presión de su familia, que insistía en que la empresa era demasiado peligrosa. Guest tenía 55 años y la aviación era terreno de jóvenes y fornidos (difícil de imaginar si piensas en el estado casi comatoso que se necesita para disfrutar de un vuelo en la actualidad). También tenía tres hijos mayores, entre ellos un hijo que acababa de salir de la Facultad de Derecho de Columbia. Como estaba a punto de hacer el examen de abogacía, le dijo a su madre que suspendería si lo obligaba a pasarse todo ese tiempo preocupado por que se estrellara en el Atlántico Norte.

Esta es la cuestión: en aquellos días, nadie volaba a ninguna parte sin montar revuelo al respecto. Y mucho menos a través de un océano. Nosotros, con hordas de aviones anónimas atravesando una cinta transportadora enorme e invisible a través del cielo, comiéndonos bolsitas de frutos secos, estamos en el futuro.

Mediante sus conexiones, Guest recurrió al célebre publicista George Putnam, que se subió a bordo como uno de los coordinadores del proyecto. George Palmer Putnam, un genio como promotor y publicista, era un hombre alto, de pelo oscuro y atractivo anticuado, a lo Don Draper. Era el nieto de G. P. Putnam, fundador de la venerable editorial G. P. Putnam’s Sons y autoproclamado adicto a la aventura. Ya se había hecho un hueco encargándose de las expediciones de aventureros mundialmente famosos que narrarían sus escaladas, inmersiones en profundidad y, sí, vuelos, en memorias subsiguientes. Putnam había publicado We: The Daring Flyer’s Remarkable Life Story and his Account of the Transatlantic Flight That Shook the World de Charles Lindbergh (y, de un golpe, acaparó el mercado del género de aventuras de aviación).

Amelia Earhart con su marido, George Palmer Putnam, en el balcón de un hotel en París.

 

Guest y Putnam hicieron una lista de sustitutas para el vuelo. Guest exigía encontrar «al tipo de chica adecuado». Aquí es donde las Neta Snooks del mundo —las pilotos malhumoradas, mugrientas, bebedoras de whisky y mordedoras de uñas que eran valientes y dispuestas— no encajarían. La reputación de Amelia como estrella emergente de la aviación, con más de 500 horas de experiencia en el aire y sin ningún accidente grave, la precedía. Además, e igualmente importante, su alma temeraria y poco femenina estaba oculta bajo un exterior femenino y de voz suave. Llevaba rizos rubios alborotados (aunque su pelo era en realidad liso como una tabla; para tener ese aspecto de aviadora elegante y curtida, tenía que rizarse el pelo a diario), así como una pizca de pecas y una sonrisa amistosa a la que le faltaban algunos dientes. Y lo más importante, quizá decisivo: su cuerpo era el cuerpo del momento. Tenía una constitución de chica de los años 20: alta, de pecho plano y delgada como una sílfide. Llevaba pantalones —no para llevar la contraria, sino para ocultar sus tobillos gordos—, el único defecto de su figura.

Entonces llegó su vuelo triunfal en el Friendship. Cuando el avión aterrizó en Gales el 18 de junio de 1928, Amelia saltó a la fama al instante. En Nueva York, el titular a toda página del Times rezaba: «La ciudad recibe a Miss Earhart; aviadora, tímida y sonriente, comparte elogios con sus compañeros».

Aquel verano de 1928, tras el vuelo que la colocó en el mapa, Amelia se mudó a la casa de George y Dorothy Putnam en Rye, Nueva York. El motivo declarado era que George y ella pudieran trabajar juntos en su libro, 20 Hrs., 40 Min.: Our Flight in the Friendship, pero también se respiraba romance en el aire. George estaba prendado de Amelia y, supuestamente, ella sentía algo parecido, aunque era una mujer que no revelaba sus intenciones. Amelia escribía todo el día, todos los días, mientras George se dedicaba a promocionarla a ella y a su próximo libro. Mientras tanto, Dorothy suspiraba por un amante mucho más joven, George Weymouth, alumno de primer año en Yale. Se suele creer que Amelia robó a George ante las narices de Dorothy. Pero incluso Sally Putnam Chapman, la nieta de Dorothy y George y autora de Whistled Like a Bird: The Untold Story of Dorothy Putnam, George Putnam, and Amelia Earhart, dice que «sencillamente no era verdad. De hecho, era todo lo contrario; Amelia dio [a Dorothy] la excusa que necesitaba [para divorciarse de George]».

