Historia

Conoce a Abbas Yusuf, el hombre que convive con las hienas

Esta inusual relación entre hombre y bestia se ha mantenido durante 50 años gracias a una tradición familiar. Jueves, 9 Noviembre

Por Alexandra Genova
Fotografías de Brian Lehmann

La noche cae sobre la antigua ciudad amurallada de Harar. La calma que reina en la atmósfera solo se rompe por un escalofriante aullido ocasional. En la penumbra, cinco hienas hambrientas rodean a un hombre en cuclillas sobre el suelo. Los ansiosos animales mueven sus orejas adelante y atrás mientras flexionan sus mandíbulas profiriendo gruñidos y enseñando los dientes. Es hora de cenar.

Las hienas manchadas son conocidas en todo el mundo por ser carroñeras despiadadas, pero en esta ciudad etíope, los habitantes no les tienen miedo. Este joven coge un trozo de carne de su cesta y lo sostiene en el aire. En vez de atacar, una hiena avanza y lo coge directamente de su mano, con la desenvoltura de un perro domesticado.

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Abbas Yusuf, conocido como «el Hombre Hiena», aprendió a alimentar a estos animales salvajes de su padre, Yusuf Mume Salleh, que solía tirarles restos de carne para mantenerlas alejadas de su ganado. Años después, la traducción perdura y se ha convertido en una atracción turística muy popular. Esta increíble relación entre hombre y bestia tiene unas raíces muy profundas.

Para el fotógrafo Brian Lehmann, que pasó un tiempo documentando este fenómeno, fue esta conexión profunda —y casi trascendente— lo que despertó su interés. «Me quedé asombrado por su relación», contó Lehmann a National Geographic. «La gente en todas partes, a excepción de esta pequeña ciudad en Etiopía, vive con temor a la hienas porque literalmente te pueden devorar y convertirte en solo una masa sanguinolenta sobre el suelo en cuestión de minutos. A solo unos kilómetros, una chica recibió un mordisco en la cara y la arrastraron hasta un río… pero aquí los niños no tienen ningún miedo».

La ciudad tiene una larga historia de convivencia pacífica con las hienas. Siglos atrás, estos animales atacaban y en ocasiones mataban a los lugareños, según contaron algunos habitantes a Lehmann. Su solución fue abrir agujeros en las murallas de la ciudad y empezar a tirar restos de alimentos «para que empezasen a comerse los restos y no a las personas». Según los harari, no se han producido ataques de hienas durante 200 años

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Además de la generosa comida de Yusuf, las hienas se alimentan en el vertedero local. Cada día, como un reloj, los animales aguzan el oído para escuchar el sonido de arranque y el rechinar del camión de la basura, un ruido que anuncia una descarga fresca de restos de alimentos. Al atardecer, otro sonido les llama a alimentarse. «Abbas se coloca en su colina y las llama para atraerlas a su casa y poder darles de comer ante los turistas», afirma Lehmann. Les ha puesto nombres a todas, aunque algunas responden mejor que otras, e incluso ha desarrollado un tipo de dialecto especial para sacarlas de sus cuevas.

Aunque Lehmann no es fotógrafo de vida silvestre, ha documentado animales en la naturaleza con anterioridad y sabe que «la realidad es que necesitas estar cerca para causar un impacto visual». En vez de usar cámaras trampa, la relación de Abbas con las hienas fue su «entrada». «Cuando estaba con Abbas podía hacer lo que quisiera, cuando estaba solo me llevaba mucho más tiempo ganarme su confianza», añade.

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Un ejemplo destacable de su estrecha relación tuvo lugar una noche, cuando una hiena —con la que Abbas tenía una relación especialmente cercana— les condujo a él y a Lehman a su guarida. «Llegado a ese punto, dudas, piensas ‘¿es aquí donde me va a matar?’», afirma. «Pero entonces te das cuenta de que Abbas tiene esta increíble relación con ellas». Dentro de una de las guaridas en las que entró Yusuf, había cachorros de hiena. «Podías oír a las otras hienas correteando cerca de ti y podían matarlo en dos segundos, pero no lo hicieron», añade. «Le dejan hacer todo lo que quiere».

Esta peculiar tradición, transmitida de generación en generación, va más allá del orden natural y demuestra cómo un animal  —un animal normalmente temido por el hombre y vilipendiado en el folclore— puede ser malinterpretado. En palabras de Lehman: «No cabe duda de que son criaturas feas. Pero en ellas también hay belleza».

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