La importancia de la propiedad de nuestra basura

Millones de personas en todo el mundo se ganan la vida recogiendo residuos y revendiéndolos, una función vital que permite gestionar la basura, pero que se está viendo mermada por las políticas gubernamentales.

Por Jessica Wapner
Publicado 11 may 2023, 11:56 CEST
Reciclaje de basuras en Tokio

Los plásticos y otros materiales reciclados proporcionan ingresos a 56 millones de personas en todo el mundo. Llamados recicladores, estos trabajadores evitan que cantidades incalculables de plástico y otras formas de basura acaben en los vertederos de todo el mundo. Los gobiernos están empezando a reconocer su valor para la sociedad y a concederles los mismos derechos que a otros tipos de trabajadores.

Fotografía de David Guttenfelder, Nat Geo Image Collection

¿A quién le pertenece nuestra basura? Es una pregunta candente que se están haciendo los recicladores de todo el mundo, que se unen para luchar por su supervivencia. Lo que tiramos, insisten, debería estar al alcance de todos.

En todo el mundo, hasta 56 millones de personas recogen y revenden el metal, el vidrio, el cartón y el plástico que el resto de nosotros tiramos.

El Tribunal Supremo de Estados Unidos dictaminó en 1988 que la basura doméstica es propiedad pública una vez depositada en la acera. Eso permite a la policía registrar la basura en busca de pruebas criminales, pero esa protección no siempre se ha extendido a las personas que recogen materiales reciclables.

Y en lugares como Nueva York, donde se están probando contenedores municipales cerrados con llave para ocultar la basura de las ratas, se está privando a los recicladores de unos ingresos sostenibles.

"Estos contenedores son explícitamente inaccesibles", afirma Ryan Castalia, director ejecutivo de Sure We Can, un centro comunitario y de reciclaje sin ánimo de lucro de Brooklyn. "Hay valor en los residuos, y creemos que ese valor debe pertenecer a la gente, no a la ciudad o a las corporaciones".

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El viaje de una recicladora

Cuando Josefa Marín emigró a Nueva York desde México en 1987, mantenía a su hija con los 140 dólares semanales que ganaba limpiando suelos en una fábrica de jerséis. Empezó a recoger materiales reciclables para complementar esos escasos ingresos, intercambiando latas por cinco céntimos cada una en su supermercado local.

Pronto empezó a recorrer Brooklyn con un carro los fines de semana, vendiendo envases vacíos a intermediarios que los canjeaban por dinero en los centros de reciclaje. Cuando perdió su trabajo a finales de la década de 2000, se convirtió en recicladora a tiempo completo, manteniendo a sus cuatro hijos con los 80 dólares que ganaba cada día.

La recicladora Josefa Marin en Sure We Can, un centro de canje de reciclaje sin ánimo de lucro de Brooklyn. Llamados por algunos profesionales de la botella, recogen materiales reciclables, los devuelven y cobran cinco céntimos.

Fotografía de John Minchillo, AP Images

La historia de Marin no es única. La ciudad de Nueva York no lleva un registro de cuántas personas viven de la recogida de residuos, pero una estimación aproximada sitúa el total en torno a las 8000 personas. Sure We Can atiende a unos 1200 recicladores, que canjean anualmente unos 12 millones de latas en la sede de la organización, generando unos 800 000 dólares (en torno a 732 000 euros) para esta comunidad.

Los recicladores son cruciales para mantener la basura en buen estado. En Nueva York, el departamento de saneamiento sólo recoge el 28% de las latas que podrían reciclarse. Ese porcentaje se reduce al 5% en el caso del plástico, incluidas las botellas de agua. Los recolectores evitan que millones de materiales reciclables vayan a parar a los vertederos cada año.

En países sin sistemas formales de gestión de residuos, su papel es aún más vital. En algunos países latinoamericanos, hasta el 96% de la basura reutilizable acaba en los vertederos porque no existen programas de reciclaje. En su lugar, los recicladores hacen el trabajo, ganando sólo lo que las industrias locales pagan por los materiales. "Es un servicio gratuito" para los gobiernos locales, afirma Sonia Dias, especialista mundial en residuos de WIEGO, una organización internacional de defensa de las mujeres trabajadoras.

