Así está destruyendo Irán su movimiento medioambiental

En el pasado, Irán tuvo uno de los gobiernos más verdes, pero la persecución, la paranoia y la guerra han hundido uno de los programas de conservación más importantes de Oriente Medio.

Wednesday, November 18, 2020
Por Peter Schwartzstein
Fotografía del refugio de fauna de Naybandan

Un equipo de investigación de guepardos recorre los desiertos del refugio de fauna de Naybandan, en Irán. El movimiento conservacionista, muy potente en el pasado, ha quedado prácticamente destruido en las últimas décadas.

Fotografía de Frans Lanting, Nat Geo Image Collection

Hace solo unas décadas, Irán contaba con el gobierno más verde de Oriente Medio. Una vasta red de parques nacionales protegía especies que no se encuentran en casi ningún otro lugar de mundo. Los ríos del país proporcionaban agua potable y la contaminación atmosférica era mínima. Pero ahora, los parques han sido absorbidos por la urbanización. Las vías fluviales del país están marchitándose, en gran medida porque ni los conservacionistas ni los activistas se atreven a expresar su preocupación por el medioambiente por miedo a que los castiguen.

Muchos grandes biólogos de fauna silvestre languidecen en la cárcel y por eso algunas de las especies singulares de Irán se encuentran en peligro de extinción solo décadas después de que una generación previa de conservacionistas las alejara del abismo.

«Los conservacionistas más respetados de Irán sufren torturas, juicios injustos con acusaciones falsas y detenciones arbitrarias prolongadas», cuenta Richard Pearshouse, director de crisis y medioambiente de Amnistía Internacional. «La guardia revolucionaria y los tribunales de Irán han destruido el espacio cívico necesario para legitimar la conservación de especies silvestres».

Este caso ha suscitado un terror sin precedentes en el movimiento medioambientalista iraní. Cada vez más científicos y conservacionistas huyen del país, según cuentan iraníes que viven en el extranjero. Los grupos de activistas se han vuelto más reacios que nunca a correr riesgos, hasta tal punto que las organizaciones internacionales de conservación dicen que sus socios locales han dejado de colaborar con ellas.

Como prueba del miedo que somete a esta comunidad, varios expertos en fauna silvestre con quienes contactamos para este artículo tanto dentro como fuera de Irán nos han pedido que borráramos sus datos personales.

Irán no es el único país que ataca a sus conservacionistas. Sin embargo, incluso según estándares globales, los observadores señalan que la amplitud y el oscuro augurio de las medidas represivas más recientes del gobierno son preocupantes. El medioambientalismo iraní, que en su día era un movimiento pionero, ha quedado incapacitado por décadas de persecución, un régimen paranoico y el tumulto geopolítico.

En 2019, los activistas regionales que defienden el agua y el medioambiente se reunieron fuera de Irán para debatir los obstáculos compartidos. Por el camino, varios participantes iraníes fueron interrogados por su propio personal de seguridad y otros sufrieron hackeos en sus dispositivos justo después de la conferencia. Aunque los invitados habían sido investigados minuciosamente, dos iraníes que dijeron ser directores de documentales enseguida fueron identificados como supuestos informantes por sus compatriotas.

La inferencia, según señaló un joven activista iraní, resultaba evidente: «No importa a donde vayáis, os encontraremos», dijo. «Nos enseñan que no hay ningún lugar seguro».

¿Cómo han llegado hasta aquí? ¿Cómo se ha vuelto tan peligroso ser medioambientalista en Irán? La respuesta compleja está envuelta en la turbulenta historia moderna de Irán.

Los orígenes del movimiento

En gran medida, el movimiento medioambiental iraní debe su existencia aun hombre: Eskandar Firouz, un aristócrata carismático y cazador de animales grandes. En los años sesenta, creó la que por aquel entonces era una de las redes de parques nacionales más extensas del mundo. Mediante estas nuevas reservas, puso en marcha un intento desesperado de salvar a varias especies, entre ellas el guepardo asiático, solo unas décadas después de que Irán perdiera a sus últimos tigres.

«Firouz era una fuerza, se merece el mérito», afirma David Laylin ecólogo que trabajó con él durante más de 15 años hasta la revolución de 1979. «Quién sabe qué habría pasado con el medioambiente [iraní] sin él».

Firouz aprovechó su cercanía al sah para que los militares no entraran en tierras protegidas, una prueba de su influencia personal y del poder creciente del medioambientalismo. En un logro de importancia internacional, ayudó a orquestar la Convención de Ramsar, un tratado para proteger los humedales firmado por Irán en 1971.

Mediante el recién creado Departamento de Medioambiente, Firouz pudo incluso atenuar algunas de las peores consecuencias de la urbanización rampante, que se había acelerado con el auge petrolero posterior a 1973. «Irán era completamente único en aquella época», cuenta Raul Valdez, profesor emérito de la Universidad del Estado de Nuevo México, que trabajaba en el Departamento de Medioambiente en los años setenta. «Había un respeto total por la fauna salvaje».

