E.O. Wilson, "el heredero natural de Darwin", muere a los 92 años

El biólogo y especialista en hormigas fue un firme defensor de la biodiversidad y la conservación.

Publicado 28 dic 2021 12:20 CET
E.O. Wilson examina un crecimiento anormal en una hoja en Walden Pond, Massachusetts

E.O. Wilson examina un crecimiento anormal en una hoja en Walden Pond, Massachusetts. Wilson, biólogo pionero y conservacionista, abogó por un mundo en el que los seres humanos compartan el planeta con otras especies, en lugar de llevarlas a la extinción.

Fotografía de Frans Lanting, Nat Geo Image Collection

Edward O. Wilson, biólogo estadounidense y principal autoridad en materia de hormigas, cuyo estudio de los diminutos insectos dio lugar a algunas de las ideas científicas más importantes y provocadoras del siglo XX -en particular, que existe una base biológica para el comportamiento humano y que la conservación de la biodiversidad es fundamental para la supervivencia del planeta-, falleció el 26 de diciembre en Burlington (Massachusetts), según un comunicado de la Fundación E.O. Wilson para la Biodiversidad. Tenía 92 años.

Llamado "uno de los naturalistas más destacados tanto en ciencia como en literatura" por la National Geographic Society, que le concedió su Medalla Hubbard en 2013, y "heredero natural de Darwin" por otros, Wilson era un caballero sureño de voz suave que realizó su trabajo fundamentalmente en la Universidad de Harvard (Estados Unidos), aunque nunca olvidó sus raíces en la costa del Golfo de Alabama. Gran parte del movimiento medioambiental moderno le debe sus fundamentos científicos.

"Desempeñó el papel más importante en la elevación de la biodiversidad en la conciencia pública", dijo Thomas Lovejoy, el difunto ecologista que acuñó el término "diversidad biológica". "Los elegantes escritos de Ed han contribuido de una manera que ninguno de nosotros ha hecho".

(Relacionado: Thomas Lovejoy, el padre de la "diversidad biológica", muere a los 80 años)

Las contribuciones de Wilson fueron legión.

Una de las más importantes llegó en 1967 con la publicación de The Theory of Island Biogeography (Teoría de la biogeografía insular), que desarrolló con Robert MacArthur, biólogo de Princeton. Relacionaba el tamaño de una isla con el número de especies que albergaba. Aunque en un principio se centraba en tierras rodeadas de agua, el concepto se convirtió en una piedra angular de la biología de la conservación cuando se aplicó a las "islas de hábitat" o reservas de tierra firme, amenazadas por el desarrollo agrícola y urbano.

Más tarde, Wilson y el matemático William Bossert, colega de Harvard, ayudaron a desvelar los secretos de la comunicación de las hormigas, describiendo su secreción de señales químicas conocidas como feromonas. Los microorganismos, las plantas y la mayoría de los animales utilizan estas señales olfativas para transmitir información.

Algunos de los trabajos de Wilson provocaron una tormenta política. En la década de 1970, su estudio de las hormigas, abejas, avispas y termitas sociales le llevó a crear el campo de la sociobiología, que echó por tierra el dogma, entonces popular, de que los bebés nacen como una tabula rasa, es decir, con la mente en blanco que debe formarse únicamente mediante la crianza y el aprendizaje. En The Insects Society, y más ampliamente en Sociobiology: The New Synthesis, insistió en que los rasgos genéticos influyen en la inteligencia y desempeñan un papel en el comportamiento animal y humano, incluida la agresión.

Los científicos de la izquierda, como Stephen Jay Gould, colega de Wilson en Harvard, atacaron sus ideas, lanzando acusaciones de racismo y sexismo. A Wilson incluso le echaron agua en la cabeza en una reunión científica.

"Eso fue muy radical para la gente que quería creer" lo contrario, dijo Peter Raven, un destacado botánico y conservacionista, Explorador de National Geographic y Medalla Hubbard 2018. Como director durante mucho tiempo del Jardín Botánico de Missouri en San Luis, Raven trabajó con Wilson durante décadas. "Ed fue atacado con mucha saña, pero tenía razón".

Wilson admitiría más tarde su ingenuidad política e insistiría en que fue incomprendido. Aun así, vivió lo suficiente para ver sus ideas reivindicadas y aceptadas por la comunidad científica.

Edward Osborne "E.O." Wilson nació el 10 de junio de 1929 en Birmingham, Alabama, hijo de Edward e Inez Wilson. Se divorciaron cuando él era un niño, y Ed, como le conocían sus amigos, creció explorando los bosques y pantanos de los alrededores de Mobile.

Wilson examina especímenes de insectos capturados durante un "bioblitz" -un estudio biológico intenso de corta duración- realizado en el Parque Nacional de Gorongosa, en Mozambique, en 2011.

Fotografía de Joel Sartore, Nat Geo Image Collection

La fascinación de Wilson por las hormigas surgió después de que una lesión de pesca en su infancia le dejara ciego de un ojo, pero con una visión de 20/10 en el otro. Su aguda visión de cerca le permitía centrarse "en las cosas pequeñas", dice. "Me fijaba en las mariposas y las hormigas más que otros niños, y me interesaba por ellas automáticamente".

