¿Frenará la deforestación el acuerdo de la COP26?

El escepticismo está justificado, pese a que se han prometido miles de millones de dólares para proteger selvas y bosques, y los nuevos datos sobre las emisiones de carbono dan pie a la esperanza.

Publicado 5 nov 2021 13:16 CET
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El pacto global para terminar con la deforestación, alcanzada en la cumbre climática de la ONU que se celebra en Glasgow, es visto como una evolución positiva, aunque los críticos dicen que los detalles son escasos.

Fotografía de Josh Cogan, Nat Geo Image Collection

Los líderes mundiales han vuelto a hacer otra promesa. La declaración esta semana de un compromiso multinacional para acabar con la deforestación en 2030 podría parecer, a primera vista, un motivo de celebración. No obstante, existe la preocupación de que el anuncio pueda ser otra promesa vacía y que, sin medidas concretas, la deforestación continúe e incluso se acelere.

El Primer Ministro británico, Boris Johnson, recibió el pacto con el previsible entusiasmo que acompaña a esta clase de noticias. "Estos grandes ecosistemas, estas catedrales con pilares de la naturaleza, son los pulmones de nuestro planeta", proclamó en Glasgow, Escocia; Reino Unido, sede de la cumbre climática de la ONU de este año, la COP26, que se celebra hasta el 12 de noviembre. "Trabajemos juntos no sólo para proteger los bosques, sino para garantizar su recuperación".

Según el Instituto de Recursos Mundiales (WRI), (que lleva años alertando sobre la pérdida de cobertura arbórea en el mundo) si la deforestación tropical fuera un país, sería el tercer mayor emisor de dióxido de carbono de la Tierra. Además, en conjunto, los bosques del mundo son sumideros de carbono, ya que eliminan de la atmósfera aproximadamente 7.600 millones de toneladas de carbono -aproximadamente el 20% de las emisiones mundiales- cada año. Un acuerdo para eliminar esas emisiones y proteger esa vía de escape de carbono sería un logro importante para la conferencia que está acogiendo el gobierno de Johnson.

Sería aún más importante si se tiene en cuenta que, según los datos anunciados el jueves por el Proyecto Global del Carbono, se espera que las emisiones mundiales de CO2 de origen fósil crezcan un 4,9% en 2021, lo que prácticamente borrará el descenso del 5,4% registrado en 2020. De hecho, se espera que el uso de carbón y gas este año supere los niveles anteriores a la pandemia.

Aunque hubo algunos observadores que acogieron satisfechos la declaración de Glasgow sobre los bosques, se mostraron algo más cautelosos.

"No es posible llegar a las emisiones netas cero si no se abordan los bosques tropicales", dijo Julia Jones, científica de la conservación de la Universidad de Bangor (Gales). "Por eso, que todo el mundo se reúna y aborde este tema tan pronto en la conferencia, con tanta gente en la mesa, es muy importante".

De especial importancia, añadió Jones, es el hecho de que las palabras estén respaldadas por "dinero real".

Aunque todavía no se han facilitado los detalles de los desembolsos, la declaración incluye un Compromiso de Financiación Forestal Global, en virtud del cual 11 países y la Unión Europea se comprometieron a aportar unos 10.000 millones de euros en financiación "para ayudar a liberar el potencial de los bosques y el uso sostenible de la tierra".

Además, el presidente Joe Biden anunció que se dirigirá al Congreso para que aporte 9.000 millones de dólares más (unos 7.800 millones de euros) de aquí a 2030. La financiación del sector privado añadirá 6.200 millones de euros, y 14 donantes gubernamentales y privados se han comprometido a aportar 1.470 millones de euros entre 2021 y 2025 para "apoyar el avance de los derechos de tenencia de los bosques de los pueblos indígenas y las comunidades locales y un mayor reconocimiento y recompensa por su papel como guardianes de los bosques y la naturaleza."

Razones para desconfiar

Dicho esto, los precedentes sugieren que este nuevo compromiso debería ser recibido con una gran dosis de escepticismo. En 2014, la Declaración de Nueva York sobre los Bosques también estableció un objetivo de no deforestación para 2030, con un objetivo provisional de reducción del 50% para 2020. Un estudio de 2019 descubrió que las tasas de pérdida de bosques eran un 41% más altas en los años posteriores a esa declaración que en los anteriores, y que se perdía anualmente una superficie del tamaño del Reino Unido.

Por desgracia, los dos países con la mayor superficie forestal del mundo -Brasil y Rusia- no figuraron en la lista de naciones adheridas al pacto. Sin embargo, sí se adhirieron a ella en Glasgow, al igual que el quinto país con mayor superficie forestal, China. En total, los 131 países que han firmado la declaración hasta ahora representan el 90% de la cubierta forestal de la Tierra.

Pero algunas de esas firmas han sido criticadas por su cinismo, especialmente la de Brasil. Desde que el presidente Jair Bolsonaro asumió el cargo en 2019, las tasas de deforestación en el país han alcanzado su máximo en los últimos 12 años, lo que llevó a un grupo de académicos y activistas ambientales a advertir en julio que la selva amazónica "colapsaría" si él seguía siendo presidente.

Dos días después del anuncio de la declaración, Indonesia -también uno de los países con más bosques del planeta- pareció retractarse de su compromiso.