Sin embargo, algunos iraníes estaban cada vez más disgustados por los expertos que utilizaba el Departamento del Medioambiente, la mayoría estadounidenses, así como por la percepción de que los parques nacionales solo eran reservas de caza privadas para los ricos.

Un guepardo asiático (Acinonyx jubatus venaticus) recorre la reserva de fauna de Miandasht, en Irán.

Fotografía de Frans Lanting, Nat Geo Image Collection

El departamento enfureció a comerciantes poderosos al expulsar a su ganado de las nuevas áreas protegidas y empobreció a algunas aldeas al acordonar sus zonas de pasto. Después de aquello, muchos iraníes estaban más que dispuestos a ver el fin de los conservacionistas.

«No puede suavizarse. Con el sah no hubo democracia», cuenta Laylin. «Cuando encontraban una zona adecuada para la conservación, se convertía en parque por decreto. Expulsaban a la gente sin compensación. Así que es comprensible que la gente se enfadara».

La revolución

Esa furia en ebullición explotó con la caída de la monarquía y el surgimiento del régimen islamista subsiguiente. Debido a sus vínculos con el sah, Firouz fue encarcelado y permaneció encerrado seis años. Aunque no se deshicieron, los parques nacionales experimentaron dificultades con el regreso del ganado, para perjuicio duradero de los guepardos. Los feroces perros pastores siguen siendo unos de los asesinos más prolíficos de los grandes felinos.

En una guerra brutal de ocho años contra el Irak de Saddam Hussein, que devastó una frontera donde abundaba la biodiversidad y provocó el alistamiento de los guardabosques, el conservacionismo se alejó tanto de sus planes que, aunque el Departamento de Medioambiente sobrevivió a la revolución, tras la guerra ordenaron a su primer director que lo cerrara.

Tras esto, la urbanización aumentó de forma agresiva. Se construyeron varias presas en casi todos los ríos. Se crearon miles de kilómetros de carreteras a través de casi todos los hábitats. Como era de esperar, en el nuevo Irán apenas había espacio para los medioambientalistas. Incluso ahora, los expertos señalan que las consecuencias de aquel periodo afectan a la comunidad de la conservación.

«Básicamente, hay dos grupos de conservacionistas: los que trabajaron con Firouz y los más jóvenes, como yo», dice un conservacionista iraní treintañero que nos pidió que no lo nombráramos. «Entre medias casi no hay nadie».

El empeoramiento de la represión

Con la fragmentación del paisaje natural debido a la urbanización, empezaron a proliferar las protestas sobre cuestiones medioambientales, lo que impulsó reacciones furiosas por parte de las fuerzas de seguridad. Por ejemplo, en 2011, la policía detuvo a cientos de manifestantes que hacían campaña para que se revocaran las políticas de urbanismo que, según decían, habían destruido el lago más grande de Irán. «El lago Urmia se muere y el parlamento ha ordenado su muerte», decía una consigna de la protesta.

“Si hablas de religión, del hiyab, hay gente en ambos bandos, pero el medioambiente unifica a las personas. Por eso es un problema para parte del sistema.”

por KAVEH MADANI, CIENTÍFICO AMBIENTAL DE LA UNIVERSIDAD DE YALE

Los conservacionistas de fauna salvaje sufrieron más ataques. Uno de ellos fue Hormoz Asadi, especialista en grandes felinos que había regresado a Irán para ayudar a los guepardos tras años en el extranjero y que fue nombrado asesor del Departamento de Medioambiente. Sin embargo, tuvo que enfrentarse a la supervisión y las presiones frecuentes, como los límites de la cantidad de gasolina que podía comprar y, por consiguiente, el límite de la distancia que podía recorrer solo, según su hija.

«Me parece irónico que hayan dado premios a mi padre, entre ellos uno del gobierno», dice Lobat Asadi, escritora y conservacionista. «Pero ahora los conservacionistas son encarcelados solo por continuar el mismo trabajo por el que lo premiaron».

Por su parte, las sanciones más estrictas contra Irán encabezadas por los Estados Unidos dificultaron que los donantes extranjeros apoyaran las iniciativas ambientales en el país y que los iraníes financiaran sus propios programas, mientras que las autoridades paranoicas empezaron a ver con malos ojos las colaboraciones transfronterizas, algo especialmente problemático en este campo.

«El conservacionismo es una de las pocas disciplinas que es realmente internacional», afirma Ali Aghili, experto iraní en gestión de fauna salvaje que vive en los Estados Unidos. «Te guste o no, tienes que mezclarte con los conservacionistas de Europa y Estados Unidos —por la financiación, por el flujo de conocimientos—, así que quizá eso es lo que incomoda a determinados regímenes como el de Irán».

