'The First Wave': un documental desgarrador y de visionado obligatorio

Marzo de 2021. Alarmado por la falta de imágenes sobre el tratamiento de enfermos de COVID-19, Matthew Heineman busca un hospital para documentar las primeras fases de la pandemia en Nueva York. No sabe que está a punto de meterse en el ojo del huracán.

Publicado 7 ene 2022 9:28 CET
Ahmed Ellis, paciente de COVID-19 de 36 años, permanece sedado en un respirador artificial en el ...

Ahmed Ellis, paciente de COVID-19 de 36 años, permanece sedado en un respirador artificial en el Centro Médico Judío de Long Island de Nueva York, en marzo de 2020. La historia de Eliis es una de las varias que sigue el estremecedor documental de Matthew Heineman The First Wave.

Fotografía de NATIONAL GEOGRAPHIC DOCUMENTARY FILMS

El caos de un intento de reanimación. La escena es todo cables, pitidos y voces frenéticas en medio de un remolino de batas de color amarillo ácido y plástico translúcido, con el tono enfermizo de una línea del latido plana sonando al fondo. En el centro, la violencia rítmica de un médico realizando compresiones torácicas. Luego, a medida que pasa el tiempo, un cambio. Una ralentización. Por fin, alguien da la hora y los médicos forman un círculo, de repente, cansadamente quietos. Permanecen durante un minuto en silencio. De los propios médicos, a través de una rendija en sus batas, sólo se ven los ojos. Es suficiente.

Es marzo de 2020, y los casos de COVID-19 están proliferando con velocidad en la Unidad de Cuidados Intensivos del Centro Médico Judío de Long Island de Nueva York. Los pacientes son el comienzo de la primera ola de una enfermedad que devastaría la ciudad en más de un sentido. Las imágenes de sus calles desiertas - calles famosas que son sinónimo de actividad frenética - tan temprano en la pandemia enviarían una señal aterradora: algo estaba sucediendo sin precedentes en la era moderna.

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"Estábamos viviendo lo mismo que estábamos documentando". El director de The First Wave, Matthew Heineman.

Fotografía de MICHAEL ORI

En el interior del hospital, el cineasta Matthew Heineman y su equipo estaban rodando las primeras escenas de lo que se convertiría en The First Wave, un nuevo y devastador documental de National Geographic que se estrenará en Disney+ España el 28 de enero de 2022, que sigue a un equipo de profesionales médicos durante la primera oleada de COVID-19 en Nueva York (Estados Unidos)

Frustrado por un "tsunami" de desinformación y estadísticas sin ningún tipo de imágenes de la crisis, Heineman negoció un acceso poco frecuente al hospital cercano a su casa, algo que sintió que se traducía en una "enorme obligación de poner un rostro humano a esta crisis". En ese momento, tanto él como todo el mundo no podía saber lo que se avecinaba.

"No teníamos ni idea", cuenta Heineman a National Geographic UK desde su oficina en Nueva York. "Pensamos ingenuamente que esto sería como una o dos semanas, y que luego todo acabaría. Obviamente, nuestra producción duró meses y todavía hoy estamos viviendo con el virus. No tienes ni idea de por dónde va a ir la historia".

En el documental viajamos en el tiempo -aunque no muy lejos- a la primera línea médica de una guerra contra un virus aún misterioso, sin vacunas, sin conocimientos y sin respuestas en la lucha contra una enfermedad que acabaría matando a cinco millones de personas (y subiendo) en todo el mundo. Es una película de una intimidad sorprendente, en la que se ve a un pequeño grupo de médicos y pacientes durante el periodo más aterrador de sus vidas. 

Un aspecto inquietante de The First Wave es su extraña falta de familiaridad, que fue causada por la misma enfermedad que todos conocemos ahora, pero que pocos conocemos de este modo.

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Un registro documental sin igual

"Sabía que [los periodistas] no tenían el acceso que yo tenía", dice Heineman. "Y sentí una enorme responsabilidad con ese acceso. No quería meter la pata. No sabía si la película sería buena, si la gente querría verla... pero siempre supe en el fondo de mi mente que esto iba a ser uno de los registros documentales de lo que sucedió. Con todos los altibajos que eso significaba".