En diciembre de 1929, Dorothy se mudó a Reno y pidió el divorcio, y George persuadió a Amelia para que se casara con él. Le costó bastante. Desde su niñez, Amelia no había pensado mucho en la institución del matrimonio. Sospechaba que, si no tomaba las riendas, acabaría en la misma mala situación que su madre. La pareja solicitó la licencia de matrimonio en noviembre de 1930 y el 7 de febrero de 1931, Amelia accedió a celebrar una ceremonia sin florituras. Amelia llevó uno de sus habituales trajes marrones sin sombrero y con el pelo rubio oscuro cuidadosamente alborotado.

Conocí a una mujer, una saltadora base profesional, que preferiría saltar de un puente —literalmente— a correr el enorme riesgo del matrimonio y la maternidad. Estaba hecha del mismo material que Amelia, para quien el matrimonio resultaba más aterrador que la aviación. La mañana de su boda, llena de miedo y temor, Amelia presentó a George una carta que decía, en parte:

De nuevo, debes saber mi reticencia a casarme, mi sensación de que renuncio a oportunidades en un trabajo que lo significa todo para mí… En nuestra vida juntos… No te someteré a ningún código de fidelidad hacia mí ni tampoco debo considerarme sometida a ti…

Por favor, no interfiramos en el trabajo ni el ocio del otro, no permitamos que el mundo vea nuestras alegrías o desacuerdos privados. En este vínculo, necesitaré algún lugar al que pueda ir sola, de vez en cuando, ya que no puedo garantizar soportar todo el tiempo el confinamiento de una jaula atractiva.

Estaba dirigida a GPP y firmada «A.E.». En ella, también prometió esforzarse al máximo para que su matrimonio funcionase en todos los sentidos. Esta carta es tan perversamente pragmática que es un milagro que la unión sobreviviera. Pero George Putnam era el destinatario perfecto de esa carta (siempre es importante conocer a tu público). Él la leyó varias veces y, a continuación, la guardó. Solo revelaría su existencia tras la muerte de Amelia, describiéndola como una prueba del «galante espíritu interior» de su difunta esposa.

Fue el matrimonio perfecto entre patrocinador y patrocinada.

George trabajaba horas para «expandir la marca Amelia Earhart», como podríamos describirla hoy en día. Amelia, elegida como «Lady Lindy» por una astuta fotógrafa que la capturó en su vestimenta de aviadora e hizo que se pareciera a la hermana de Charles Lindbergh (aunque no se parecía), había demostrado ser capaz de competir en el mundo para machitos de la aviación sin resultar amenazadora en ningún sentido. Tenía un aspecto bravucón y chic con sus calzones y su chaqueta de cuero, y tenía la cara perfecta para llevar una gorra de aviador de cuero (algo que no se puede decir de mucha gente). Pero cuando un periódico sacaba una foto suya, George se aseguraba de que la pusieran junto a otra foto de ella con un atuendo elegante de chica de los años 20, con sombrero cloche, un precioso vestido de talle bajo y un collar de perlas.

Amelia era una mujer tradicionalmente femenina que, sin embargo, era capaz de subirse a un avión y emprender el vuelo. Los hombres no se sentían amenazados y las mujeres —la mayoría reacias a romper el patriarcado y abandonar su afección por la ropa interior bonita— se sentían inspiradas y alentadas. ¿Por qué no?

La misma paciencia y resistencia preternatural que permitieron a Amelia permanecer sentada durante horas en la cabina de un avión la convirtieron en una guerrera de la autoafirmación. A principios de los años 30, se dedicó a defender a las mujeres en la aviación (en una ocasión, dio 13 discursos en 12 días), trabajó en comités, dio más discursos, trabajó en más comités, escribió cartas en nombre de esto, aquello y el resto de las cosas relacionadas con la aeronáutica. Fundó las Ninety-Nines, una organización de mujeres piloto, y su propia línea de ropa. La nombraron comandante honoraria del Servicio Aéreo de los Estados Unidos y le otorgaron un par de alas de plata, que solía llevar con sus perlas. Trabó amistad con Eleanor Roosevelt. La primera dama tenía también una faceta aventurera y se mostró dispuesta a dar clases de vuelo. Amelia la enganchó a la actividad, pero el presidente lo vetó por considerarlo peligroso, pese a que aplaudía públicamente el esfuerzo de Amelia para convencer al país de que el transporte aéreo era la ola del futuro.

La piloto Amelia Earhart y su copiloto, Fred Noonan, con un mapa de su ruta planificada por el Pacífico. Ambos desaparecerían en esta manga del viaje.