El punto álgido de la represión

Los medioambientalistas iraníes no se percataron de lo peligroso que se había vuelto su trabajo hasta principios de 2018: las fuerzas de seguridad detuvieron a nueve de los principales biólogos de grandes felinos del país, que trabajaban para la Persian Wildlife Heritage Foundation (PWHF), y los envió a la infame cárcel de Evin, donde siguen encerrados. Uno de ellos, Kavous Seyed-Emami, el director de la fundación y un prominente sociólogo, falleció poco después en circunstancias que su familia considera sospechosas; Abdolreza Koohpayeh, fotógrafa de fauna salvaje y conservacionista, fue puesta en libertad en marzo.

Los conservacionistas encarcelados de la Persian Heritage Wildlife Foundation. De los nueve encarcelados originalmente, Kavous Seyed-Emami falleció bajo custodia en circunstancias sospechosas y Abdolreza Kouhpayeh ha sido puesta en libertad e indultada. En la foto aparecen los siete investigadores que siguen encarcelados. Fila superior: Morad Tahbaz, Niloufar Bayani, Taher Ghadirian. Fila inferior: Amirhossein Khaleghi, Sepideh Kashani con Houman Jowkar, Sam Radjabi.

Fotografía de Mehran Seyed-Emami

En un principio, otros cuatro fueron acusados de «sembrar corrupción en la Tierra», un delito que puede condenarse con la pena de muerte, lo que aterrorizó a los activistas en un momento en el que Irán había llevado a cabo más ejecuciones. Los grupos de defensa de los derechos humanos sospechan que Irán sigue ejecutando a más prisioneros.

A pesar de las presiones internacionales y los esfuerzos aparentes dentro del gobierno iraní para mitigar su difícil situación (un documental que los presentaba como espías dejó de emitirse de repente justo cuando empezaban los créditos iniciales), el resto siguen encarcelados.

Los conservacionistas iraníes que viven en Norteamérica, Europa y Australia informan de frecuentes intentos de hackeo y de amenazas de muerte ocasionales. Varios medioambientalistas iraquíes que colaboraron estrechamente con el equipo del PWHF han sufrido ciberataques persistentes de fuentes que, según dicen, han sido rastreadas hasta Irán por expertos en tecnología.

Lo peor podría estar por llegar. La intensificación de los estreses climáticos, la degradación del suelo y la mala gestión hídrica rampante que provoca déficits de agua han provocado malestar en zonas rurales, lo que ha centrado la atención de las fuerzas de seguridad en grupos medioambientales que, hasta ahora, habían ignorado.

«El medioambiente está cada vez más vigilado porque es un unificador en potencia», afirma Kaveh Madani, científico ambiental de la Universidad de Yale que trabajó como jefe adjunto del Departamento de Medioambiente iraní. Madani huyó de Irán en 2018 debido a problemas de seguridad. «Si hablas de religión, del hiyab, hay gente en ambos bandos, pero el medioambiente unifica a las personas. Por eso es un problema para parte del sistema».

¿Y ahora qué?

Pocos iraníes creen que estas condiciones vayan a desaparecer pronto. Muchas cosas se han convertido en secreto de estado, desde la calidad del agua de Teherán hasta los niveles de los ríos importantes, lo que podría echar por tierra la esperanza de expertos hídricos independientes que alivien las crisis ambientales del país.

Como uno de los focos de biodiversidad más ricos de la región, las especies únicas de Irán están desapareciendo muy deprisa, según BirdLife International. Muchas de sus aves más preciadas, como la gaviota armenia y la grulla siberiana, tienen dificultades por la pérdida de hábitat y la caza ilegal; ocurre lo mismo con las focas del Caspio, el gamo persa y el leopardo de Persia. Las poblaciones de guepardos asiáticos de Irán, los últimos guepardos fuera de África, han quedado reducidas a unas pocas decenas de ejemplares.

Un leopardo de Persia (Panthera pardus saxicolor) en peligro de extinción en el Zoo de Budapest.

Fotografía de Joel Sartore, National Geographic Photo Ark

Un gamo persa (Dama mesopotamica) en el Berin Tierpark.

Fotografía de Joel Sartore, National Geographic Photo Ark

«Si la situación sigue igual, perderemos a los guepardos», dijo George Shaller, uno de los expertos en grandes felinos más conocidos del mundo que ha trabajado en Irán de forma intermitente durante 50 años. «Son un tesoro natural y casi han desaparecido».

Pero si los medioambientalistas resisten, algunos conservacionistas confían en que lleguen tiempos mejores. Pese a la dificultad de ser activistas, el número de pequeñas ONG ha aumentado en los últimos años. Y a pesar de la falta de empleos, también lo ha hecho la cantidad de profesionales especializados en fauna silvestre. Tras años de activismo ambiental minucioso y, a menudo, clandestino, los iraníes jóvenes han desarrollado su propia forma de salir adelante.

«Sabemos que tenemos una historia de proteger nuestro medioambiente», dijo el activista al que conocí el año pasado en la conferencia. «Nosotros hacemos lo mismo, solo que tenemos que hacer menos ruido que en el pasado».

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.
Seguir leyendo