Así es la dura supervivencia de la fauna local en Kenia durante la sequía

A medida que la prolongada sequía asola el Cuerno de África, algunas personas perciben a los animales como una amenaza para los escasos recursos, mientras otras comunidades se unen para protegerlos.

Por Neha Wadekar
Publicado 4 may 2022 12:12 CEST
Los guardas del Servicio de Vida Silvestre de Kenia se preparan para trasladar el cuerpo de ...

Los guardas del Servicio de Vida Silvestre de Kenia se preparan para trasladar el cuerpo de una jirafa en Lagboqol, parte del condado de Wajir, en el noreste de Kenia. La jirafa murió el pasado mes de noviembre tras quedarse atascada en el barro cuando intentaba encontrar agua en este embalse casi seco.

Fotografía de Ed Ram

El grupo de hombres, sentados en el interior de un camión de safari con respaldo abierto, estaban silenciosos y tensos cuando se detuvieron junto a su objetivo. Una joven jirafa macho estaba bajo la sombra de un alto árbol, buscando alivio del inusualmente brutal sol de marzo. Cuando oyó el rodar de los neumáticos sobre los arbustos de espinas secas, estiró su largo cuello y aguzó las orejas. 

El hombre del asiento del copiloto apuntó con su arma y apretó el gatillo, dándole a la jirafa de lleno en un lateral. El grupo lanzó un grito de júbilo cuando el animal se estremeció. 

Un hombre en el asiento trasero puso en marcha el temporizador de su reloj. "Siete minutos para que caiga", susurró. 

La jirafa se tambaleó ebria y luego se alejó, entrando a trompicones en un claro. Un tronco de dos metros atado a su pata trasera con un cable eléctrico se arrastró tras él. Los hombres (un equipo de veterinarios del gobierno y de una organización conservacionista sin ánimo de lucro) estaban allí para sedarla y quitarle el cepo, colocado por cazadores furtivos. Si no lo hacían, los depredadores humanos o animales probablemente matarían a la jirafa esa noche.

Una cigüeña marabú se posa en un árbol cerca de Lagboqol. Los marabús son carroñeros y suelen seguir a los buitres en busca de comida. El número de carroñeros en la zona ha caído en picado como resultado indirecto de la sequía. La sed y el hambre han empujado a los depredadores a acercarse a las ciudades, y la gente ha respondido poniendo veneno que mata no sólo a las especies objetivo sino también a las aves y otras criaturas que hurgan en sus cadáveres.

Fotografía de Ed Ram

El equipo corrió tras la jirafa, le echó el lazo a las patas, y ésta cayó de costado. Un veterinario se agachó junto a la cabeza de la jirafa y la sujetó, cubriendo con una toalla los grandes ojos marrones y las largas pestañas de plumas del animal. El otro veterinario utilizó unas cizallas para cortar el cable eléctrico. Mientras trabajaban, los hombres de una aldea cercana los rodeaban, vertiendo agua fría sobre el cuerpo de la jirafa para protegerla del calor.

Fotografía de Ed Ram

Todo acabó en cosa de minutos. Los veterinarios administraron el antídoto del tranquilizante y gritaron para que la multitud se despejara. Empujaron la cabeza de la jirafa hacia arriba y la ayudaron a levantarse. La jirafa miró a su alrededor, como si se sorprendiera de ver a tanta gente congregada tan cerca de ella. Luego se acercó a un árbol cercano, levantó la cabeza y empezó a comer. 

En los últimos 35 años, el número de jirafas reticuladas, que hoy viven casi exclusivamente en el norte de Kenia, ha disminuido de 36 000 a menos de 16 000, lo que supone un descenso del 56%. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN) clasificó la especie como en peligro de extinción en 2018. Las jirafas han muerto en gran número, en gran parte debido a décadas de conflictos tribales por la tierra y los recursos, a la violencia del grupo terrorista Al Shabaab, con sede en Somalia, y, quizás lo más urgente, al cambio climático, que ha acelerado la pérdida de hábitat y ha aumentado la caza furtiva en la región. 

El Cuerno de África ha soportado tres temporadas consecutivas de escasas lluvias que se han relacionado con el cambio climático. Una temporada más de lluvias escasas hará que esta sea la sequía más larga que la región haya experimentado en cuatro décadas. Unos 20 millones de personas necesitan ayuda alimentaria urgente, ya que las cosechas se pierden y el ganado muere. Los expertos en clima afirman que ni siquiera una temporada de lluvias media sería suficiente para deshacer los daños de los últimos años.

