Exclusiva: visitamos una polémica granja de leones sudafricana

National Geographic investiga la vida y el destino de los leones descubiertos en una granja en pésimas condiciones a principios de este año.viernes, 22 de noviembre de 2019

Por Rachel Fobar
Fotografías de Nichole Sobecki

Treinta y cuatro leones estaban hacinados en un recinto lodoso para tres. Había cadáveres de pollos y partes de vacas pudriéndose en el suelo. Las heces se acumulaban en las esquinas. Crecían algas en los cuencos de agua. Veintisiete leones padecían una sarna tan grave —una enfermedad de la piel dolorosa provocada por ácaros parásitos— que habían perdido casi todo el pelo. Tres cachorros yacían en el suelo convulsionando, uno tendido junto a la pata ennegrecida de una vaca, cuya pezuña aún era visible. Emitían lloriqueos e intentaban —sin conseguirlo— arrastrarse hacia delante. Un cuarto cachorro los observaba inmóvil.

«Es desgarrador». Así describió Douglas Wolhuter, inspector del Consejo Nacional de Sociedades para la Prevención de la Crueldad contra los Animales de Sudáfrica (NSPCA, por sus siglas en inglés), el panorama de la granja de Pienika, en la provincia del Noroeste, el 11 de abril de 2019. El NSPCA es responsable de garantizar el cumplimiento de la Ley de Protección de animales del país y Wolhuter estaba inspeccionando Pienika, una de las más de 250 granjas de leones privadas de Sudáfrica.

«Desde niño, el león ha sido reconocido como el rey de la selva. Y después los ves reducidos básicamente a un animal sometido a la cría intensiva y privas al animal de todo lo real y lo noble», afirma Wolhuter.

 

Cuenta que aquella visión lo deprimió.

Pienika entregó a dos de los cuatro cachorros. Un tercero fue sacrificado y el cuarto permaneció en la granja junto a los leones adultos enfermos de sarna. Más adelante, el NSPCA acusó a Jan Steinman, dueño de la granja, y a su personal de violar la Ley 71 de Protección de animales de 1962, que prohíbe mantener animales en «condiciones antihigiénicas o con parásitos», permitir que «se infesten de parásitos externos» y no «proporcionar cuidados veterinarios ni otro tipo de atención médica» para un animal enfermo.

El caso del NSPCA contra Steinman sigue en curso. Conforme a la legislación sudafricana, la policía debe llevar a cabo su propia investigación y la acusación está revisando el caso.

Aunque se ha estimado que en Sudáfrica hay entre 6000 y 8000 leones cautivos, es posible que ahora haya hasta 10 000, según el conservacionista Ian Michler, protagonista del documental de 2015 Blood Lions, que examina la industria de cría de leones del país. En instalaciones orientadas a turistas, los visitantes pagan por acariciar, alimentar con biberones y sacarse selfis con cachorros e incluso caminar junto a leones adultos. Los críticos afirman que la industria de acariciar a los cachorros conlleva malos tratos, cría comercial y el descarte de animales exóticos. Conforme los leones envejecen, acariciarlos es cada vez más peligroso y a menudo los venden a granjas de cría y caza como Pienika, que no están abiertas al público. «Es una industria macabra y horrorosa con un montón de fuentes de ingresos y es muy lucrativa», afirma Michler.

Algunas granjas ofrecen las denominadas «cazas enlatadas», en las que los leones están confinados en áreas cercadas. Los cazadores deportivos pueden llegar a pagar 50 000 dólares para matar leones y quedarse con las pieles y las cabezas como trofeos. Los huesos y las otras partes indeseadas pueden exportarse a Asia, donde se emplean en la medicina tradicional. Sudáfrica establece una cuota máxima de esqueletos de león que pueden exportarse legalmente cada año.

En el Lion & Safari Park de la provincia del Noroeste, se invita a los turistas a acercarse y «sentir el aliento de un león». En 2014, el programa 60 Minutos de la CBS reveló que el parque había estado vendiendo leones a la industria de la caza enlatada. Entonces, un representante del parque declaró que ya no lo hacían. La industria de leones cautivos de Sudáfrica, legal pero polémica, genera millones de dólares al año.
Fotografía de Nichole Sobecki, National Geographic

Para los conservacionistas y los defensores del bienestar animal, Pienika simboliza los males de las granjas de leones de Sudáfrica. La industria de leones cautivos ha recibido críticas por la falta de regulación: el Departamento del Medio Ambiente, Silvicultura y Pesca de Sudáfrica no registra con regularidad la cantidad de leones cautivos, la demanda de hueso de león ha aumentado y la supervisión del bienestar de los animales se deja en manos del NSPCA, falto de personal y financiación. Una industria en un principio pequeña ha proliferado y alcanzado un tamaño que algunos, entre ellos Karen Trendler —que gestiona la unidad de comercio y tráfico de fauna silvestre del NSPCA—, describen como incontrolable: «Ha nacido un monstruo al que ahora tienen que alimentar», afirma.

