Enterrada por el Vesubio, esta antigua villa es una alternativa a Pompeya que poca gente conoce

Con los frescos mejor conservados del Imperio Romano, Oplontis ofrece una visión de la vida de los ricos y famosos de la época.

Los frescos bien conservados de la Villa A de Oplontis (actual Torre Annunziata) ofrecen un portal a las glorias y los escándalos de la antigua Roma.

Fotografía de DeAgostini, Getty Images
Por Susan Van Allen
Publicado 20 oct 2022, 14:33 CEST

Cuando uno baja del tren Circumvesuviana una parada antes de Pompeya, en la ciudad de Torre Annunziata, no es fácil dejarse impresionar. Según el mapa, nos encontramos en un lugar declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en el sur de Italia, junto con las cercanas Pompeya y Herculano, todas ellas sepultadas por la erupción del volcán Vesubio en el año 79 d. C. Sólo un pequeño cartel indica "Scavi di Oplonti", dirigiendo a los visitantes más allá de los aburridos edificios de hormigón hasta una pequeña taquilla con vistas a un pozo de tejados rectangulares.

Pero al descender por una escalera metálica y atravesar una columnata, uno se encuentra de repente en un enorme atrio, o vestíbulo, de lo que fue una gran villa costera. Las paredes están adornadas con frescos de color dorado, rojo cinabrio y azul egipcio, con columnas pintadas y decoraciones que crean un deslumbrante efecto tridimensional. A medida que se profundiza, artistas de hace miles de años encantan con imágenes de pavos reales, esfinges, un pastel rosado sobre un pedestal, templos griegos y un magistral bodegón de granadas en un cuenco de cristal.

La proclamación de la UNESCO afirma que la villa de Oplontis posee "las pinturas murales mejor conservadas de la época romana" y, sin embargo, el visitante dispone del lugar prácticamente para él solo. A unos cuatro minutos en tren se encuentran las ruinas de Pompeya, uno de los yacimientos arqueológicos más famosos del mundo, donde, antes de la pandemia, 14 000 visitantes diarios recorrían el lugar en temporada alta.

La Villa A formaba parte de una serie de retiros vacacionales construidos a lo largo de la costa de Nápoles y enterrados junto con la vecina Pompeya durante la erupción del Vesubio en el año 79 d. C.

Fotografía de Bildagentur-Online, Universal Images Group, Getty Images

Aquí, en Oplontis, al viajero se le recompensa con uno de los sentimientos más divinos que puede proporcionar un viaje: la emoción de descubrir un tesoro escondido.

Antiguos romanos disparatadamente ricos

La villa no estaba escondida cuando se construyó, en torno al año 50 a.C. Por aquel entonces, antes de que la costa italiana se transformara por el enorme flujo de lava de la erupción del Vesubio, se asentaba como una joya brillante en un alto acantilado, con vistas a una playa y a la bahía de Nápoles. Oplontis formaba parte de una serie de lujosas propiedades vacacionales construidas por los romanos pudientes, entre las que se encontraban las villas San Marco y Ariana, en Castellammare di Stabia, y la Villa de los Papiros, en Herculano.

La fresca brisa del mar, las suaves colinas y las fértiles tierras de cultivo inspiraron el nombre de este lugar, Campania Felix (Tierra Feliz). Este era el lugar ideal para disfrutar del otium, que en latín significa un estilo de ocio que combinaba el descanso, el estudio, la contemplación, el ejercicio y, por supuesto, la fiesta y el entretenimiento. 

Aquí, los romanos (que se conocían por su trabajo serio en la ciudad) podían soltarse y también dejarse ver con otras personas de alto nivel, lo que creaba un ambiente parecido al de los Hamptons actuales en la costa este de Estados Unidos o Marbella y la Costa del Sol o Ibiza en España.

Un detalle de un vibrante pavo real ilustra los lujos que antaño recibían los huéspedes de la Villa A.