Sin embargo, la mayoría de los gobiernos no reconocen la legitimidad del reciclaje y, sin protección legal, los recicladores no pueden asegurarse el acceso público a la basura.

Tomemos como ejemplo la reciente iniciativa de la ciudad de Nueva York. La pandemia afectó duramente al departamento de saneamiento. Los cierres desplazaron la basura de los edificios de oficinas a los hogares y la basura se acumuló. Si a esto se añaden las comidas al aire libre, el resultado es una plaga de bolsas de basura amontonadas y las criaturas que atraen. El cambio a grandes contenedores cerrados con candado hizo que la basura sólo fuera accesible para los trabajadores de saneamiento.

Hasta ahora, las autoridades municipales no han reconocido el derecho público a la basura. El portavoz Vincent Gragnani dice que el Departamento de Saneamiento no se opone a que los particulares canjeen latas y botellas "para llegar a fin de mes". Sin embargo, el departamento no quiso comentar si la basura es pública o privada.

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Breve historia de la basura estadounidense como ejemplo

La falta de protección de los recolectores de basura tiene sus raíces en los orígenes de la recogida de residuos, señala Lily Baum Pollans, profesora de política y planificación urbanas en el Hunter College (Estados Unidos).

A finales del siglo XIX, los habitantes de las ciudades estadounidenses arrojaban a las calles y los ríos locales los cadáveres de animales, cenizas, trapos y sus propios desechos, lo que acabó provocando una crisis de salud pública que impulsó a los ayuntamientos a crear plantillas dedicadas a recoger y retirar la basura.

En San Francisco, los Sunset Scavengers, originalmente un grupo informal de trabajadores, formaron una corporación en 1921. La ciudad de Nueva York formalizó la gestión de residuos en 1896.

La gestión de residuos financiada por las ciudades siempre ha tenido que ver con la limpieza, no con la creación de empleo, señala Baum Pollans. Los municipios que ya pagan a los trabajadores de saneamiento no tienen incentivos para reconocer oficialmente o apoyar económicamente a los recicladores cuando ya existe una mano de obra especializada.

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Una visión cambiante

Reconocidos o no, los recicladores han sido tratados con desdén durante mucho tiempo. Marín recuerda una ocasión en la que alguien que vivía junto a un edificio donde ella recogía latas le tiró agua, le gritó insultos racistas y le dijo que se fuera. "Porque recicle no significa que sea menos persona que los demás", afirma.

Los clasificadores de una instalación de separación de plásticos dividen los artículos de plástico por colores antes de enviarlos a otras ciudades para convertirlos en pellets.

Fotografía de Sara Hylton, Nat Geo Image Collection

Los países latinoamericanos empiezan a reconocerlo. Brasil clasificó la recogida de basuras como ocupación oficial en 2001. En 2009, el Tribunal Constitucional de Colombia concedió el derecho a recoger y canjear basura valiosa. En Argentina, los recicladores redactaron a principios de este año un proyecto de ley que gravaría a las empresas que fabrican productos desechables; la mayor parte de los fondos se destinan a recicladores y otros recolectores informales de basura.

Estados Unidos también se está poniendo poco a poco al día, aunque centrándose en obligar a las empresas a cubrir el coste de deshacerse de la basura que producen. En julio de 2021, Maine obligó a los productores a pagar una tasa de envases. Oregón y Colorado también tienen leyes de "responsabilidad ampliada del productor". Y en octubre de 2022, la Alianza Internacional de Recicladores, una organización de defensa de los recicladores informales, promulgó su primera constitución. Marín estuvo entre los redactores, y también forma parte de la junta directiva de Sure We Can.

Algunos gobiernos están empezando a darse cuenta de que la protección del medio ambiente y la humanidad van de la mano. La Agenda 2030 para el Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas, por ejemplo, pide acabar con la pobreza y todos los riesgos que conlleva. "La idea es no dejar a nadie atrás", afirma Dias.

Borrar la pobreza también podría eliminar por completo la necesidad de recoger residuos. "En mi sistema ideal", dice Baum Pollans, "tenemos una red de seguridad realmente sólida para que la gente no tenga que depender de depósitos de cinco céntimos".

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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