Steinman, según su abogado, Andreas Peens, tiene dos granjas de cría en cautividad de leones, tigres y otros animales salvajes en la provincia del Noroeste. Peens afirma que, al permitir la caza en Pienika, Steinman fomenta la conservación. «Proporcionamos un león que ha sido criado para la caza para prohibir la caza furtiva», afirma Peens.

No es la primera vez que Steinman tiene problemas. En 2015, se declaró culpable de cazar cuatro leopardos sin permiso en la provincia del Noroeste. La policía sudafricana le impuso una multa de 7500 rands (unos 460 euros).

Hasta mayo de este año, Jan Steinman figuraba en la lista de la dirección de la Asociación de Depredadores Sudafricana (SAPA, por sus siglas en inglés), una organización que defiende la cría en cautividad y exige que sus miembros «mantengan principios éticos elevados». Pero Deon Swart, presidente de la SAPA, niega que Steinman figurase en la dirección en el momento de la inspección del NSPCA en abril. En un comunicado de prensa del 6 de mayo, la SAPA anunció que «tomaría medidas disciplinarias inmediatas contra el señor Steinman».

La SAPA no ha querido hacer comentarios sobre dichas medidas, pero en un email del 30 de julio, Swart confirmó que Steinman sigue siendo miembro de la organización. «Ha cooperado y abordado todos los problemas que necesitaban atención», escribió Swart. En agosto, la SAPA publicó un comunicado más detallado en el que declaraba que había investigado la granja, se había reunido con Steinman y llevaría a cabo otra ronda de inspecciones «tras un intervalo de tiempo razonable».

Peens afirma que la descripción nefasta que hizo el NSPCA acerca de la situación de más de cien leones en Pienika fue un malentendido y provocó un «disputa» entre el NSPCA y Steinman. Sostiene que los inspectores del NSPCA exageraron las circunstancias de los leones. Peens también dice que los leones de las fotos distribuidas ampliamente por el NSPCA —una de las cuales vemos encabezando este artículo— no son las de los leones de Steinman. Wolhuter lo niega y afirma que las fotografías son engañosas porque enmascaran el estado real de los leones. «La realidad era mucho peor que lo que mostraban nuestras fotos», afirma.

A través de Peens, Steinman invitó al equipo de Wildlife Watch de National Geographic a visitar su terreno de casi 2000 hectáreas y comprobar cómo vivían los leones. Steinman no estaba cuando la fotógrafa Nichole Sobecki y yo llegamos el 20 de julio; Peens habló en su nombre sobre todos los temas. Él y Marius Griesel, el director de Pienika, nos recibieron.

«Esto es lo que pasa en realidad»

Un cielo azul brillante, tierra compacta, un tenue olor a estiércol, verjas de tela metálica: Pienika me recuerda a una granja del Medio Oeste de Estados Unidos. Pero en lugar de vacas, cerdos y gallinas, es el rey de los animales quien nos observa al otro lado de la alambrada verde.

«¡Peligro!», advierte una señal blanca. «Solo personal autorizado». De vez en cuando, un rugido atronador interrumpe nuestra conversación. En los recintos —compuestos de tierra, unos cuantos troncos y una plataforma de madera a la que subirse— los leones yacen bajo el sol; otros pasean de un lado al otro, enseñándome los dientes.

Para mi ojo inexperto, los leones de Pienika no parecen alterados ni enfermos. Dos cachorros cerca de la entrada a la granja tienen una plataforma de madera y ramas grandes a las que subirse, y de un árbol cuelga una bolsa amarilla para que jueguen con ella. Las zonas que me enseñan están limpias, sin heces, cadáveres podridos, recintos lodosos ni agua sucia. Visitamos las jaulas de los leones y la reserva cinegética, donde varios animales caminan libres, pero no otras partes de la granja como el lugar donde se almacena la comida congelada ni las habitaciones de los empleados. No sé qué más no nos enseñan.

«Esto es lo que pasa en realidad», afirma Griesel mientras observamos a los once leones tumbados bajo la luz dorada en un recinto de casi 50 por 50 metros.

Los leones son una de las muchas especies cautivas de Pienika; hay otros depredadores en el recinto: tigres de Bengala, tigres siberianos, hienas, linces, pumas y leopardos, así como avestruces, jirafas, rinocerontes y búfalos de agua que circulan con más libertad. Griesel y Peens están orgullosos de mostrar su zoológico y me instan a acercarme a los animales. Tras una valla de madera entrevemos un cocodrilo del Nilo que toma el sol en el jardín trasero de la casa de Griesel.

«¿Qué hacéis con un cocodrilo?», pregunté.

«Es para la gente. Los visitantes estadounidenses, los cazadores y todo eso, es para que los vean y vivan la experiencia», explica Peens.

