¿Cómo podemos ayudar a los corales y las aves marinas a sobrevivir al calentamiento global?

Reducir las emisiones de CO2 es crucial, pero hay formas directas de proteger a los animales del calentamiento inevitable.

Publicado 28 may. 2021 10:32 CEST
Las aves marinas vuelan cerca de un barco de pesca en el golfo de Alaska

Las aves marinas vuelan cerca de un barco de pesca en el golfo de Alaska.

Fotografía de David Doubilet, Nat Geo Image Collection

El calentamiento global no solo está aumentando las temperaturas medias en tierra, sino también en el océano. A medida que las olas de calor marinas se vuelven más habituales, están alterando las relaciones entre especies que han pasado a depender las unas de las otras.

Los corales podrían perder las algas que viven en su interior y provocar su blanqueamiento o incluso su muerte, a menudo tras haberse visto afectados por más de una ola de calor. Grandes bancos de peces se trasladarán a climas más agradables, obligando a las aves marinas que los necesitan para alimentar a sus crías a volar distancias más largas desde las orillas donde sus especies han anidado durante años.

La única solución sostenible a largo plazo para estos problemas es reducir drásticamente nuestras emisiones de gases de efecto invernadero. Pero mientras esperamos impacientemente a que se alcancen acuerdos internacionales y se apliquen medidas, ¿podemos hacer algo ahora para ayudar a las aves marinas y los corales a soportar el calor? Dos estudios publicados en el número de esta semana de la revista Science sugieren que sí, podemos.

Medidas locales 

Para descubrir dónde, cuándo y por qué los corales son más propensos a morir tras olas de calor marinas, la científica de conservación Mary Donovan de la Universidad Estatal de Arizona y un grupo de colegas de Estados Unidos recopilaron datos de 223 arrecifes de coral de todo el mundo recabados por Reef Check, una organización que forma a científicos ciudadanos para vigilar los arrecifes de coral y las praderas submarinas. Algunas de las observaciones básicas proporcionadas por los voluntarios predecían dónde era más probable que ocurriera la pérdida de coral.

La señal más común de vulnerabilidad a las olas de calor eran las algas: en lugares donde los voluntarios habían documentado una gran cantidad de algas entre los corales, se perdían 10 veces más corales, de media, que en lugares donde las algas eran raras o estaban ausentes. Algunas de las sustancias químicas de las algas pueden blanquear los corales si existe contacto directo, explica Donovan, y las algas también liberan compuestos orgánicos en el agua que reducen la cantidad de oxígeno, que estresa los corales. Eso quiere decir que las olas de calor son aún más difíciles de soportar para corales en arrecifes con muchas algas.

Una gran cantidad de erizos de mar en un arrecife también era una mala noticia en muchos lugares. Una docena de erizos de mar a lo largo de mil pies cuadrados (93 metros cuadrados) de arrecife está bien, dice Donovan, porque suelen comer más algas. Pero si hay muchos más —en algunos lugares puede haber hasta mil por cada 93 metros cuadrados— parece que eso está vinculado a una mayor pérdida de coral. «Después también empiezan a comerse el coral», añade, lo que elimina el esqueleto externo protector y se comen las algas que viven dentro de los corales. El nuevo estudio reveló que los arrecifes con muchos erizos también son mucho más vulnerables a las olas de calor.

Aunque no cabe duda de que el calentamiento global es una causa importante de la muerte de los corales debido al blanqueamiento y que debemos seguir esforzándonos para frenarlo, Donovan señala que el estudio sí sugiere que las medidas locales también pueden mitigar los daños.

«El crecimiento de algas excesivo puede ser una consecuencia de la contaminación por los sumideros o los tanques sépticos que se filtran en el suelo cerca del mar o la escorrentía de las tierras agrícolas o los campos de golf», explica. Es muy probable que reducir la contaminación en su origen ayude a hacer los arrecifes cercanos más resilientes.

También es importante evitar pescar especies que se alimenten de algas. Esto, por ejemplo, se está intentando en el área de gestión de la pesquería de herbívoros de Kahekili en Hawái, en la isla de Maui, donde se limita la captura de peces que se alimentan de plantas. «También colaboramos con las comunidades locales en otras partes del estado para gestionar las pesquerías», afirma Donovan, y añade que una población de peces sana también ayuda a controlar los erizos.

Nancy Knowlton, bióloga emérita de arrecifes de coral del Museo Nacional de Historia Natural que no participó en el estudio, está de acuerdo en que las medidas locales serán muy importantes para los arrecifes. «No creo que la conservación marina funcione si los lugareños no sienten que forman parte de ella y sienten que sirve a sus intereses».