 

El 20 de mayo de 1932, cinco años después del día que Lindbergh llevó a cabo su histórico vuelo trasatlántico, Amelia Earhart finalizó con éxito su vuelo en solitario a través del charco. Durante esos cinco años, muchas mujeres habían emprendido el vuelo y muchas pilotos ansiaban batir ese récord. Ruth Nichols, que ostentaba el récord de altitud y velocidad en 1931, anunció su plan de intentar un vuelo trasatlántico. Despegó en junio en medio de un circo mediático, pero se estrelló durante su escala de repostaje en Nuevo Brunswick, destrozando su avión y rompiéndose cinco vértebras. Laura Ingalls, una acróbata que tenía el récord de más barrenas horizontales seguidas y Elinor Smith, de 20 años, momentáneamente famosa por haber volado bajo todos los puentes del East River en Manhattan, también tenían las miras puestas en el premio.

Amelia, que no quería alertar a la prensa, preparó su intento en secreto.

Días antes de su vuelo, estuvo en casa con George y rastrilló hojas (su única forma de ejercitarse). Repasó las pruebas de su próximo libro, The Fun of It. Invitaron a Ruth Nichols —que llevaba una faja lumbar y todavía estaba recuperándose de su accidente— a una cena tranquila y, en general, se comportaron como si no fuera a ocurrir nada fuera de lo normal. Bernt Balchen, uno de sus asesores de vuelo, se mantuvo ocupado a diario en el aeropuerto privado de Nueva Jersey, Teterboro, preparando su Lockheed Vega; la prensa informó de que había tomado prestado el avión para volar al Polo Norte. Entonces, la mañana del 20 de mayo de 1932, Amelia acudió sin prisas al aeropuerto, se montó en su avión y despegó sola a través del océano en dirección a París.

El cielo estaba despejado. Voló al noreste, hizo una escala para repostar en Harbour Grace, Terranova, antes de continuar por la ruta polar. Voló a 12.000 pies, sorbiendo sopa caliente de su termo. Pasaron las horas. A sus pies, los icebergs flotaban teñidos de rosa durante la puesta de sol. Entonces, el altímetro se estropeó. Ella no se preocupó mucho. Había unas cuantas nubes dispersas y estaba segura de que podría estimar la altitud siempre y cuando pudiera ver agua. Poco después, miró por la ventana y contempló una diminuta llama azul cerca del colector de escape. Se encontraba en un momento en el que dar la vuelta era tan peligroso como seguir adelante.

“Se encontraba en un momento en el que dar la vuelta era tan peligroso como seguir adelante.”

por KAREN KARBO

La visibilidad empezó a empeorar de nuevo. De repente, volaba entre nubes de tormenta altas y oscuras, del tipo que cualquier piloto comercial actual rodearía o, de lo contrario, se arriesgaría a perturbar el servicio de bebidas. Amelia no podía hacer nada salvo atravesarlas, rebotando entre el viento y la lluvia mientras seguía su curso. La lluvia pronto se convirtió en hielo, los controles se congelaron y su diminuto avión entró en barrena. Mientras se precipitaba hacia las olas de color gris verdoso, el hielo se derritió y fue capaz de recuperar el control. Pero minutos después de recuperar su altitud de crucero, la lluvia se convirtió en hielo de nuevo, el parabrisas se llenó de escarcha, los motores se congelaron y el avión giró. De nuevo, se precipitó hacia el mar y el hielo volvió a derretirse durante el descenso, y voló bajo sobre el mar revuelto hasta que pensó que era seguro ascender de nuevo. Mientras salía el sol, se encontró al otro lado de la tormenta, deslizándose hacia el alba. Todos los descensos y ascensos imprevistos habían gastado combustible; cuando encendió el interruptor del tanque de auxiliar, sintió que el combustible le bajaba por el cuello desde una fuga invisible sobre su cabeza.

Se dirigía a Francia, pero cuando vio colinas verdes a sus pies, se lo pensó mejor por el altímetro congelado, el fuego en el colector de escape y la fuga en el tanque auxiliar. A las 13:46 GMT, aterrizó en el pasto de una granja a las afueras de Londonderry, en Irlanda. El vuelo había durado 14 horas y 56 minutos. El granjero acudió corriendo mientras salía de la cabina. «¿Ha volado lejos?», le preguntó. «Desde Estados Unidos», contestó ella. No se podría decir si estaba agotada o asustada. Amelia podía ser tan lacónica como un vaquero. Aunque no llegó a París, como Lindbergh, el mundo aplaudió su logro. Amelia recibió la Medalla de Oro de la National Geographic Society y el Congreso estadounidense le otorgó la Cruz de Vuelo Distinguido.

La mayoría de las mujeres temen desatar su faceta difícil. Claro, quizá hayamos logrado convencer a nuestros amigos —incluso a nuestras madres y hermanas— de que somos luchadoras y chulitas. Contamos con orgullo la de palabrotas que soltamos, lo bien que nos lo pasamos en el Burning Man o cómo llevamos un vestido inapropiado a la boda de una amiga. Fumamos, aunque sabemos que va a matarnos. Pero a la hora de ponernos a nosotras y nuestras necesidades por encima de las de nuestros seres queridos, somos cautelosas. Nos han criado para preocuparnos porque solo una mujer preparada para acabar sola insiste en la primacía de sus necesidades. Tememos ahuyentar a quienes queremos si honramos y expresamos nuestro verdadero yo y si ese verdadero yo no es tan abnegado como la sociedad demanda a las mujeres.