Peens afirma que el hacinamiento de los leones en abril podría haberse evitado, que solo fue algo inoportuno. Ocurrió porque un trato que tenía Pienika para enviar 50 leones a Europa no salió adelante. En lugar de eso, Steinman decidió trasladar a los animales a otra granja local. Sostiene que Steinman estaba esperando a que el gobierno provincial le concediera el permiso para transportar a los leones, pero llegó dos días después de la inspección del NSPCA.

Peens cuenta que Steinman «tuvo que quedarse con los animales, no podía liberarlos sin más en la granja, tuvo que dejarlos en los recintos», lejos de la gente y otros animales. «Por eso los recintos estaban abarrotados. No están saturados permanentemente. Fue temporal».

Peens añade que los animales tenían un aspecto tan sucio porque, de forma excepcional, habían caído más de seis centímetros de lluvia la semana anterior y los recintos estaban embarrados. En realidad, según él, las jaulas se limpian al menos una vez por semana. Rellenan las pilas de agua se rellenan, limpian las heces y retiran los restos de alimentos, como plumas y huesos pequeños. Griesel afirma que alimentan a los leones a diario salvo los domingos (cuando el matadero de pollos cierra) y durante la semana reciben un suplemento de calcio y vitamina en polvo.

Acompaño a Peens y Griesel en una camioneta cargada de pollos muertos y una vaca descuartizada y ensangrentada. Dos mozos tiran la carne a los leones, que corren hacia nosotros en cuanto ven la camioneta. Llueven plumas blancas mientras tiran los pollos sobre las verjas de los recintos; una media de un pollo por león. Los huesos se quiebran bajo la fuerza de las mandíbulas felinas.

«Hoy tienen uno por cabeza», afirma Griesel. Algunos días, dependiendo de lo que les dé la granja de pollos que vende a Pienika aves con moratones o imperfecciones inadecuadas para el consumo humano, los leones pueden recibir hasta cinco pollos por cabeza. La ternera, que es más cara que el pollo, es menos habitual, pero «si muere una vaca en la zona, ¡comida gratis!», afirma Peens.

Según el veterinario de fauna Peter Caldwell, dueño de la clínica veterinaria Old Chapel en Pretoria, esta dieta «es tan insuficiente que me da escalofríos». Explica que los leones, como los humanos, necesitan una dieta variada y las necesidades nutricionales de cada uno son distintas. En estado silvestre, los leones cazan varios animales y consumen partes diferentes: un día un león come carne de antílope, al siguiente se come el corazón y los intestinos. Alimentar a leones cautivos con cadáveres enteros no es ideal. Los cadáveres deben estar frescos para prevenir la infección bacteriana por carne en descomposición y los órganos internos se pudren primero. Caldwell explica que la carne congelada también entraña riesgos. Si no se descongela a temperatura ambiente, pueden crecer bacterias que prefieren el frío y provocar infecciones que provocan diarrea crónica. «Es muy complicado, sin duda», afirma Caldwell. «No todo el mundo es apto para esto».

Nos acercamos a dos recintos de casi 20 por 20 metros que albergan 26 leones. Según Peens, estos son los recintos por los que Pienika se hizo «famosa».

Reconoce que los 27 leones jóvenes sufrían sarna en abril, pero sostiene que no estaban tan graves como se informó. Según Griesel, en el momento de la inspección, les estaban dando suplementos vitamínicos, polvo medicinal para la piel y un espray desinfectante, y los han tratado en los meses posteriores.

Uno de los leones ha muerto desde la inspección del NSPCA. No se le practicó la autopsia, pero Peens cree que la causa fue fallo hepático. El resto, según dice, se han recuperado: «En nuestra opinión, [la sarna] ya ha desaparecido».

Los leones, de entre 18 meses y dos años, parecen acostumbrados a los humanos; en lugar de gruñir y enseñar los dientes, se acercan a la verja para inspeccionarme, maullando de forma lastimera como si fueran gatos grandes. Tienen el pelo corto e irregular, pero les ha vuelto a crecer.

Peens cuenta que, en el momento de la inspección y las incautaciones del NSPCA, los otros leones de Pienika —los cuatro cachorros— ya estaban atendidos por un veterinario local. Se queja porque «el SPCA se llevó a los cachorros cuando los veterinarios estaban intentando diagnosticarlos y de ahí viene la disputa o la contradicción». Sostiene que esa interferencia impidió que los veterinarios de Pienika comprobaran si su tratamiento funcionaba y dificultará saber cómo tratar a otros cachorros en el futuro si desarrollan problemas similares.

Al final de la visita a la granja, Peens me pregunta si veo a leones maltratados, hambrientos o enfermos.

«La situación general de los leones es buena», afirma.

«¿Cómo murieron?»