The First Wave se incrusta con el personal y los pacientes del Centro Médico Judío de Long Island en Queens, Nueva York, durante la catastrófica primera ola de COVID-19. 

Fotografía de NATIONAL GEOGRAPHIC DOCUMENTARY FILMS

Ahmed Ellis, paciente de larga duración de COVID-19, recibe la visita de su esposa Alexis el día de su cumpleaños. No puede hablar con ella, pero recibe información sobre sus dos hijas pequeñas. 

Fotografía de NATIONAL GEOGRAPHIC DOCUMENTARY FILMS

Nueva York, como no tardaría en hacerse evidente, se convirtió en un campo de batalla contra la COVID-19. La ciudad, tan acostumbrada a ser el centro de atención de los medios de comunicación, pronto se convirtió en el centro de su propia pesadilla.

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En las noticias, escenas que parecían sacadas de películas de ciencia ficción y de los libros de historia se reproducían bajo la mirada de un mundo que aún buscaba certezas: una ciudad insular cerrada, noticias de hospitales saturados y morgues desbordadas de enfermos y muertos y la escalofriante visión de fosas comunes excavadas en islas marinas por trabajadores con trajes y mascarillas que les cubrían el rostro al completo. Los políticos llamaban a la calma mientras los médicos pedían ayuda a gritos, mientras cada minuto se trasladaba a los pacientes para que recibieran una atención para la que no disponían ni de la capacidad ni de los conocimientos necesarios. Pero desde el interior de los hospitales, poco llegaba a los ojos del público. 

El director nominado al Oscar -cuyas películas anteriores incluyen las aclamadas City of Ghosts, La Corresponsal y Tierra de cárteles- no es ajeno a estar metido en situaciones cargadas de miedo. No obstante, con el estallido de pandemia de coronavirus  acaba de entrar en un tipo de conflicto muy diferente.

Times Square está casi desierta mientras las vallas publicitarias, normalmente con mensajes comerciales, muestran mensajes de agradecimiento a los trabajadores médicos de primera línea: Nueva York, marzo de 2020.
 

Fotografía de STEPHEN WILKES, NATIONAL GEOGRAPHIC IMAGE COLLECTION

"Hay una razón por la que la gente va a las zonas de guerra. Por qué vemos las imágenes que salen de Vietnam, o de Irak, o de Afganistán: informan del discurso, e informan a la opinión pública", dice Heineman; "[con la COVID-19], no veíamos esas imágenes... lo que ocurría dentro de esos hospitales. No estábamos conectando emocionalmente con este tema. Eso es lo que permitió que la desinformación se agudizara". 

"Una de las mayores tragedias de la COVID es que se politizó tanto", añade. "Al menos en Estados Unidos, fracturó aún más a un país ya de por sí fracturado".

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Cuatro meses de caos

El documental sigue a una médico interna llamada Dra. Nathalie Dougé y a su equipo mientras atienden a los pacientes de COVID-19, muchos de ellos con respiradores, que sufren la forma más grave de la enfermedad. Estos pacientes tejen sus propios hilos, dos en particular: ambos jóvenes, racializados y trabajadores de primera línea, y ambos muy enfermos: Brussels Jabon, una enfermera filipino-estadounidense que dio a luz a un bebé por cesárea de urgencia antes de ser conectada a un respirador. Y Ahmed Ellis, un agente de policía negro con una familia joven, que cayó fulminado por una grave COVID-19 a los 36 años. A través de la trayectoria de estos pacientes, la cámara de Heineman capta los altibajos del personal de cuidados intensivos que los rodea, en medio de un sistema sanitario al límite.

Y es entonces cuando sucede: el 25 de mayo de 2020, George Floyd es asesinado.