Preocupaciones dietéticas

Las comunidades locales no son las únicas que consumen pescado, por supuesto, ni tampoco consumen la mayoría. Gran parte del mundo obtiene su pescado de enormes barcos que recorren los océanos del mundo, capturando a medida que avanzan. Otro estudio publicado en Science esta semana, que compara la situación de las aves marinas en los hemisferios norte y sur, sugiere que la pesca comercial intensiva podría dificultar la vida de las aves en un planeta más caliente.

Analizando 122 conjuntos de datos que documentaron la cantidad media de polluelos que eclosionaban en los nidos vigilados de 66 especies de aves marinas entre 1966 y 2018, un equipo internacional de científicos descubrió diferencias increíbles entre ambos hemisferios. La cantidad media de polluelos por nido criados por aves cuyas dietas consistían al menos parcialmente en peces disminuía mucho más en el hemisferio norte, lo que podría provocar un descenso de las poblaciones.

«El hemisferio norte está calentándose más rápido y se ve más afectado por las presiones humanas como la pesca y la contaminación», afirma el ecólogo William Sydeman, del Farallon Institute de California, que dirigió el estudio. «Esto dificulta distinguir la importancia relativa de los dos basándose en estos datos». Pero las mayores repercusiones en las aves que se sabe que dependen de los peces sí sugiere que son el foco del problema. «La mayoría de las aves que se alimentan de plancton están criando tantos polluelos como antes».

Según Sydeman, el cambio climático y otras presiones humanas pueden dificultar que las aves marinas encuentren los peces que necesitan para alimentar a sus crías. A medida que los océanos se calientan y los peces buscan zonas más frías, las aves pueden verse obligadas a recorrer distancias más largas entre las zonas de alimentación y las colonias de anidación, o a sumergirse a mayor profundidad para encontrar comida, ya que los peces buscan aguas más frías. «Algunas especies, como las gaviotas tridáctilas, no pueden hacer esto», dice.

Debido a su metabolismo rápido, las aves marinas necesitan capturar a diario casi la mitad de su peso corporal en peces para sobrevivir y una cantidad mayor para mantener a sus crías, explica Sydeman. «Esto las hace vulnerables a los cambios en la accesibilidad a sus presas».

Limitar la pesca cerca de las aves marinas

En el estudio, los investigadores sostienen que, si las repercusiones del cambio climático en el éxito de cría de las aves marinas se deben principalmente a las dificultades para encontrar peces, debemos hacer algo más para ayudarlas a sobrevivir al cambio climático: limitar las pesquerías en espacio y tiempo.

«En el hemisferio norte, sobre todo, se necesitan medidas más restrictivas para ayudar a las poblaciones de aves a recuperarse, y en el hemisferio sur, donde está aumentando la pesca, debemos evitar cometer los mismos errores», afirma Sydeman.

En el hemisferio sur son cada vez más preocupantes las pesquerías que se centran en especies más pequeñas, como las anchoas o incluso el kril, que muchas aves dan de comer a sus crías. «Para las aves, se trata de la comida», dice Sydeman. «Así que cualquier cosa que podamos hacer para ayudar a mantener sus presas, sobre todo cerrar las pesquerías alrededor de las colonias durante la temporada de cría, cuando más necesitan el alimento, sería muy bienvenida».

Hay ejemplos prometedores: en zonas del mar del Norte se ha prohibido la pesca comercial, lo que ayudó a las gaviotas tridáctilas a criar más. Incluso el pingüino africano, una especie en peligro de extinción y piscívora del hemisferio sur, parece haberse beneficiado de la prohibición local de la pesca con redes de cerco de sardinas y anchoas —su pez favorito— en torno a sus colonias de anidación.

«Una mejora modesta en el éxito reproductivo puede tener un efecto positivo a más largo plazo», afirma Sydeman. «Pero en este caso, tenemos que hacer más, ya que estos pingüinos corren grave peligro».

Además de las restricciones locales cerca de las colonias de cría, que a menudo son temporales, Sydeman y sus colegas sostienen en el estudio que las grandes áreas marinas protegidas en las que las criaturas marinas pueden refugiarse —y encontrar alimentos en abundancia— durante todo el año también son importantes para ayudar a las aves marinas a sobrevivir.

Lo mismo ocurre con los arrecifes de coral, dice Knowlton, y también entraña beneficios para los humanos. «Las áreas marinas protegidas también son beneficiosas para la pesca. Ofrecen una forma de tener una captura sostenible mayor».

Además, dice, pueden ganar tiempo para las especies mientras solucionamos la crisis climática. «Nuestros esfuerzos por el clima son muy importantes, pero tardarán un par de décadas en surtir efecto, incluso en el mejor escenario posible. Así que estas cosas que ya podemos hacer a nivel local también serán importantísimas».

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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