Tres días después de la visita, el NSPCA vio una granja de Pienika diferente en una inspección posterior. Wolhuter sostiene que encontró unos 20 cadáveres de leones jóvenes en un congelador en la casa de un trabajador, un cachorro de león en una cámara frigorífica y dos cachorros vivos escondidos en una caseta con síntomas similares a los de los dos cachorros entregados durante la inspección previa.

Wolhuter, que examinó esos lugares para comprobar si almacenaban de forma adecuada los alimentos de los animales de Pienika, dice que se quedó «sin habla» cuando abrió el congelador y encontró los cadáveres. «Solo pude pensar: “¿Cómo murieron?”. ¿Sufrieron al morir?”», cuenta. «Es el tipo de cosa que te ataca la conciencia, porque ¿podría haberlo evitado de haberlo sabido antes?».

Wolhuter afirma que tuvieron que sacrificar a los dos cachorros vivos y que el NSPCA aún aguarda los resultados de las autopsias de dos cadáveres congelados.

Peens reconoce que había leones muertos en el congelador, pero que «no es un delito», escribió por email. Explicó que los leones habían nacido muertos o fallecido poco después de nacer. Dijo que disecarán los cadáveres para «crear trofeos u adornos para la colección del señor Steinman».

La granja de Pienika es un centro de cría de leones que también ofrece cacerías deportivas. Según Peens, los leones que no son cazados se reproducen para su venta u exportación a zoológicos u a otros criadores para impedir la endogamia.

Se necesitan permisos del Departamento del Medio Ambiente para poseer, criar, vender, transportar, cazar y sacrificar leones. A la hora de otorgar los permisos, que se emiten a nivel provincial, no se tiene en cuenta el bienestar de los animales ni el trato humano.

“«Sabemos que no se trata de un incidente aislado. Solo esperamos poder llegar a las granjas antes de que se agrave».”

por KAREN TRENDLER, DIRECTORA DE LA UNIDAD DE COMERCIO Y TRÁFICO DE FAUNA DEL NSPCA

Cuando le pregunté a Eleanor Momberg, que trabaja en relaciones con los medios en el Departamento del Medio Ambiente, por qué no se tienen en cuenta los estándares de bienestar en el proceso de emisión de permisos, me dijo que no es responsabilidad de su departamento. Me refirió al Departamento de Agricultura, Reforma de Tierras y Desarrollo Rural, que ejerce jurisdicción sobre el NSPCA y cuestiones relacionadas con la Ley de Protección de animales.

Cuando planteé la misma pregunta a Mercia Smith, responsable de comunicación del departamento, me remitió de nuevo al del Medio Ambiente, diciendo que este se centra en la caza de leones. Pero un comunicado de este último departamento sostiene que «actualmente no está facultado» para regular el bienestar y que «la crueldad contra los leones se regula en la Ley de Protección de animales», administrada por el Departamento de Agricultura.

Sobre cómo escurren el bulto estos departamentos, el director de Blood Lions Ian Michler dijo que, respecto al bienestar de los leones, «pueden encasquetárselo los unos a los otros y no abordarlo».

Por consiguiente, los conservacionistas y los funcionarios del NSPCA creen que los leones y otros animales se consumen día tras día en condiciones mediocres en las cientos de granjas de fauna del país.

«Sabemos que no se trata de un incidente aislado. Solo esperamos poder llegar a las granjas antes de que se agrave», afirma Karen Trendler.

Leones vulnerables

Los leones salvajes han desaparecido del 94 por ciento de su área de distribución histórica en África y sus poblaciones han quedado reducidas a la mitad, menos de 25 000 ejemplares, en los últimos 25 años en todo el continente. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, que determina el estado de conservación de las especies, los clasifica como especie vulnerable a la extinción.

En 2016, el Servicio de Pesca y Vida Silvestre de Estados Unidos, que regula la importación y exportación de especies silvestres y sus productos, clasificó dos subespecies de leones como especies amenazadas conforme a la Ley de Especies en peligro de extinción. Esto quiere decir que, si un cazador quiere llevarse a casa un trofeo de león salvaje, debe demostrar que su caza contribuye a conservar a los leones en general. (El servicio evalúa caso por caso las solicitudes de importación de trofeos de leones.) Esta norma se aplica a los trofeos de cacerías de leones cautivos en granjas, pero como el servicio determinó en 2016 que criar leones en cautividad no fomenta la conservación, las importaciones de trofeos de leones cautivos están prohibidas.

Según un informe de la Humane Society, entre 2005 y 2014 Sudáfrica exportó casi 4000 trofeos de leones a Estados Unidos, 1539 de los cuales eran de leones cautivos. En ese periodo, la mayoría de los trofeos de Sudáfrica de leones criados en cautividad pertenecían a cazadores estadounidenses.