"Si me hubieran dicho a principios de marzo que esta película incluiría protestas contra el racismo sistémico tres meses más tarde, habría dicho que eso no tenía sentido, que no formaba parte de esta historia", dice Heineman, en relación con los disturbios que estallaron en Estados Unidos y en el mundo, mientras su equipo aún estaba integrado. "Pero eso es exactamente a lo que condujo todo esto. Creo que la película trata de mucho más que de la COVID".

La mayoría de los pacientes que aparecen en The First Wave son afroamericanas: una cohorte de minorías vulnerables a la COVID-19, sobre todo porque una gran parte de ellos trabaja en puestos de primera línea o tiene bajos ingresos, por lo que corren un alto riesgo de contraer la enfermedad y están en desventaja a la hora de combatirla. 

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“"Imagina pasarte toda tu carrera estudiando el cuerpo humano, arreglando el cuerpo humano, para luego tirar a la basura todo lo que has aprendido". ”

por MATTHEW HEINEMAN

La muerte de George Floyd fue un punto de inflexión que resonó en toda la ciudad. The First Wave capta la ferocidad de la ira -y la respuesta policial- de primera mano en las calles de Nueva York. 

En junio, Dougé, hija de inmigrantes haitianos, participa en la protesta de trabajadores sanitarios, y somos testigos del impacto de meses de pandemia en la doctora. En un momento dado, con la mascarilla quirúrgica blasonada con la ya trágica frase "I can't breathe" (no puedo respirar), la doctora imparte: "Con el COVID, te esfuerzas tanto por preservar la vida humana... ver el flagrante desprecio por [ella]... fue suficiente para romperme un poco el alma. Fue la gota que colmó el vaso". Más tarde, la cámara observa cómo Dougé disipa un posible altercado entre un cordón policial y un manifestante negro emocionado, que luego se derrumba llorando en sus brazos.

"Creo que conocí a Nathalie [Dougé] los dos primeros días de rodaje en el hospital", recuerda Heineman. "Tenía una personalidad muy fuerte, era muy empática con la cámara y con sus pacientes. Nos permitió entrar en algunos momentos increíblemente íntimos en el momento más difícil de su vida. No tenía ni idea de por dónde iba a ir su historia".

"Con el COVID, te esfuerzas tanto por preservar la vida humana... ver el flagrante desprecio por [ella]... eso fue suficiente para romperme un poco el alma". La Dra. Nathalie Dougé participa en una protesta de Black Lives Matter en Nueva York, en mayo de 2021.  

Fotografía de NATIONAL GEOGRAPHIC DOCUMENTARY FILMS

Mantener la confianza en medio de una pesadilla

Es esta inmersión es lo que hace que The First Wave sea tan poderosa. Estás en la habitación mientras la gente lucha por la vida, la gente se salva, la gente muere. Mientras los médicos se endurecen al principio de un turno que podría ser el peor de sus vidas, y se desintegran en un caleidoscopio de emociones complejas -desde la ira, al miedo, a la desesperación- al final del mismo. La cámara de The First Wave , nunca reconocida ni tenida en cuenta por los personajes que van apareciendo en el documental, atraviesa un velo de vulnerabilidad pocas veces visto en una profesión donde los héroes son reales, pero también personas.

"Definitivamente hay momentos en los que sentimos que no debíamos estar allí. Pero precisamente por eso estábamos allí". Dice Heineman. "Momentos que eran profundamente preocupantes, profundamente íntimos. Y por eso es tan importante la confianza con los participantes. Te permiten estar ahí. Hasta el punto de que te conviertes en parte de su vida cotidiana".

Tal y como sucedió, esas vidas cotidianas implicaban un número cada vez mayor de momentos de vida o muerte. "Pasamos mucho tiempo con el equipo de respuesta rápida, el equipo de enfermeras especializadas de la UCI que se desplaza cuando la gente está [en parada cardiopulmonar]" dice Heineman. "A veces hay docenas de códigos al día, sólo para que ese equipo de enfermeras se ocupe. Están acostumbrados a que la gente muera. La gente se muere en los hospitales. Pero el volumen y la frecuencia esta vez no tenían precedentes".

