Cuadro que representa la derrota de la Armada española por la Royal Navy en 1588.

¿Quiénes fueron los perros del mar ingleses que aterrorizaron a la marina española?

Muchos piratas del siglo XVI pertenecían a la alta sociedad y también merodeaban por alta mar en busca del botín español, mientras la reina Isabel hacía la vista gorda.

Este cuadro representa la derrota de la Armada española por la Royal Navy en 1588. Los Sea Dogs isabelinos, encargados por la reina Isabel I, operaban como corsarios bajo su autoridad y tenían como objetivo las flotas españolas.

Fotografía de The History Emporium, Alamy Stock Photo
Por Jamie L. H. Goodall
Publicado 1 mar 2024, 11:09 CET, Actualizado 20 mar 2024, 15:50 CET

La cooperación oficial entre dirigentes y piratas tiene una larga y a menudo sórdida historia. Los Sea Dogs (o perros del mar) isabelinos constituyen un interesante relato de la piratería atlántica en el siglo XVI. Patrocinados por la reina Isabel I (r. 1558-1603) para aumentar la presencia naval inglesa en la región, desempeñaron un papel importante en el desarrollo del Atlántico inglés y se ganaron una reputación villana entre los españoles, cuyas flotas que provenían de América eran su principal objetivo.

Los perros del mar operaban como corsarios bajo la autoridad de la reina. Dos cosas separaban a los perros del mar y a otros corsarios de los piratas: la perspectiva y una patente de corso. Esta licencia, emitida por la corona, hacía que el saqueo de barcos españoles fuera técnicamente legal según la ley inglesa, a pesar de que los dos países no estuvieran oficialmente en guerra, aunque la Corona Hispánica lo veía de forma muy diferente. En el caso de los ingleses, la patente corso no siempre era necesaria.

Los intentos de regular la piratería en la época isabelina fueron, en el mejor de los casos, poco entusiastas. Siempre que el ataque fuera contra barcos extranjeros, especialmente españoles, la corona solía pasar por alto la falta de una patente de corso. Esto era especialmente cierto entre la alta burguesía y los funcionarios locales del West Country inglés. Aunque los funcionarios locales se encargaban de vigilar la piratería, solían dejar en libertad a los presuntos piratas o no los capturaban. A los ojos de muchos súbditos ingleses, las acciones de los perros del mar se consideraban patrióticas, un medio de promover la religión protestante y complementar la floreciente Marina Real. Sin embargo, los españoles los consideraban piratas y los trataban como tales en los tribunales de la Monarquía Hispánica.

En este grabado, la reina Isabel I acompaña a Sir Francis Drake a bordo de su barco en 1581, después de que éste circunnavegara con éxito el globo y regresara con un cargamento de especias.

Fotografía de Hulton Archive, Getty Images

Patrocinio pirata

Cualquiera con sed de pillaje español y un barco a su disposición podía buscar un encargo de la reina Isabel I o el patrocinio de inversores, compañías o accionistas para depredar la navegación española, pero los que se lanzaron a los mares procedían normalmente de los escalones más altos de la sociedad. Los caballeros (Sirs, en inglés) Francis Drake (1540-1596), John Hawkins (1532-1595), Martin Frobisher (hacia 1535-1594), Walter Raleigh (hacia 1554-1618) y otros destacados lobos de mar nacieron en la nobleza o se criaron en ella.

Con antecedentes y conexiones en el mundo marítimo, consiguieron una pericia para el saqueo en alta mar, que llegó a conocerse como "piratería discriminatoria". Operaban en todo el mundo atlántico, especialmente entre las colonias españolas del llamado Nuevo Mundo. Los españoles apodaron a estos corsarios como perros del mar, pues creían que eran chuchos que cumplían las órdenes de sus amos.

La obtención de beneficios como corsario no estaba garantizada; de hecho, en un buque corsario, la tripulación rara vez ganaba un salario. En su lugar, operaban con un sistema de "presa por paga", en el que recibían una parte de los bienes saqueados durante su ataque. Este sistema incentivaba el apresamiento de barcos de cualquier nación, incluso la propia.