«Medida en términos de bienestar de los leones, ¿ha sido positiva la prohibición estadounidense? No, eso seguro», afirma Michael ‘t Sas-Rolfes, conservacionista y economista sudafricano que investiga el comercio de especies silvestres en la Universidad de Oxford. «Esta gente es pobre, no alimenta bien a los leones y algunos animales son sacrificados». Según él, frenar la caza de trofeos deja a los dueños de las granjas de leones con animales para los que no tienen usos, lo que hace que los maten por sus esqueletos.

Michler sostiene que los leones empleados en el sector turístico o en la caza necesitan tener un aspecto sano y recibir cuidados adecuados, pero si los dueños los crían para el comercio de huesos, «no les importa el aspecto de esos leones, porque al fin y al cabo van a acabar en una bolsa, un saco de huesos que enviarán a Asia».

Sudáfrica es uno de los únicos países que exporta un suministro legal de partes de cuerpos de leones (o de cualquier gran felino). La cuota anual de huesos de leones, establecida por el Departamento del Medio Ambiente, casi se duplicó de 800 esqueletos en 2017 a 1500 en 2018. Ese mismo año, ante la oposición internacional al comercio, la cuota se redujo a 800 de nuevo.

Según Trendler, del NSPCA, el simple hecho de establecer una cuota provoca crueldad animal. «Diciendo que sí, que puedes criar leones, puedes fijar una cuota, pero al carecer de regulaciones sobre cómo puedes matarlos, eres directamente responsable —o la cuota es directamente responsable— de los problemas de bienestar animal».

El 13 de septiembre de 2018, el NSPCA demandó al Departamento del Medio Ambiente, la Asociación de Depredadores Sudafricana y otras organizaciones ante el Tribunal Supremo de Sudáfrica por fijar cuotas de huesos de leones sin tener en cuenta la bienestar de los animales. Las cuotas suelen entrar en vigor a mediados de cada año, pero este año, el 6 de agosto, el tribunal falló a favor del NSPCA y detuvo las exportaciones de huesos de leones hasta que se tenga en cuenta el bienestar de los felinos.

Según Trendler, a diferencia del ganado de los mataderos que usan métodos de matanza estipulados y regulados, los leones en granjas son asesinados en instalaciones temporales con escasa o ninguna supervisión. Una vez han disparado a los leones, procesado los cadáveres y extraído los huesos, los operadores recogen y se trasladan a otra granja. La naturaleza transitoria de estos mataderos dificulta su supervisión. «No existe una estructura establecida para visitarlas y determinar si cumplen los estándares», afirma. «Es todo clandestino».

Trendler explica que los cráneos intactos valen más que los dañados, de forma que suelen disparar a los leones asesinados para el comercio de huesos con armas de calibre bajo, un método que causa menos daños, pero que no garantiza una muerte instantánea. «Es algo que nos pone la carne de gallina todos los días», cuenta.

El año pasado, en la granja de Wag-’n-Bietjie (en Bloemfontein, provincia del Estado Libre de Sudáfrica), Reinet Meyer, inspectora veterana de la SPCA (una división local de la organización nacional), presenció la matanza masiva de 26 leones. En dos días, la granja mató a un total de 54 leones. Dispararon a los leones —confinados en jaulas tan pequeñas que no podían darse la vuelta— en la oreja en lugar de entre los ojos, lo que provoca menos daños craneales, pero una muerte más lenta y dolorosa, según Meyer. Había huesos sanguinolentos, cadáveres desollados y pilas de carne y órganos por todas partes.

“Los animales «tardaron demasiado» en morir, afirma Reinet Meyer, que presenció la matanza de 26 leones. «Presenciarlo fue terrible». ”

Estaba recopilando pruebas para un caso judicial contra André Steyn, dueño de la granja, y Johan van Dyk, el director, acusados de violar la legislación de crueldad animal de Sudáfrica y de privar supuestamente a los leones de comida y agua y encerrarlos en jaulas pequeñas antes de matarlos, según Meyer. Escribió por email que los animales tardaron «demasiado tiempo» en morir. «Presenciarlo fue terrible», escribió. «Ver a esas hermosas criaturas morir ante mis ojos fue espantoso».

Meyer afirma que el caso aún está en curso y no ha llegado a los tribunales. Un agente de la policía de Sudáfrica sigue investigándolo y avanza lentamente porque hay muchos testigos, según Meyer.

El comercio de huesos

¿Quién puede distinguir un hueso de león de un hueso de tigre? Alguien hizo esta pregunta a 't Sas-Rolfes hace más de una década cuando visitó una granja de tigres en China y también vio leones.

Es la pregunta que explica por qué existe el comercio de huesos de león.