Fotografía de Photograph Ivan Vdovin, Jon Arnold Images, Alamy

Los invitados a la fiesta en Oplontis llegaban al puerto privado de la villa y luego eran acompañados por rampas para quedar asombrados por la enorme extensión del lugar. Este debía de tener el doble de tamaño que las 99 habitaciones actualmente excavadas, y estaba rodeado de viñedos y olivares que se inclinaban sobre las laderas del monte Vesubio. Una vez dentro, se producía una interacción orquestada entre los huéspedes y las personas esclavizadas, que aparecían de nichos ocultos para ofrecer masajes con preciosos ungüentos y realizar hazañas acrobáticas.

"Me encanta cómo las pinturas murales estaban diseñadas para mover a la gente por la villa", dice la historiadora de arte Regina Gee, de la Universidad de Montana (Estados Unidos). "Los frescos de pájaros y plantas exuberantes que bordeaban la piscina inspiraban un paseo reflexivo, mientras que los pasillos interiores con rayas de cebra dirigían un movimiento rápido, útil para los trabajadores".

Algunos creen que la villa fue propiedad de la intrigante emperatriz Popea Sabina, segunda esposa de Nerón. Fue su nombre el que se encontró inscrito en un ánfora durante una excavación, lo que llevó a los arqueólogos a llamar al lugar Villa Popea. Sin pruebas suficientes para demostrar su propiedad, los estudiosos posteriores decidieron llamar al lugar Villa A. Sin embargo, los habitantes de Torre Annunziata siguen llamando a Villa Poppaea, orgullosos de que una emperatriz pudiera haber vivido entre ellos.

A diferencia de Pompeya y Herculano, que fueron excavadas en el siglo XVIII, Oplontis permaneció enterrada hasta la década de 1960, lo que ayudó a proteger sus vibrantes frescos de la dañina exposición a los elementos.

Fotografía de Bildagentur-Online, Universal Images Group, Getty Images

Popea encaja en el perfil de los antiguos romanos ricos y locos que poseían tales villas. Se dice que era muy ambiciosa y sexualmente aventurera, o como dijo el historiador Tácito, "dotada de todos los dones menos el de la integridad del alma". Su belleza era muy alabada, y tan preciada para ella, que, según Plinio, exigía ser bañada diariamente en la leche de 500 asnos. El emperador Nerón fue el tercer marido de Popea, y para atraparlo, hizo todo lo posible para convencer a Nerón de que asesinara a su madre y luego se divorciara y ejecutara a su primera esposa.

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Después de casarse finalmente, las cosas no fueron bien para Popea. Mientras estaba embarazada de su segundo hijo, el emperador montó en cólera, la acusó de coquetear con gladiadores y la mató a patadas. Su legado perduró, ya que Nerón se sintió culpable por su violento arrebato y ordenó un elaborado funeral, elevando a Popea a la categoría de divinidad. Para aumentar su devoción, incluso mandó castrar a un esclavo que se parecía a Popea para poder casarse con él.

Un busto, ubicado en el museo Palazzo Massimo alle Terme de Roma, representa a Popea Sabina, la segunda esposa de Nerón. Algunos especulan que fue propietaria de la Villa A, ya que allí se encontró un ánfora con su nombre.

Una vez que se comprende a los dramáticos personajes que pudieron dirigir la villa, uno puede imaginar banquetes que comenzaban por la tarde y se prolongaban hasta la madrugada. Los hombres en toga se tumbaban en los sofás, recibidos por sirvientes que les cortaban las uñas de los pies y les ofrecían agua helada del Vesubio para lavarse las manos. El vino meloso se vertía en copas de plata; los címbalos chocaban cuando aparecían bandejas con manjares como lirones, ostras y lenguas de flamenco. Artistas escasamente vestidos saltaban por aros ardientes, giraban sobre las mesas o se vestían de Baco con coronas de laurel, recitando poesía griega.