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El somalí-keniano Sharmake Yussuf posa para un retrato en las afueras de la ciudad de Garissa. A medida que la competencia entre las personas y los animales salvajes por los escasos recursos de la zona se volvía cada vez más mortífera, Yussef se empeñó en encontrar una forma de ayudar a las personas a prosperar junto a la vida salvaje en lugar de verla como una amenaza. Desde 2011, trabaja directamente con la población local en los esfuerzos de conservación de la comunidad.

Fotografía de Ed Ram

Yussuf y el científico de la conservación Abdullahi Ali están sentados en medio de una reunión comunitaria en las afueras de Garissa, de donde es Ali. Aquí, hombres y mujeres se han reunido bajo una acacia para hablar de la importancia de la vida silvestre, la conservación y la protección de los animales contra la caza furtiva.

Fotografía de Ed Ram

"La sequía es una catástrofe de lenta aparición que se arrastra lentamente, pero que tiene graves repercusiones", afirma Jully Ouma, científico del clima del Centro de Predicción y Aplicaciones Climáticas del Igad, en Nairobi. "Hace falta tiempo para recuperarse".

Hoy, los condados nororientales de Garissa, Wajir y Mandera están cubiertos de polvo rojo. Los arbustos y los árboles están muertos. Y el aire huele a carne podrida de los cadáveres de cabras, camellos y burros que se han desplomado a lo largo de las carreteras por el hambre y la sed. 

La sequía no discrimina entre el ganado y la fauna salvaje. Pero en muchos aspectos, los animales salvajes son mucho más vulnerables a sus efectos que sus primos domésticos. "En el caso del ganado, los humanos pueden desplazarse con él y dirigirlo hacia donde creen que hay pastos y agua, pero la fauna salvaje tiene que sobrevivir por sí misma", dice Ouma.  

El cambio climático está afectando a los animales salvajes de la región en varios frentes. Está exacerbando los conflictos entre el hombre y la fauna y la destrucción del hábitat, ya que los pastores tradicionalmente nómadas pierden su ganado y se instalan en lo que antes era el hábitat de la fauna. Está aumentando la caza furtiva, ya que los habitantes y los refugiados matan animales para eliminar la competencia por los escasos recursos, alimentarse a sí mismos y a sus familias, o vender su carne para obtener unos pequeños ingresos. Y también está afectando directamente a la vida silvestre, ya que los animales simplemente caen muertos por el calor extremo e inflexible y la falta de comida y agua. 

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Los activistas de la fauna local están creando zonas de conservación comunitarias en todo el noreste de Kenia para proteger sus especies únicas, como la jirafa reticulada, el antílope hirola, en peligro de extinción, la cebra de Grevy y el avestruz somalí de cuello azul. Pero si no se interviene a gran escala para frenar la destrucción del cambio climático, es posible que las generaciones futuras no tengan nunca la oportunidad de vivir entre estos raros animales. 

En un santuario de jirafas de Garissa, se acaba de llenar un abrevadero hecho por el hombre. Las jirafas sedientas vienen de los alrededores a beber cuando no encuentran agua en otro sitio. Para llenar el pozo, los voluntarios traen agua del cercano río Tana.

Fotografía de Ed Ram

Una foto aérea muestra a las jirafas al atardecer cerca de Garissa mientras viajan en busca de agua.

Fotografía de Ed Ram

El nacimiento de la NECA 

En 2011, Sharmake Yussuf, de 48 años, conducía por la autopista M1 de Londres a Sheffield en el Reino Unido cuando recibió una llamada de su madrastra en el condado de Wajir (Kenia). 

Yussuf, un keniano-somalí que llevaba 20 años trabajando como ingeniero de sistemas en el Reino Unido, había comprado unos camellos, muy valorados en la cultura somalí, varios meses antes. La madrastra de Yussuf le informó de que un león había matado y comido uno de sus preciados animales. Mala suerte, pensó Yussuf antes de apartar el incidente de su mente. 

Al día siguiente, durante el viaje de vuelta a Londres, la madrastra de Yussuf volvió a llamar. Había envenenado el cadáver del camello, le dijo con orgullo, y el león había tenido una muerte agónica cuando regresó para terminarse su comida. Yussuf estaba furioso. Para él, el león era mucho más valioso que el camello. Pero las matanzas por venganza siempre han formado parte de la cultura pastoralista somalí, una forma de asegurarse de que los depredadores, como los leones, las hienas y los guepardos, se limiten a comer animales salvajes y no desarrollen el gusto por el ganado. 