Los esqueletos de leones se secan colgados antes de la exportación. Sudáfrica establece una cuota anual de exportación de huesos de león, pero según Traffic, una organización que supervisa el comercio de especies silvestres, los huesos no siempre se envían al extranjero legalmente. Ante el descenso de las poblaciones de tigres silvestres, la demanda para la medicina tradicional y el vino de hueso de tigre en China y otras partes de Asia está fomentando el comercio de huesos de león y otros grandes felinos.
Fotografía de Brent Stirton, Nat Geo Image Collection

Las poblaciones de tigres silvestres han descendido a menos de 4000 ejemplares, sobre todo por la caza furtiva y la pérdida de hábitat. Los huesos de tigre son muy codiciados en Asia —sobre todo en China— para la elaboración de vino de hueso de tigre, un símbolo de posición social que, según se cree, transmite fuerza, o de una pasta para tratar afecciones como el reuma o el dolor de espalda. China prohíbe el uso de hueso de tigre desde 1993. Los intentos subsiguientes de legalizar el comercio han sido infructuosos.

En aquel momento, según 't Sas-Rolfes, fue cuando empezó el comercio de huesos de león. «Empezaron a aparecer personas de países [asiáticos] en Sudáfrica que decían: “Creemos que vosotros cazáis leones, ¿qué hacéis con los esqueletos? Nosotros los compramos”».

A veces, el hueso de león se ofrece como sustituto barato del hueso de tigre, pero también se vende a precio completo a consumidores que creen que compran hueso de tigre, que muchos consideran superior, según un informe de 2018 de Traffic, una organización que supervisa el comercio de especies silvestres.

El hueso de león suele exportarse en forma de «pastel»: según el informe de Traffic, se mezclan los esqueletos con otras partes de animales, como caparazones de tortugas, astas de ciervo y huesos de mono y se reducen a una barra similar a un ladrillo. Con esa forma, no solo es más fácil exportar hueso de león, sino que es casi indistinguible del hueso de tigre.

Un informe de 2018 de dos grupos de activistas con sede en Sudáfrica, la EMS Foundation y Ban Animal Trading, alega que los comerciantes no declaran la cantidad real de esqueletos de león exportados. El informe cita como ejemplo diez envíos salientes declarados como esqueletos de león individuales que pesaban entre 11 y 30 kilogramos en lugar de los casi nueve kilogramos de media que pesa un esqueleto entero. Según el informe, estos esqueletos más pesados que la media sugieren que «la industria trata de ocultar un comercio ilegal» y que «algunos de los comerciantes no declaran deliberadamente la cantidad real» de esqueletos que exportan.

Por otra parte, según 't Sas-Rolfes, podría haber una explicación sencilla: los comerciantes suelen exportar «cadáveres relativamente recientes, a veces con fragmentos de carne podrida pegada», que pesan más que los esqueletos que se han secado de forma adecuada.

Pero eso no significa que no haya comercio ilegal: 't Sas-Rolfes sugiere que la prohibición estadounidense de importar trofeos de leones podría haber incentivado las exportaciones ilegales de hueso de león desde Sudáfrica. Un estudio de 2019 del que fue coautor determinó que, después de 2016, aunque algunos dueños de granjas de leones redujeron la cría o vendieron leones, casi el 30 por ciento de los 86 dueños declaró que habían sacrificado más leones por la prohibición. El 30 por ciento declaró que redirigieron su negocio al comercio de hueso de león.

Andreas Peens negó que Pienika criara o sacrificara leones para el comercio de huesos. «¿Huesos? No, que yo sepa», afirmó. Según los datos del informe de 2018, Steinman no figura como exportador de hueso de león.

Más del 60 por ciento de los encuestados del estudio de 't Sas-Rolfes declaró que una cuota de exportación de hasta 800 esqueletos de león al año restringiría su negocio y más de la mitad declaró que «buscaría mercados alternativos para los huesos», lo que él interpreta como indicación de que recurrirían al comercio ilegal.

«Me importa mucho el bienestar y la condición salvaje y todo eso, pero me importan los resultados», afirma 't Sas-Rolfes. «Lo que he descubierto es que la solución fácil» —en este caso, la prohibición de la importación de trofeos— «no siempre logra el resultado esperado».

Según 't Sas-Rolfes, no se sabe mucho sobre el mercado de huesos de león, pero si Sudáfrica prohibiera el comercio, la demanda continua en Asia podría dar pie a cacerías ilegales de leones salvajes, alimentando el mercado negro. «No queremos provocar una crisis de caza furtiva de leones», afirma. «Aquí hay mucho en juego. No queremos echarlo a perder».

Otros, entre ellos Karen Trendler, sostienen que el comercio de hueso de león debería ilegalizarse porque solo incrementa la demanda de hueso de león. Según Traffic, las pruebas anecdóticas apuntan a un aumento de la demanda de productos de hueso de león en Vietnam. Asimismo, según Traffic, como cuesta tanto distinguir los huesos de tigre y león, el comercio legal de hueso de león provoca más caza furtiva tanto de tigres silvestres como de leones silvestres.