"Obligar a Indonesia a (alcanzar) la deforestación cero en 2030 es claramente inapropiado e injusto", dijo el miércoles en Twitter la ministra de Medio Ambiente del país, Siti Nurbaya Bakar. El desarrollo, continuó, "no debe detenerse en nombre de las emisiones de carbono o en nombre de la deforestación".

Además, para aumentar la confusión, el viceministro de Asuntos Exteriores del país, Mahendra Sinegar, negó el jueves que la deforestación cero formara parte siquiera del compromiso de Glasgow, declarando a Reuters que su país lo interpretaba como un compromiso de "gestión forestal sostenible... no de acabar con la deforestación para 2030".

Estas palabras pusieron de manifiesto una ambigüedad aparentemente evidente en la declaración: ¿Qué significa exactamente su compromiso de "detener e invertir la pérdida de bosques y la degradación de la tierra"? Según una interpretación, por ejemplo, la eliminación de bosques puede no ser técnicamente considerada una deforestación si la tierra no se destina a otros usos comerciales, o si se replanta como plantaciones de árboles para, por ejemplo, pellas de madera.

Según Diana Ruiz, responsable de la campaña de bosques de Greenpeace EE.UU., las palabras de Indonesia ponen de manifiesto que la declaración de Glasgow es muy prometedora pero poco concreta.

"No hay ninguna claridad ni alineación entre los países que acaban de firmar", dijo. "No hay un marco de trabajo sobre cómo van a cumplir sus objetivos. Subirse a un escenario internacional y declarar que los países pondrán fin a la deforestación antes de una fecha determinada no tiene en cuenta los detalles reales. ¿Cómo se hará? ¿Cuáles son los objetivos? ¿Qué significa esto para países como Indonesia y Brasil, que están introduciendo políticas que fomentan más deforestación y que contradicen lo que acaban de prometer?"

En lugar de una declaración audaz, Ruiz dijo que los bosques necesitan una acción de rápida aplicación sobre el terreno.

"Por ejemplo, Indonesia no renovó su moratoria sobre el aceite de palma. Podría haberla ampliado", dijo. Junto con Malasia, Indonesia produce entre el 85 y el 90 por ciento del aceite de palma del mundo. Su moratoria de 2018 sobre los permisos para nuevas plantaciones -la amenaza más inmediata para los bosques tropicales de la región- expiró en septiembre.

También es destacable que, a pesar del compromiso de apoyar los derechos de los indígenas en la declaración, los activistas indígenas de Glasgow protestaron porque no se les incluía en el proceso y se les estaba "idealizando y convirtiendo en algo simbólico."

Doblando la curva

Reducir e incluso detener la deforestación es posible. Las tasas de deforestación mundial han disminuido, década tras década, desde su pico de los años ochenta; en los últimos 30 años, los bosques templados han experimentado un aumento continuo de su cubierta forestal. Costa Rica ha estado pagando a los agricultores para que protejan los bosques.

Como resultado de la presión combinada de Greenpeace Brasil y la Fiscalía Federal de Brasil, este país experimentó las tasas de deforestación amazónica más bajas de su historia entre 2009 y 2014, antes de que las crisis políticas y económicas, seguidas de las políticas de la era Bolsonaro, hicieran que volvieran a aumentar.

Por otro lado, las cifras preliminares del nuevo informe del Proyecto Global del Carbono ofrecen una noticia muy esperanzadora. Los investigadores del proyecto habían calculado previamente que las emisiones de carbono procedentes de la deforestación y otros cambios en el uso de la tierra habían aumentado en un 35% desde el año 2000. Pero su estimación revisada sustituye ese aumento por una disminución de aproximadamente la misma magnitud, en gran parte porque la expansión de las tierras de cultivo en los bosques tropicales, en Brasil y en otros lugares, ha sido aparentemente menor de lo que se pensaba.

Si las nuevas cifras se mantienen, significaría que la producción mundial de CO2 podría haberse mantenido prácticamente plana durante la última década, a pesar del aumento de las emisiones de este año tras el COVID. En cualquier caso, la investigación es un indicador más de la gran diferencia que podría suponer detener la deforestación.

"Los bosques son importantes por dos razones", explicó Jones. La primera es que el carbono que está encerrado en ellos se libera cuando se talan los bosques. La otra es el carbono que los árboles absorben del aire cada año, amortiguando así parte de nuestras emisiones.

Según Jones, los bosques de todo el mundo absorben más carbono del que liberan. Pero algunas zonas -por ejemplo, la Amazonia brasileña, e incluso algunos lugares declarados Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO- están produciendo más carbono del que absorben. Eso, observó Jones, "es un verdadero problema".

El potencial para el desastre es especialmente grave en los bosques que crecen en suelos de turba ricos en carbono, que pueden contener incluso más carbono que los árboles que sustentan. Esa es una de las razones por las que en Glasgow se ha prestado especial atención a la segunda mayor selva tropical del mundo, en la cuenca del Congo, a la que gobiernos y donantes privados han destinado casi 1.300 millones de euros. Estudios recientes han descubierto que las turberas cubren el 4% de la superficie forestal de la cuenca y contienen tanto carbono como el 96% restante.

"No se puede negar que, a escala mundial, necesitamos que los bosques de turba de la cuenca del Congo sigan en pie", dijo Jones. "Prestan un servicio a la humanidad del que no podemos prescindir".

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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