"Me di cuenta de la forma en que mi comunidad ve la vida salvaje y tomé la decisión de intentar hacer algo dentro de mi comunidad para cambiar su visión de la conservación", dice Yussuf. Volvió a Kenia unos meses más tarde y se dio cuenta de la escasez de zonas de conservación y reservas en el noreste. Incluso los veterinarios que vinieron a rescatar a la joven jirafa macho fueron traídos de Nairobi, a más de 321 kilómetros de distancia, y de Meru, a unos 225 kilómetros.

Un vehículo arrastra la jirafa muerta encontrada en el embalse seco del condado de Wajir, mientras los guardas del Servicio de Vida Silvestre la siguen de cerca a pie. Los guardas creen que la jirafa murió unas semanas antes, ya debilitada por el hambre y la deshidratación antes de quedar atrapada en el barro. Mover el cuerpo de la jirafa evita que el barro se contamine.

Fotografía de Ed Ram

El noreste de Kenia, considerado durante mucho tiempo por Nairobi como una región rebelde y problemática, ha experimentado una inversión gubernamental relativamente escasa en infraestructuras y desarrollo desde su independencia del dominio colonial británico en 1963. Esto ha hecho que las comunidades de la zona sean especialmente vulnerables a los efectos de la sequía y al aumento de la competencia por los escasos recursos, perjudicando la relación, antaño pacífica, entre los seres humanos y la fauna. 

La inestabilidad regional también hizo que se creyera que el noreste tenía una vida silvestre mínima. Pero en 2021, durante el primer censo nacional de fauna salvaje de Kenia, los pilotos aéreos que inspeccionaban los condados de Garissa, Wajir y Mandera descubrieron 6000 jirafas reticuladas, más de un tercio de la población mundial restante, 302 cebras de Grevy y 141 leones.

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Yussuf estaba decidido a encontrar una forma de ayudar a las personas a prosperar junto a esta fauna, en lugar de verlas como una amenaza. Recurrió a la conservación comunitaria, considerada una de las formas más sólidas de protección. El terreno que los guardas profesionales se encargan de patrullar es demasiado extenso para tener ojos en todas partes. Por eso, cuando la comunidad se une en torno a la protección de la fauna, puede ser especialmente eficaz. Las comunidades reservan tierras para los animales salvajes y, a cambio, se designan zonas de pastoreo específicas para el ganado. La presencia de abundante fauna silvestre también promete ingresos de los turistas extranjeros. 

Sin embargo, no es fácil convencer a las comunidades de que compartan sus tierras con la fauna salvaje. Los pastores suelen temer que la conservación implique un aumento del número de depredadores que amenacen a su ganado, y que el vallado de ciertas zonas les impida apacentar allí sus vacas, cabras y camellos. El acceso a las tierras de pastoreo ha sido históricamente un punto de debate acalorado entre pastores y conservacionistas.

Los camellos beben en un abrevadero cerca de Sabuli Conservancy, una franja de 2063 kilómetros cuadrados fundada en 2018 y gestionada ahora por 30 guardas. Al igual que en otras reservas comunitarias de la región, se han reservado tierras para el pastoreo de ganado con el fin de reducir la competencia por los recursos entre la fauna salvaje y los animales domésticos.

Fotografía de Ed Ram

Yussuf, de hombros anchos y vestido de forma impecable incluso con el calor más abrasador, tiene una sonrisa brillante y una energía inagotable para defender la protección de la fauna en la comunidad somalí. Durante siete años, ha conseguido que los ancianos y los imanes de la comunidad, los funcionarios del Gobierno local y los residentes se interesen por su responsabilidad en el cuidado de estos animales. No habría tenido sentido avanzar sin su bendición.

"Fui pueblo por pueblo, tribu por tribu, subclan por subclan", dice.  

Su perseverancia dio sus frutos y en 2018 formó Sabuli Conservancy, 2063 kilómetros cuadrados ahora protegidos por 30 guardias de conservación. El año pasado, Yussuf fundó la North-Eastern Conservancies Association (NECA), una organización que reúne a Sabuli y a otras siete zonas de conservación que abarcan más de 8000 kilómetros cuadrados. Se han propuesto otras 18 zonas de conservación, lo que elevaría la superficie total de tierras protegidas a 20 000 kilómetros cuadrados.