Una nueva investigación de Kristoffer Everatt, gestor de programa en Mozambique para Panthera —la organización internacional de conservación de felinos silvestres— y becado por National Geographic para conservar a los leones del país, demuestra que la caza furtiva podría estar aumentando en el parque nacional de Limpopo, que linda con Sudáfrica. El parque albergaba 67 leones en 2013, pero Everatt afirma que desde entonces los leones «han sido extirpados» y ahora quedan menos de 10.

Sostiene que la caza furtiva explicaba más del 60 por ciento de las muertes, e incluso en las matanzas de leones por parte de los aldeanos como venganza por devorar el ganado, se cortaron partes del cuerpo —en algunos casos el esqueleto entero— al 48 por ciento de dichos animales.

Everatt afirma que aunque no existen pruebas de vínculos directos entre el comercio de huesos y el aumento de la caza furtiva, «sería mucha casualidad» que no estuvieran relacionados. Este año, ha sabido de leones asesinados en Namibia y Botsuana donde «ocurrieron cosas muy sospechosas, como la desaparición del cadáver entero o de los dientes y las garras, o que cortaron las cabezas y los pies».

También hay pruebas de que ha aumentado la caza furtiva de jaguares y leopardos en los últimos años. Trendler afirma que el comercio legal de hueso de león pone en peligro a todas las especies de grandes felinos. Si nadie puede distinguir el hueso de tigre del de león, entonces ¿quién distingue un hueso de tigre del de un jaguar, un leopardo u otro gran felino?

«¿Dónde está el límite?», se pregunta.

Karlos e Ivana

Para ver a los dos cachorros de la granja de Pienika entregados a el NSPCA en abril, Sobecki y yo viajamos a la clínica veterinaria Old Chapel de Peter Caldwell, un edificio anodino tras una pared de ladrillo en el barrio de Villieria, Pretoria. Los clientes aguardan en la sala de espera con perros y gatos en el regazo. En las zonas de retención de un patio trasero se recuperan un babuino con la pierna enyesada, un guepardo herido por una trampa y los dos cachorros de león de Pienika.

Caldwell me cuenta que en el momento de su traslado, los cachorros «sufrían un dolor grave e insoportable... Estaban chillando casi como los bebés». Uno de ellos estuvo cerca de la muerte, deshidratado, febril, incapaz de comer, incapaz de moverse, llorando de dolor. Caldwell cree que es uno de los peores casos de negligencia que ha visto hasta ahora.

También afirma que los cachorros habían sido apartados de su madre demasiado pronto, lo que los privó de los nutrientes fundamentales de la leche materna. Sufrían meningoencefalitis —la infección e inflamación del cerebro y la médula espinal— provocada por la desnutrición y la falta de higiene. Como presentaban un déficit de vitamina A, los cráneos se les habían engrosado y les presionaban el cerebro, extruyendo la parte trasera hacia la médula espinal e impidiendo el flujo de fluido cerebroespinal. Sufrían tres afecciones cutáneas diferentes —sarna, piodermitis (una infección bacteriana) y alopecia (un trastorno inmune que provoca pérdida de pelo)— y tenían fiebre alta y hemorragias internas debido a úlceras estomacales causadas por el estrés.

Inmediatamente después de llegar a la clínica, los alimentaron por vía intravenosa y les dieron cortisona para reducir la inflamación, antibióticos para tratar las infecciones y omeprazol para las úlceras estomacales.

También les pusieron nombres: Karlos e Ivana.

«Se trata de criaturitas vivas que no pidieron nacer», afirma Caldwell. «Así que tenemos que proporcionarles toda la atención y los cuidados médicos posibles para que sobrevivan».

Le mencioné que Peens me había dicho que los cachorros estaban atendidos por un veterinario antes de la inspección del NSPCA.

«Mentira, todo mentira», dice Caldwell con gesto rígido.

Y prosigue: «Puedo afirmar de forma categórica que esas personas mintieron si han dicho que estaban haciendo frente a la situación. Si hubo un veterinario y dijo que estaba haciendo frente a la situación, me gustaría hablar personalmente con él y preguntarle cómo exactamente. Porque en mi opinión, no lo estaba haciendo y estaba desatendiendo sus deberes, y es una vergüenza para mi profesión».

En el patio de la clínica me encuentro con Jessica Burkhart, candidata a doctora en neurología de la Universidad de Minnesota que se encarga de la terapia física de los cachorros. Ondea un trocito de paja entre las barras del recinto. Karlos e Ivana, que ahora tienen seis meses, la miran hipnotizados. Muerden el rascador de espalda que Burkhart usa para frotarles suavemente los pies y la espalda, una acción que estimula el cerebelo, la parte del cerebro que controla el movimiento.

