Imágenes inolvidables de los conflictos del mundo de los que pocos se acuerdan

Desde Sudán a México, pasando por los Territorios Palestinos, Afganistán o Etiopía, el fotoperiodista español Juan Carlos Tomasi realiza un crudo, pero esperanzador, recorrido por los puntos del globo más ignorados por nuestras miradas.

«A comienzos de 2004, la tragedia de Darfur se agravaba a pasos agigantados. MSF envió a un equipo a esta calurosa región sudanesa. Después de compartir mesa y tés durante unos meses, me hice colega de uno de los responsables de la Policía de Tráfico de la ciudad. Nos entendíamos en un italiano horrible. En su vida de civil, era un astuto comerciante de animales. Un día tormentoso, lo acompañé al mercado de camello», cuenta el fotógrafo Juan Carlos Tomasi.(Darfur, Sudán, 2004).

Fotografía de Juan Carlos Tomasi
Publicado 15 oct 2021 15:28 CEST

«En Guatemala, me dedicaba a la prostitución desde los 10 años. Tuve problemas con mi padrastro y me echaron de mi casa, así que tuve que buscarme mi propia forma de sobrevivir». Como el testimonio de Daniela, migrante guatemalteca que se encuentra actualmente en México como refugiada LGTBI, miles de historias nos trasladan al corazón de los conflictos más olvidados por el mundo.

Desde Sudán a México, pasando por los Territorios Palestinos, Afganistán, la República Democrática del Congo, Etiopía o Mozambique, el fotoperiodista español Juan Carlos Tomasi realiza un crudo, pero esperanzador, recorrido por los puntos del globo más ignorados por nuestras miradas a través las páginas del libro La memoria del olvido, enmarcado en la ayuda humanitaria prestada por Médicos Sin Fronteras.

 

Afganistán

Hace más de una década, el escritor de National Geographic Robert Draper ya vio las señales de alarma de lo que podía suponer el compromiso de Estados Unidos y la amenaza que impregnaba en los frágiles avances democráticos que habían logrado.

Durante 20 años, las mujeres en Afganistán han ido al colegio, iniciado carreras profesionales y luchado para conseguir cierta igualdad social con los hombres. Ahora millones de ellas huyen del país o se esconden ante la reconquista de los talibanes. Cuando controlaban el país, entre los años 1996 y 2001, las mujeres debían ir acompañadas de un hombre para salir, se prohibió su educación y la lapidación o el azotamiento eran castigos comunes. Cuando Kabul cayó el pasado agosto, el aeropuerto se convirtió en la meta para muchas mujeres periodistas, parlamentarias, artistas, LGTBI , traductoras, etc.

«Pocos días después de la caída de los talibanes en Kabul, aterrizamos en Bagram con un cargamento de material para abrir un proyecto en el centro del país. Mientras gestionábamos los permisos para viajar, tuve tiempo de visitar una de las maternidades de la ciudad, en la que estábamos trabajando», explica el fotógrafo. (Kabul, Afganistán, 2001).

Fotografía de Juan Carlos Tomasi

«A medida que Afganistán caía provincia a provincia en manos de los talibanes y los militares estadounidenses se buscaban las vueltas para evacuar a los que querían escapar, me acordé de un desagradable incidente que viví mientras hacía un reportaje en el país para National Geographic», escribió Draper en el reportaje ¿Qué pierden Afganistán y el mundo con la vuelta de los talibanes?, publicado en agosto.

«Un equipo militar de EE. UU. accedió a llevarnos hasta allí [Badajshán] en helicóptero. Llegamos al aeródromo con nuestro intérprete afgano, pero, mientras a nosotros nos apresuraban a embarcar, un soldado estadounidense le dijo al intérprete que volviera a la oficina para rellenar unos papeles. Entonces, el copiloto cerró la puerta de golpe, se subió a su puesto y el piloto despegó. [...] Nuestro interprete se había quedado en una región en la que no conocía a nadie, lo que le ponía en serio peligro», relata Draper.

Etiopía

Etiopía, especialmente la región de Tigray, sufre una grave crisis humanitaria que ha provocado que millones de personas se hayan visto desplazadas, miles hayan muerto y las violaciones de derechos humanos sigan en aumento. El conflicto de la guerra civil y el impacto de la crisis climática está llevando al límite la situación de millones de personas, especialmente desde noviembre de 2020, cuando comenzaron los enfrentamientos entre el Gobierno y el partido nacionalista que gobierna la región de Tigray. 

Las graves inundaciones de los últimos meses, sumadas a la plaga de langostas, devastaron los cultivos y las tierras agrícolas de la región, provocando que un 90 por ciento de la población necesite ayuda urgente, según declara Naciones Unidas. Sin embargo, «la mayoría de las carreteras al norte y al sur de la capital de Tigray, Mekele, se han cerrado a los periodistas y a la ayuda humanitaria», denuncian Lynsey Addario y Rachel Hartigan en un reciente reportaje para National Geographic sobre la crisis de esta región.

«Una de las historias que más me ha conmovido fue la de Barakat, una niña, o mujer, en el alto etíope que nos encontramos un día de lluvia y de frío y que estuvo a punto de parir en la carretera», cuenta Tomasi. «La llevamos a una clínica de MSF, y cuando estaba naciendo el niño, hubo problemas y tuvieron que reanimarlo. Ver a la madre y ver al niño cuando lo reanimaron fue algo espectacular».

Barakat da a luz a su pequeño en Mejo, Etiopía.