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Desafíos para los animales, y para un modo de vida

A las afueras de la ciudad de Garissa, las casas aparecen a ambos lados de la carretera principal. La población de Kenia se ha multiplicado casi por siete desde la década de 1960 y, a medida que las sequías se suceden con mayor frecuencia e intensidad, los pastores nómadas abandonan su modo de vida tradicional y se asientan en pueblos. 

Los guardas del Servicio de Vida Silvestre de Kenia y los habitantes de la aldea de Kursi inspeccionan el embalse artificial de la comunidad en la zona de conservación de Sabuli. El embalse tardó 20 años en completarse, pero ahora se está reduciendo porque las jirafas acuden cada vez más por la noche a saciar su sed, lo que enfada a los residentes locales.

Fotografía de Ed Ram

Todas las tardes, cuando el sol se pone sobre el río Tana, las jirafas se desplazan desde sus tierras de pasto en el este a través de la carretera principal para beber. Lo que antes era un corredor migratorio tradicional está ahora bloqueado por altos muros de hormigón, y las jirafas caminan de parcela en parcela buscando una apertura. Cuando la encuentran, se apresuran a cruzar la carretera en grupos, desconfiando de los coches y motocicletas que circulan a gran velocidad. 

"Durante el día, dan la oportunidad a los humanos de utilizar el río, y se alejan", dice el explorador de National Geographic Abdullahi Ali, un científico conservacionista nacido en Garissa y especializado en jirafas reticuladas e hirolas. "Por la noche, tienen que volver" [Ali ganó el Premio National Geographic/Buffett al Liderazgo en Conservación en 2021].

A Ali le preocupa que un día toda esta zona sea vallada y las jirafas sean expulsadas por completo de su hogar ancestral. 

"Sería una gran catástrofe. ¿Te imaginas un mundo sin jirafas?", se pregunta. 

Los pastores de cabras y ovejas cuidan de su ganado mientras beben en un abrevadero de Sabuli Conservancy. Los hombres acaban de ahuyentar a un jabalí sediento que había venido a beber. La sequía ha matado al ganado, como cabras, camellos y burros, lo que ha llevado a muchos pastores a abandonar su modo de vida.

Fotografía de Ed Ram

Unas mujeres hacen rodar barriles de agua de vuelta a la ciudad después de recogerla de un embalse en Sabuli Conservancy. Una temporada más de lluvias escasas hará que esta sea la sequía más larga que ha vivido la región en cuatro décadas.

Fotografía de Ed Ram

El río Tana proporciona riego a unas cuantas granjas cercanas a Garissa que cultivan judías, mangos y otros cultivos que son el sustento de la población local. Al intensificarse la sequía, las jirafas han empezado a aventurarse en estas granjas por la noche, desafiando la posibilidad de interacción humana para encontrar agua. Pisotean los cultivos, lo que ha hecho que los agricultores empiecen a patrullar sus campos llevando machetes y botellas rotas. Cuando encuentran una jirafa desprevenida y sedienta, le cortan las patas. 

"O bien os ocupáis de las jirafas, o lo haremos nosotros", dice Habiba Bilow, de 45 años, advirtiendo a los conservacionistas. Está pensando en abandonar su granja debido a los destrozos causados por las jirafas.

El Servicio de Vida Silvestre de Kenia indemniza a los pastores cuando pierden sus animales a manos de los depredadores, pero algunos esperan años para ver el dinero. Mientras tanto, encuentran otras formas de buscar retribución. El año pasado, en Sabuli, un león mató a dos vacas lactantes, lo que llevó a los residentes locales a envenenar uno de los cadáveres. Cuando el león regresó para terminar su comida al día siguiente, se quedó ciego, y el pueblo lo mató a pedradas. 

Abdullahi Ali posa para un retrato a las afueras de su ciudad natal, Garissa. Ali, explorador de National Geographic, fundó el Programa de Conservación de Hirola, cuyo objetivo es trabajar con las comunidades para detener la extinción silenciosa del raro antílope hirola, en peligro crítico de extinción, en zonas de la frontera entre Kenia y Somalia. Quedan entre 300 y 500 hirola en estado salvaje, amenazados por la pérdida de hábitat, la caza furtiva y la sequía.

Fotografía de Ed Ram

Incidentes como éste son también responsables de la muerte de buitres y aves carroñeras, que limpian los restos de las muertes de otros animales. Hoy, la mayoría de estas aves han muerto por envenenamientos indirectos. Los cielos están vacíos. 