Capturar esos momentos supuso importantes retos prácticos para los cineastas, en un conflicto en el que el enemigo era más insidioso que cualquier insurgente humano. "Es invisible. Cuando estás en una zona de guerra, hay rachas de momentos realmente aterradores, y mucho aburrimiento. Pero con esto, no hubo ni un segundo en el que pudiéramos bajar la guardia. Cada aspecto de esto era aterrador". Heineman describe el escenario entre los médicos, los pacientes y los cineastas como "todos pasando por esta experiencia juntos, de diferentes maneras".

"[Para los médicos,] el miedo era múltiple. Y el trauma. Obviamente, está el miedo a contagiarse; y el miedo a contagiar a su familia. Luego está el miedo a la incapacidad de hacer su trabajo. Imagínate que te pasas toda tu carrera estudiando el cuerpo humano, arreglando el cuerpo humano, y luego todo lo que has aprendido lo tiras por la ventana".

Los médicos y las enfermeras se consultan entre sí y con las familias de los pacientes a través de iPads envueltos en plástico; sostienen los dispositivos para que los que están en casa puedan ver a sus seres queridos, y actúan como una especie de intermediario tecnológico para una familia y lo que a veces son los últimos momentos de un paciente. En un momento dado, un médico rompe a llorar por la frustración que supone que estos dispositivos, de repente críticos, se queden sin batería, y que todo el mundo tenga miedo de compartir cargadores por temor a la contaminación cruzada.

"Ese fue uno de los aspectos más maliciosos de esta enfermedad, lo aislante que era". Dice Heineman. "Aislante para los cuidadores, para los médicos y las enfermeras, y sobre todo para los familiares: tomar estas decisiones a través de dispositivos, y no estar allí con sus seres queridos en sus últimos momentos".

El triunfo del espíritu

En las primeras fases de la pandemia, con poca información concreta sobre la propagación del SARS-Cov-2, el equipo de The First Wave -al igual que los médicos- tuvo que tomar todas las precauciones, con poco equipo de protección y sin ninguna garantía.

Todo, desde bajar la cámara un momento, ir al baño, poner un micrófono a alguien, hasta comer y frotarse los ojos cansados, eran riesgos potenciales de contagio. "Lo último que queríamos era infectar a nuestro equipo, infectarnos a nosotros mismos, y lo peor, propagar el virus entre las personas que estábamos filmando. [Pero la ciencia era tan imprecisa en marzo. Ahora tenemos medidas preventivas, tenemos vacunas, tenemos tratamientos... en aquel momento no teníamos literalmente ninguna herramienta. Todos perdimos unas 80 capas de piel limpiándonos las manos. Y los equipos de protección individual (EPI) eran realmente escaso en aquella época".

Los cineastas llevaban bata y una mascarilla n95 que tuvieron que reutilizar, "con una mascarilla quirúrgica encima como hacían los médicos y las enfermeras, porque queríamos encajar lo mejor posible". Luego, al terminar la jornada, el tema del documental seguía desarrollándose.

"En un rodaje normal de un documental, terminas, te metes en el coche, pones la radio y sigues con tu vida". Añade. Pero con el proceso de descontaminación y la limpieza del equipo "pasaban al menos tres, cuatro, cinco horas desde que rodamos el último fotograma del rodaje hasta que pudimos, entre comillas, 'relajarnos'. Y entonces pasábamos a vivir lo mismo que estábamos documentando... limpiando nuestros víveres, averiguando cómo conseguir comida, papel higiénico. Después de 12 horas en un hospital. Nunca, nunca podías desconectar".

"Es la película más dura que he hecho, con diferencia: emocionalmente, logísticamente, físicamente", dice Heineman. "Pero la sensación abrumadora que tuve fue la de sentirme realmente inspirado por el poder del espíritu humano".

"Si tuviera que reducirlo a una sola cosa, se trataría de cómo los seres humanos se unen ante la crisis", añade. "Fue algo muy, muy hermoso de presenciar. Y eso es lo que nos impulsó, cada día, a seguir haciendo esta película".

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.co.uk.

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