¿Qué hay detrás de la COP26 y su batalla contra el metano?

Un nuevo acuerdo, encabezado por Estados Unidos y la UE, ambiciona con reducir las emisiones del ultrapotente gas de efecto invernadero en un 30% para 2030.

Publicado 3 nov 2021 11:47 CET
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Más de un centenar de países presentes en la reunión sobre el clima de la COP26, celebrada en Glasgow (Escocia, Reino Unido), se sumaron el martes al compromiso de reducir las emisiones de metano para limitar el calentamiento atmosférico causado por su fuga en lugares como este: antorchas de gas en la reserva india de Fort Berthold, en Dakota del Norte (Estados Unidos), en 2018.

Fotografía de Gabriella Demczuk,The New York Times/Redux

Reunidos en la cumbre sobre el clima de la COP26 en Glasgow (Escocia, Reino Unido), decenas de líderes de todo el mundo han realizado este martes un anuncio de calado: más de 100 países han firmado un compromiso para reducir sus emisiones de metano en un 30% para 2030.

En el mejor de los escenarios (es decir, si todo el mundo lograra alcanzar ese objetivo), las temperaturas en las próximas décadas aumentarían 0,2 grados Celsius menos de lo que lo harían de no haber emprendido medidas de ahorro. Se trata de un recorte potencialmente enorme que podría, en teoría, mantener los niveles de calentamiento global por debajo de 1,5°C.

Sin embargo, varios de los principales emisores mundiales, como China, Rusia e India, aún no se han unido al Compromiso Mundial sobre el Metano. Estos países representan alrededor del 35% de todas las emisiones de metano de origen humano del planeta.

Reducir las emisiones de metano "no sólo servirá para afrontar el cambio climático futuro, sino para frenar el que ya se está produciendo", afirma Ilissa Ocko, experta en metano del Fondo de Defensa del Medio Ambiente, una organización sin ánimo de lucro con sede en Nueva York (EE. UU).

Estados Unidos y la Unión Europea, el tercer y sexto mayor emisor de metano del mundo respectivamente, anunciaron su adhesión al compromiso en septiembre de este año. Desde entonces han recabado el apoyo de muchos otros grandes emisores, como Brasil, Indonesia y Nigeria, suficientes para representar más del 40% de las emisiones mundiales del ultrapotente gas de efecto invernadero, según las estimaciones de emisiones de la EPA (la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos).

El metano es muy potente pero dura poco tiempo en la atmósfera. Por ello, cualquier acción que reduzca rápidamente su concentración podría tener enormes beneficios climáticos en las próximas décadas, destaca la comunidad científica. Además, las emisiones de metano pueden reducirse a menudo con poco o ningún coste.

Este martes, el Gobierno de Joseph Biden anunció planes para regular las fugas de metano en más de un millón de plataformas petrolíferas y de gas en Estados Unidos.

"Es algo en lo que realmente se puede ganar", afirma Lena Höglund Isaksson, experta en metano del Instituto Internacional de Análisis de Sistemas Aplicados de Austria.

Por qué actuar ya contra el metano puede tener un enorme impacto

La física nos da la respuesta.

Recién liberado a la atmósfera, el metano es un absorbente de calor extraordinariamente potente: kilo por kilo, es capaz de atrapar aproximadamente 100 veces más calor que el dióxido de carbono. Pero mientras que el dióxido de carbono sobrevive durante siglos, la mayor parte del metano se convierte en dióxido de carbono o se elimina de la atmósfera en cuestión de una década. Cuando se calculan los efectos de las emisiones de metano actuales para los próximos 20 años -un marco común utilizado para analizar el poder de los diferentes gases de efecto invernadero- obtenemos como resultado que el metano provoca un calentamiento 80 veces mayor que la misma cantidad de dióxido de carbono. En 100 años, calienta el planeta unas 30 veces más.