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Caza furtiva 

Yussuf se encuentra en Garissa en marzo cuando recibe la noticia de que han aparecido cazadores furtivos en Sabuli Conservancy. Está a una hora en coche del campo de refugiados de Dadaab, que acoge a más de 218 000 refugiados, en su mayoría somalíes, que han huido del conflicto, la sequía y la hambruna en su país. Los jóvenes refugiados aquí tienen pocos medios, aparte de la caza y la recogida de leña, para mantenerse a sí mismos y a sus familias. 

Yussuf calcula que los cazadores furtivos mataron a 63 jirafas en el noreste del país en 2021. En un periodo de cinco días en marzo de 2022, los refugiados mataron tres jirafas en Sabuli y sus alrededores, probablemente para vender la carne en puestos de carnicería en el campamento y al otro lado de la frontera en Somalia.

Algunos refugiados también llevan caravanas de burros a las zonas protegidas para buscar leña para vender. El viaje a pie dura casi una semana, y a menudo cazan dik-dik (Madoqua) y otros animales pequeños para comer durante el trayecto.

Los guardas del Servicio de Vida Silvestre de Kenia capturan y sedan a una jirafa a las afueras de Garissa en marzo. La jirafa había quedado atrapada en un lazo colocado por cazadores furtivos y, sin ayuda, probablemente habría muerto pronto a manos de los humanos o de los depredadores. Los cazadores furtivos ponen trampas a las jirafas para eliminar la competencia por los escasos recursos y vender su carne para obtener ingresos extra.

Fotografía de Ed Ram

Un guardabosques vierte agua fría sobre el cuerpo de la jirafa mientras otro la ayuda a levantarse. Para ayudar a la jirafa, el equipo la sedó con un dardo tranquilizante y luego le quitó el cepo de alambre de la pata con una cizalla.

Fotografía de Ed Ram

Yussuf ha organizado una patrulla de caza furtiva con guardabosques del Servicio de Vida Silvestre de Kenia en Wajir, la policía local y los guardabosques de la comunidad de Sabuli. Armada y preparada, la caravana de vehículos se pone en marcha, viajando por caminos ásperos y polvorientos que se convierten en estrechos senderos sinuosos. Finalmente, se encuentran con un grupo de siete jóvenes que se relajan bajo un árbol, buscando un respiro del calor de 37 grados. Cada uno tiene un carro de burro apilado a tres metros de altura con leña. 

Los guardabosques saltan del coche y acorralan a los jóvenes, gritándoles amenazas a pocos centímetros de su cara. Registran a cada uno y descubren varios cuchillos de caza afilados y dentados y un saco de comida cubierto de sangre. Al final del camino encuentran las patas frágiles y enjutas de un dik-dik casi comido. 

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Los guardabosques se plantean quemar toda la leña para dar una lección a los jóvenes, pero deciden no hacerlo. Las condiciones de sequedad podrían provocar incendios incontrolables. En lugar de ello, derriban los carros, derramando en el suelo el contenido de cinco días de trabajo. Cuando los guardas se van, los refugiados recogen cada tronco y lo vuelven a colocar en los carros. Han alquilado estos carros a empresarios de Dadaab y no pueden arriesgarse a aparecer con las manos vacías. 

Frenando las muertes

Ali Gedi, un pastor de cabras de 50 años y padre de 10 hijos, recuerda los días en lo que el cambio climático aún no asolaba esta tierra. 

Unos hombres de Garissa sostienen un lazo que estaba atado a la pata de una jirafa: una gruesa cuerda metálica atada en un bucle en un extremo y a una gran rama en el otro. Algunos miembros de la comunidad habían encontrado a la jirafa y se quedaron con ella toda la noche y hasta el abrasador día siguiente para protegerla de los cazadores furtivos mientras esperaban la llegada de un equipo de rescate desde la ciudad de Nanyuki, a varios cientos de kilómetros al oeste de Garissa.

Fotografía de Ed Ram

"De niño veía elefantes", recuerda. 

Pero los elefantes abandonaron el noreste de Kenia hace tiempo, expulsados por la caza furtiva y la destrucción del hábitat, y los residentes locales han sufrido su pérdida. Los elefantes solían pisotear la maleza con sus enormes patas planas, creando praderas donde las cabras y los antílopes podían pastar juntos. 

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"Perdimos muchos beneficios cuando los elefantes se fueron", dice Gedi. "No permitiremos que ocurra lo mismo con las jirafas".