A menudo decía que se inspiró en un artículo del número de agosto de 1934 de la revista National Geographic titulado Hormigas acosadoras, salvajes y civilizadas, escrito por el director del Zoológico Nacional de Washington, D.C.

"Al leerlo, se dio cuenta de que podía hacer su propia exploración", afirma John Francis, antiguo vicepresidente de investigación, conservación y exploración de la National Geographic Society. "Fue el comienzo de una larga e ilustre carrera".

Wilson se licenció y se doctoró en biología en la Universidad de Alabama. En 1955 terminó su doctorado en Harvard y partió para realizar investigaciones de campo en los trópicos de Cuba, México y, posteriormente, el Pacífico Sur. Catalogó cientos de nuevas especies de hormigas. 

Finalmente regresó a Harvard, donde fue conservador de insectos en su Museo de Zoología Comparada durante el resto de su vida.

Autor prolífico que escribía a diario, Wilson publicó más de 20 libros. En 1978, deseoso de responder a los críticos de la sociobiología, amplió el papel de la biología en la cultura humana en On Human Nature. Este libro lanzó el campo de la psicología evolutiva y le valió a Wilson el primero de sus dos premios Pulitzer. Su monumental tratado, The Ants, coescrito con Bert Hölldobler, se convirtió en el único libro escrito para científicos que ha ganado un Pulitzer.

Los escritos de Wilson no se limitan a la ciencia empírica.

En Biophilia, acuñó una nueva palabra para describir la relación de la humanidad con la naturaleza. Escribió sobre su amado Mobile y, basándose en la literatura sureña clásica, escribió el bestseller Anthill: A Novel, de la cual se publicó un extracto en la revista The New Yorker.

Pero lo que más le llenaba era la administración de la naturaleza. Fue lo que le llevó a fundar la Fundación E.O. Wilson para la Biodiversidad y a esforzarse por encontrar un terreno común entre la ciencia y la fe.

En The Creation, este bautista del sur que había dejado de serlo, pedía "una alianza entre la ciencia y la religión para salvar la 'creación' -la biodiversidad-, que se está yendo a pique", declaró a National Geographic en 2006. "La preservación de la biodiversidad es esencial para la existencia estable de la Tierra y de nuestra especie".

Según Francis, antiguo vicepresidente de la National Geographic Society: "No hay nadie como él que tenga el poder de escribir a lo largo de esta difícil frontera de una manera tan cuidadosa, maravillosa y rica".

Ganador de más de un centenar de premios, incluida la Medalla Nacional de la Ciencia de Estados Unidos, Wilson nunca dejó de analizar sus conclusiones y revisarlas si era necesario. Acabó abandonando la idea de la "selección de parentesco", o altruismo por los propios parientes, en favor de la selección natural que favorece a los grupos.

A Wilson le precedió en la muerte su esposa, Irene, con la que se casó en 1955, y le sobreviven su hija, Catherine, y el marido de ésta, Jonathan. Trabajó hasta el final. Entre sus muchos proyectos: la restauración del Parque Nacional de Gorongosa en Mozambique, asolado por la guerra civil y la deforestación, y la creación de un nuevo parque en el delta de Alabama, cerca de donde creció. También defendió con fuerza el concepto de conservación de "half-Earth" (La mitad de la Tierra), que exige que los seres humanos reserven la mitad de las tierras y los mares de nuestro planeta para otras especies, un objetivo que, según él, puede y debe alcanzarse.

Mientras explora el monte Gorongosa antes de un Bioblitz en 2011, Wilson examina los insectos atrapados en una red que barrió entre la hierba. En solo dos horas, el Bioblitz reveló la presencia de 60 especies diferentes, de 13 órdenes de vida distintos.

Fotografía de Joel Sartore, Nat Geo Image Collection

A pesar de todo, este paternal y colaborador científico siempre mantuvo su sentido del humor. Hubo un momento en el que Lovejoy, recordando un viaje al Amazonas en el que él y Wilson buscaban el género Daceton armigerum (una hormiga grande y corpulenta que puede girar la cabeza 180 grados), dijo que aunque Wilson "parecía el rey Midas de las hormigas y las termitas", esta vez se habían quedado sin suerte. "Entonces la encontré, en la camisa de Ed", recordaba su compañero; "y, como siempre fue un caballero, dijo: 'Esto irá a la colección de Harvard contigo como coleccionista y conmigo como hábitat'".

Hasta el final, Wilson también mantuvo su optimismo por un futuro mejor. En una entrevista de 2019 con National Geographic, Wilson, de 90 años, articuló su mayor sueño: "Que de alguna manera tengamos como valor, un valor humano, que no destruyamos sino que protejamos y estudiemos y entendamos y amemos el medio ambiente que fue nuestro lugar de nacimiento. Y las especies que fueron nuestras compañeras de nacimiento, y los ecosistemas que son tan capaces hoy como lo fueron en el pasado de cuidarse a sí mismos, dándonos beneficios casi infinitos para mantener el tipo de vida que podríamos esperar, estéticamente y en términos de nuestra salud".

Wilson añadió: "Creo que estamos al borde de una nueva era, en la que el valor se extiende a salvar el resto de la naturaleza. Conocerla, preservarla, estudiarla, comprenderla, apreciarla y aguantar hasta que sepamos qué demonios estamos haciendo".

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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