Es una realidad desalentadora, pero que también ofrece grandes oportunidades, dice Kathleen Mar, química atmosférica del Instituto de Estudios Avanzados de Sostenibilidad de Alemania. Como el metano es tan potente, reducir su carga atmosférica, aunque sea ligeramente, puede reducir drásticamente el aumento de la temperatura. Y como dura tan poco tiempo, su concentración en la atmósfera disminuye con relativa rapidez cuando se reducen las emisiones. En cambio, la concentración atmosférica de dióxido de carbono no empezará a descender hasta que el mundo reduzca sus emisiones casi a cero.

Si se cumple, el Compromiso Mundial sobre el Metano "sería suficiente para doblar la curva y pasar de tener emisiones crecientes... a empezar a disminuir, lo que es un cambio realmente importante", dice Mar.

A principios de este año, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA) publicó la Evaluación Mundial sobre el Metano, un informe en el que se concluye que, con relativamente poco esfuerzo y con las tecnologías actualmente disponibles, las emisiones de metano podrían reducirse hasta un 45% para 2030.

Los científicos han descubierto que una reducción tan grande evitaría que las temperaturas aumentaran unos 0,3°C. Incluso una reducción del 30%, la fracción sugerida en el compromiso, podría recortar las temperaturas futuras en unos 0,2ºC.

"El metano puede ayudarnos a corto plazo a mantenernos por debajo de los objetivos [de temperatura de París] mientras solucionamos el problema del CO2", afirma Höglund Isaksson.

¿Cómo hacerlo posible?

El modo adecuado de aplicar las reducciones de metano sigue siendo una pregunta por resolver. Los detalles dependerán de cada país que se adhiera al compromiso.

Hay muchas emisiones que frenar, pues  los seres humanos son responsables de cerca de dos tercios de todo el metano en la atmósfera, lo que hace que las concentraciones aumenten más rápido de lo que nunca se había visto, y a niveles que no se habían visto desde hace 800.000 años.

Reducir todas esas emisiones sería difícil, pero hay algunos lugares evidentes por donde podemos empezar la tarea, dice Höglund Isaksson. La industria del petróleo y el gas es responsable de entre el 35 y el 40% de las emisiones anuales, principalmente por las fugas en los pozos, a lo largo de los oleoductos y en las estaciones de transferencia (las minas de carbón son otra fuente).

Estos problemas son más comunes en todos los puntos de la cadena de combustibles fósiles de lo que se pensaba. En Estados Unidos, las prospecciones de petróleo y gas en la cuenca del Pérmico de Texas y Nuevo México son una fuente importante y creciente; en Rusia, las fugas de metano de los oleoductos se dispararon un 40% en 2020 y han seguido aumentando este año. Y un estudio reciente sobre las fugas de gas natural en Boston sugirió que las emisiones de las redes de distribución urbana podrían ser mucho más altas de lo que se ha estimado.

El informe del PNUMA estima que la industria del petróleo y del gas podría reducir hasta el 75% de sus fugas de metano con un coste escaso, nulo o negativo, lo que significa que la industria podría, en algunos lugares, ganar dinero mientras, además, está haciendo algo que ayudaría al planeta.

La tecnología para detectar fugas está avanzando a pasos agigantados. Los nuevos satélites de alta resolución pueden localizar las fugas con una precisión de unos cientos de metros, y en los próximos años se lanzarán muchos más. Sus datos podrían ayudar a las empresas interesadas a detener sus fugas, y permitir a los organismos de control hacer un seguimiento que ayude a determinar quién está haciendo los deberes y quién no. Además, hemos de tener en cuenta la inclusión de un nuevo organismo vigilante introducido conjuntamente por la ONU y la Unión Europea: esta nueva colaboración, nacida bajo el nombre de  Observatorio Internacional de Emisiones de Metano, pretende proporcionar datos de seguimiento independientes.

"La clave es que la industria ya sabe cómo reducir sus emisiones, en algunos casos por un factor de 10", afirma Steven Hamburg, experto en metano del Fondo de Defensa del Medio Ambiente. "Es muy fácil cuando tienes problemas que sabes cómo solucionar".