Meses de cuidados continuos han ayudado a Karlos (que en la foto juega con una calabaza) a volver a andar. En octubre, Ivana y él fueron trasladados al Refugio para Grandes Felinos de Panthera África, a las afueras de Ciudad del Cabo, donde pasarán el resto de sus vidas. El veterinario principal de la clínica Old Chapel, Peter Caldwell, dice que no se recuperarán del todo: quizá tengan poco equilibrio, tiemblen ligeramente y sacudan la cabeza.
Fotografía de Nichole Sobecki, National Geographic

Mastican calabazas, descansan bajo un árbol e intentan robar comida —carne de pollo y venado y suplementos vitamínicos— del cuenco del otro. De repente, Karlos ataca un juguete que se parece a un tubo de papel higiénico gigante, arrancándolo de las manos de Burkhart. Cuando intenta usar el rascador de espalda para bloquearlo, Karlos los parte a la mitad. «En momentos como este recuerdas que trabajas con un león», dice sonriente.

Tres meses de cuidados continuos han ayudado a los cachorros a recuperarse, pero veo que sacuden ligeramente la cabeza cuando se mueven. Karlos camina tambaleante; a veces las patas se rinden y cae al suelo. La recuperación de Ivana ha avanzado menos: se arrastra por el recinto arrastrando las patas traseras tras ella. Pero según Caldwell, los leones no sienten dolor y ya han dejado la medicación.

Añade que nunca se curarán por completo. Es posible que tengan mal equilibrio y que tiemblen ligeramente o que sacudan la cabeza durante el resto de su vida. Ahora que han terminado la rehabilitación, los han trasladado al Refugio para Grandes Felinos de Panthera África a las afueras de Ciudad del Cabo, donde pasarán el resto de sus vidas.  Liberar animales criados en cautividad y con necesidades especiales «es sencillamente imposible».

Caldwell cree que Karlos e Ivana tienen un fin superior: crear conciencia sobre los leones cautivos de Sudáfrica. «Estos animales son los embajadores de la especie para impedir que ocurran este tipo de cosas. Para que el resto del mundo sepa que no puedes ir a un centro y acariciar a un cachorro, porque así es cómo mantienen a estos cachorros», afirma.

El cuarto cachorro

En Pienika, acompañada de Marius Griesel y Andreas Peens, observo a la sombra de un árbol karee a una hembra de seis meses —hermana de Karlos e Ivana— en un recinto de cinco por 24 metros. En abril, el NSPCA no creyó que estuviera lo bastante enferma como para llevársela de la granja, pero ahora tiene problemas para levantarse, se tambalea al caminar y las patas traseras ceden.

Según Griesel, hace poco que empezó a hacerlo. «Hace tres semanas, caminaba como los demás, no le pasaba nada, pero de repente...».

Al día siguiente visito a Fritz Ras, uno de los veterinarios de Pienika, en su casa de Lichtenburg, a menos de 16 kilómetros de la granja. Ras afirma que no lo llamaron hasta después de la inspección del NSPCA. «Nunca he tocado a los cachorros», dice, refiriéndose a Karlos e Ivana. «Jamás».

Ras me cuenta que hace todo lo que puede para cuidar de los leones que quedan en Pienika, como darles suplementos vitamínicos. «Soy veterinario», afirma. «No puedo dar la espalda a estos animales».

Según las normas y los estándares de la Asociación de Depredadores Sudafricana, de la que es miembro el dueño de Pienika, Jan Steinman, los recintos deben «permitir que los leones expresen un comportamiento normal», «proporcionar protección medioambiental y comodidad» y «proporcionar estímulos adecuados». El veterinario Fritz Ras afirma que lo llamaron para tratar a los leones después de la inspección de abril y que hace todo lo que puede para cuidar de ellos. «Soy veterinario», afirma. «No puedo dar la espalda a estos animales».
Fotografía de Nichole Sobecki, National Geographic

Según él, Jacaranda, el nombre que puso al cuarto cachorro, sufre la misma infección del sistema nervioso que sus hermanos incautados. Sospecha que la causa es un déficit de vitamina A, un déficit de tiamina o un problema genético, o quizá las tres. Está vigilándola y asegurándose de que tome multivitamínicos a diario, y cada una o dos semanas le inyecta un suplemento de vitaminas y minerales.

A Ras le preocupa carecer del tiempo y los recursos necesarios para cuidar de Jacaranda de forma adecuada. La clínica de Caldwell tiene una máquina de rayos X, un quirófano y un equipo de ayudantes veterinarios, pero Ras está prácticamente solo.

«Es un problema que no me deja dormir por las noches», cuenta. «¿Qué más puedo hacer? Necesito llegar al fondo de la cuestión».

Sostiene que a veces tiene pensamientos más sombríos.

«No quiero rescatar a este pobre cachorro y curarlo... ¿Para qué? ¿Para que otro le pegue un tiro más adelante?», afirma Ras. «Intento no pensar en eso».

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.
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