Cuando no contaban con el respaldo de la propia reina Isabel I, las empresas de los perros del mar solían estar patrocinadas por terceros, lo que permitía a la corona distanciarse de los corsarios y, al mismo tiempo, reforzar los intereses nacionales. Un ejemplo destacado es la aventura de Thomas White en 1560 en la costa de Berbería, en el norte de África. Haciendo caso omiso de las directrices de su patrocinador, se apoderó de dos barcos españoles que transportaban plata de las colonias americanas de la Corona de Castilla y los llevó de vuelta a Inglaterra. Viendo la rentabilidad del ataque, las autoridades de Londres pasaron por alto la falta de licencia de corso y el claro acto de piratería, lo que permitió que tanto los inversores de White como el Gobierno inglés, que tenía derecho a una parte del botín, se beneficiaran de la canalla decisión de White.

En algunos casos, como en el de Walter Raleigh, el salirse de las ordenes dictadas por la Corona les podía salir caro. La obsesión del corsario por la búsqueda de el mito del El Dorado acabó costándole la cabeza. Tras volver de un expedición en 1617, el rey Jaime ordenó decapitarlo, entre otras cosas, por desobedecer las órdenes de evitar el conflicto con los españoles.

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      Izquierda: Arriba:

      Frobisher, Hawkins y Drake fueron marinos en el siglo XVI. Sir Martin Frobisher fue un marino y corsario inglés que realizó tres viajes al Nuevo Mundo en busca del Paso del Noroeste. Sir John Hawkins fue un marino, comerciante y administrador naval isabelino. Sir Francis Drake fue un explorador, capitán de navío, corsario, oficial naval y político inglés.

      Fotografía de Universal History Archive, Universal Images Group via Getty Images
      Derecha: Abajo:

      Humphrey Cole fue uno de los mejores fabricantes de instrumentos científicos de Inglaterra en tiempos de la reina Isabel I. Esta colección de instrumentos científicos ingleses utilizados para la navegación marítima del siglo XVI incluye una brújula, un calendario perpetuo y una escuadra geométrica.

      Fotografía de New York Public Library, Science Source

      Éxitos corsarios

      A pesar de los intentos de la Monarquía Hispánica por fortificar sus puertos coloniales, los ingleses hicieron incursiones en territorio de la Corona de Castilla. Sir Francis Drake convirtió a los españoles en su objetivo favorito y atacó sus puntos más vulnerables.

      En 1572, se embarcó en una aventura para capturar Nombre de Dios, una importante ciudad ocupada por los españoles en Panamá donde se traía el tesoro de plata y oro de Perú para ser recogido por las flotas españolas. Llegó con sólo 73 hombres en dos pequeñas embarcaciones, la Pascha y el Swan. Intentó capturar la ciudad, pero resultó herido tras una escaramuza con una milicia española local, lo que le obligó a retirarse con sus hombres. Permaneció en la zona durante el año siguiente e incluso se unió al bucanero francés Guillaume Le Testu para apoderarse de 9000 kilos en oro y plata de una caravana de mulas.

      Drake siguió demostrando los puntos débiles de las defensas españolas cuando navegó con una flota de siete grandes barcos y 22 navíos más pequeños por las Indias Occidentales españolas entre 1585 y 1586. Saquearon y robaron Santiago, en las islas de Cabo Verde; capturaron una de las ciudades más ricas de todo el Caribe, Santo Domingo, en la isla de La Española; y ocuparon Cartagena, en Colombia. Por último, en 1586, Drake y sus hombres destruyeron San Agustín (Florida) antes de regresar a Inglaterra.

      Además de los bienes y el oro de los que Drake y sus hombres se apoderaron durante la Gran Expedición de 1585-86, también se hicieron con más de 135 000 ducados, o monedas comerciales de oro, procedentes del rescate de las ciudades y sus habitantes. Las incursiones contra los españoles continuaron hasta que Inglaterra y España firmaron la paz, concluyendo así la Guerra Anglo-Española (1585-1604), pero el legado de los perros del mar perduró.

      Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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