En 2016, la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos puso en marcha una batería de normas que requerían que las nuevas infraestructuras de petróleo y gas fueran cuidadosamente controladas para evitar fugas de metano. Estas normas, ignoradas durante la Administración Trump, se restablecieron en junio de 2021, pero sólo cubrían una fracción de las fuentes potenciales. Ahora, el Gobierno de Biden pretende ampliar las regulaciones para incluir la infraestructura existente, cubriendo así una franja mucho más amplia de fuentes de metano. Una "tasa" sobre el exceso de fugas de metano, que cobraría a los productores por las emisiones más allá de un umbral, también está sobre la mesa en las actuales negociaciones de conciliación presupuestaria en el Congreso.

También hay formas relativamente sencillas de reducir las emisiones de metano procedentes de otra de sus principales fuentes: los residuos. El metano se produce cuando las bacterias descomponen la materia orgánica de los residuos -alimentos, aguas residuales o cualquier otra cosa que haya estado viva- y puede capturarse en las plantas de tratamiento y los vertederos. Europa ya ha hecho progresos significativos, reduciendo sus emisiones de residuos en aproximadamente un 20% desde 2010. Otros países probablemente tendrían que hacer grandes inversiones para lograr grandes reducciones.

La agricultura, la otra fuente principal, será un reto más difícil. El ganado, los productos lácteos y la producción de arroz producen grandes cantidades de metano, pero todavía se están desarrollando soluciones escalables para sus emisiones.

Aunque el éxito del Compromiso Mundial sobre el Metano sería inestimable, "nunca, jamás, podemos utilizar la reducción del metano como excusa para retrasar la acción sobre el CO2", subraya Höglund Isaksson. Pero como el calentamiento global ya ha progresado hasta un estado tan calamitoso, dice Ocko, "necesitamos ambas estrategias: la reducción del CO2 y la del metano... van de la mano".

Una opción poderosa

El líder de la reunión de la COP26, el británico Alok Sharma, ha hecho que el objetivo de la conferencia sea "mantener vivo el 1,5", empujando a los países a acelerar la reducción de emisiones lo suficiente como para evitar que el planeta se caliente más allá de 1,5°C, un objetivo articulado por primera vez en el Acuerdo de París de 2015.

La importancia de ese objetivo ha crecido desde 2015 a medida que los científicos han perfeccionado su comprensión de los costes físicos, sociales y económicos que el cambio climático ya está forzando. En 2018, un informe del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC) mostró que los riesgos para muchos sistemas humanos y ecológicos se disparan cuando el calentamiento supera los 1,5 °C. Con 2 °C, unos 400 millones de personas más correrían el riesgo de sufrir olas de calor extremas. "Desaparecerían la mayoría" de los arrecifes de coral. A 1,5°C, algunos arrecifes podrían sobrevivir.

Otro informe del IPCC, publicado en agosto, reforzó el mensaje de que por cada 0,1°C adicional de calentamiento, las consecuencias se intensifican. Una brutal ola de calor que en el pasado se producía, por término medio, una vez cada 50 años, será probablemente 8,6 veces más frecuente en un mundo de 1,5 °C, y casi 14 veces más en un mundo de 2 °C, lo que hace mucho más común la posibilidad de olas de calor mortales como la de este verano en el noroeste del Pacífico de Estados Unidos o el sur de Europa.

Pero hasta ahora, los países ni siquiera han presentado planes -y mucho menos acciones- que los acerquen a mantener el calentamiento por debajo de los 2 °C, por no hablar de los 1,5 °C. Si se suman las "Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional", o NDC, que los países presentaron antes de la reunión de la COP26, la Tierra va camino de calentarse unos 2,7 °C.

Por tanto, el valor de cualquier acción que pueda frenar rápidamente el aumento de la temperatura mientras se pone en marcha la dura tarea de reducir todas las emisiones de combustibles fósiles se vuelve innegable. El metano, dice Ocko, "es un lugar increíble para empezar".

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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