Este virólogo salvó a millones de niños y detuvo una pandemia

El 1957 llegó una pandemia de gripe a Estados Unidos, pero Maurice Hilleman estaba preparado con una vacuna que produjo en masa en cuestión de meses.

Monday, June 1, 2020,
Por Sydney Combs
Maurice Hilleman y su equipo de investigación

El virólogo Maurice Hilleman con su equipo de investigación en el Instituto Walter Reed de Investigación Médica Militar en 1957. Aquel año, Hilleman y su equipo identificarían y desarrollarían 40 millones de dosis de una vacuna para combatir una cepa del virus de la gripe procedente de Hong Kong.

Fotografía de Ed Clark, The LIFE Picture Collection/Getty

En abril de 1957, una misteriosa enfermedad avanzaba por Hong Kong. Los trabajadores sanitarios se toparon con multitud de niños con «miradas vidriosas» y más del 10 por ciento de la población de la ciudad estaba contagiada de gripe. La comunidad científica se quedó callada, pero el virólogo estadounidense Maurice Hilleman reconoció la amenaza: se estaba fraguando una pandemia.

Hilleman pensó que la enfermedad era una nueva cepa de la gripe capaz de propagarse por todo el mundo. Cuando el virus llegó a Estados Unidos en el otoño de 1957, él ya contaba con una vacuna. Su trabajo impidió que millones de personas contrajeran el virus y esa es solo una pequeña fracción de las vidas que salvó Hilleman a lo largo de su carrera.

Los alumnos que padecen la «gripe asiática» de 1957 yacen en catres temporales colocados en el edificio del sindicato estudiantil de la Universidad de Massachusetts. El virus mató a más de 100 000 personas en Estados Unidos.

Fotografía de Betttmann, Getty

Hilleman había nacido en agosto de 1919, en plena pandemia de gripe española, y se crio en una granja cerca de Miles City, Montana. Durante la Gran Depresión, consiguió un puesto de director adjunto de una tienda J.C. Penney y tenía pensado pasar el resto de su carrera profesional en la empresa hasta que su hermano mayor lo convenció para que asistiera a la universidad. Estudió a la Universidad del Estado de Montana con una beca completa, se graduó el primero de su promoción en 1941 y lo aceptaron en todas las facultades de posgrado donde solicitó plaza.

Cuando era estudiante de doctorado en microbiología en la Universidad de Chicago, Hilleman demostró que la clamidia era una bacteria y no un virus, un hallazgo que ayudó a los médicos a tratar la enfermedad. Contra los deseos de su profesor, Hilleman empezó a trabajar para la industria farmacéutica en lugar de seguir en el mundo académico porque creía que ahí gozaría de una mejor posición para llevar los beneficios de su investigación a los pacientes.

Para el final de su carrera, habría desarrollado más de 40 vacunas que prevenían enfermedades y la muerte en todo el mundo.

Atajar una pandemia

Tras cuatro años en la farmacéutica E.R. Squibb, en Nueva Jersey, Hilleman se trasladó al Instituto Walter Reed de Investigación Médica Militar en Washington D.C. para estudiar los brotes de gripe y las enfermedades respiratorias. Allí demostró que los virus de la gripe sufrían mutaciones que les permiten eludir los anticuerpos desarrollados previamente. Esto explicaba por qué una sola vacuna contra la gripe no protegía a una persona de por vida, como ocurría con las de la viruela o la polio.

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A través de su investigación, Hilleman se convenció de que el virus de Hong Kong podría ser muy distinto de las cepas existentes y, por consiguiente, podría resultar mortal si llegara a Estados Unidos y a otros países. Cuando cogió una copia del New York Times el 17 de abril de 1957 y leyó acerca de la situación en Hong Kong, exclamó: «Oh, Dios mío. Es la pandemia. ¡Está aquí!». Al día siguiente, pidió al ejército que tomaran muestras del virus en Hong Kong.

Un mes después, recibió agua marina con la que había hecho gárgaras un marine enfermo que había estado en Hong Kong. Hilleman empezó a incubar el virus y a hacer pruebas con anticuerpos de cientos de soldados y civiles. No pudo encontrar ni una sola persona con anticuerpos para esta cepa de gripe.

Hilleman envió las muestras del nuevo virus a otras organizaciones de investigación, que confirmaron que solo unos pocos ciudadanos ancianos que habían sobrevivido a la pandemia de gripe de 1889-1890 tenían anticuerpos. Eso quería hacer que casi todo el mundo corría el riesgo de contraer la nueva cepa.

«En 1957 lo pasamos por alto. El ejército lo pasó por alto y la Organización Mundial de la Salud también», dijo Hilleman más adelante en una entrevista.

Las cajas con las vacunas contra la gripe de 1957 de Hilleman se distribuyen en helicóptero por todo Estados Unidos.

Fotografía de Walter Sanders, The LIFE Picture Collection/Getty

Al darse cuenta del poco tiempo que tenía el país para prepararse, Hilleman contactó directamente con los fabricantes farmacéuticos y les pidió que crearan una vacuna a partir de sus muestras. También pidió que mantuvieran con vida a las gallinas destinadas a la producción de carne para fertilizar huevos suficientes para preparar la vacuna. Aunque su labor aún no había sido revisada por la principal agencia de regulación de vacunas del país, la División de Estándares Biológicos, las farmacéuticas accedieron. Hoy en día este tipo de alternativa sería imposible, ya que las regulaciones son mucho más estrictas.