Gedi es de Eyrib, un pueblo a las afueras de Wajir que depende de varios grandes embalses construidos por el Gobierno en la década de 1980. Pero en los últimos meses de 2021, la mayoría estuvieron a punto de secarse a causa de la sequía. Desde entonces, las jirafas, incapaces de encontrar agua, se desplazan para beber de los pequeños charcos de barro que aún quedan en el centro de los enormes embalses. 

La leña recolectada y cortada de los árboles se apila en carros tirados por burros en la zona de conservación de Sabuli. Los refugiados del cercano campo de Dadaab suelen llevar caravanas de burros a las zonas protegidas para buscar leña que puedan vender. El viaje a pie dura casi una semana, y a menudo cazan dik-dik y otros animales de caza menor para comer durante el trayecto. Dadaab acoge a más de 218 000 refugiados, en su mayoría somalíes, que han huido del conflicto, la sequía y la hambruna en su país.

Fotografía de Ed Ram

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Los guardas del Servicio de Vida Silvestre de Kenia recibieron la llamada en noviembre del año pasado. Siete jirafas estaban atascadas en el barro del embalse. Algunas ya estaban muertas, mientras que otras estaban demasiado débiles para salir por sí mismas. Los guardas acudieron al lugar, pero los animales restantes, asustados y doloridos, murieron antes de que llegaran.

Los guardas engancharon las jirafas muertas a los camiones y sacaron sus cadáveres del lodo para evitar la contaminación del agua. Colocaron sus cuerpos en un círculo, una declaración pública sobre lo que el cambio climático hará a la vida silvestre del mundo a menos que los humanos tomen medidas rápidas.

En total, más de 215 jirafas en toda la región murieron a causa de la sequía entre agosto de 2021 y enero de este año, calcula Yussuf. 

Ali Gedi, un cabrero, posa para una foto en la ciudad de Eyrib, en la zona de conservación de Sabuli. La mayoría de los depósitos de agua del pueblo se han secado debido a la sequía. Los elefantes solían vivir aquí, pero se fueron hace tiempo, expulsados por la caza furtiva y la destrucción del hábitat. "No permitiremos que ocurra lo mismo con las jirafas", dice Gedi.

Fotografía de Ed Ram

Dos jirafas esperan para cruzar la carretera principal en las afueras de Garissa, en busca de agua al otro lado. Este era un corredor migratorio muy utilizado, pero ahora están apareciendo casas a ambos lados de la carretera principal, ya que la sequía obliga a la gente a abandonar las zonas rurales y acercarse a la ciudad. Altos muros de hormigón rodean la carretera durante largos tramos, lo que obliga a las jirafas a desviarse de sus antiguos caminos para encontrar cruces.

Fotografía de Ed Ram

Unos 30 hirola (también conocidos como antílopes de Hunter) también murieron durante esa sequía. Sólo quedan unas 500 de estas tímidas y sensibles criaturas en el mundo, por lo que las muertes representaron casi el seis por ciento de la población total. 

"Nadie conoce la situación de los hirola", dice Ali, el mayor experto mundial en ellos. "Si no son carismáticos, no aportan dinero al Gobierno a través del turismo, así que nadie se preocupa". 

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Los conservacionistas y el Gobierno han realizado algunos esfuerzos exitosos para mitigar los daños causados por el cambio climático. El pasado mes de septiembre, tres cazadores furtivos fueron detenidos con dos coches llenos de carne de jirafa cuando se dirigían al paso fronterizo de Somalia. Se les sometió a un juicio acelerado en Wajir, y dos de ellos fueron condenados a seis años de prisión, tres años más de la pena requerida. Para Yussuf, el veredicto fue bienvenido, ya que sigue luchando en nombre de los animales salvajes que no pueden luchar por sí mismos. 

El día antes de volar de vuelta a Nairobi, Yussuf se reúne con tres hombres de otras partes del condado de Wajir que quieren crear nuevas zonas de conservación. La Conservación de Jima se ha establecido como una organización comunitaria en la parte oriental del condado, y los hombres están trabajando para incluirla bajo el paraguas de la NECA. Yussuf se sienta con ellos durante casi dos horas, hablándoles de cada paso que deben dar para proteger con éxito sus tierras y los animales que contienen. 

"Si hacéis esto por dinero, no hay dinero", les dice Yussuf. "Lo hacemos por las generaciones futuras". 

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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