Fotografía de Juan Carlos Tomasi

«Era una emergencia nutricional en una zona de Etiopía donde la desnutrición ya es endémica. La sequía y las plagas de langostas habían vuelto a dejar baldíos todos los terrenos de la región, y las cosechas habían dejado de serlo. No llovía y, si lo hacía, quedaba todo anegado. Numerosas madres se arremolinaban a las puertas del centro nutricional, pero la imagen apareció de repente. Un padre llevaba a su hijo en brazos. Me sorprendió. No era lo habitual, aunque lo más llamativo era su mirada. Se llamaba Abebaye y el niño, Basada Moti. Volví a la región al cabo de un tiempo y los visité en su aldea». (Oromía, Etiopía, 2008).

Fotografía de Juan Carlos Tomasi

República Democrática del Congo 

«Escaparon de Mushaki cuando las milicias rebeldes atacaron la aldea y mataron a varios vecinos», cuenta Tomasi. «Casi 700 personas habían llegado a este campo improvisado, hacía un par de meses, huyendo de las milicias de Laurent Nkunda. Sobre la tierra volcánica, habían podido plantar mandioca, guisantes y algo más. Las condiciones de este campo improvisado eran realmente duras. El campo denominado Hewa Bora se mantuvo en pie mucho más tiempo del que duraron los combates en aquella parte del Congo».

Tras años tratando de erradicar el ébola y, ahora, el coronavirus, la situación es muy frágil en la RDC. La mayor epidemia de ébola se produjo en entre 2014 y 2016. El Ébola surgió en una región fronteriza que carecía de experiencia con el virus y provocó gran destrucción en varios países, lo que aumentó las tensiones políticas y sociales. Un segundo brote de ébola, al que luego se sumó la lucha frente a la COVID-19, dejó la región aún más vulnerable.

 

«Escaparon de Mushaki cuando las milicias rebeldes atacaron la aldea y mataron a varios vecinos. Casi 700 personas habían llegado a este campo improvisado, hacía un par de meses, huyendo de las milicias de Laurent Nkunda. Sobre la tierra volcánica, habían podido plantar mandioca, guisantes y algo más. Las condiciones de este campo improvisado eran realmente duras. El campo, denominado Hewa Bora, se mantuvo en pie mucho más tiempo del que duraron los combates en aquella parte del Congo». (Goma, Kivu Norte, República Democrática del Congo, 2008).

Fotografía de Juan Carlos Tomasi

«Tuve que correr, y mucho, para captar esta imagen», cuenta Tomasi. «Estábamos vacunando en una pequeña escuela del Alto Katanga, antigua zona minera, cuando de repente se llenó la estancia. Era de aquellas veces en que cuesta tener una visión amplia de la situación. De repente, Pau Miranda, mi compañero de viaje, entró gritando y gesticulando para que saliera. Salí como pude y me fui corriendo tras él. En cuestión de segundos, me di cuenta: una fila de escolares cantando por aquellas tierras. Tenía que buscar el plano general y darme prisa, porque no se detenían. Su paso marcial casi me desfonda. Luego nos presentamos». (Dikuluy, Alto Katanga, República Democrática del Congo, 2015).

Fotografía de Juan Carlos Tomasi

América Latina

«Hace 30 años —tres décadas antes de que cualquier presidente del siglo XXI exasperase al público prometiendo construir un muro— el fotógrafo James Whitlow Delano se preguntó por qué la frontera entre México y Estados Unidos era un lugar con tantas tensiones», relata Daniel Stone en La vida en la frontera entre México y Estados Unidos. «Eran dos países que llevaban más de un siglo en paz. Sin embargo, la división entre ellos era suficiente para garantizar la construcción de una serie de vallas fronterizas y los debates airados sobre cómo detener la inmigración ilegal».

Las personas que viven en ese espacio, conocido como 'La Frontera', viven bajo la constante tensión de las amenazas y los peligros. «30 años después, el debate y la región se tensionan cada vez más. Desde entonces, las vallas han sido fortificadas mediante drones, escáneres y guardias. Los contrabandistas que en su día cobraban unos cuantos cientos de dólares por cruzar la frontera en los bajos de un camión o en una descabellada carrera a través del desierto de Sonora han sido remplazados por caros coyotes y cárteles mortales, cuyas únicas garantías son los altos precios, el peligro extremo y la amenaza de secuestro y extorsión».

Lejos de la cruda realidad de la frontera, en México también se encuentra otro de los testimonios que recogió Tomasi, el de Daniela, la mujer transexual que huyó de Guatemala para buscar asilo en otro país. Ella fue engañada y trasladada hasta la ciudad de Flores, lejos de su región natal, para trabajar en una tienda. 

«Cuando llegué allí vi que no era una tienda, era un prostíbulo. Le pregunté qué hacía allí y me dijo “pues aquí va a ser tu nuevo hogar”, y ahí estuve encerrada durante tres meses. Me golpeaban, no me daban comida, me prostituían. Había noches que me metían hasta con 20 hombres por las noches y era asqueroso. Escapamos, solo escapamos dos, no pudieron saltar del tercer piso. No tenían ni un centavo, nada de dinero. Y me dijo mi amiga: tenemos que salir de este país porque si no, nos matan. Esa noche mataron a mi amiga».

Tomasi, que grabó el testimonio de Daniela, busca las historias que remuevan pero siempre desde la esperanza. «Este es un libro fotográfico que invita a la reflexión, hace una pausa para darnos cuenta de que detrás de cada historia no hay un mundo, hay 1000. Estas fotografías sirven para denunciar y como memoria histórica del mundo en el que vivimos, pero lo importante es que podamos conmover, que podamos ayudar a ver que existen otras realidades aparte de las nuestras, pero al mismo tiempo debe ser una realidad esperanzadora. La fotografía tiene que ayudar a desarrollar la esperanza o a crearla donde no existe. Nuestro trabajo es dar luz a esa oscuridad que existe», concluye Tomasi.

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