Gracias a la perseverancia de Hilleman se habían creado 40 millones de dosis de la vacuna para cuando la gripe llegó a territorio estadounidense el otoño de 1957. En total, el virus mató a 1,1 millones de personas en todo el mundo y a unas 116 000 personas en Estados Unidos. Leonard Burney, que entonces era el cirujano general de Estados Unidos, dijo que el virus habría afectado a millones de ciudadanos más de no haber contado con la vacuna. El ejército estadounidense le concedió a Hilleman una Medalla por Servicio Distinguido por su trabajo.

«Es la única vez que se ha evitado una pandemia con una vacuna», recordó Hilleman.

La familia de Hilleman

En marzo de 1963, Jeryl Lynn, la hija de cinco años de Hilleman, entró en la habitación de su padre en plena noche quejándose de que le dolía la garganta y de que tenía la mandíbula hinchada. Había contraído paperas.

Aunque rara vez resultan mortales, en algunos casos las paperas pueden causar sordera e inflamación en el cerebro, el páncreas y los testículos, lo que a veces provoca esterilidad en hombres jóvenes. En 1964, se estima que Estados Unidos tenía 210 000 casos de paperas, según los CDC.

Estos cinco hermanos contrajeron paperas, una infección viral muy contagiosa, en Rochester, Nueva York, en 1948. En 1964, antes de que Hilleman creara la vacuna contra las paperas, se estima que había unos 210 000 casos en Estados Unidos. El año pasado solo hubo 3474.

Fotografía de Bettmann, Getty

Hilleman metió a su hija en la cama y después acudió a su laboratorio en busca de materiales para hacerle un frotis de garganta. Con sus muestras, empezó a cultivar el virus en soluciones de embriones de pollo disueltos para atenuar la enfermedad, es decir, hacerla menos eficaz a la hora de infectar a los humanos. Tras infectar varias remesas de células de pollo, el virus infectaba cada vez mejor a los pollos y peor a los humanos. De este modo, Hilleman creó un virus debilitado que, cuando se inyecta a los humanos, es lo bastante potente para crear anticuerpos, pero no lo suficiente para que contraigan la enfermedad.

Kirsten, la hermana pequeña de Jeryl Lynn, fue una de las primeras personas que recibió la vacuna experimental de su padre en 1966. «Fue un bebé protegido de un virus por su hermana. Creo que esto ha sido algo único en la historia de la medicina», dijo Hilleman más adelante en una entrevista con el proyecto The Vaccine Makers. Normalmente, a los niños pequeños los contagian sus hermanos mayores, no les proporcionan inmunidad.

Un año después —y casi cuatro años después de que Jeryl Lynn se despertara con dolor de garganta—, Hilleman patentó su vacuna contra las paperas. La cepa debilitada del virus que había sacado de la boca de su hija sigue siendo la base de la vacuna contra las paperas que se usa en todo el mundo en la actualidad.

Alejado de los focos

El éxito de Hilleman se debió en parte a su puesto en Merck, la empresa farmacéutica donde trabajó durante 47 años. Le otorgaron control total sobre su investigación y con los amplios recursos financieros de Merck a su disposición, Hilleman y su equipo desarrollaron más de 40 vacunas para humanos y animales. «Había dinero para hacer todo lo que necesitábamos hacer [en Merck]. El dinero no era un objeto. Podías investigar», contó la segunda mujer de Hilleman, Lorraine Witmer, al biógrafo de su marido. Al trabajar en el sector privado —la «industria sucia», como decía Hilleman en broma—, pudo conducir su investigación del laboratorio al mercado con la impetuosidad que lo caracterizaba.

Con todo, la industria farmacéutica tenía sus limitaciones y a veces impidió que Hilleman obtuviera reconocimiento público por su labor. «Pensé que si mi nombre aparecía en el periódico o me ponían ante las cámaras de televisión o los micrófonos de la radio, la gente pensaría que les estaba vendiendo algo», explicó Hilleman cuando no se incluyó su nombre en el trabajo que demostraba la eficacia de su vacuna contra la hepatitis B. Hilleman no puso su nombre a ninguno de sus descubrimientos.

Hilleman y su equipo desarrollaron ocho de las 14 vacunas que se recomiendan para los niños: el sarampión, las paperas, la hepatitis A, la hepatitis B, la varicela, la meningitis, la neumonía y la Haemophilus influenzae. La OMS estima que la vacuna contra el sarampión evitó 20,3 millones de muertes en todo el mundo entre el 2000 y el 2015.

En 1998, el investigador A.J. Wakefield publicó un artículo en el que sostenía que la vacuna de Hilleman contra el sarampión, las paperas y la rubeola (la triple vírica) causaba autismo. Este estudio dio pie a un movimiento antivacunas, aunque el artículo fue desacreditado por varios estudios independientes y retirado formalmente por la revista en 2010, cinco años después de que Hilleman falleciera de cáncer a los 85 años.

En el momento de la muerte de Hilleman, los científicos de su campo le atribuyeron la salvación de más personas que cualquier otro científico del siglo XX. «La calidad y cantidad científicas de su trabajo fueron asombrosas», contó el Dr. Anthony Fauci al New York Times en 2005. «Solo uno de sus logros habría bastado para garantizarle una gran carrera científica».

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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