Amelia Earhart y Fred Noonan sobrevuelan el puente Golden Gate al principio de un vuelo para dar la vuelta al mundo en 1937. Abandonaron el viaje cuando el avión se estrelló en Hawái durante el despegue. El segundo intento terminó cuando los aviadores desaparecieron en el Pacífico.

Pero Amelia era leal a sí misma y George no huyó. Siguió su corazón —no el de él— y él la quiso más. La quiso lo suficiente como para ayudarla a prepararse para su mayor vuelo, el único que la alejaría de él.

El gran sueño de Amelia era volar alrededor del mundo. «Las mujeres, como los hombres, deberían intentar hacer lo imposible», dijo para explicarse. El vuelo propuesto no era precisamente imposible, pero sí complicado y caro. Los riesgos estaban por las nubes, el tipo de oportunidad que solo aprovechan las mujeres difíciles. La euforia de Amelia estaba por las nubes.

Despegó con el piloto Fred Noonan el 20 de mayo de 1937 desde Oakland, California, en dirección este. Cruzó Estados Unidos, bajó por la costa este de América Central y del Sur, cruzó el Atlántico, África, el límite meridional de Arabia, la India. Amelia y Noonan llegaron a Lae, Nueva Guinea, el 29 de junio. La única manga que quedaba eran 11.200 kilómetros a través del Pacífico. Despegaron el 2 de julio hacia la isla de Howland, con el Lockheed Electra lleno de combustible para llegar a su próxima escala en su vuelo alrededor del mundo.

La isla de Howland es una gota de tierra en medio del océano, una franja de tierra de 4,4 kilómetros cuadrados, poco interesante y con forma de ameba, a 4.113 kilómetros al noreste de Lae. Hagámonos una idea del reto que supone intentar encontrar y aterrizar en la diminuta Howland empleando solo la navegación por brújula: imagina que estás sobre el Empire State e intentas dar en el blanco de una diana que cuelga de la Estatua de la Libertad, a ocho kilómetros.

El buque guardacostas Itasca estaba fondeado en Howland, donde emitía una densa columna de humo negro, una señal para Amelia. Mientras se acercaba, el Itasca recibió unas cuantas transmisiones por radio de ella, pero el Electra nunca llegó. Nunca se descubrió, y la curiosidad ilimitada sobre la desaparición de Amelia ha continuado hasta la actualidad. Mientras escribo estas palabras, otra partida de búsqueda ha salido hacia el Pacífico Sur, equipada con dispositivos de búsqueda y rescate de alta tecnología, así como con unos cuantos perros olfateadores entrenados para detectar fragmentos de hueso.

Existen muchas teorías, cada cual más romántica que la otra. Que Amelia era una espía encargada de cartografiar el Pacífico para su buen amigo, el presidente Franklin D. Roosevelt, y fue capturada y asesinada por los japoneses. O que fue rescatada del accidente y, como parte de algún absurdo programa de protección de famosos, la enviaron para vivir el resto de su vida como banquera en Nueva Jersey. La más probable de las explicaciones improbables es que se estrellase en la isla de Nikumaroro, a unos cientos de kilómetros al sureste de Howland, donde ella y Fred habrían vivido como náufragos en una atractiva isla tropical hasta el día de su muerte.

Cada vez que surge un nuevo libro o película sobre Amelia, la gente se vuelve loca con su desaparición. Hay artículos de opinión sobre su carácter. La novia de América no era tan pura de corazón como nos imaginábamos, sino egoísta y con ansias de grandeza. O que emprendió ese último vuelo letal por propio placer. O que disfrutaba demasiado del autobombo. ¿Y qué hay de su modernísimo matrimonio? Hay historias sobre los obsesos que han dedicado sus vidas a «encontrarla» y actualizaciones sobre cómo podría emplearse la última tecnología en la búsqueda en curso. (Si no podemos encontrar el vuelo 730 de Malaysia Airlines con todas las herramientas en la caja de búsqueda y rescate, considero improbable que nadie pueda encontrar un Electra de 80 años.)

Aunque Amelia lleva desaparecida todos estos años, su filosofía de mujer difícil perdura. «La aventura vale la pena en sí misma», decía. Los hombres siempre han hecho cosas porque les proporcionaban placer y sensación de éxito. Entonces, ¿por qué no pueden las mujeres disfrutar de ese mismo privilegio?

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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