Estas aves repiten las llamadas de alarma, pero tienen cuidado de no difundir rumores

Según un nuevo estudio, los trepadores canadienses no confían en todo lo que oyen, lo que sugiere que la evolución favorece el comportamiento prudente.martes, 28 de enero de 2020

Si vives en Norteamérica, quizá hayas disfrutado de los cantos de los carboneros cabecinegros o los trepadores canadienses cuando caminabas por la calle. Pero quizá no sepas que esos cantos tienen letra.

«Puedes llamarlos palabras, pero igual les molesta a los lingüistas», bromea Erik Greene, ecólogo de la Universidad de Montana.

De hecho, el carbonero tiene un vocabulario de unos 50 sonidos diferentes que comunican unas pocas frases esenciales, como «¡peligro!», «¡dame de comer!» o «¡estoy soltero!».

Greene y sus colegas ya habían descubierto que los carboneros escuchan estas señales de alerta a escondidas y se las repiten a sus vecinos, como el Twitter pero en la vida real, bromea Greene.

Una nueva investigación publicada el 27 de enero en la revista Nature Communications demuestra que, como cualquier buen periodista, los carboneros verifican sus datos: las aves repiten la llamada general de alarma de los trepadores, pero no vocalizan más información específica sobre el depredador hasta poder verificarla.

Dicha investigación es importante porque se basa en la creciente comprensión de las redes de comunicación entre animales en el mismo entorno. Es más, escuchar las llamadas de alarma específicas de las aves puede proporcionar a los científicos una estimación de cuántos depredadores viven en una zona en particular. Se trata de una forma eficaz y no invasiva de medir la salud del ecosistema.

Como el Twitter

Aunque cada especie de ave tiene su propio «idioma», algunas llamadas atraviesan fronteras culturales y geográficas. Por ejemplo, las aves y los mamíferos tienen una llamada universal de peligro, un «sip».

Por su parte, los carboneros pían a menudo sobre los depredadores. De hecho, su nombre en inglés (chickadee) se debe a la llamada que emiten cuando ven a alguien sospechoso acechando en su barrio: chickadi-di-di-di-di. Cuantos más «di», más peligroso es el depredador.

Esta llamada difiere de la llamada universal de peligro. En lugar de «¡corre por tu vida!» se parece más a «¡canta por tu vida!», ya que la vocalización incita a otras aves a saltar y acosar al depredador en potencia, como un búho o un halcón, un comportamiento denominado mobbing.

Los sonidos son «muy desagradables, como cuando arañas una pizarra antigua», explica Greene.

Para este experimento, Greene y sus colegas colocaron altavoces en 60 lugares cerca de Missoula, Montana, y en tres lugares cerca de Mazama, Washington, todos ellos cerca de poblaciones conocidas de trepadores silvestres. A continuación, el equipo grabó sonidos del peligrosísimo mochuelo, el no tan peligroso búho americano y un tercer ave control que no planteaba peligro alguno para el trepador.

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En la segunda fase del experimento, los científicos reprodujeron llamadas de alarma de los carboneros que habían visto a los mismos depredadores. Después grabaron los sonidos emitidos por los trepadores para comprobar si las aves respondían a enterarse por otros de que había un depredador del mismo modo que lo harían si escucharan al depredador directamente.

La evolución favorece a los cautos

Greene y sus colegas descubrieron que si los trepadores escuchaban las llamadas directamente, emitían su propia llamada de advertencia —una serie de trinos rápidos y monosílabos— para los de su especie y comunicaban la magnitud del peligro. Ante mayores peligros, como el mochuelo, producían reclamos más cortos y agudos.

Cuando los trepadores escuchaban las llamadas de alarma de los carboneros, las aves repetían la llamada con una vocalización general de advertencia, independientemente del nivel de peligro.

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Estas aves se ocultan para sus encuentros sexuales
Los turdoides árabes hacen muchas actividades en grupo, pero hay una cosa que hacen en secreto. Además de los humanos, son una de las pocas especies que ocultan regularmente la actividad sexual. Los turdoides árabes son aves de nidificación comunitaria. Aunque normalmente solo se aparean el macho y la hembra dominantes, otros miembros del grupo cuidan de los polluelos. Buscan alimento juntos e incluso tienen una rutina grupal de baile matutino. Pero a la hora de aparearse, se separan del grupo, escondiéndose tras los arbustos o lejos donde no puedan verles. En teoría, si las aves no se ven durante el acto, es menos probable que provoque un conflicto.

No está claro por qué los trepadores no repetían el mismo nivel de alarma que recibían de los carboneros, pero los investigadores especulan que la información de los carboneros podría ser engañosa, así que repetir la llamada —pero con menos certidumbre— es una buena estrategia de supervivencia.

Es como si los trepadores dijeran: «Estamos en alerta máxima y los carboneros nos han dicho que hay algo ahí fuera, pero no lo hemos verificado», afirma Greene.

Gary Ritchison, ornitólogo de la Universidad del Este de Kentucky, está de acuerdo en que no se sabe por qué los trepadores no confían lo bastante en los carboneros como para repetir el nivel de alarma.

«Una explicación posible es que los trepadores sepan dónde está el carbonero, pero que eso no aporte mucha información sobre la ubicación del depredador en potencia», explica Ritchison, que no participó en el estudio.

Según el estudio, hay muchos motivos por los que una fuente secundaria de información es menos fiable que la información de primera mano, así que es posible que la selección natural haya favorecido a los trepadores que son prudentes a la hora de repetir rumores, aunque sean muy alarmantes.

Ojalá los humanos fueran así de precavidos.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.
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