Fin de la fiesta

Los festejos cesaron abruptamente cuando un terremoto en el año 62 d.C. dañó gravemente la Villa A. En el momento de la erupción del Vesubio, los placeres allí habían sido abandonados durante 17 años. A diferencia de Herculano y Pompeya, que fueron excavadas en el siglo XVIII, Oplontis permaneció profundamente enterrada, olvidada salvo por algunas curiosas incursiones durante el Renacimiento y en el siglo XVIII, cuando se exploraron los lugares más grandes.

No fue hasta 1964, cuando el Gobierno italiano pensó que descubrir Oplontis podría ser una buena forma de atraer el turismo a Torre Annunziata, que se empezó a excavar formalmente. Este retraso es una de las claves de la belleza de la villa; los vibrantes frescos se libraron de la exposición a los elementos que afectaron a las excavaciones anteriores. Además, desde su discreta apertura al público en la década de 1980, la Villa A no se ha visto perjudicada por las oleadas de turistas.

Sin embargo, los estudiosos se han sentido cada vez más atraídos por el yacimiento, gracias al Proyecto Oplontis, una organización estadounidense que lleva estudiando y documentando las ruinas desde 2005. Además de la villa, han arrojado luz sobre la historia de Oplontis como una ciudad próspera en el pasado, con baños termales y un complejo comercial al que llaman Villa B, donde se encontraron unas 1500 ánforas.

Uno de los descubrimientos más conmovedores de la Villa B fue un grupo de 54 esqueletos de personas que se cree que estaban esperando un barco que los rescatara en aquel fatídico día del año 79 d.C. "Los esqueletos se encontraron en dos grupos", dijo John Clarke, codirector del Proyecto Oplontis de la Universidad de Texas en Austin (Estados Unidos). "El primer [grupo], cerca de la entrada, estaba cargado de dinero y joyas. El segundo, en la parte trasera, no tenía dinero, sino linternas y herramientas. Se cree que el segundo grupo eran esclavos, segregados, por desgracia, de sus amos, incluso en la muerte".

En esta vista aérea de Nápoles, el monte Vesubio sigue siendo un volcán activo. Su erupción en el año 79 d.C. destruyó Pompeya y la cercana Oplontis.

Los estudiosos del Proyecto Oplontis colaboraron con los habitantes del pueblo hace unos años para montar una exposición de esculturas y artefactos encontrados en los almacenes de la excavación. Los lugareños se sorprendieron al ver tesoros que no sabían que existían, desde exquisitas estatuas de mármol de centauros hasta jarrones de cristal y vajillas de plata.

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Se espera tener un espacio de exposición permanente de Oplontis en Torre Annunziata y fondos para apoyar iniciativas como publicidad, restauraciones y más excavaciones. Si se tiene en cuenta el enorme aumento del turismo que se produjo cuando los donantes privados y los Gobiernos aportaron millones a Pompeya y Herculano, está claro que estas posibilidades abundan en Oplontis.

Mientras tanto, los estudiosos, los lugareños y los viajeros curiosos tendrán estas riquezas para ellos solos. "Nunca recibo peticiones de turistas para ir a Oplontis", dice Fiorella Squillante, guía napolitana de la empresa Vesuvius vs Pompeii. "Pero a veces, si tengo la sensación de que quieren profundizar, los llevo. Siempre me encanta ver cómo experimentan el contraste, desde que llegan a la ciudad moderna hasta que entran en la villa del pasado. Para mí, su sorpresa, mezclada con los frescos, es una belleza milagrosa".

Susan Van Allen es autora de cuatro libros sobre viajes a Italia, entre ellos 100 Places in Italy Every Woman Should Go. También diseña y organiza Golden Weeks in Italy: For Women Only. Síguela en Facebook, Instagram y Twitter.

Este artículo se publicó originalmente en inglés en nationalgeographic.com.

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